Cubanálisis - El Think-Tank

COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 3: NO FUE UN QUINQUENIO, SINO MEDIO  SIGLO... Y MUCHO MÁS GRIS

EL TRINQUENIO AMARGO Y LA CIUDAD DISTÓPICA

AUTOPSIA DE UNA UTOPÍA

 

Mario Coyula

 

 

 

¿Por qué un nombre?

 

Con el término Quinquenio Gris Ambrosio Fornet condensó no solo un tiempo más extenso de triste memoria sino una concepción retorcida del mundo, construida sobre la intolerancia, la exclusión y el rechazo a lo nuevo y diferente. Para el entorno construido cubano ese período empezó antes, y algunas de sus consecuencias han llegado hasta hoy, sumando al menos tres quinquenios. De ahí el término de Trinquenio, tan inexistente como ese lugar que no es, Utopía, al que todos queremos llegar pero no sabemos cómo. Por otra parte, los sabores pueden ser más evocativos que los siempre engañosos colores, como describió un neurasténico genial al mojar en su té una magdalena. De allí viene el Amargo. Escribir sobre urbanismo y cultura urbana tiene un componente cada vez más grande de maginación. Quizás por eso haya dado el salto reciente a la ficción, condenado a la frustración de perseguir a la mujer más bella de Cuba, muerta antes de que yo naciera.

 

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            Al principio eran los principios

 

            En las ciudades y la arquitectura cubana contemporáneas también aparecieron, con algunos matices propios, los efectos de la misma política cultural rígida e impositiva que dañó el pensamiento, la literatura, el teatro y otras manifestaciones intelectuales y artísticas en los años Setenta. Esa persistencia se debe en gran medida a la envergadura, costo, repercusión social, ubicación pública y naturaleza duradera de las obras, y sobre todo a su vinculación con políticas y políticos. Esto último hace que la crítica y el debate sean especialmente difíciles en los asuntos que tienen que ver con el medio construido. Los Setenta empezaron antes para la Arquitectura cubana, enmascarados por el encanto nostálgico de la Década Prodigiosa, y no han terminado. El dogmatismo, denunciado en 1962 como consustancial a una microfracción sectaria sovietizante cuya candela duró poco, resultó no ser exclusivo de una determinada generación o militancia política.

            Aquella desviación fue desmantelada por una revolución genuina, joven e iconoclasta, que había triunfado por su carácter transgresor y renovador. Fue precisamente eso lo que le permitió movilizar las expectativas de cambio que parecían dormidas en los cubanos. Pero el maniqueísmo dogmático que borra sistemáticamente las diferencias y sofoca la individualidad iba a pervivir enquistado como un virus oportunista y recurrente. Eso estaba asociado a una mediocridad en ascenso que aplastaba como sospechosa cualquier manifestación de creatividad. Al igual que el herpes simplex, el dogmatismo no tiene cura definitiva, pero existen maneras de mantenerlo a raya.

            Hay principios esenciales para la sustentabilidad de los ecosistemas que también son válidos para todas las actividades humanas y sus instituciones, como son: atender a las necesidades actuales sin comprometer la posibilidad de que las futuras generaciones resuelvan las suyas, aún aquellas que ahora se desconocen; mantenerse dentro de la capacidad de carga del sistema para permitir su autorregeneración, o la necesidad de que un elemento pueda desarrollar varias funciones, y permitir que una misma función pueda ser desempeñada por varios elementos distintos. Todo ello demanda preservar la diversidad y la pluralidad, y dar una participación activa y consciente a la población en la identificación y solución de sus propios problemas. Curiosamente, estos sanos principios despertaron recelos en los dogmáticos.

            La tolerancia, esa variante vergonzante del reconocimiento de la diversidad, fue vista como flojera impropia de revolucionarios, y la intransigencia pasó a ser una virtud, en vez de un defecto. Una xenofobia provinciana rechazó lo diferente y venido del exterior, incluyendo modas y gustos que fueron considerados como extranjerizantes, una forma de penetración cultural del decadente mundo capitalista. Irónicamente, los que así pensaban intentaban imponer modelos de otro mundo mucho más lejano y frío, geográfica y culturalmente, que duró lo mismo que la vida de una persona. Esa otra penetración cultural de un socialismo que se autoproclamó real ha dejado en Cuba algunos manuales empolvados, una colección de convencionales muñecones deformes que intentan homenajear a héroes anticonvencionales, y muchos inocentes Ivanes y Tatianas, cada vez más acorralados por la posterior hemorragia de Yosvanys y Yumisleidys, donde la proliferación de la letra “Y” acusa un tufo escapista.

 

            Muera la diferencia

            Ya en la segunda mitad de los Años Sesenta el conjunto de las Escuelas de Arte de Cubanacán fue satanizado, sus autores etiqueteados como intelectualoides elitistas, y su influencia considerada perniciosa para un joven estudiante de Arquitectura. Esta gran obra, la más publicitada del período revolucionario, fue crucificada precisamente por cumplir lo que se les había pedido inicialmente a sus arquitectos: hacer las escuelas de Arte más hermosas de América Latina. Sus oponentes, afiliados a un pragmatismo tecnocrático, estaban dispuestos a sacrificar la belleza para lograr construcciones técnicamente impecables y en la gran cantidad que requería el país.  Esa gente, quizás poco imaginativa pero técnicamente calificada, fue después desplazada por constructores improvisados, que eran felicitados por dar el paso al frente sin tener dominio del oficio. Había comenzado el culto a la improvisación. Por supuesto, los que así celebraban la disposición obediente de subordinados ineptos para cumplir sin titubeos metas y directivas, se cuidaban muy bien de buscar los mejores médicos ante el menor problema de salud personal.

            Los jóvenes que osaron llevar barbas, pelos largos, camisolas y collares de semillas fueron criticados como extravagantes, sin comprender que esa onda hippie --palabra que todavía utilizan algunos encapsulados en el tiempo-- estaba asociada a la droga suave pero también a un humanismo pacifista que los hacía compañeros de viaje de nuestro proyecto social. De hecho, esa moda había sido impuesta en el mundo por los rebeldes cubanos de la Sierra, y no reconocerlo fue un fallo de marketing que el empresario capitalista más obtuso no hubiera desperdiciado. Esa oposición a las nuevas modas era parte de una creciente mentalidad estática y curiosamente anti-dialéctica en algunos decisores, prejuiciados ante cualquier novedad, sobre todo las que no entendían. Curiosamente, aquel rechazo se producía siempre desde una determinada moda que los implacables censores habían asumido acríticamente en su juventud, como si la forma de vestirse, peinarse o socializar en los Cuarenta o Cincuenta fuese por definición más sana que la de los Sesenta o Setenta. Esas críticas provenían de personas que generalmente tenían una posición política más avanzada que sus patrones culturales, marcados por una mentalidad pequeñoburguesa provinciana, machista, anti-intelectual, desinformada y con una prevención genéticamente incorporada contra la gran capital que los había humillado con su cosmopolitismo.

