Cubanálisis - El Think-Tank

LA PRENSA INDEPENDIENTE CUBANA

DESDE EL CAIMÁN 

Cubanálisis - El Think-Tank inaugura la Sección "Desde El Caimán", para publicar materiales escritos por periodistas independientes cubanos dentro de la Isla, originalmente para El Think-Tank o reproducidos de páginas hermanas. Así, abre un espacio más a los heroicos y decididos profesionales que desde dentro del monstruo enfrentan innumerables y continuas presiones para ejercer cada día su derecho a expresar sus opiniones. No se publicarán materiales donde los autores no se identifican con sus nombres reales. El único criterio restrictivo es la calidad: materiales escritos con rigor profesional serán publicados, aunque Cubanálisis - El Think-Tank no compartiera necesariamente opiniones vertidas en dichos artículos. Por el momento, se centrará la atención en diferentes artículos de un mismo autor, a fin de que los lectores tengan una mejor oportunidad de calibrar la calidad de estos profesionales.

 

LUIS CINO

  

Las penas de Fin de Siglo

  

(CUBANET) - Fin de Siglo era una magnífica tienda por departamentos. Una de las mejores de La Habana. Quién lo duda. Sólo que no la acompañó la suerte. Tal vez su nombre fue el culpable. Fin de Siglo siempre me pareció un nombre con extrañas resonancias apocalípticas para una tienda exitosa. No obstante, sobrepasó el final de la centuria. De un modo tan deplorable que hubiera sido preferible su extinción.

 Es posible que añore el final de El Encanto. Desde la esquina, opulento y para algunos más exclusivo y elegante, siempre fue su feroz competidor.

 La peor desdicha de ambas tiendas fue convertirse en símbolos del confort y el boato burgués. Las lujosas vitrinas del consumismo criollo no pudieron escapar del castigo inmisericorde del poder revolucionario.

 A El Encanto lo devoraron las llamas en 1961. Murió carbonizado pero digno. Sacrificado por un sabotaje en el ara de la burguesía en fuga. Casi un suicidio. Hoy es un parque bautizado con nombre de víctima, en el que es poco prudente sentarse de noche.

 Fin de Siglo, fantasmal, desolado, con sus tres entradas a la nada, una por San Rafael, una por Águila y la otra por Galiano, deprime tanto que espanta.

 Convertida en tienda de venta de artículos ociosos -¡vaya terminología de la burocracia mandamás!- languidece como una ballena varada en el polvo.

 Sus escaleras eléctricas están detenidas como por un maleficio. Vidrieras y anaqueles exhiben artefactos inservibles. Herramientas y piezas herrumbrosas, y obsoletos aparatos rotos que nadie compra. Tras un mostrador, en perchas o amontonadas en el suelo, mugrientas ropas de uso que parecen sacadas de algún cementerio.

 El aburrimiento de las empleadas, que tratan de imitar los gestos de la vida, sólo es turbado por algún curioso, despistado y preguntón o por periódicos inventarios de la "mercancía". Reciben orientaciones de una administración con perspectivas tan ilusorias como espejismos. La atmósfera fantasmagórica del establecimiento evoca el Astillero de Onetti.

Prefiero recordar Fin de Siglo en tiempos mejores. Me veo, agarrado de la mano de abuela o de alguna de mis tías, bajar la escalera rodante, que entonces me parecía inmensa, salir por la puerta de Galiano y poner rumbo a las golosinas del Tencents.

En las tiendas y otros establecimientos, junto a murales y banderas, comenzaban a aparecer carteles que proclamaban, entre otras cosas su nueva condición de servicio socializado. Ya nadie daba las gracias ni decía Señor, Señora o Señorita. Nos habían convertido en compañeros. Nos exigían sacrificios y heroísmos sin reparar en límites.

Vuelvo al presente, parado en el portal polvoriento de una tienda llena de espectros. En el corazón de una ciudad sucia, desordenada y triste que se niega a rendirse a la fealdad. Sigo caminando hacia el mar. Sin fe y sin esperanzas.

