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Una Big Mac habanera

Jorge Prieto Varona, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana, (PD) ─ Do you like a soft drink?

Merodeaba por la calle Galiano y topé con dos turistas norteamericanas que sentían curiosidad por relacionarse con uno de esos especímenes en probable extinción: un cubano del socialismo real.

Acepté sin reparos, aunque solo les había entendido “drink” y que señalaban a una de las mesas del portal de la hamburguesera de Galiano y Virtudes.

La hamburguesera, que era privada, había sido inaugurada recientemente. A juzgar por los precios, era bien difícil deslindar si era propiedad de los seguidores de Marx o de Rockefeller: parecen de la misma cuadrilla de forajidos.

Tomamos asiento.

─Yes, I drink beer─ dije. Sabía que mi pronunciación de beer era lamentable, pero daba lo mismo, todo lo parecido a beer me vendría de lo mejor… Podría tomarme una beer, una cerveza, un bird, un beef, un bistec o, incluso un absurdo, hasta un oso, un bear.

Lo que sí era seguro es que sería en este lugar mágico, decorado con lucecillas y guirnaldas por doquier, que no había podido estrenar y que los extranjeros pueden darse el lujo de pagar cotidianamente como si nada.

Ellas me sugirieron que ordenara. Para halagarlas, pedí algo bien americano, que no pagaríamos “a la americana”.

─ Por favor, camarera, tres hamburguesas dobles entre rodajas de pan de ajonjolí, salsa, lechuga y lonjas de queso- Y no podía dejar de agregarles algo “tan estadounidense” como una ración de (french fries), papitas a la francesa, con sus respectivas cervezas.

Una de ellas sacó sus lentes de la mochila de la otra y repasó del menú los precios (too expensive?). La otra cuestionó, en un español no tan diáfano como sus ojos color cielo: ─¿Y para Uds. es incosteable, no?

Prosiguieron, mostrando uno de sus rasgos idiosincráticos más marcado: el de tener una estadística comparativa para todas las interrogantes.

─Sabe, una revista inglesa, The Economist, ideó un índice que llamó Índice Big Mac, que no es muy científico, pero que a mi amiga y a mí nos ha sido muy esclarecedor para notar el costo de la vida en cada país que hemos visitado.

La de los lentes me lo detalló más: ─The Economist escogió de la cadena de comida rápida McDonald`s, uno de sus platos presentes en todo el mundo, el Big Mac, que casualmente, si le agregaran unos pepinillos y una rodaja de cebolla, es lo que acabas de pedirnos.

Siguió ojos bellos: ─ Es decir, una formula sencilla: sueldo legal del mes, cantidad de Big Mac que puedes comprar con ese sueldo…Y nosotras más o menos deducimos cómo se vive en cada país.

No le respondí de inmediato para no romper el encanto del enigma, pero con los tres combos que había acabado de pedir ya se me iba la mensualidad oficial, 10 dólares al mes.

Su Índice Big Mac lo calculaban del salario medio nacional, no del mío, del que nunca se habla, del salario mínimo.

─No creo que sea este el mejor país para aplicar ese Índice ─ le respondí, apelando al rasgo idiosincrático que nos consuela, burlarnos de nosotros mismos. ─En principio, no existe la cadena McDonald`s en Cuba. Por otro lado, la carne de res, desde el colapso del campo socialista, a principio de los 90, no se ha comercializado normalmente, su consumo linda con la ilegalidad, al punto que por “hurto y sacrificio de ganado mayor”, que así es como se llama la figura delictiva que condena a quienes roban y matan la vaca, y también a quien le aguante la pata, podemos ser tratados como los hindúes con sus vacas sagradas, y condenados a tantos años como si hubiéramos cometido un homicidio culposo. ¡Y no es un chiste! De hecho, para referirnos a la carne de res, por si las moscas y la policía, en clave la apodamos carne de mu.

─ ¿Why tan cara?─ agregó ella, desde la inocencia de sus ojos pardos tras los lentes ─La hamburguesa debería ser, por eso más barata, sin el monopolio McDonald’s y la distribución en manos del estado. El ganado puede solo comer yerba. ¿Por qué un precio así?

Había formulado la interrogante de las interrogantes. ¿Cómo se determina un precio en Cuba?

─Es una historia incierta ─les dije─ Me parece que el problema con los precios comenzó con algo bien inconexo, un asunto sentimental. Allá a finales de los años 70, el gobierno de Jimmy Carter le propuso al gobierno de Fidel Castro, primero que cediera a los reclamos de los cubanos que se habían asentado principalmente al Sur de La Florida y que ansiaban visitar a sus allegados dejados en la Isla hacía casi 20 años.

