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Jóvenes en Cuba: la generación sin futuro

Gritan “yo soy Fidel” mientras “inventan” para salir adelante, o viven gracias a los dineros de un pariente emigrado

Ana León y Augusto César San Martín, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- A mediados de noviembre fue publicado en los diarios oficialistas Granma y Juventud Rebelde un artículo firmado por la Dra. Graziella Pogolotti, que llevaba por título “Cómo son los jóvenes de hoy”. La interrogante preocupa a casi todos los cubanos, pero resulta imposible, como afirma Pogolotti, establecer un molde o concepto que se ajuste a la totalidad de la juventud. Por tal motivo CubaNet conversó con ciudadanos de distintas generaciones, quienes brindaron sus criterios acerca de este componente social que ha cambiado drásticamente en los últimos años.

Hasta hace muy poco la falta de educación y las actitudes delictivas en adolescentes fueron consideradas un mal endémico de los barrios marginales, con familias disfuncionales y de bajos ingresos. Hoy la degradación se ha extendido a zonas de la capital tradicionalmente conocidas como “de gente bien”; donde la misma delincuencia se manifiesta, aunque con mayor sutileza y detrás de fachadas hábilmente preparadas.

Los jóvenes de hoy forman parte del fraccionamiento social provocado por una crisis económica prolongada y la emergencia de nuevos estándares de vida que han modificado prioridades, deseos y aspiraciones. Los tiempos son otros y a pesar de que el gobierno controla muchas libertades individuales, ya no es tan sencillo lograr que millones entren, como se dice, “por la canalita”.

Si, como afirma Graziella Pogolotti, cada generación es portadora de una marca de época, la juventud  actual se identifica con el remanente físico, psicológico y cultural del Período Especial; un momento en que los valores quedaron súbitamente trastocados, y pensar en términos de nación dejó de ser importante.

Aquella juventud fracturada tuvo que lidiar con el inicio de la decadencia en la educación escolar, un mal que se ha agudizado terriblemente en los últimos quince años. Quienes no sufrieron el impacto directo de la Crisis, han sido afectados por sus secuelas en el ámbito social.

Actualmente en Cuba se está produciendo una estratificación en la cual se aprecian matices; pero resalta la polarización extrema entre jóvenes que tienen acceso a un grado de bienestar muy superior, y los que “luchan” para subsistir, procurando no dejar en ello su humanidad.

Cuando los jóvenes hablan de sí mismos no van más allá de la descripción epidérmica. Aspiran a ser “grandes” desde el banco de un parque, anclados a la Wi-Fi; actitud comprensible si se conoce que para ellos ser grande equivale a tener dinero y bienes materiales, una meta que en Cuba no necesariamente se alcanza trabajando.

Los nuevos impedimentos para emigrar, en lugar de llevarlos a considerar una alternativa desde dentro, parece haberlos sumido en un conformismo pasivo, donde la palabra “futuro” está indisolublemente ligada al abstracto propósito de esperar que se presente la oportunidad ideal. Pocos tienen consciencia de lo que significa ser joven en un país atrofiado económica y políticamente; o parte de una sociedad envejecida que los convierte, desde ya, en potenciales cuidadores.

Las personas mayores no los critican; solo los observan con preocupación porque saben que la continuidad no está garantizada. Falta sentido de pertenencia y compromiso. La preparación técnica y profesional no se corresponde con las exigencias de los tiempos actuales y asistir a la escuela no es garantía de que estén aprendiendo lo necesario para asumir el porvenir de la nación.

El discurso oficialista no hace mella en las nuevas generaciones, aunque marchas y desfiles luctuosos pretendan demostrar lo contrario. Todos le hacen el juego al poder para no buscarse problemas. Los jóvenes gritan “yo soy Fidel” y ensalzan el socialismo hasta la náusea mientras, solapadamente, se dedican a toda clase de ilegalidades para salir adelante, o viven gracias a los dineros de un pariente emigrado.

El ejercicio de mentir desde edades tempranas provoca una adicción peligrosa, que pone en ridículo tanto a sus practicantes como al sistema político cubano. El hecho de que en las elecciones municipales acontecidas el pasado 26 de noviembre, varios adolescentes declararan haber votado por Fidel Castro, refleja una estado mental tan alienado que bien podría atribuirse al uso de sustancias psicotrópicas. Todos -delincuentes, hipócritas, fanáticos y mantenidos- hacen daño a cualquier proyecto de nación que tenga como objetivo el desarrollo de un país a partir del esfuerzo conjunto de sus ciudadanos.

Bueno y malo hay en todas partes. Si Cuba pudiera presumir de una juventud abundante y emprendedora, los adolescentes malogrados solo serían “errores de un sistema perfectible”. Pero en el país más envejecido de América, con una tasa de natalidad que tiende a disminuir, cada retoño es un tesoro.

Es cierto que hay jóvenes virtuosos, entregados a la faena de aprender y superarse. Jóvenes que anhelan una Cuba de la cual no haya que salir huyendo por falta de posibilidades. Desgraciadamente la virtud, cuando no se manifiesta por el bien común, es como si no existiera.