Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

Los primeros 50 días

 

Desde 1933, cuando el Presidente Franklin Roosevelt  comenzó su primera administración (fue el único presidente electo cuatro veces) en medio de la peor depresión económica en la historia de EEUU, debido a que se tomaron una serie de medidas y se aprobaron muchas leyes por el Congreso para lidiar con la emergencia económica y tratar de nivelar la economía americana en los primeros 100 días de su administración, esto ha tomado un aspecto casi mitológico.

 

Solamente en esos primeros cuatro meses de 1933 (en aquel entonces, los presidentes comenzaban su mandato en marzo, no en enero como ahora) y porque el país llevaba casi tres anos en aquella profunda depresión, fue que en los primeros 100 días hubo tanta actividad, pero como “los primeros 100 días” se convirtieron en algo casi legendario, cada nuevo presidente ha tratado de imitar tal actividad. Lo cual nunca ha sido posible, entre otras cosas, porque nunca han existido las condiciones presentes en 1933 y nunca se ha repetido una depresión de tal magnitud en EEUU.

 

En el 2009 sucedió algo similar por la crisis financiera/hipotecaria que comenzó en septiembre del 2008. La nueva administración del Presidente Barack Obama trató de emular el ambiente de crisis de 1933, pero las condiciones eran muy distintas.  Aun así, se aprobaron algunas medidas de “emergencia” (la crisis ya había abatido bastante meses antes por varias leyes y órdenes ejecutivas del Presidente George Bush hijo antes de abandonar el poder) durante los primeros meses de la nueva administración, la más notable y transcendental siendo la ley conocida como Estímulo.

 

Supuestamente una medida para “estimular” la economía siguiendo las teorías clásicas del economista inglés John Maynard Keynes (enorme gasto publico y rebaja de impuestos -aunque en el 2009 los impuestos NO fueron rebajados, sino todo lo contrario-), esta ley en realidad gastó casi un trillón (en inglés) de dólares (1’000,000’000,000), y la mayor parte del dinero terminó beneficiando a los sindicatos de empleados del gobierno, a los políticos del Partido Demócrata y a los bancos. La economía no fue estimulada, el gran programa de obras públicas prometido nunca fue implementado, y el pueblo recibió pocos beneficios.

 

Todo esto fue posible porque, como en 1933, el Partido Demócrata controlaba ambas cámaras del Congreso de manera absoluta. Es decir, las mayorías eran a prueba de ninguna oposición por parte del Partido Republicano. Y como el presidente también era Demócrata, la nueva administración pudo actuar con gran impunidad, aunque no pudo implementar uno de sus proyectos favoritos de limitar enormemente las emisiones de bióxido de carbono, cuando muchos políticos de estados productores de carbón mineral no apoyaron la propuesta ley, la cual fue también opuesta unánimemente por los republicanos.

 

En definitiva, ni remotamente se aproximó en el 2009 lo ocurrido en los primeros 100 días de 1933, pero con la ayuda y complicidad de los medios informativos (de ahora en adelante, los “medios”), nació otra leyenda: el nuevo presidente, el primer ciudadano de la raza negra en asumir la presidencia y, por consiguiente, un presidente “histórico”, ya se convertía en un Salvador de la nación. Este preámbulo es necesario para poner en contexto lo que sigue.

 

A pesar de que muchos amigos me están pidiendo desde enero que escriba algo sobre la nueva administración, no había querido hacerlo porque es muy pronto. Pero Eugenio Yáñez me sugirió que escribiera enfatizando las grandes diferencias entre Donald Trump y todos los presidentes anteriores, sobre todo en su idiosincrático “estilo” de gobernar; y pensando resaltar las diferencias, acordé hacerlo.

 

Pero como los cambios desde enero 20 han sido tan grandes y tan continuos, y como al esperar varias semanas hemos podido ver y escuchar el discurso conocido como State of the Union Address, (discurso que desde George Washington, y ordenado por la Constitución Americana, todos los presidente están obligados a pronunciar al comienzo de cada año), y sobre todo desde la semana pasada el proyecto de ley para derogar la Ley de Salud federal conocida como Obamacare, ahora si tenemos mucho material que cubrir.