 

 

Escritores cubanos, entre el espanto y la obediencia

Rodeado de carbón y calderos tiznados, Delfín Prats aprendió el secreto. Para cocinar con leña, hay que hacerlo mientras se apagan lentas las brasas, declamando a los grandes poetas rusos. Es un método infalible para evitar morir de tristeza.

 Delfín Prats vive en una rústica casucha de tablas en un caserío a 8 kilómetros de Holguín. Su única compañía es un gato desolado y cómplice. Su pertenencia de más valor, un pequeño radio de baterías.

 Su piel, curtida por el sol oriental, el tizne en las manos y la mirada de quien ya no espera nada dificultan suponer la talla inmensa de su poesía.

En los años 60, su libro "Lenguaje de Mudos", luego de recibir el Premio David, fue recogido y destruido por las autoridades. Prats fue encerrado en un campamento de las UMAP por homosexual. En 1971, lo parametraron. Había estudiado ruso en la Unión Soviética, pero no le permitieron ejercer como traductor. En los 80 trabajó como camarero en el restaurante El Patio.

 Los escritores cubanos, entre el espanto y la obediencia, acechados por la fatalidad, disponen de pocas opciones que no pasen por el exilio. Delfín Prats escogió aferrarse a su tierra con el silencio estoico y corrosivo de los perdedores a tiempo completo.

 Todos los escritores cubanos han tenido que pagar rescate por sobrevivir. Frente a la incertidumbre de qué era "todo dentro de la Revolución", Virgilio Piñera fue el primero en confesar que tenía miedo. "Vivo en la ruina y la desesperación", escribía Lezama Lima a su hermana Eloísa un otoño del nefasto 1971.

 La poetisa Nancy Morejón ganó recientemente el Premio Nacional de Literatura y fue homenajeada en la Feria Internacional del Libro, pero todavía siente temor por su pasado en Ediciones El Puente.

 La pequeña editorial fue prohibida en los años 60 por publicar a escritores exiliados y promover en Cuba las tesis del Poder Negro. A su director, José Mario, entrevistarse con el poeta beatnik Allen Gingsberg durante su tormentosa visita a La Habana le costó ser juzgado "por andar con extranjeros". Luego, lo enviaron a las UMAP. por homosexual. El resto de los autores de El Puente fueron represaliados por la Unión de Jóvenes Comunistas y los comisarios culturales de El Caimán Barbudo.

 Hace unos años, Nancy Morejón confesó que todavía tiene temor de hablar en la UNEAC y que le censuren haber sido, hace 40 años, de la gente de El Puente.

Miguel Barnet conjuró los fantasmas de El Puente negando que en Cuba se persiguiera a los homosexuales, mientras su amigo José Mario permanecía en un campo de concentración camagüeyano. Fue el inicio de su carrera como intelectual orgánico del régimen.

Ni siquiera los intelectuales plenamente al servicio de la dictadura logran estar exentos de temor. Pablo Armando Fernández, Cintio Vitier, Ambrosio Fornet, Guillermo Rodríguez Rivera… Cualquiera de ellos guarda en su expediente acusaciones de desviado, burgués o contrarrevolucionario. Alguna vez estuvieron condenados al ostracismo.

Para descargo de su honra, han acuñado, de común acuerdo, el corolario cínico de que las contradicciones del pasado ya fueron definitivamente superadas. Que sus sinuosas trayectorias son las que corresponden a "intelectuales revolucionarios en tiempos de revolución". En justicia, sus servicios teóricos a la evolución exhiben pobres resultados.

Aparte de recolectar firmas ilustres para la causa, de debajo de la gorra bolchevique de Roberto Fernández Retamar sólo brotó de valía, el ensayo Calibán.

El marxismo martiano-fidelista con reminiscencias aristocratizantes, catolicistas y medievales de Cintio Vitier parió con cesárea "Ese Sol del Mundo Moral".

La Revolución no les echó mano hasta la debacle del Período Especial. La densa retórica mohosa de casi tres décadas atrás era lo más novedoso de que disponían los mandarines en su polvoriento arsenal de ideas.