 

            Rampa arriba, Rampa abajo

            El espíritu creativo de los Sesenta se condensó en La Rampa. Como dijo algún contemporáneo, ¿fue Paolo Gasparini?, Mas que un lugar, La Rampa era un estado de ánimo. Esas pocas cuadras en pendiente formaban el marco físico todavía flamante y con una vívida imagen urbana para una rica mezcla de funciones, edificios y personas. Allí se produjeron intervenciones culturales impactantes alrededor de eventos como el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, la Muestra de la Cultura Cubana, el Salón de Mayo, el Mundial de Ajedrez o la Expo del Tercer Mundo. Algunas de las obras de la arquitectura Moderna cubana más importantes fueron construidas en La Rampa de aquella época, como el Pabellón Cuba (1963), con una escala urbana perfecta; o la heladería Coppelia (1966). Y muy cerca, en la céntrica esquina de Infanta y San Lázaro, se levantó entre 1965-1967 el primer monumento conmemorativo importante después de 1959, dedicado a los mártires universitarios, que algunos encontraron demasiado radical y hermético.

            Parte de la animación de La Rampa fue también la remodelación de la antigua Funeraria Caballero en 1967, para convertirla en un centro cultural polivalente. La obra tuvo un éxito inmediato, especialmente entre la juventud, y se convirtió en un centro de reunión de los enfermitos de La Rampa. Siguiendo el viejo método de botar el sofá, el local se clausuró y fue convertido en taller de dibujos animados del ICRT, cerrado al público. Los indeseables se limitaron a cruzar la calle y pararse en la acera de enfrente. Unos bloques de chatarra prensada, que formaban la pieza donada por el gran escultor marsellés Cesar al finalizar el Salón de Mayo, terminaron como soporte para las cadenas que cerraban el parqueo. Para mí, ese cierre marcó simbólicamente el comienzo del Trinquenio Amargo en la Arquitectura, ya anticipado con la paralización de las Escuelas de Arte.

            Al año siguiente se produjo el Mayo estudiantil en Francia, la invasión soviética a Checoslovaquia y la Ofensiva Revolucionaria en Cuba, que liquidó lo que había quedado de pequeños negocios privados. Pero las transiciones nunca son de blanco a negro ni se ajustan a fechas bien definidas, y junto a retrocesos en la cultura también aparecieron buenas obras, además de las ya mencionadas: 1968 fue también el año de Memorias del Subdesarollo, y de los Puestos de Mando de la Agricultura, donde se destacaron por su buena arquitectura los de Nazareno y Menocal en La Habana, y el del Yarey en Granma; mientras que el año anterior se había inaugurado el antológico Pabellón de Cuba para la EXPO 67 en Montreal. En la segunda mitad de aquella década también se construyó el Centro Nacional de Investigaciones Científicas  y se iniciaron los proyectos del Parque Lenin, mientras en Santiago de Cuba se hacía la Escuela de Medicina y el pueblo de Velasco iba a situarse en el mapa con su emblemática Casa de Cultura, concluida después de la muerte temprana de su autor.

            El notable énfasis en la investigación y experimentación de materiales y tecnologías constructivas durante los Sesenta se tradujo en obras de calidad afiliadas a la estética Brutalista mundialmente en boga en aquel momento, entre las cuales figura una obra maestra, la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría, CUJAE (1960-64…). Pero eso también incubó un fetichismo tecnocrático que descansaba siempre en el último sistema constructivo de moda para resolver problemas tan complejos como la Vivienda. Ese enfoque reduccionista obviaba otros componentes urbanísticos, sociales, económicos, organizativos o culturales que intervienen al trazar una estrategia y en el proceso de concepción, producción y consumo de un artefacto, donde el usuario casi nunca era consultado por quienes pensaban saber ya lo que mejor le convenía. Dentro del propio aparato estatal, la posterior separación de las empresas en proyectistas y constructoras rompió aún más la continuidad orgánica del proceso con el producto final. Quitarle al arquitecto la supervisión de su proyecto es como arrebatarle a una madre su hijo recién nacido, y entregarlo a otra persona; y supervisarlo solo si se le contrata es ponerle precio a esa maternidad.

            En la primera mitad de los Sesenta se había alcanzado una alta calidad arquitectónica de la producción media, que cubrió nuevos programas y se extendió por todo el país. En realidad, ésa fue la época dorada de la Arquitectura Moderna en Cuba, rematando el mítico nivel de la década anterior. Es conveniente destacar que eso pudo lograrse en medio de una coyuntura nacional aún más difícil que la actual, con grandes tomas de conciencia y de partido, y las consiguientes rupturas y desgarramientos personales y colectivos. A ello se unió la estampida de la mayor parte de los arquitectos más renombrados, la escasez material generalizada, y una desestabilización interna que incluyó agresiones armadas con apoyo extranjero. La pregunta natural es: si eso puedo lograrse entonces, ¿qué falló después? Y la otra pregunta, que se desprende de ésa: ¿qué se puede hacer para recuperar aquel nivel?

            A mediados de los Sesenta el Ministerio de la Construcción había absorbido a otras entidades constructoras competidoras, como el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda y el departamento de Viviendas Campesinas del INRA, ambos con una buena calidad de diseño y ejecución. Ese proceso de centralización fue aumentando con el posterior traspaso del aparato constructor de la JUCEI y de los equipos de mantenimiento y construcción de diferentes ministerios. Parejamente creció la tipificación de los proyectos, y proliferaron normativas que buscaban la estandarización a escala nacional, como única forma de industrializar la construcción, y con ello abaratarla y conseguir producciones masivas. La autoridad del arquitecto se fue trasladando del proyectista a los constructores e inversionistas. Ese traspaso de las decisiones es equivalente a dejar que los impresores determinen cómo se deben escribir los libros.