 

Aunque quiero prevenir a los lectores que mi intención principal es no solo describir, sino explicar lo sucedido hasta ahora y las tremendas dificultades en implementar el programa de gobierno de la nueva administración, muy especialmente el programa económico basado en la rebaja de impuestos y eliminación de regulaciones federales que han impedido que la economía del país progrese por casi una década.

 

A partir del 20 de enero del 2017

 

En el periodo entre la elección de noviembre y la toma de posesión en enero, la actividad del presidente electo Trump fue inusitada. Tal parecía que el hombre no paraba ni a respirar, todos los días anunciando proyectos, reuniéndose con varios grupos de empresarios y lideres laborales ¡antes de ser presidente!, negociando (antes de asumir el cargo en enero 20) con grandes empresas como Ford, General Motors, Carrier, Boeing y muchas otras, y anunciando que muchas de estas empresas se habían comprometido a NO trasladar sus plantas a países extranjeros, notablemente México. En fin, logró anular al presidente saliente en sus últimos días, ya que toda la atención -y grandes críticas de los medios- estaba concentrada en él, tal como sucedió en la campana electoral.

 

Entonces llegó el discurso inaugural en enero 20, el cual fue generalmente mal recibido -de acuerdo con los medios. Pero el que, por otro lado, fue MUY bien recibido por la base de votantes que lo llevó a la presidencia. En ese discurso, que típicamente se utiliza para sentar el “tono” del nuevo gobierno y sus intenciones y esperanzas futuras, esta vez fue diferente.

 

Trump anunció una serie de medidas específicas que su administración planeaba implementar, comenzando con órdenes ejecutivas para anular muchas de las mismas órdenes ejecutivas que el presidente saliente había utilizado para gobernar desde que su Partido Demócrata perdió el control del Congreso en el 2014. Una buena parte de esas órdenes de Obama eran ilegales e inconstitucionales (ningún presidente la Corte Suprema, aun con ocho Jueces desde la muerte del gran Antonin Scalia en el 2015 fue “castigado” con reveses de la Corte Suprema -unánimemente- de varias de esas órdenes ilegales que fueron retadas continuamente, sobre todo la que pretendía “legalizar” (ilegítimamente) el status migratorio de millones de inmigrantes ilegales en el país.

 

Pero Trump también anunció, tal como había prometido en su campana electoral, su programa económico basado en rebajas de impuestos para lograr su lema: Make America Great Again (hacer America Grande Otra Vez).

 

Incidentalmente, en frente del ex presidente Obama, criticó duramente los ocho años anteriores por el pésimo estado de la economía y por su bajísimo índice de crecimiento. Naturalmente, los medios y el Partido Demócrata encontraron el discurso sombrío y muy pesimista. Los que votaron por Trump, obviamente, no compartieron esos “oscuros” pronósticos. Al contrario, encontraron el discurso como algo distinto, casi como que sintieron un gran suspiro de alivio al ver que, aparentemente, había toda intención de cumplir las promesas de la campaña.

 

Días después comenzaron los anuncios de los miembros del gabinete que Trump proponía nominar para ser aprobados por el Senado. De nuevo, estridentes críticas, sobre todo de parte del nuevo líder de la minoría Demócrata en el Senado, Chuck Schumer de New York, y por supuesto de los medios. De inicio, aunque los demócratas NO podían evitar que los nominados fueran aprobados porque los republicanos tienen mayoría de dos votos en el Senado y solo se necesitan 51 votos para confirmar, decidieron obstaculizar y alargar el proceso de aprobar al nuevo gabinete. Uno de los resultados ha sido que todavía todos los nombramientos no han sido aprobados por el Senado, y de esa manera no se puede gobernar. 

 

Por otro lado, la calidad de los miembros del gabinete es impresionante, hasta el punto de que, en mi opinión profesional como historiador, es el mejor en la historia de EEUU.  Con la excepción del primero, el de George Washington, pero ese tenía solo cuatro miembros. Era mejor solamente porque todos fueron fundadores de la nueva nación. Dos de ellos, Thomas Jefferson, Secretario de Estado y Alexander Hamilton, Secretario del Tesoro, fueron dos de los más grandes en la historia Americana. Jefferson, porque escribió la Declaración de Independencia y fue el tercer presidente. Hamilton, porque junto con el gran juez John Marshall de la Corte Suprema, fue el verdadero “inventor” de EEUU con su programa económico que asumió, consolidó y monetizó la deuda nacional (y las de todos los 13 estados iniciales) y creó el  primer banco nacional. Las ideas y principios de Jefferson prevalecieron por los primeros 75 años, hasta la Guerra Civil en 1865. Pero la gran nación comercial/industrial que conocemos, la republica que se convirtió en la nación mas grande y poderosa del mundo -y a la vez la mas centralizada, con un gobierno cada vez mas burocrático y alejado de su pueblo, tan lejos de lo ideado por los Fundadores, esa fue creada por Hamilton y Marshall.