Fernando Martínez Heredia dirigió la revista Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta la clausura de ambas en 1971. Fue un proscrito durante casi 20 años. Ahora, entre un foro internacional y el próximo, presume de ser un intelectual orgánico y herético a la vez. En la ortodoxia marxista, la reinterpretación del Che Guevara y un trostkismo de nuevo cuño cifra sus esperanzas de salvación de la Revolución Cubana.

El Premio Nacional de Literatura hace a Antón Arrufat olvidar historias tebanas.

Eduardo Heras León borra sus pisadas en la hierba y contiene a base de sales sus náuseas, para antologar décimas de Antonio Guerrero.

César López cesea poemas de William Carlos William por las tribunas oficiales a cambio de que le retiren al seguroso que vigila su puerta.

Carilda Oliver, coqueta, se desordena, amor, se desordena y perdona la paliza que le dieron aquellos muchachos tan atractivos y combativos.

Leonardo Padura, sudado en la cancha de Mantilla, sigue anotando goles. 

Los autores más jóvenes, avisados del desastre, son crípticos, post modernos y descontextualizados.

Reinaldo Arenas sigue visitando en sueños a Delfín Prats. Unas veces en La Habana y otras en Holguín. La Tétrica Mofeta siempre se sienta en una esquina de la cama y reclama en vano un vaso de té con limón. Luego, con una mueca de asco, menea la cabeza y vuelve a repetirlo: No puedo con ellos.

 

 
Silvio, Sandra, y el café de ayer

 Gracias a Silvio Rodríguez, la argentina Sandra Russo dejó de pensar que los cubanos éramos marcianos dedicados a la revolución en cuerpo y alma, de modo perpetuo. Sin tiempo para nada, ni siquiera para tomar café.

En su crónica "Silvio y el café de ayer", aparecida hace varios meses en la publicación argentina Página 12, la señora Russo refiere que tenía 22 años cuando descubrió al cantautor cubano. Lo escuchó por primera vez en un cassette regrabado que pasaba de mano en mano. Corrían los años tenebrosos y sangrientos del régimen militar argentino, mucho antes de las Malvinas.

Nosotros conocimos a Silvio muchos años antes. También bajo una dictadura, la del proletariado, que no dejaba —ni ha dejado— de ser cruel. Todavía creíamos en las promesas de una vida mejor. Aplazábamos las dudas, repetíamos las consignas con candor, enfrascados en la construcción de la nueva sociedad.

Los jóvenes cubanos también oíamos rock, pero a hurtadillas. Nuestra fe también se enchufaba, pero corríamos el riesgo de que nos desconectaran abruptamente los plugo, y vernos expulsados de la escuela y enviados a campos de trabajo de rehabilitación. Por oír rock. Tal vez Sandra entienda que el rock era otra de las acechanzas del imperialismo yanqui.

No recuerdo si la primera vez que vi a Silvio fue en la Casa de las Américas o en algún parque del Vedado. Aún no llenaba plazas. No le grababan discos, los pasaban poco por la radio y le habían retirado el programa de televisión "Mientras tanto". Sus cassettes no circulaban porque no habían llegado aún a Cuba las grabadoras de cassette.

¡Qué manera tan curiosa de recordar tiene uno! El cantante alternaba con poetas y jóvenes, vestía ropa de trabajo, calzaba botas rusas, admiraba a Bob Dylan, posaba de contestatario y no tenía apoyo oficial. Sólo cantaba con su talento y la amistad de Haydeé Santamaría. Memorizábamos sus canciones. Creíamos que su voz expresaba lo que sentíamos, que era nuestro reclamo inconforme. ¡Oh, desengaño!

Del Festival de la Canción de Varadero de 1970, Silvio fue a purgar su conformidad revoltosa e irreverente al barco pesquero "Playa Girón". Allí se inició su rehabilitación. Lo domesticaron. Se convirtió en el trovador de la Corte. Sus canciones no dejaron de ser bellas. Había vendido su alma y su guitarra al diablo. No era nada nuevo. Goethe y Thomas Mann describieron casos similares.