 

 

 

            Llegan los Setenta

            Independientemente de algunas buenas obras, el diseño en los Setenta empezó a perder el nivel anterior, y la calidad constructiva de las obras empeoró, sin que en definitiva se alcanzara  la cantidad necesaria. La autoría individual de los proyectos fue silenciada, una costumbre que se extiende hasta hoy en los medios masivos cuando mencionan a obreros y administrativos que participan en una obra, pero no al arquitecto. De esa manera, no solo se priva al proyectista del crédito por lograr una buena solución, sino también se le exime de su responsabilidad por una mala.

            En ocasiones, se alaba públicamente la belleza y buena ejecución de obras francamente malas, lo que desorienta a la población. Eso, unido a la influencia de telenovelas sudamericanas y de la arquitectura kitsch miamense pueden explicar la aparición de modas ridículas que deforman el paisaje urbano y distorsionan la identidad, como sucede con las portadas y altas tapias rematadas con tejas criollas, arcos enanos de mediopunto y grandes portones de buena madera barnizada, que ya se han vuelto símbolo de status. Algo parecido sucede con la arquitectura para el turismo, donde a menudo se ofrece una vaga cubanía que no pasa de ser folclor falsificado, para implantar en el occidente del país un sabor caribeño que nunca tuvo pero que los turistas esperan, y se les ofrece.

            Los problemas que aparecieron en la producción arquitectónica fueron a la vez causa y resultado de una excesiva centralización que cerraba las alternativas y anulaba la crítica sobre los méritos y defectos de una obra, confundiendo el valor social con la significación cultural. Huyendo de ese cuadro claustrofóbico, muchos buenos arquitectos diseñadores se refugiaron en la planificación física, la restauración y conservación de monumentos históricos, la crítica y la docencia. Esa fuga cambió de signo en los años Noventa, cuando algunos talentos pasaron al mundo mejor retribuido de la economía en moneda fuerte, mientras otros más jóvenes optaban por irse del país.

            Pero más importante que la desventura individual de los arquitectos conflictivos, humillados, puestos a un lado o encargados de tareas banales, fueron las consecuencias sobre la arquitectura cubana contemporánea. Salvo excepciones, no se ha podido estar a la altura del valioso patrimonio construido que se acumula en las ciudades cubanas, incluyendo el de los primeros años tras el triunfo revolucionario. La causa principal no se debe buscar en la calificación profesional de los arquitectos cubanos, sino en las condiciones en que trabajan, y muy especialmente a la pérdida de su autoridad sobre los proyectos y la ejecución de las obras. Hubo una etapa dentro del Trinquenio Amargo en que el nombre mismo de Arquitecto adquirió una connotación peyorativa en la jerga camaraderil del establishment, injertada en la tradicional burla machista que los clasificaba como flojos y poco confiables.

            Una combinación de igualitarismo anónimo, tecnoburocracia, y dogmatismo en personas que se sentían depositarios de la verdad absoluta, impuso modelos rígidos copiados de otros contextos climáticos y culturales, minó la autoridad e imagen del arquitecto como creador, y mató la experimentación conceptual y formal. Algunas obras especiales, promovidas por dirigentes de muy alto nivel, se elevaron por encima de esa masa amorfa, pero su peso en la imagen urbana fue escaso por su inaccesibilidad, debida en parte a temas y usuarios también especiales. Para esas obras se buscaba a los mejores arquitectos, quienes salían de su trabajo habitual y escogían a sus propios colaboradores, para trabajar en pequeños equipos con una libertad creadora que no tenían los demás. Los resultados demostraron que ese método funciona cuando verdaderamente interesa la calidad.

            A principios de los Setenta la Escuela de Arquitectura desarrolló un intenso trabajo de proyectos reales para ser construidos en coordinación con el DESA, aunque algunos sufrieron cambios durante el proceso de ejecución, impuestos por el creciente poder del constructor. Desde mediados de esa década la ciudad de La Habana se benefició con el programa de Reanimación Urbanística y supergráficas que mejoraron rápidamente y con pocos recursos la imagen de nodos urbanos importantes que habían venido a menos. Dos alcaldes con luz larga apoyaron esa línea. Lamentablemente, sería abandonada después al aumentar el fatalismo estatista.

            También se acumularon éxitos discretos pero continuos en la conservación y restauración de monumentos históricos. Eso preparó el camino para la impresionante obra de la Oficina del Historiador de La Habana, sobre todo a partir de 1993, cuando se le permitió desarrollar sus propios negocios como fuentes independientes de ingreso, conciliando el interés cultural con el económico. De esa manera, lo que antes algunos veían como carga se convirtió en un recurso valioso. Y en tiempos anteriores, cuando el dinero no era importante, un grupo de buenos arquitectos que trabajaron en Construcciones Escolares demostró que se podía hacer buena arquitectura con un sistema constructivo poco flexible cuando hay talento y un jefe igualmente talentoso que sabe lo que hace. Ellos estaban responsabilizados con todo el proceso, desde el diseño hasta la supervisión de las obras que habían proyectado. La paradoja es que para recibir apoyo, primero hay que ganárselo, o sea, demostrar que no lo necesitas.

 

            Ciudad, campo y suburbio

            El poco peso que han tenido las mejores obras sobre la ciudad existente también fue determinado por su ubicación casi siempre periférica. Eso puede haber reflejado un rechazo no necesariamente explícito a la ciudad tradicional, vista como un parásito embaucador y rutilante plagado de vicios y resabios, en oposición al sano mundo rural. Ese gusto por lo alejado comenzó muy temprano para las grandes obras, en parte justificado por la necesidad de terrenos grandes. Así fue con la Unidad Nº 1 de La Habana del Este, la CUJAE y las Escuelas de Arte de Cubanacán, la Escuela Vocacional Lenin, el Parque Lenin, EXPOCUBA, el Polo Científico del Oeste, el CENSA, los Puestos de Mando de la Agricultura; y más recientemente la UCI, Universidad de Ciencias Informáticas. Por otra parte, los programas de casi todas esas instalaciones eran mayores de lo necesario: al no existir un precio del suelo, se despilfarró ese recurso no renovable. De hecho, mientras las ciudades cubanas intermedias doblaban su población, la superficie urbana se multiplicó por tres.