 

El choque con los medios

 

A la vez, los medios le declararon la guerra abiertamente a la nueva administración. Los medios y todo el Partido Demócrata, en complicidad con una meta en común: destruir a la nueva administración y especialmente al Presidente Trump personalmente. El vehículo para esa guerra fue la narrativa inventada deliberadamente de que el resultado de la elección presidencial fue ilegítimo debido a la intervención de Rusia en el proceso. En otras palabras, según ellos, Trump ganó la elección única y exclusivamente gracias a Rusia. De más esta decir que no existe ni un ápice de evidencia al respecto. Pero el ataque sigue incesantemente y TODA la Izquierda Eterna lo cree fervientemente.

 

Pero este presidente ES diferente. El comentarista radial conservador Rush Limbaugh (con una audiencia de 20-25 millones de oyentes diarios por casi 30 años) hace algunas semanas hizo un perspicaz comentario al respecto. Limbaugh considera que Trump fue el primer y único presidente en décadas que no debe su elección a los medios -ni a nadie más que a los que votaron por el.  Consiguientemente, Trump NO puede ser destruido por esos mismos medios y los ataques continuos serán eventualmente contraproducentes.  Así parece ser hasta ahora, porque Trump, que es un maestro publicitario y que sabe (por eso fue electo contra todas las expectativas) cómo llegar e interesar directamente a sus seguidores (en buena parte gracias a los “medios sociales”, sobre todo a los textos cortos a sus 50 millones de seguidores en Twitter), por su parte inventó un término que ya ha pasado al uso general y se conoce como Fake News (noticias falsas).

 

Con este “invento”, Trump ha convencido a millones de americanos de que los medios mienten, que tergiversan las noticias, o las ocultan, o las suprimen, y siempre las mal interpretan. Esto será cierto o no, pero en gran parte es verdad, y hay evidencia de sobra de que por años los medios son culpables de tales manipulaciones.

 

Es decir, muchas veces Trump exagera. Es su naturaleza (recuerden la fábula del escorpión y la rana).  Algunas veces hasta miente.  Pero los medios también lo hacen (no siempre, de acuerdo), y por años lo han hecho impunemente. Los políticos, incluyendo muchos republicanos, le temen a los medios, pues son susceptibles a ser destruidos por los periodistas y comentaristas que abrumadoramente apoyan al Partido Demócrata y que, en verdad, son parte de la Izquierda Eterna.

 

Pero Trump definitivamente NO le teme a los medios.  Es más, los usa hábilmente contra ellos mismos -y sus ataques son aplaudidos por una buena parte del publico, que lleva mucho tiempo esperando que algún político se atreva a enfrentarse a los temidos medios.

 

No solo eso. Cada vez que los medios -o los demócratas- lo atacan, Trump contraataca, y lo hace con una furia y con una efectividad que deja a sus oponentes casi sin aliento. Entonces, con lo que llama Fake News, ha logrado neutralizar los ataques de los medios y de los demócratas, pues ha podido convencer a sus seguidores, que aunque no sean mayoría absoluta son quienes lo eligieron, de que tanto los medios como los demócratas mienten.

 

Un serio problema de los medios es la continua mención de “fuentes anónimas”. De acuerdo, eso es necesario, y siempre lo ha sido, para que los medios puedan investigar.  Pero cuando esas “fuentes” se inventan o se falsifican, todo cambia, y muchas veces se ha demostrado, por décadas, que una buena cantidad de reportajes que fueron aceptados como fidedignos han resultado ser falsos.

 

Dos tropiezos

 

Ha habido varios errores en estos primeros 50 días. Eso es normal, aunque desafortunadamente esta administración no se puede dar el lujo de cometer tales errores con la oposición unánime de la Izquierda Eterna, cuyo cometido es destruir a este gobierno.