Entonces le permitieron hacer giras al exterior y grabar en disco las canciones magníficas que lo dieron a conocer a Sandra Russo y a una legión de jóvenes hispanoamericanos que soñaban con cambiar el mundo. De paso, se llenaban de prejuicios y clichés que todavía arrastran.

Sandra Russo confiesa que "a mi edad y sin una militancia política previa, yo asimilaba a Cuba como a Marte".

Dice Sandra: "Cuba era para mí un país sin vida cotidiana, suspendido, congelado en las postales de la Sierra Maestra y el asalto al Moncada. Nunca se me había ocurrido que en Cuba la gente se despertaba, se vestía, tomaba el desayuno, caminaba por la calle, saludaba al vecino, iba al trabajo.  Nunca se me había ocurrido que esa gente tomaba café por la mañana y después, si sobraba, lo tiraba".  Claro que sí, Sandra, y miles de cosas más. Las que nos permiten y las que no. Incluso, soñar con la libertad.

Lo que ocurre es que el café ligado con chícharos que tomamos, generalmente no sobra. Y si sobra, no lo tiramos. Lo guardamos, porque lo más probable es que mañana no tengamos qué desayunar y tal vez tampoco qué almorzar.

Silvio Rodríguez no es el único cubano capaz de sutilezas existenciales. Más allá de los muertos de su felicidad, de las almas de los guerreros que retornan convertidas en mariposas, de los difuntos y flores, y de los discursos románticos, la vida de los cubanos está llena de ansiedades, miedos, frustraciones, esperanzas y hasta alegrías, a veces duramente ganadas al Poder.

Silvio Rodríguez no es el único cubano que dice patria y sigue hablando de amor. Casi todos los cubanos lo hacemos. Por eso no hemos muerto de rabias y desesperanzas.

Más difícil nos es hacer un discurso sobre nuestro derecho a hablar. Eso nos puede conducir directo a la cárcel porque, sabes, Sandra, existe la Ley 88 que nos amordaza.

Sandra Russo se lamenta de haber crecido "en una patria huraña y maloliente, dominadora y sádica, que no cobijaba, picaneaba. Que no daba, pedía. Que no hablaba, hacía señas a punta de fusil".

¡Qué daño hacen las dictaduras en el alma! La Patria, Sandra, no son los esbirros asesinos y torturadores ni sus cómplices. La Patria también es víctima de ellos. ¡Qué terrible puede ser no comprenderlo!

Los cubanos podemos decir Patria y seguir hablando de amor sin que se nos erice la piel. La Patria no ha sido con nosotros un lecho de rosas. Puede haber sido dura, exigente y excluyente. Pero nunca la hemos confundido con los que se arrogan su monopolio con intolerancia calvinista.

Dice Sandra Russo que supo por Silvio Rodríguez que una de las formas de la Revolución es la poesía. Bonita frase para terminar una crónica. Sólo que le faltó añadir que se refiere a la poesía laudatoria y apologética. La otra, en Cuba, va a parar a los calabozos. Al respecto, le sugiero a Sandra leer a Heberto Padilla, Raúl Rivero y Manuel Vázquez Portal.

Sus versos le confirmarán que, además de las preguntas sobre las cosas ordinarias de la existencia, la búsqueda de la dignidad humana y la libertad hacen de la vida el más extraordinario de los viajes. Incluso para los cubanos.

 

 

 Detective de la Utopía

A fuerza de ser confundidos por sus lectores, ciertos escritores llegan a creer ser alguno de sus personajes. Ernest Hemingway, cansado de correr por otras vidas, cuando apretó en Ketchum, Idaho, el gatillo de su escopeta suicida, creyó segar también la existencia de un viejo pescador cubano llamado Santiago.

A Manuel Vázquez Montalbán solían identificarlo, por más de una razón, con el detective barcelonés Pepe Carvalho. No andaban muy errados los confundidos.

El escritor catalán también fue un detective. Un detective incómodo, intelectualizado en demasía, que dejó sin solucionar mucho de sus casos.

Marxista heterodoxo, típico representante del intelectual contestatario, viajó buscando nuevos rumbos para una izquierda de brújula averiada y códigos semánticos de náufrago.