            Un caso especial ha sido el complejo del Monte Barreto en el oeste de La Habana, con siete hoteles, dieciocho edificios de oficinas y tiendas, y  un condominio para extranjeros. Monte Barreto se afilió a un modelo disperso de desarrollo suburbano, dependiente del auto privado, que ha sido muy criticado en los países que primero pasaron por eso. Ese conjunto es para una sola moneda, la dura, y para un solo tipo de gente, la que tiene acceso a ella. No existen viviendas para la población, ni los servicios cotidianos que las complementan. Todo eso convierte al conjunto en un enclave de riqueza, desligado del resto de la ciudad, con el peligro de que algún día a alguien se le ocurra cercarlo.

            Uno de los hoteles de ese conjunto tiene ventanas fijas que obligan al huésped a sacar la cabeza por la única abertura a medias para oler al mar que está enfrente. La fachada en vidrio espejo –una moda que ha prendido como un virus entre el gremio-- convierte además al edificio en un gran calentador solar. Lo mismo sucedió con la fachada del hermoso banco de Quinta Avenida y 112, cuyos grandes paños originales de vidrio transparente dejaban ver la grácil estructura de columnas que se abren como hongos para conformar el techo. Sin necesidad, esos vidrios fueron sustituidos por otros reflectantes que ahora no dejan ver la estructura interior –todo por el mismo patético concepto de prestigio conque un maceta empapela de negro las ventanillas de su resplandeciente auto. Por otra parte, la concentración de inversiones en las zonas históricamente privilegiadas refuerzan la tendencia a una Ciudad Dual, la de los visitantes por un lado y la del resto de la población por el otro.

            La política temprana de urbanizar el campo se tradujo en más de 600 nuevos poblados rurales, incluyendo esa joya que sigue siendo Las Terrazas, inaugurada en 1968. Sin embargo, eso no bastó para estabilizar la fuerza de trabajo que requería la agricultura. La migración se mantuvo, pero ya no hacia la capital sino a las capitales de provincia y ciudades intermedias, estimulada por la estrategia errónea de construir edificios típicos de cinco plantas en el medio del campo. Con ello, el campesino se encontraba con todos los inconvenientes de vivir en plantas altas, de forma muy diferente a la suya habitual, y sin las ventajas de la ciudad. Como resultado, terminó emigrando a una ciudad de verdad. De hecho, se ha producido un reflujo, y la capital se ha ruralizado con ranchones de guano de un vago estilo neo-taíno, platanales y crías de animales en los jardines frontales, cercas de alambre, sopones cocinándose con leña en los parterres, carretones de tiro animal y tractores corriendo por las calles.

            Las fuertes inversiones que el Gobierno revolucionario hizo desde muy temprano para crear empleos y mejorar las condiciones de vida en el Interior del país frenaron de manera natural la migración interna hacia la capital, convirtiendo a La Habana en un caso especial dentro de América Latina. Pero esa priorización empeoró indirectamente las ya malas condiciones de vida en las áreas centrales de la capital, que son también las más pobladas y la de mayor valor cultural. El deterioro físico ha aumentado por esa tremenda crisis que siguió al desplome de la Unión Soviética, y que recibió el críptico nombre de Período Especial. Ella trajo además un incremento de la inmigración interna hacia la capital, en busca de un poco más de oportunidades. El intento de frenarla con regulaciones en 1997 no ha podido detener ese flujo, sino más bien descremarlo: los mejores acatan la ley, y los otros siguen llegando.

            En los años recientes el problema se complica con el decrecimiento y envejecimiento de la población capitalina, que pone a La Habana junto a la mayoría de las grandes ciudades del mundo desarrollado, pero sin el desarrollo. El hacinamiento en las zonas centrales se une al deterioro por el tiempo, la agresividad del ambiente y el déficit acumulado de mantenimiento. Ese mal estado comenzó a expresarse en el exterior de las viejas edificaciones, uniéndose a subdivisiones, ampliaciones y cercados de todo tipo, reflejo de una creciente indisciplina urbanística que no se quiso enfrentar. La política de actuar sobre las viviendas en peor estado era comprensible sentimentalmente, pero trajo como consecuencia que los escasos recursos se empleasen en casos que ya estaban perdidos, mientras seguían agravándose las viviendas en estado bueno y regular.

 

            Dueños de su vivienda

            La Ley de General de la Vivienda de 1984 convirtió en propietarios de sus viviendas al 85% de la población, un cambio muy radical cuando se sabe que en 1958 tres cuartas partes de los habaneros pagaban alquiler, a veces hasta la mitad de sus ingresos. Esa ley afincó a la gente en el lugar donde vivían, limitando paradójicamente una movilidad siempre necesaria para ajustarse a los cambios en la composición de los núcleos familiares que se producen naturalmente con el tiempo, y a los cambios en posibilidades y expectativas de los residentes. Aquellos que tuvieron la suerte de vivir en barrios y edificaciones de buena calidad resultaron beneficiados, pero los otros quedaron anclados en malas condiciones, dependiendo del malabarismo de una permuta, casi siempre con dinero bajo la mesa. Todos cayeron en la misma situación de tener que enfrentar por cuenta propia el mantenimiento y reparación de sus viviendas sin los recursos necesarios para hacerlo, y sin que las empresas estatales designadas para eso pudieran asimilar la enorme demanda acumulada.

            La conservación del fondo construido resulta más difícil en las zonas urbanas centrales, donde los edificios son más altos y con mayor complicación constructiva, y también con más valor arquitectónico. De hecho, la situación se agravó por décadas de una política que priorizaba otros programas de obras sociales; y dentro de la vivienda, ponía a la nueva construcción por sobre la conservación de las existentes. Esa política afectó incluso a las viviendas construidas por la Revolución. A pesar de algunas iniciativas para abrir vías paralelas, la vivienda sigue siendo un problema grave no resuelto, con el triste consuelo que lo mismo pasa en casi todo el mundo.

 

            La era del qué-sadismo

            Los problemas en la práctica de la profesión también llegaron a la Escuela de Arquitectura, entonces única del país. Un personaje grotesco, con el sentido del humor aparentemente lobotomizado, se paseó por la CUJAE disfrazado con uniforme verdeolivo y Makarov al cinto que llevaba sin tener méritos insurreccionales. En pocos años acumuló un impresionante historial de extremismos ridículos, como montar una tienda de campaña en el centro de la CUJAE para quedarse a dormir en solidaridad con los movilizados a la agricultura. Implantó un enfoque tecnicista en la carrera, y eliminó o mutiló las asignaturas de contenido cultural, como Plástica y Fundamentos, sustituyéndolas por un engendro tercermundista que los alumnos llamaron en broma Subdesarrollo 1 y 2. Igualmente dispersó a los docentes culturosos hacia lugares inhóspitos para que pusieran los pies en la tierra, o sea, el fango; y dedicó su escaso tiempo libre a dar atención a alguna que otra joven apetecible con debilidades ideológicas. Sus abusos llevaron a que fuera públicamente rechazado por una mayoría absoluta durante una importante asamblea de trabajadores y docentes, en un acto de rebeldía masiva y pública poco usual.

