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Socialismo: una mirada sobre tres siglos
Jorge Gómez Barata
Para percibir en su magnitud el socialismo, es preciso mirar sobre tres siglos. Las crónicas oficiales del siglo XIX europeo cuentan que esa fue la época de consolidación del capitalismo y omiten que en aquel mismo escenario surgió su antitesis: la teoría del socialismo científico.
En el siglo XX, 1917 fue testigo de la revolución bolchevique, que asumió el desafío de llevar a la practica el grandioso proyecto dibujado por Marx, en un país que constituía la sexta parte de la tierra, era el único de los imperios europeos sobrevivientes y el Estado económica y políticamente más atrasado de Europa.
La vanguardia leninista apeló a los trabajadores, campesinos y soldados, los condujo a la victoria sobre la contrarrevolución y la invasión extranjera, convirtiendo el vetusto imperio zarista en la pujante Unión Soviética, que en apenas 20 años, devino la mayor economía de Europa y estuvo en condiciones de enfrentar y derrotar la maquinaria bélica alemana en los escenarios de la II Guerra Mundial.
El costo político de aquellas tensiones resultó enorme. La revolución proletaria fue empujada a una línea de no retorno. No hubo oportunidad para discusiones mayores ni espacios a la oposición interna. Para evadir el debate que debilita y no permitir una quinta columna, los bolcheviques excluyeron al resto de los partidos y luego prohibieron las fracciones y las corrientes de opinión dentro de su propio partido. Con el agua sucia tuvieron que arrojar la criatura.
Terminada la Guerra Civil, los intentos por revivir los debates internos fueron homologados a las acciones enemigas. En 1922 Lenin enfermó y en la pugna por la sucesión, Stalin emergió victorioso, instaurando un régimen unipersonal que prevaleció sobre el partido, las instituciones y el pueblo. Las arbitrariedades se prolongaron a lo largo de casi treinta años y en ellas perecieron decenas de miles de militantes y la vieja guardia bolchevique.
Antes de que el partido y las fuerzas sanas de la revolución estuvieran en condiciones de reaccionar, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. El país y el partido depusieron sus conflictos y acataron la jefatura de Stalin, para protagonizar una colosal batalla por la supervivencia nacional y el socialismo.
Al precio de 20 millones de muertos, los ejércitos soviéticos recuperaron su país y mientras se abrían paso hacía Berlín, liberaban los pueblos de Europa Oriental.
En cada país arrebatado a los nazis, la URSS favoreció a los comunistas. En las naciones liberadas por ellos, las tropas norteamericanas hicieron exactamente lo contrario. Así, de modo anómalo, se inició la construcción del socialismo en Europa Oriental, que fue en realidad un traslado mecánico del modelo soviético, lastrado por las deformaciones estalinistas.
Sin tiempo ni posibilidades para crear, en todos los países se aplicaron prácticamente las mismas recetas. En el campo teórico la burocracia acudió al dogmatismo. La teoría revolucionaria creada por Marx fue convertida en catecismo.
Tan rudos golpes no terminaron con el socialismo, que había calado profundamente en las masas. Los comunistas soviéticos encontraron fuerzas para en 1956, en el XX Congreso del PCUS, realizar un postrer esfuerzo por salvar la revolución y el socialismo y se comprometieron en una profunda crítica a los abusos de poder y a las deformaciones introducidas por Stalin.
A los errores tácticos y estratégicos, de Marx a la fecha, se sumó la agresiva hostilidad de todos los estados occidentales, la prensa, los centros ideológicos, que hicieron del anticomunismo la mayor empresa ideológica de todos los tiempos, destinada precisamente a la liquidación de los proyectos socialistas que, unida al cerco económico y a la amenaza militar, prepararon el terreno para el derrumbe.
Todavía es imposible saber que se proponía exactamente Gorbachov, pero lo cierto es que el modo en que condujo las necesarias y posibles reformas dio al traste con todo el proyecto e intentando salvar el socialismo real clavó el último clavo en su ataúd.
No obstante, en China, Cuba y Vietnam hubo otras experiencias sobre las que es preciso reflexionar y (además) ahora tenemos una propuesta para el siglo XXI. Luego les cuento.