Mordaz e irónico, quiso añadir tramas de serie negra a dramas de invariable final estalinista. Pepe Carvalho, como Philip Marlowe, no tenía vocación ni madera de profeta. Menos aún de alquimista.

Perenne inadaptado en un mundo de opulencia mediática, economía de mercado y uniformidad globalizadora, que sacralizó lo políticamente correcto, Vázquez Montalbán se empeñó en nadar contracorriente.

Trató de atisbar utopías en Chiapas o La Habana. Trasladó el capital simbólico de sus méritos literarios al terreno político, sólo que con menos fortuna.

En enero de 1998, la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba lo sorprendió en La Habana. Trabajaba como jurado del premio Casa de las Américas. Trató de resumir sus vivencias cubanas en un voluminoso libro escrito en menos de 10 meses y que tituló "Y Dios entró en La Habana".

Se propuso reflejar todas las voces y visiones de Cuba, pero desde la esperpéntica primera cuartilla se dejó fascinar por un anciano atlante, comunista, barbudo y vestido de verde olivo.

Su libro fue sólo un aporte postmoderno de más de 700 páginas a la enjundiosa mitología de la revolución de Fidel Castro.

 

 

Berta y Cindy

 En noviembre, las noches suelen ser muy frías en Camaguey. Lo son más cuando se pasan en un duro banco de un parque.

Con la obstinación de una penitente y el valor de los que tienen razón, Berta Antúnez pasó dos días con sus noches, acompañada por su cuñada, en un parque camagüeyano. Esperaba una respuesta de los que mantienen en prisión a su hermano.

Jorge Luis García "Antúnez" estaba en huelga de hambre en la prisión Kilo 8. Exigía las condiciones mínimas de una reclusión digna. Su vida peligraba. Los carceleros permanecían indiferentes ante sus demandas.

Berta advirtió que iría de Placetas a Camagüey y que no se marcharía de allí hasta que le permitieran ver a su hermano y las autoridades accedieran a sus demandas. Berta Antúnez no acostumbra a hablar más de lo necesario. La policía política lo sabe.

Tuvieron que atenderla a regañadientes. No se movió hasta que le permitieron ver a Antúnez. Las amenazas, la fiebre y el frío no pudieron vencerla.

Cindy Sheeham es la madre de un joven soldado norteamericano muerto en Irak. Se ha convertido en la voz de los que se oponen a dicha guerra en Estados Unidos.

Los medios la siguen con avidez. Cuando acampa en las afueras de Crawford, el rancho en Texas del presidente Bush. Cuando protesta frente a la Casa Blanca. Recogen todas sus declaraciones, sin represalias, contra la guerra.

Ambas mujeres son símbolos vivientes. Cindy Sheeham, de los objetores de la guerra de Irak. Berta Antúnez, del presidio político cubano. Sólo que la atención que reciben por parte de los grandes medios informativos no es la misma.

La lucha de Berta Antúnez a favor, no sólo de su hermano y su tío, sino de los centenares de prisioneros de conciencia cubanos no atrae los titulares de la prensa internacional. Su enfrentamiento a la maquinaria represiva de un régimen totalitario no cuenta con cámaras, micrófonos ni grabadoras.

Recientemente, el mundo se conmocionó con la noticia de que varios talibanes prisioneros en la base naval de Guantánamo habían iniciado una huelga de hambre. Habían recurrido a ese recurso extremo desesperados por la ambigüedad del limbo legal en que se veían atrapados.

Casi simultáneamente, a varios kilómetros del otro lado de la cerca fronteriza, en la prisión provincial de Guantánamo, el periodista Víctor Rolando Arroyo también estaba en huelga de hambre.

Arroyo fue encarcelado en la primavera de 2003. Lo condenaron a 26 años de privación de libertad por ejercer su profesión al margen del control estatal.

Pocas personas en el mundo supieron que Arroyo y otros presos cubanos estaban en huelga de hambre en protesta por los tratos degradantes a que eran sometidos.