 

Notablemente, dos asuntos han perjudicado innecesariamente a la nueva administración.  Primero, el anuncio de medidas para controlar, de manera temporal, la entrada en EEUU de viajeros de varios países de población mayormente musulmana. Esto se hizo sin buena preparación y fue anunciado torpemente. La orden ejecutiva fue retada legalmente  de inmediato por fiscales de los estados de Washington y Minnesota, los cuales encontraron un juez federal que aceptó la demanda y emitió una orden para frenarla temporalmente.

 

Los argumentos aceptados por el juez (de la 9na Corte de Apelación, la más radical del país) son absurdos y ni siquiera se refieren a la ley federal que apoya la orden de control de visitantes. Pero fue una derrota publicitaria que se pudo evitar. 

 

Lo peor es que la orden en realidad no tiene muchos beneficios tangibles. Es decir, difícilmente servirá para evitar posibles ataques terroristas y se pudieran haber logrado mejores resultados simplemente anunciando la suspensión temporal de visas a visitantes de esos y otros varios países. La intención del anuncio fue casi seguramente política, para “cumplir” una de las promesas electorales -aunque no sea efectiva la política. Pero salió mal y afectó el “momento” que la nueva administración llevaba, además que le dio una “causa” a la Izquierda Eterna de movilizarse contra la administración, después que llevaba semanas aturdida por la inesperada victoria electoral de Trump en noviembre.

 

El segundo revés fue mucho peor. El nuevo Asesor de Seguridad Nacional, el General Michael Flynn, sostuvo conversaciones con el Embajador ruso poco después de la elección.  Esto es normal y permitido, pero los medios lo sensacionalizaron como parte de la narrativa de que Rusia intervino en la elección.  Flynn -y Trump- fueron puestos a la defensiva. El Vice Presidente Mike Pence negó las conversaciones en TV nacional -porque Flynn o le mintió o no le contó toda la verdad.

 

Una de las conversaciones telefónicas fue grabada por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y su contenido fue ilegalmente revelado a los medios (algo no solo ilegal, sino que puede llegar a ser un acto de traición). Ese error de Flynn obligó al presidente a despedirlo, lo cual se convirtió en un “escándalo” ficticio. En el sentido que el despido fue porque el presidente perdió la confianza en Flynn, no porque este cometiera ningún acto ilegal o no permitido. Pero algunos líderes demócratas llegaron al exceso de compararlo con el escándalo de Watergate. En definitiva, fue algo inexcusable y nunca debió suceder.

 

“Obamacare” y los proyectos de ley para sustituirlo

 

Ahora pasemos al proyecto de ley para derogar y reemplazar a la desastrosa y fracasada Ley de Salud del 2010 anunciado por el líder de la Cámara de Representantes (Speaker) Paul Ryan el lunes 6 de marzo.  Pero antes, unas aclaraciones y explicaciones necesarias para entender bien todas las implicaciones de la Ley del 2010 y lo que se pretende cambiar. 

 

En primer lugar, los republicanos cometieron un tremendo error cuando desde el 2010 comenzaron a prometer la derogación de la Ley (aprobada en secreto y sin discusión publica alguna, y sin un solo voto republicano en ninguna de las dos cámaras del Congreso, porque según la entonces Speaker de la Cámara Nancy Pelosi “tenemos que aprobar la ley antes de saber que dice”).

 

Los republicanos adoptaron el eslogan de Repeal and Replace (abrogar y reemplazar) desde el principio, y ahora que tienen todo el control del gobierno, incluyendo al presidente, se encuentran en un callejón sin salida. ¿Por que? Porque nunca antes del 2010 existió una ley de salud federal (es decir, nacional, que aplicara en todo el país).  De manera que el grave error fue prometer reemplazar la ley con otra, cuando lo correcto era derogar la ley y NO reemplazarla con otra, sino dejar que cada estado hiciera las modificaciones necesarias.

 

Ahora el problema está en que, una vez más, los republicanos están a la defensiva porque los medios (y el Partido Demócrata) han conseguido asustar a una buena parte del público con que se quedarán sin seguro médico si la Ley del 2010 se deroga. Todo lo que había que hacer era asegurar a los que tienen seguro en este momento, especialmente los más pobres y los que reciben subsidios (o no pagan, reciben el seguro gratis), de que esos seguros serían respetados hasta que se aprobaran las modificaciones necesarias. Pero se equivocaron los líderes republicanos, atrapados por su propia retórica.