            Ese mismo hombre con vocación de cómitre había sido un látigo con los diferentes, clasificados como amanerados, extravagantes, apáticos, intelectualoides y creyentes religiosos, que eran emplazados públicamente en las asambleas de depuración bajo el principio de “la Universidad para los revolucionarios”. Allí se combinaban críticas despiadadas con autocríticas que tenían más de hara-kiri morboso que de ejercicio intelectual honesto. La suerte de los enjuiciados estaba por lo general ya decidida, y la presencia de público era una manera de comprometer al colectivo en el castigo: la expulsión. Ese clima aberrante fue alimentado con recelos, oportunismos y envidias,  desatando la instintiva crueldad del ser humano sobre el miembro débil de la tribu.

            Algunos se pusieron una máscara conformista, dejaron las medallas religiosas en casa, asistieron a las guardias y al trabajo voluntario, o virilizaron algunos gestos sospechosos, todo para no ser expulsados. Otros desviados rescatables recibían el beneficio de ser enviados a trabajar en la agricultura, como si cortarse el pelo, vestir de caqui gris y criar ampollas guataqueando en el campo los pudiera encauzar dentro del redil y cumplir los parámetros que se esperaban de un joven universitario. A los incorregibles, esa especie de material humano gastable que en todas las épocas ha servido como chivo expiatorio, los esperaba la Solución Final de ser privados del derecho a estudiar una carrera. Con el miedo, apareció la doble moral, que se extendió a emplazados y emplazadores.

            Es posible que algunos de los impulsores de esa política estuvieran convencidos de que los sacrificios de unos cuantos beneficiarían a toda la sociedad y hasta a las propias víctimas. En definitiva, también los heterosexuales ateos y revolucionarios fuimos víctimas colaterales de aquellos pogroms, porque nos hicieron peores personas. Yo estuve allí, y no me levanté para oponerme. Igual que otros compañeros, pesé los pros y los contras frente al gran proyecto social al que estaba dedicando la vida, saqué balance y callé.

            Como cualquier otra obra humana, una revolución está sujeta a errores, pero cuando se violan principios éticos y morales que no dependen de coyunturas políticas, los errores se convierten en abusos. Profesar creencias religiosas, mantener relaciones con familiares en el extranjero o tener preferencias homosexuales fueron definidos entonces como problemas de principios, igual que haber votado en las elecciones de 1958. Con el tiempo, algunos de los excluidos fueron re-admitidos, aunque otros se perdieron por el camino. Los criterios clasificatorios para excluirlos cambiaron, lo que deja claro que nunca fueron principios, porque los principios no cambian.

            Confirmando la frase de Lenin sobre los extremistas, el lamentable inquisidor de la CUJAE cambió su uniforme prestado por una bata blanca, y es ahora gurú de una secta propia, donde se dedica a escarbar en pasadas reencarnaciones mientras cura a sus fieles con agua bendita. Quizás haya encontrado finalmente la paz consigo mismo. Pero el recelo con los imprevisibles arquitectos no desapareció cuando este personaje salió del mapa. Más tarde, Arquitectura fue englobada dentro de una Facultad de Construcciones en la CUJAE. Aunque después volvió a ser Facultad aparte, las otras tres Escuelas que actualmente existen en el país siguen todavía con ese régimen, mientras que en otros países Arquitectura tiene incluso rango de Instituto Superior independiente, como el más joven Instituto Superior de Diseño Industrial.

            Comenzando los Sesenta el profesor español Joaquín Rallo había revolucionado la enseñanza del diseño en la Escuela de Arquitectura de La Habana, en medio de un clima de experimentación fomentado también por otros docentes destacados.  Rallo realizó importantes aportes teóricos y metodológicos, con un radicalismo militante de ultraizquierda que condensó el espíritu de aquella época; y atrajo a otros creadores relevantes de las artes plásticas y la música. También atrajo sobre sí la atención de los mediocres. Entre los defenestrados de aquella contrarrevolución cultural, él sufrió más que nadie. Fue desterrado a Jagüey Grande, donde estuvo alojado en condiciones deplorables que agravaron una enfermedad de la que nunca se quejó, y que lo mató a los 42 años.

            Pero los linchadores morales no eran solo ineptos resentidos o jóvenes fundamentalistas buscando desesperadamente su lugar. Hubo también arquitectos de talento, pocos en verdad, que se convirtieron en opresores de sus pares, reclamando de ellos austeridad, obediencia ciega y anonimato para expiar el pecado de haber defendido a la belleza y la expresión personal en algún momento. Curiosamente, uno de los más significativos entre los renegados incumplió más tarde con esos preceptos monásticos y se dio gusto en costosos caprichos que le eran admitidos y hasta celebrados, demostrando que el talento no exime de algunas pequeñeces humanas.

 

            La prefabricación toma el mando

            Pero esos aspectos positivos en los Setenta estuvieron acompañados por la persistencia de una línea dominante, donde supuestamente la única manera posible de satisfacer las enormes necesidades acumuladas era a través de una prefabricación pesada de grandes paneles, hechos en grandes plantas y montados con grandes grúas. A pesar de fuertes evidencias contrarias, ese modelo se mantuvo, demostrando que la prefabricación mental resulta más rígida y duradera que la tecnológica. Año tras año, el país se fue cubriendo con proyectos típicos repetitivos.

            La creación de las Microbrigadas en 1971 intentó encontrar una vía paralela a la acción estatal para construir viviendas, apoyando la motivación personal de los interesados. Muchos se sorprendieron cuando en 1984 se supo que dos tercios del fondo total de viviendas construidas desde 1959 habían sido hechos por esfuerzo propio, a pesar de casi no haber tenido respaldo oficial. A fines de los Ochenta, la Microbrigada Social se dedicó a construir como relleno en lotes vacíos dentro de la trama urbana consolidada, pero aunque la tecnología a emplear era tradicional y por lo tanto, más flexible, la mayoría de los proyectos arrastraban la inercia malsana del cajón típico, resultado de la rutina. El movimiento fue luego dedicado a construir obras sociales, dejando a medias muchos edificios multifamiliares.