Tampoco saben que los prisioneros de conciencia Héctor Palacios, Ricardo González Alfonso, Normando Hernández, Omar Pernet, Jorge Luis García Paneque, Nelson Aguiar, Julio César Gálvez, Ángel Moya y Pedro Arguelles, en crítico estado de salud, continúan en pésimas condiciones de confinamiento y recibiendo insuficiente atención médica.

Un prisionero talibán en Guantánamo, luego de entrevistarse con su abogado, se cortó las venas y trató de ahorcarse. La noticia recorrió el mundo. Sin embargo, las frecuentes automutilaciones e intentos de suicidio en las cárceles cubanas no son recogidas por la prensa internacional.

Es como si el mundo, empeñado en que la dictadura siga siendo fotogénica, se negara a escuchar las denuncias que salen de las mazmorras cubanas.

También alguna vez creyeron que Solshenitzin exageraba sobre el GULAG soviético. Todavía hay quienes pretenden creer en la vocación democrática de los carniceros de Tiananmen.

El escándalo de Abu Grahib centró la atención en las prisiones norteamericanas. Incluso en las presuntas cárceles secretas de la CIA. Sólo se habla de ellas. Cual si no existiera nada peor. Son las únicas que parecen preocupar al mundo. Esta temporada es de buen gusto y políticamente correcto ser antinorteamericano.

Las dantescas cárceles cubanas sólo preocupan a las Damas de Blanco, al exilio, a Reporteros sin Fronteras, Amnistía Internacional y otros organismos de derechos humanos. De ellas no se ocupan en cumbres presidenciales ni congresos académicos. Siguen siendo un agujero negro en la sensibilidad del mundo.

En las cárceles cubanas, con la complicidad de la sordera mediática y la mala conciencia mundial, continúan las palizas, las autoagresiones, las celdas tapiadas y los castigos arbitrarios.

Asediada por la maquinaria represiva, sin cámaras, micrófonos ni grabadoras, Berta Antúnez sigue su lucha por su hermano y todos los demás prisioneros de conciencia cubanos. Aunque el mundo pretenda no oírla. Ella sabe que el tiempo y la razón están a su favor.

 

¿EN QUÉ PAÍS VIVO?

 Se me averió la brújula, he perdido el rumbo. No logro comprender hacia dónde se encamina mi país.

Será que a fuerza de hablarnos de proezas del pasado ya no nos hablan del presente. Menos aún del futuro.

Dicen que en Cuba ya empezaron las transformaciones. A paso corto, como corresponde. Todo bien atado, bajo control. Sabe dios bajo control de quién.

Hablan de sucesión y continuidad. No sabemos nada.

Ni siquiera si Fidel Castro volverá al poder. Para enterarnos de algo dependemos de chismes y de lo que diga un diplomático español o un médico chino.

Mis paisanos y sus bolsillos rotos y con dos monedas, no lo notan, pero la economía cubana creció impetuosamente el pasado año. Más que la de cualquier otro país latinoamericano. Un 12,5 por ciento es algo para respetar. Tal vez lo que nos aprieta es el cinto. ¿Qué sabe el estómago de economía?

Súbitamente me entero por una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores que Cuba es un país compasivo, que lamenta las ejecuciones, aún la de Sadam Hussein. Que aquí se aplica la pena de muerte sólo porque así lo decidió la Ley Helms-Burton.

Lástima que los tres secuestradores de la lancha de Regla, además de consultar a sus santos, no hubieran repasado la legislación norteamericana. De cualquier modo, creo que merecían infinitamente más compasión que el dictador iraquí. Por las cuarterías de Centro Habana nadie supo que fueran responsables de masacre alguna.

Si vamos a ser un país ordenado e institucional, intuyo que estamos a unos pasos del estado de derecho. Ya viene sobrando tanta mentalidad de plaza sitiada.

Ahora es bienvenida la discrepancia. ¡Al fin! Siempre pensé que era saludable. El diario Juventud Rebelde da la bienvenida a los incendiarios de la palabra y publica encuestas donde la gente se pronuncia por la vida. Hasta Silvio Rodríguez, el cantor oficial, pide que se liberen las fuerzas productivas.