 

El proyecto para derogar y reemplazar contiene tres etapas. En la primera, se deroga la Ley del 2010 y se aprueba una nueva ley que, básicamente, elimina los impuestos y muchas regulaciones de la Ley vigente, mantiene las populares cláusulas de que a nadie se le niegue seguro médico debido a condiciones previas y a que los menores de 26 años puedan acogerse a las pólizas de los padres, y garantiza créditos impositivos a los que no tienen seguros pagados por sus empleadores, como en el caso de todos los pequeños empresarios, y no mucho mas.

 

Naturalmente, muchos conservadores se oponen al proyecto de ley ya conocido como RyanCare porque NO incluye mucho de lo prometido por siete años, como por ejemplo, quizás lo mas importante: permitir que los consumidores puedan comprar los seguros mejores y más baratos, sin importar donde. Es decir, que alguien en la Florida, por ejemplo, pueda comprar un seguro ofrecido en Texas, lo cual ahora no se puede hacer. Además, los críticos republicanos acusan que los créditos impositivos (tax credits) no son más que otros subsidios como los que existen ahora.

 

Los líderes republicanos explican (malamente) que tienen que usar el mecanismo conocido como Reconciliation (reconciliación) para evadir las regulaciones del Senado, donde solo tienen 52 escaños, de aprobar la ley por simple mayoría (51 votos) en lugar de los 60 votos que normalmente se necesitan en el Senado para siquiera llevar un proyecto de ley a votación. El proceso de Reconciliation, además, evita el debate ilimitado en el Senado conocido como filibuster, lo cual permite a cualquier senador, (o a varios) hablar interminablemente y no permitir votar, hasta que 60 Senadores voten para terminar el filibuster (cloture).  Pero Recociliation (que fue utilizado por los demócratas en el 2010 para aprobar la ley en primer lugar) solo permite votar sobre proyectos de presupuesto y nada mas.

 

Por eso Ryan y los demás líderes de la Cámara que confeccionaron el proyecto mantienen que no pueden incluir otras modificaciones esperadas. Esas, según los lideres de la cámara, se presentarán después, en la tercera etapa, una vez la Ley del 2010 haya sido derogada. (Reconciliation viene de una ley aprobada en 1974, cuando los Demócratas controlaban el Congreso y Richard Nixon era presidente; Nixon firmó la Ley.  Consecuentemente, el proceso NO se puede cambiar, hay que adaptarse al contenido de la Ley de 1974).

 

La segunda etapa, según el nuevo Secretario de Salud, el ex Congresista de Georgia Tom Price (médico y autor de una de las propuestas de ley preparadas en el 2013 para reemplazar la Ley del 2010 cuando se pudiera), incluirá la derogación de hasta 1,400 regulaciones que ahora existen bajo la Ley de Salud vigente.  Price ha prometido revisar cada una y derogar las más dañinas, que serán casi todas. Esto no se conoce bien, pero esas regulaciones han afectado la economía enormemente,, sobre todos a los pequeños negocios, en ocasiones más que la misma Ley.

 

El plan es que una vez que se derogue la Ley del 2010 y se eliminen muchas de estas regulaciones, la economía mejorará lo suficiente para permitir aprobar todo lo demás que es necesario, como la libertad de comprar seguros en toda la nación, la restricción de demandas con sentencias ilimitadas (una de las cosas que más encarece el cuidado médico porque los doctores tienen que pagar seguros muy costosos), el abaratamiento de las medicinas, permitir cooperativas para que el costo de todo baje a sus miembros, y mucho más.

 

Pero el problema es que muchos conservadores no confían que se cumplirá la tercera etapa. Además, aunque se cumpla, si esto no se logra durante el 2017, entonces caemos en un año de elecciones congresionales y todo se complica. Para no mencionar que en ese momento (cuando sea) NO se puede usar Reconciliation (solo se puede usar una vez y, como se mencionó, solo para asuntos presupuestarios) y entonces se necesitan 60 votos en el Senado. 