 

            ¿Arquitectos para qué?

            En 1967 se había disuelto el Colegio de Arquitectos, sustituido al año siguiente por el Centro Técnico Superior de la Construcción; y en 1983 se creó la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba, que agrupaba esas profesiones, y al hacerlo, disminuía la personalidad de ellas. La presencia de la palabra construcción en estos nombres establecía un vínculo institucional y reflejaba la preponderancia del constructor. Posteriormente se creó la Sociedad de Arquitectos dentro de la propia UNAICC. Esta organización ha promovido los Premios de la Ciudad en distintas categorías, que buscan destacar la buena calidad tanto en el diseño como en la ejecución, cosa no fácil de combinar. También auspicia los Premios Nacionales de Arquitectura por Vida y Obra, con la buena intención de cubrir un espectro ocupacional extremadamente amplio que incluye proyectistas de edificios, urbanistas, investigadores de materiales y técnicas, dirección de obras, docentes, teóricos y críticos, funcionarios y activistas. Inevitablemente, eso choca contra la idea de destacar al arquitecto como creador, y quizás se requiera separar categorías dentro del Premio. Por cierto, resulta interesante comparar la relevancia institucional y divulgativa que reciben estos premios, con los de Literatura y Artes Plásticas.

            La incorporación de arquitectos dentro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba fue vista inicialmente con recelo, no solo por el carácter selectivo de esa organización, que reavivaba el fantasma del elitismo,  sino porque abría un frente paralelo a la UNAICC. La solución que se encontró fue usar el nombre de Diseño Ambiental para esa Sección dentro de la Asociación de Artistas Plásticos de la UNEAC. Con el tiempo se ha comprobado que hay espacio para todos, porque los perfiles e intereses son diferentes.

            La centralización burotecnocrática sustituyó al humanismo siempre cuestionador de los arquitectos, e impuso modelos que descansaban en la solución estructural y constructiva, convirtiéndolas en un fin en sí mismas. Se generalizó la prefabricación pesada traída de los países euro-orientales, donde el frío era una razón para producir elementos en planta. Con ello se perdían de inicio las mejores cualidades del hormigón in-situ, su monolitismo y capacidad de adoptar una variedad de formas. Por otra parte, el edificio alto de viviendas se convirtió en un símbolo de prestigio para cada capital de provincias, sin pensar en su vulnerabilidad intrínseca, alto costo y consumo de energía y recursos para su construcción, explotación y mantenimiento; su inadaptación a formas de vida tradicionales, y la ruptura introducida con el entorno y la identidad cultural local y nacional. Otro módulo igualitarista fue la construcción de Plazas de la Revolución por todo el país, mientras la de La Habana espera todavía por una calificación espacial que la diferencie del amorfo potrero heredado del batistato.

 

          Ciudades y ciudadanos

Después de incursionar por los asuntos propios, sería conveniente cambiar el foco hacia problemas comunes con otras ciudades del mundo, y también sus posibilidades. Curiosamente, no son tan diferentes a los nuestros. Parece haber consenso sobre que las ciudades deben ser capaces de pagarse a sí mismas, poniendo en valor la gigantesca inversión en tiempo, energía, materiales de construcción, habilidades y hasta expectativas acumuladas durante docenas de generaciones. La plusvalía así obtenida deberá revertirse de manera directa y ostensible sobre el territorio y su población. Promover una participación popular más fuerte puede contribuir a un balance más apropiado entre la gente que sufre las necesidades, la que piensa y la que decide. Eso demanda una mayor información a los ciudadanos, para que puedan escoger la alternativa que más les convenga. Teóricamente, cada problema contiene su propia solución, pero encontrarla demanda una actitud sensible, con intervenciones mínimas que preserven la diversidad y respeten a los demás seres y cosas existentes. Sin embargo, esa línea equilibrada también puede llevar a una posición determinista y pasiva que justifique la inacción.

            La globalización es una realidad que no se escoge: cuando más, se puede intentar conducirla. Por un lado, favorece el contacto entre pueblos alejados; pero impone patrones económicos, tecnológicos y culturales cada vez más similares; lo que borra particularidades decantadas en el tiempo, favorece el desarraigo y refuerza la dependencia de los países de la periferia hacia los del centro. Este proceso va acompañado por el debilitamiento relativo del poder económico de las naciones, mientras aumenta el de agrupaciones regionales de países, y el de las grandes ciudades y su esfera de influencia. 

            El potencial de los espacios públicos para articular el tejido urbano, orientar los desplazamientos, reforzar el sentido del lugar, y apoyar la cultura cívica, no ha sido todavía suficientemente explotado. Tampoco se comprende su papel para facilitar la interacción entre distintos estratos sociales y nivelar desigualdades, algo que en nuestro caso tiene cada vez más importancia. En definitiva, el desarrollo acelerado de las comunicaciones y la informática no elimina la necesidad vital de encontrarse cara a cara con gente de verdad. La larga historia de los asentamientos humanos enseña ejemplos tristes de ciudades florecientes que desaparecieron o vinieron a menos, pero también muchas otras que han sabido adaptarse con ingenio y gracia al cambio, siguiendo a las pocas iluminadas que lo previeron y encabezaron la marcha hacia delante.

 

            La Habana ahora

            En la difícil situación económica actual, cuando se construye poco, era deseable que al menos esos pocos edificios tuviesen el mejor diseño posible; pero lamentablemente no es así. En general, hay soluciones obviamente mejorables, y aparece una influencia diluida de la peor arquitectura comercial de Miami o Cancún, patéticamente asumida como de avanzada. No obstante, hay algunos buenos proyectos recientes que fijan un rasero alto de calidad. A nivel urbanístico, la Villa Panamericana en 1991 fue el primer y hasta ahora único ejemplo del Nuevo Urbanismo en Cuba, una alternativa al caos de Alamar, el Reparto Bahía y otros conjuntos parecidos que los españoles han llamado la sopa de bloques.  Su clara estructura es un homenaje a la ciudad tradicional, esa que todos reconocen; y soporta gallardamente una arquitectura menos creativa, afectada en su variedad por la velocidad con que se trabajó. En definitiva, las ciudades no se pueden hacer de una vez, aún por genios como Le Corbusier o Niemeyer.