Si ya es oportuno discrepar, es buen momento para abrir las cárceles. Que salgan los 24 periodistas presos y los prisioneros de conciencia.

A propósito, para que Juventud Rebelde no sea el único que discrepe y cargue con el buzón del desastre, ¿cuándo creamos el nuevo periódico?

Por favor, que sea sin epítetos ni rótulo de independiente. El periodismo es uno sólo. La verdad también.

 

  

Cuba, la de siempre


Muchas veces se ha dicho.
Cuando un pueblo no logra ponerse de acuerdo con su pasado, le es muy difícil solucionar su presente y edificar su futuro. De ahí que las tiranías se afanan, egoístas y mezquinas, en apoderarse de la historia.

Un Estado autoritario, paternal y chantajista que monopoliza la patria, no sabe de dónde viene ni hacia dónde va.

El sistema de enseñanza oficial les inculcó la imagen de un pasado dantesco de miseria, explotación, analfabetismo, corrupción e insalubridad. La propaganda gubernamental, con todos los medios a su disposición, siguió bombardeándolos, inmisericorde, de adultos. Los intimidan con el regreso al pasado como la mayor de las desgracias posibles si se derrumba el socialismo.

Sin embargo, crecieron oyendo a los viejos de una Cuba en que se comía opíparamente por centavos, la gente se vestía de dril 100 y zapatos de dos tonos, bailaban con la Aragón y en cada esquina había una vitrola tocando boleros.

Los dos extremos les parecen falsos. Del presente nadie les puede hacer cuentos. Temen al cambio, pero detestan su desesperanzadora cotidianidad. La paranoia nacional se alimenta de apatía y cinismo. Son malos ingredientes para avanzar.

Durante medio siglo, empeñados en construir una patria mejor, perdimos a Cuba. Desapareció frente a nuestros ojos. La sustituimos por todas las Cuba que nos inventamos.

Hoy no bastan las manifiestos, los programas de la revolución, las balsas ni los sorteos de visas para salvarnos del abismo. Seguimos cada día recorriendo a rastras el largo camino pavimentado de buenas intenciones que conduce al infierno.

Cuba, la de siempre, sigue viva. Está con nosotros, pero seguimos sin verla. La sepultamos bajo una montaña de sueños, supercherías, ilusiones, nostalgias y odios. Sólo hay que apartar los escombros para encontrarla. Un soplo de libertad bastará para revivirla.

No consiguieron matarla los años ni las ausencias. Nadie logrará decretar que se extinga la nación. Ninguno conseguirá que se hunda en el mar. Acudiremos todos a salvarla.

Entonces Cuba volverá a nacer. Saldrá de los versos de Martí como sólo se pueden leer, de las páginas de Lezama y Cabrera Infante. Brotará del jardín de Dulce María Loynaz. De los boleros del Benny, de los discos empolvados que el tiempo ocultó. Doblará por todas las esquinas de la Habana Vieja. Volverá con los amigos desde cada rincón del exilio. Nos devolverá los sueños que no pudimos cumplir.

Vendrá con el meneo voluptuoso de la cintura de Ochún. Vestirá el vestido rojo de Celia Cruz. Tendrá sabor a Bacardí añejo. Olerá a Palmolive, a jazmín y a galán de noche.

Olvidada de rencores, tomará café con los vecinos. Pondrá la mesa, el domingo, para toda la familia. Firmará la paz con los muertos. Abrirá la puerta de las prisiones. Quemará en el patio uniformes y prohibiciones. Espantará con sus carcajadas a los tiranos y sus aspirantes.

Cuando pase la lluvia y lo purifique todo, Cuba volverá a ser la Patria con mayúsculas. No como era ayer ni como es hoy, sino como siempre debió haber sido y dejamos perder: Cuba, sin apodos, apellidos ni salvadores.

 

 

Las exageraciones de Don Guillermo Cabrera Infante


A Guillermo Cabrera Infante siempre lo acusaron, entre otras cosas, de ser un exagerado. Tengo que admitirlo, creo que tenían razón.