 

Es decir, se necesita que al menos 10 Senadores Demócratas voten a favor de una nueva ley o modificaciones de la que se logre aprobar ahora (si se logra). Adicionalmente, hace falta derogar la Ley de Salud del 2010 para continuar a lo mas importante de todo, a considerar y tratar de implementar el programa de reducciones de impuestos -corporativos y personales- y la eliminación de la infinidad de regulaciones que han mantenido la economía nacional maniatada por una década (no olvidemos que todo el desastre económico empezó cuando Bush hijo era presidente, alrededor del 2006, año en que los Demócratas tomaron el control del Congreso, en buena parte gracias a la impopularidad de la guerra en Irak (provocada, por supuesto, por la terrible decisión de Bush de invadir Irak).

 

Hay que ocuparse de la Ley de Salud primero, porque solamente después de derogar los impuestos que contiene la Ley existente se puede preparar el nuevo presupuesto que incluirá las rebajas de impuestos planeadas. Sin eso, no se puede calcular el efecto económico de los cambios en las tasas de interés y el aumento, si hay alguno, en la deuda nacional.

 

Pero, por otro lado, aunque el Presidente Trump apoya plenamente el proyecto de ley de salud republicano, y aunque haga campaña por su aprobación, existen graves -y muy válidas- dudas de aprobar el proyecto como ha sido presentado. Claro que los republicanos han anunciado que el proyecto se debatirá en la Cámara y se permitirá introducir enmiendas, lo cual no fue posible cuando los demócratas aprobaron la Ley de Salud del 2010. 

 

Trump igualmente así lo ha asegurado: esto es un proyecto de ley, no el producto final.  Ya el presidente se ha reunido con opositores conservadores para tratar de convencerlos que apoyen el proyecto. Más aun, en el Senado varios importantes miembros como Marco Rubio, Ted Cruz y Rand Paul han anunciado que de ninguna manera pueden apoyar lo presentado. Si estos Senadores y varios otros conservadores como Mike Lee y Tom Cotton de Arkansas, alguien que aunque éste es solo su segundo año en el Senado ha adquirido una buena y bien merecida reputación como un importante líder, se oponen al proyecto y a los cambios que se consiga hacer en la Cámara antes que el proyecto de ley pase a ser considerado por el Senado, el problema es extremadamente serio porque, como he mencionado, el proceso de Recociliation solo se puede hacer UNA vez. Es decir, si fracasa, no se puede repetir.

 

Así que ahora todo depende de los cambios que se hagan y del presidente. El se cansó de decir que es el maestro en el arte de la negociación. Para que su presidencia, de entrada, tenga éxito y se pueda continuar hacia adelante, la Ley de Salud del 2010 TIENE que ser derogada.

 

Pero NO tiene que ser reemplazada, mucho menos simultáneamente como se ha preferido, incluso por el presidente, hasta ahora. Es preferible hacerlo todo bien hecho y que lo que se substituya sea lo mejor posible, que hacerlo todo a la vez.

 

Además, recuérdese lo que mencioné al principio. No es necesario aprobar una ley inclusiva nacional. Todo lo contrario. Seria preferible y mucho mejor, por ejemplo, aprobar, como ley federal, la garantía de que las condiciones preexistentes estén cubiertas, así como la popular, aunque no tan importante, inclusión de los hijos hasta 26 años en las pólizas de los padres y dejarlo así.

 

Entonces se le pueden otorgar grants (fondos en bloque) federales a cada estado individualmente para que a través del programa de Medicaid (con fondos federales administrados por los Estados), los más pobres tengan acceso, a muy poco costo (o gratis a los más necesitados), a coberturas médicas con deducibles suficiente bajos que sean costeables.  Ahora, bajo la Ley vigente, estos costos son inalcanzables para casi todos los que se han asegurado bajo la Ley del 2010, para no hablar del gran aumento en las primas mensuales.

 

Los Estados además, por supuesto, pueden pasar leyes permitiendo a sus ciudadanos comprar seguros médicos en otros Estados que ofrezcan pólizas mas baratas.  En fin, todo se puede arreglar y no hay razón de aprobar una ley inservible demasiado rápido.  Entonces se terminaría como estamos -o peor- y los Republicanos serian barridos del poder en el 2018.

 

Los que apoyaron a Trump, y todos los que votamos por él, nos sentiríamos traicionados una vez más. Es inconcebible que esto ocurra. Por eso hay que hacer las cosas bien hechas para evitarlo.

 

En la segunda parte de este ensayo abordaremos el papel y la actuación de los aparatos de inteligencia de EEUU, así como los aspectos más candentes de la política exterior.

 

(continuará)