Mientras les desentrañaba mi versión del acertijo de los precios, divisé a la camarera que se encaminaba con las tres primeras cervezas frías. Continué después de un prolongado brindis que hicimos a pico de botella.

─ La propuesta de Carter de acercamiento entre los cubanos de las dos orillas, el gobierno cubano la consideró un desafío imperialista, y realmente lo fue. Era la primera vez en dos décadas que esta sociedad hermética se abría y lo hacía con quienes prácticamente había expulsado a empujones: los cubano-americanos. El gobierno se sentía socialmente guapo, con registros notables en educación, sanidad y seguridad social, más una libreta de racionamiento subsidiada que podría ser la realización de los anhelos de igualitarismo distributivo de muchos soñadores de la justicia social.

Agregó la señorita intelectual de los lentes: ─ Para los cubanos del Sur de la Florida las cosas eran bien distintas, allá sí se paga todo…

─Por eso se presentaba un problema con los víveres. Allá se pagaban, pero aquí se racionaban y se subsidiaban. Resultaría poco funcional y hasta ridículo adjuntar por unos días una libreta de racionamiento al pasaporte de los que venían de visita, por lo que se habilitaron tiendas en moneda dura (shoppings) en los hoteles en los que les correspondía hospedarse.

Tras otro chin-chin de botellas, con sorbos prolongados de las humeantes cervezas, continué a mejor ritmo la explicación de los precios en Cuba.

─ Por primera vez los acompañantes de los cubano-americanos pudieron entrar a las tiendas. Por siempre se le había vedado so pena de cárcel (el dólar estaba prohibido y su tenencia era penada). Los cubanos de la generación del boom de la revolución pudieron por primera vez palpar la exquisitez de productos confeccionados para seducir y cautivar, no los grotescos todos tenemos de las tiendas desvalijadas del comercio igualitario. Pero lo peor, de los productos ideológicamente dañinos, descubrieron que usar un jean Levi Strauss no significaba una debilidad pequeño burguesa, al contrario, era un atuendo fuerte de mezclilla con remaches para gente que trabajaba duro, y los revoltosos de la contracultura allá en los Estados Unidos, en símbolo de protesta, lo habían popularizado. Y que la música bulliciosa que los acompañaba, que por cierto ya podían grabar y escuchar libremente sin censura con sus nuevas caseteras regaladas por sus parientes de la comunidad cubana en el exterior, no era una desviación ideológica, sino, solo eso, música interpretada por unos desaliñados que trataban llamar la atención, y que en muchos casos ni norteamericanos eran y muchísimo menos agentes del imperialismo.

─Led Zeppelin y The Rolling Stones eran mis favoritos en esa época y no eran americanos─. Agregó la de los ojos color tiempo detrás de sus anteojos.

Continué mientras ellas muy animadas apuraban otra cerveza: ─No agradó a los ideólogos del gobierno que los jóvenes dejaran a un lado a Marx y Lenin, y que al ritmo de Smoke on the Water y con sus blue jeans, imitaran los pasos de los rockeros.

─ Fue entonces terrible el encuentro del poder de compra del dólar y el del peso. ─ Ironizó la mochilera de los ojos de ensueño, que en principio parecía simpatizante de la revolución cubana pero ya iba cediendo terreno.

─ Pienso que el Régimen, para no capitular, utilizó la máxima “sino es mío no es de nadie”, y subió desmesuradamente los precios en las shoppings.

─Para restarle alcance al pernicioso dólar, ¿no?─agregó la rubia de los lentes

─ ¿Y no afectaba el costo de vida?─ Dijo ojos bellos, mientras se empinaba la tercera cerveza y ordenaba a la camarera, tapándose un ojo a lo pirata, otra ronda de Bucaneros.

Mi estómago, por su parte, se iba retorciendo con los aromas que venían con las brisas del malecón que entraban por el tragaluz del fogón de la cocina al salón y se aventaban al portal con la agridulce fragancia de los Big Mac acriollados con salsa de mango y tomate, que las turistas insistían no en que sirvieran todavía para no interrumpir la tertulia con la masticadera.

─No, no, ─les traté de aclarar─ no afectó el nivel de vida de la población, eso fue una batalla que se libraba solo en la exclusiva red de tiendas en dólares. La población seguía surtiéndose de la libreta de abastecimiento y los electrodomésticos mayormente soviéticos, ganados con los bonos de la emulación socialista laboral, que era otra forma extra de distribución comercial condicionada: el ventilador Orbita, el TV en blanco y negro, la lavadora rompe-ropa Áurica. Este episodio fue un pavoneo textil-electrónico que se libró en las calles de La Habana entre los hijos de papá contra los parientes de los emigrados. La bolsa negra por primera vez remontaba vuelo. Cuando vino la subida de precios, los simpatizantes con la Revolución, que por cierto, nos habíamos tenido que pelear con nuestros parientes apátridas que habían abandonado el país, como así lo exigía uno de los requisitos de la militancia comunista, nos alegró la subida, un poco por recelo y otro tanto porque se decía que el presupuesto del estado se nutría y nuestra libreta de abastecimiento con él.