            Uno de los edificios recientes más interesantes fue la ampliación en el año 2000 del Banco Financiero Internacional en la Quinta Avenida de Miramar. Allí se logró la difícil integración por contraste, al enmarcar y coronar con una estructura contemporánea deconstructivista el antiguo edificio clásico-moderno, logrando como resultado una obra que parece haber sido siempre así. A una escala principalmente de interiores, se logró algo parecido en el restaurante A Prado y Neptuno (1998), continuando la línea pionera de integrar lo viejo con lo nuevo que el mismo arquitecto exploró en 1968 con la después muy maltratada pizzería Maravillas, en El Cerro.  

            Existe una percepción generalizada de que la buena arquitectura es inevitablemente cara, pero hay buenos ejemplos por todo el mundo construidos con materiales humildes; y muchos otros execrables hechos con los más caros. Por otra parte, el concepto de caro es relativo: en su momento, la Unidad Nº 1 de La Habana del Este fue criticada por demasiado costosa. Sin embargo, cuando ahora se revisan las cifras, son risibles. Este sigue siendo el mejor conjunto de vivienda social hecho en Cuba. Casi medio siglo después se mantiene inalterable, no solo por su buena ejecución, sino porque los inquilinos están muy claros de que si no cuidan lo que tienen, no volverán a encontrar algo parecido.

            Persiste la prevención contra los concursos, un procedimiento que se utiliza en todo el mundo; y cuando se hacen, son de alcance limitado, en muchos casos internos dentro de las empresas y sin premios adecuados al esfuerzo. Esto probablemente se debe a la resistencia para delegar en un jurado el placer de decidir. Existen buenos proyectos de arquitectura y monumentos conmemorativos que han ganado concursos y permanecen engavetados, mientras se construyen otros peores que no han pasado por el filtro de un jurado. Eso mata la confrontación que se requiere para elevar la calidad, y dificulta que se manifiesten los arquitectos más jóvenes y potencialmente más renovadores, o los que no tienen un respaldo institucional.

 

            Elevar el rasero

            Hay obras de vanguardia, una suerte de Arquitectura para Arquitectos, que son imprescindibles para marcar pautas, establecer tendencias y elevar el rasero de la media, que en definitiva es la que hace ciudad. La crisis económica ha reducido las oportunidades para ese tipo de obras excepcionales, y dentro de las pocas oportunidades que aparecen --generalmente financiadas por empresas mixtas-- el socio extranjero intenta imponer sus gustos, y a menudo lo consigue.

            Precisamente por depender de unos pocos inversionistas, resulta más difícil rechazar esas imposiciones y arriesgarse a parecer insensible ante las necesidades del país. Ese es otro de los efectos malsanos de una centralización tan grande que solo permite tratar con unos pocos socios extranjeros. Ello también impide recuperar la red de calzadas de la ciudad central, con sus miles de pequeñas tiendas una al lado de la otra, ahora vacías o convertidas en caricaturas de viviendas. Esa recuperación demanda miles de pequeños y medianos inversionistas, que no pueden ser atendidos centralmente. Exactamente lo contrario a Centro Habana pasa con muchas mansiones de El Vedado y sobre todo Miramar, convertidas en caricaturas de tiendas.

            Muchos proyectistas cubanos están debilitados por una anemia informativa que incluye la dificultad para obtener buenas revistas actualizadas de Arquitectura, y las limitaciones para acceder a Internet. Esto último también toca a otros profesionales, afectados por un aislamiento que se funda en el recelo a un bombardeo ideológico enemigo. Ese desconocimiento de lo que pasa en el mundo hace que en ocasiones descubran lo ya conocido, o caigan rendidos como nativos incautos ante falsos oropeles, muchas veces ya descartados en los centros globales donde comenzó la moda. Así ha sucedido en Cuba con el vidrio espejo, además tan ajeno a nuestro clima.

            Parece interesante comparar el alto nivel nacional e internacional alcanzado por los plásticos cubanos, con el de los arquitectos. Obviamente, hay diferencias esenciales en el tipo de producto de cada cual, pero también en la forma de trabajo y sus procesos, marco institucional y reconocimiento social.

            Dejando heridas individuales aparte, el aplanamiento que caracterizó a la política cultural de los Setenta en la literatura, el teatro y las artes plásticas pudo recuperarse en buena medida con una posterior reapertura que incluyó la rehabilitación pública de creadores que habían sido perseguidos o apartados. En la producción del entorno construido el golpe fue más impersonal pero también más duradero. En la arquitectura el creador no produce aislado y por su cuenta, salvo si es un multimillonario como Philip Johnson. Necesita de alguien que le encargue proyectar una obra, y en la Cuba post-59, éste ha sido siempre una entidad estatal. Esas obras son grandes, costosas, sobreviven a sus creadores, deben satisfacer necesidades funcionales, y también las expectativas y hasta cierto punto los gustos de quien las encarga, que no siempre coinciden con los del arquitecto. En realidad, se trata de un proceso de continua mediación hasta llegar, idealmente, a un compromiso mutuamente aceptable. Eso es aún más difícil cuando existen múltiples intérpretes e intermediarios entre el arquitecto y el futuro usuario, que a menudo nunca llegan a encontrarse cara a cara.

            En definitiva, el papel del profesional es asegurar que el proyecto y la obra salgan bien, pero eso requiere que haya un decisor verdaderamente interesado en obtener un producto de calidad. Ésa es la tragedia de los equipos asesores, que para funcionar necesitan alguien que se interese en ser asesorado. Irónicamente, el que pide asesoría es por lo general quien menos la necesita. Ese alejamiento artificial entre el creador y el usuario se complica al haber separado institucionalmente el proyecto de la construcción.

            Otro problema muy serio que afecta al entorno urbano es el descontrol sobre las obras, tanto estatales como de la población. Las reglamentaciones vigentes no se aplican, y si se aplican no logran su objetivo. Es evidente que el monto de las multas a los violadores no basta para disuadir, comparadas con los recursos que se movilizan para cualquier obra. En realidad, la proliferación incontenible de distorsiones que deforman y envilecen a la ciudad es más dañina aún que unas pocas obras nuevas feas o anodinas. Esas deformaciones echan a perder los importantes esfuerzos y logros alcanzados en la recuperación del patrimonio construido. Es sabido que el único freno efectivo es la paralización de la obra y la demolición de lo que se construyó indebidamente, como se hacía décadas atrás. Ello exige una voluntad política firme, convencida de que basta una actuación dura inicial para que el mensaje sea comprendido y cesen las violaciones.