Exageró con lo de su amor por La Habana. él, que era de Gibara, vivió menos de 15 años en La Habana y fue a morir al destierro londinense, eternizó la magia de las noches habaneras. Sólo él podía narrar la magia de una ciudad, que como si la hubiera soñado, ya sólo existe en sus novelas.

Exageró con Lunes de Revolución. Lo culparon de querer cogerse la cultura revolucionaria para él solo. Se quedaron cortos los comisarios con la acusación. A él no le apetecían los monstruos mitológicos y menos los esperpentos. Desmesurado como era, quiso que la revista abarcara toda la cultura, no sólo la revolucionaria.

Pobre, provinciano, hijo de comunistas, se confió demasiado. Ignoraba que el arte era culpable. Que en el socialismo, el hombre y todo lo que hace siempre son culpables. Pensó que aquí no sería así. Solía repetir que en Cuba nunca se sabe. Debía haberlo sabido. Si lo sabía casi todo, hasta el color de las cenizas de Marx. Erró al pensar que en el trópico todo era más suave.

Exageró con su manía de escribir bien, insoportablemente bien. Para conseguirlo, se apropió, siempre exagerado, del idioma castellano y de los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba.

Parece ser que, sin timidez, cenaba a menudo con Cervantes y algunos fines de semana con Shakespeare y Hemingway. Fue por la época que Julio Cortázar con barbas y algunos de sus colegas del boom quisieron condenarlo al ostracismo.

También exageró su pasión por la música y el cine. Envuelto en tórridos enredos con Bárbara Stanwick, Rita Hayworth o Liza Minelli, Miriam Gómez, triunfante, siempre tenía que rescatarlo. Como si la vida fuera uno de esos boleros que recuerdan amores o perfidias. O un solo de la trompeta con sordina de Miles Davis.

Implacable, de la dictadura dijo todo. Dijo más. Dijo tanto y fue tan exagerada su pasión por la libertad que ni la muerte le mereció la absolución de comisarios y mandarines.
Gozó, eterno jodedor, con el odio de sus enemigos. Presumía de la rabia que le mostraban en el reino. Halagaba su vanidad de proscrito. Dice Fermín Gabor, con su lengua de estilete, que se aferró a la leyenda de su heroísmo intelectual que, como tantas de las que escribió, era una exageración.

Cabrera Infante gustaba comentar cuánto y cómo se leían, a despecho de las prohibiciones, sus libros en Cuba. Solía decir que sus lectores cubanos ofrecían por sus libros de 5 a 10 latas de leche condensada.

Señores, doy fe de que en ese asunto sí que Don Guillermo no exageró. Si acaso, las latas de leche condensada son sólo un símbolo. En el Período Especial, desaparecieron, no existían. Hoy, son un lujo asiático.

Soy testigo de que una legión de lectores cubanos, entre los que obviamente me incluyo, ha rastreado durante años los libros de Guillermo Cabrera Infante por todas las ventas de libros usados de la ciudad. Dispuestos a todo por conseguirlo. Incluso a no tomar leche, lo cual, en su hambre casi sudanesa, era el menor de los sacrificios.

Tras hallazgos milagrosos, proposiciones misteriosas, revelación de insólitos escondites y regateos interminables, hemos pagado, sin chistar o chistando, diez dólares por manoseados ejemplares extranjeros de Delito por bailar el Chachachá o Así en la paz como en la guerra (Ediciones R, 1960) y 20 dólares por Tres Tristes Tigres.

Sé que ese puede ser su precio en cualquier otro país. Sólo que los cubanos no ganan su salario en dólares. En Cuba, al cambio actual, dichos precios equivalen a sumas que oscilan entre 250 y 500 pesos moneda nacional. El equivalente del costo de 6 a 10 latas de leche condensada en las tiendas recaudadoras de divisas. Pregunte a cualquier cubano de la isla si es mucho.

A pesar de mis pesquisas entre los libreros por cuenta propia de la ciudad, sigo sin conseguir -y por tanto sin haber podido leer- La Habana para un Infante difunto. Vaya título exagerado que resultó profético.

Por este medio, ofrezco una recompensa de diez latas de leche condensada por dicho libro. Aunque me cueste la cárcel o el divorcio.