─ ¿Y hasta cuándo continuó ese pavoneo? ─Preguntó la Yumita de los espejuelos a lo John Lennon.

─ Lo que parecía una escaramuza resultó el derrumbe definitivo del sustento ideológico de la Revolución, Miami dejó de ser el polo pecaminoso de la gusanera, para volverse el lugar idílico donde habitaba el Tío Rico Mc Pato. Toda esta solapada decepción condujo al año siguiente al éxodo del Mariel, y dicen las malas lenguas, que forzó al régimen como medida de distracción a involucrarse más a fondo en las aventuras guerreras en África.

Preguntó la señorita intelectual: ─ ¿De ahí llegamos a este exorbitante precio de ¡este Big Mac!?─ Preguntó mientras ordenaba destapar otra ronda de espumosas cervezas.

─No, antes hubo un pequeño obstáculo institucional, la llamada Casa de Cambio del Oro y la Plata, en el año 1987, un engendro en que compradores del estado adquirían todo lo que tuviera valor en las casas de los cubanos, porcelanas finas, reliquias, muebles, obras de arte, alhajas, al precio que a los funcionarios se les ocurriera, a su conveniencia y parecer.

Tomamos otro sorbo y le mostré de mi bolsillo la moneda convertible cubana actual.
─ De aquí surgió este otro engendro, la moneda dura nacional, el chavito, el cuc que circularía años después como moneda alternativa y equivalente al dólar ¡Oigan esto! Ahora mismo este chavito puede cotizarse un 20% más que el dólar.

Ya me había tomado varias cervezas y aproveché una visita al toilette, que así se llamaba el súper baño, para ordenar al menos las papitas fritas que pagué con el propio chavito.

Minutos después comíamos papitas a la francesas, tomábamos cerveza, y por la proverbial, y única cualidad beneficiosa del licor ingerido en demasía, me volvía totalmente sincero.

Les había confesado que la cuenta del Burger de Galiano superaba mi salario con creces. Ellas, por su parte, me habían restregado que no por chovinismo, pero los Big Mac criollos que acabamos de comer nada tenían que ver con los auténticos de la McDonald’s.

Por el exceso de cervezas, ellas se había puesto sentimentalmente solidarias cuando supieron que fue la caída del Muro de Berlín quien abatió a la libreta de productos industriales y que de la libreta de abastecimientos alimenticios, la primera página que había quedado al campo había sido la de la carne de res.

Les rematé diciéndoles que los que fueran los anhelos de igualitarismo distributivo de muchos soñadores de la justicia social, quedaron en el olvido. Y que por eso, las Big Mac son tan caras y se mantiene el precio castigo que el estado en su momento le aplicó a las shoppings de la comunidad cubana en el exterior.

Todo iba aparentemente bien hasta que con el fragor de las cervezas, a ellas se le ocurrió deshacerse de las chaquetas que llevaban puestas… ¿Qué llevaban debajo? Pues unos pulóveres con la imagen del Che Guevara en sus espaldas.

Dejé un tanto el efecto de las cervezas, volví en mí y recordé que en Cuba, en cualquier lugar, te puede saltar una liebre. Recordé que no la tenía del todo bien con el jefe de policía del sector, y por si acaso, me pasé un poco de abogado del diablo. No fuera ser cosa que estas turistas no lo fueran tanto, y en vez de eso, fueran agentes de la policía política.

Comencé justificando un tanto los precios de los Big Mac criollos con la misma historia de que a mayores ingresos mayor tributo y mejores balances del presupuesto estatal, y con ese dinero lograríamos mantener los logros sociales de la Revolución.

Reinó un silencio analítico después del giro que había tomado mi explicación…

Finalmente, las dos me miraron fijamente con sus ojos almendrados de cerveza, y tomando prestado de nuestra idiosincrasia eso del sarcasmo, la de los lentes me respondió:

─ Si nosotros cobráramos por este combo de hamburguesas en New York lo que ustedes proporcionalmente pagan de su salario en La Habana, nuestro seguro médico no se llamaría Obamacare… Se nombraría open-hearted- at the moon, porque podríamos hacerle una operación a corazón abierto a cada estadounidense en la Luna… ¡En la Luna!