            Pero el celo que se aplica en perseguir ilegalidades en la vivienda o en la adquisición de materiales no alcanza a las obras improcedentes, que también son ilegales y además se quedan por varias generaciones. Irónicamente, la línea actual parece ser convalidarlas; y para ello se usa a los Arquitectos de la Comunidad, que habían sido concebidos para asesorar a la población en las intervenciones dentro de sus viviendas, y ahora se han transformado en inspectores-funcionarios. Un laissez-faire paternalista, el desempoderamiento de la población y la confusión entre cultura popular y populismo han permitido que aflore hacia la calle ese triste mutante, la cultura del aguaje. El ciudadano está aplastado por una chatarra amorfa que se le viene encima al caminar por las calles, y es sometido a un bombardeo continuo de colorines y música igualmente escandalosos. Esta es una ciudad enjaulada donde la gente se mueve con dificultad entre dos puntos amistosos o al menos conocidos, mientras atraviesa un territorio hostil dominado por marginales buscavidas y su reverenciado modelo de éxito a imitar, el maceta.

            Las deformaciones de la imagen y los patrones de conducta urbanos no solo pueden atribuirse al desarraigo de una inmigración rural, que en parte llenó el espacio dejado por el éxodo masivo de la anterior clase dominante, blanca y urbana. Aparece también con mucho peso una marginalidad urbana preexistente, antes reprimida y limitada a enclaves bien definidos, que se expresa en la forma de hablar y vestir, los modales, y cierta música más dirigida a enervar que a estimular el sentimiento o el pensamiento; y que también se refleja en los medios masivos de comunicación. La situación se hace más compleja con el aporte kitsch de una persistente cultura de pequeña burguesía provinciana, triangulada en un viaje de ida y vuelta hacia y desde Hialeah. Todo eso se ayunta con lo que Héctor Zumbado llamó el pequeño proletario.

            Se observa un deterioro de la cultura ciudadana, de normas de convivencia interiorizadas y pautas de conducta que se traduzcan en un uso respetuoso del espacio público. La urbanidad ha sido relegada junto a otros valores tradicionales que no pueden ser acusados de elitistas, clasistas o racistas. Parece necesario darle valor a los valores --o dicho de otra forma, que los ciudadanos que los incorporen y practiquen reciban algún beneficio por ello. Como siempre sucede, lo importante es quién manda, y a qué intereses responde.     

            La ciudad es cada vez más distópica, con su topos dañado, incómodo y disfuncional en la medida en que se pierde el sentido del lugar. Nos vemos cada día reflejados en un espejo cruel que devuelve un rostro desgastado, tiempo atrás animado por la u-topía que nos convocó en su no-lugar ideal. Nacer, crecer, madurar, envejecer y morir son etapas inevitables en cualquier forma de vida, ciudades incluidas. Pero igual que los seres humanos, las ciudades deben saber envejecer con dignidad, sin recrearse en la nostalgia inútil por la juventud perdida, y dirigir la renovación inevitable antes de que se imponga por sí misma siguiendo las leyes perversas de la entropía, para introducir el caos. La arquitectura no basta para resolver esos grandes problemas, pero puede ayudar.

 

            ¿Para qué sirve el debate?

            El revuelo alrededor de esta guerrita de los emilios se debe al aplazamiento indefinido de análisis que se debían haber hecho antes, no solo por justicia sino para preservar la salud del proyecto social en que todos estamos involucrados. La idea  de que un problema no existe si no se habla de él, no solo es anti-materialista sino también suicida. La presión se acumula y estalla, o lo que aún es peor, viene el desencanto, y cuando llega, arrastra lo bueno con lo malo, y por mucho tiempo. A estas alturas, el debate no ha trascendido siquiera a los medios académicos.  Sigue siendo un tema para iniciados, dentro de la convencional concepción de cultura limitada al arte y la literatura, incomprensible para los que no intervinieron en el cruce de correos. Cuando el poder de la información no se comparte y socializa, se produce un atraso fatal de la cultura pero también de la economía. El futuro de este país no está en producir cosas con obreros mal pagados, o entrenar sirvientes para el turismo, sino en producir conocimientos, y así aprovechar el principal recurso que tiene Cuba: su mucha gente calificada y emprendedora.

 

            Analizar los problemas de hace cuarenta años no debe quedar como un ejercicio académico, ni una catarsis liberadora, ni tampoco vendetta que remueva heridas y agravios buscando reprimir a los antiguos represores. Lo principal es aprender de esos hechos y evitar que se repitan. Esa enorme figura del siglo XX, Nelson Mandela, enseñó el camino: hacer que los ofensores reconozcan sus errores y abusos, y seguir adelante. Pero otros errores nuevos pueden aparecer, y no deberemos esperar otros cuarenta años. Volviendo a los principios a veces olvidados de la dialéctica, hay que saber avanzar a partir de las contradicciones, no acallándolas. Debemos pensar y actuar con la frescura y la energía de un joven, o darles paso a ellos cuando ya nos repitamos. Lo contrario lleva al estancamiento y la involución, que es la muerte en vida. Espero que este debate desbroce y a la vez remate el camino, y que un día podamos reírnos al pensar que entonces –ahora-- vimos esta discusión como algo excepcional.

Hacer funcionar a la ciudad y mantener el control sobre ella requiere adelantarse al cambio, pero imaginar el futuro es siempre un ejercicio que puede pasar de lo divertido a lo aterrador. Quizás sea mejor concentrarnos en este momento, y responder a esta pregunta: ¿Estamos haciendo la clase de arquitectura que merece este país? Desde este medio siglo de afanes, ilusiones y riesgos compartidos, quiero ver desde adentro lo que va a pasar, y ayudar con todos ustedes a que salga lo mejor posible ·

           

 

 

 

Mario Coyula Cowley (La Habana, 1935). Arquitecto, diseñador urbano y crítico. Profesor de Mérito en la Facultad de Arquitectura, CUJAE, donde fue director de la entonces Escuela de Arquitectura a principios de los años Setenta. Asesor del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, que antes dirigió. Primer presidente de la Comisión Provincial de Monumentos y ex-director de Arquitectura y Urbanismo, ambas en la capital. Autor de más de 180 artículos y reseñas y autor principal y co-autor de cinco libros y de varios proyectos premiados en concurso. Profesor Visitante en la Universidad de Harvard (2002) y Profesor Invitado en la Universidad de Artes Aplicadas de Viena, 2006. Premio Nacional de  Arquitectura 2001, Distinción Nacional de Habitat 2004.