Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

ELECCIONES DEL 2018 EN CUBA Y LATINOAMÉRICA. PRIMERA PARTE

 

En el 2018 varios países de América Latina podrán experimentar nuevos bríos a partir de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en países como México, Colombia, Brasil, Costa Rica, Cuba y Paraguay, algo que ya está siendo motivo de algunos análisis, y sobre todo de múltiples comentarios en los casos específicos de países como Colombia y Cuba, dadas sus particularidades, aunque ahora se suman las especulaciones en torno al inesperado anticipo venezolano que acaba de anunciar su ilegítima Asamblea Constituyente.   

 

Analicemos algunos de los principales aspectos que caracterizan a las naciones que tendrán sus comicios dentro del contexto regional, considerando aquellos elementos que pudieran ser determinantes para que tengan lugar de la forma más exitosa posible, al menos en aquellas naciones donde existe un mínimo de respeto a la democracia, algo que lamentablemente no se cumple en todos los casos, así como los desafíos que han de enfrentar quienes salgan triunfantes en esas consultas.

 

En América Latina resulta significativo un extraordinario contraste en lo político, lo social y lo económico, lo que deriva en una diversidad de situaciones disímiles para cada país. Esto determina que la extensa región sea una zona de desigualdad significativa en la que contrastan países de cierto desarrollo económico como Costa Rica, Panamá, Chile y Argentina, en contraposición con otros como Paraguay, Ecuador, Venezuela y Honduras, cuyos índices de pobreza son alarmantes; o de naciones como Costa Rica y Uruguay, que son ejemplos de democracia ante el mundo, los que le hacen la contrapartida a otras como Cuba y Venezuela, cuyos sistemas dictatoriales se caracterizan por el absolutismo y la represión.

 

En medio de esta variabilidad democrática el 2018 promete ser un año de grandes cambios, aunque muchas cosas están aún por definirse en torno al tema de las elecciones que tendrán lugar en la enorme extensión que el colosal cubano, que hemos recordado sobremanera por estos días, definiera como “Nuestra América”.

 

El domingo 4 de febrero los costarricenses elegirían al sustituto de Luis Guillermo Solís, en tanto que en Ecuador tuvo lugar la esperada y controversial Consulta Popular y Referéndum, que independientemente de no ser unas elecciones propiamente dichas, será incluida en este análisis considerando su connotación política no solo para Ecuador, sino para la región. No obstante, estas dos naciones serán analizadas detenidamente en la segunda parte de este trabajo que saldrá en la próxima edición una vez que tengamos los resultados definitivos de los eventos de ambos países. 

 

Para el mes de abril están previstos los “comicios” en Cuba -que con sus particularidades como antítesis de todo lo que tenga relación con la democracia, cualquier término o concepto resultan inadecuados para abordar el tema-  y Paraguay, mientras que en mayo serán en Colombia, y en julio en México, quedando para el mes de octubre la esperada contienda en Brasil; aunque el régimen madurista haciendo gala de sus poderes absolutos para manipular a su capricho los designios del país ha determinado realizar su simulacro electoral de manera adelantada en el primer cuatrimestre del presente año.

 

Así las cosas, analicemos pues algunos aspectos en torno al tema de las elecciones en países como Cuba, Paraguay, México y Colombia en esta primera parte, dejando para un segundo momento Costa Rica, Brasil y Venezuela, así como un comentario sobre la Consulta Popular y Referéndum convocado por la presidencia de Ecuador, país que tuvo sus comicios el pasado año.  

 

“Elecciones” en Cuba. El continuismo político está garantizado, su farsa electoral está diseñada para permitirlo. 

 

En abril no solo tendrán lugar los comicios en Paraguay, sino también en Cuba, y aunque me resulta extremadamente difícil poder decir “comicios” -en este caso escribir- teniendo en cuenta el significado del término, tendré que hacerme entender de alguna forma. Así que lo primero que hemos de hacer para abordar el tema de las “elecciones” en Cuba es ratificar que en esta nación no hay elecciones propiamente dichas, sino un proceso que el régimen ha querido denominarlo de esta forma, pero que carece de aquellos elementos mínimos como para poder ubicarlo en esta categoría.  

 

Según la investigación de The Economist Intelligence Unit citada en artículos anteriores, que examina el índice democrático en América Latina mediante fortalezas y debilidades, Cuba ocupa el peor lugar de la región -y preciso a mis lectores que la fuente me resulta confiable, no solo por su precisión y seriedad, lo que no significa la posibilidad de algún pequeño sesgo, dada la magnitud del tema y la subjetividad de algunos de los parámetros evaluados, sino por su imparcialidad, y por la coincidencia entre las caracterizaciones hechas para las diferentes categorías con los hechos en el orden práctico- con una puntuación de 3.52, incluso por debajo de Haití que obtuvo 3.82, y en el lugar 127 del ranking mundial, lo que indica que está en la categoría de regímenes autoritarios, cuya puntuación es por debajo de 4, caracterizados por pluripartidismo político ausente, se les considera dictaduras, las elecciones, de haberlas, ni son libres ni justas, se reprime la crítica al gobierno, y no existe poder judicial independiente, lo que sin duda es el retrato fiel del régimen castrista.

 

Mientras que todas las naciones de la región -independientemente de las manipulaciones, las acciones fraudulentas y las dudas de la transparencia, entre otros males- conocen previamente los candidatos a la presidencia y vicepresidencia del país, sus características, su postura política, el partido al cual representan, etc., en Cuba se desconocen los candidatos presidenciales, algo que tiene su “justificación” en la idea de una “inexistencia de campañas electorales discriminatorias, millonarias, ofensivas, difamatorias y denigrantes. Los candidatos no pueden hacer campañas a su favor”, según lo establecen las inviolables leyes cubanas.

 

La investigadora Marlene Azor ha resumido magistralmente el sistema eleccionario cubano como una farsa, la “farsa de las elecciones cubanas sin candidatos independientes al Partido y a las comisiones de candidaturas no se puede discutir. El Gobierno cubano como el de cualquier otra dictadura de partido único -como la de Teodoro Obiang a quien Evo Morales aspira a copiar-, copió el sistema soviético de elecciones con supuestos 90 por cientos de apoyo al régimen político con represión y fraudes electorales”.

 

Pero este aspecto resulta extremadamente ambiguo, toda vez que, independientemente de que “los candidatos no pueden hacer campañas”, no existen candidatos establecidos optando por la presidencia del país, sino que esto se refiere a los candidatos a las asambleas municipales del gobierno, que en realidad son por los únicos que vota el pueblo, es decir, que la participación popular queda limitada a este primer peldaño, que los comunistas cubanos han denominado elecciones parciales, y que de acuerdo a la Ley No. 72 de 1992, de la Ley Electoral, en dichas elecciones parciales se elige a los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular y sus Presidentes y Vicepresidentes, proceso que tiene lugar cada dos años y medio.

 

Al no existir candidatos, al menos conocidos para el pueblo, a la presidencia del país, las campañas -que de cualquier modo están prohibidas- carecen de sentido, suponiendo que se pudieran hacer. El no al pluripartidismo presupone el hecho que desde el seno del partido único, el Partido Comunista de Cuba, salgan las “propuestas”; pero dichas propuestas son desconocidas por el pueblo cubano, que ofreció su “voto” por un candidato municipal, que al propio tiempo lo hizo a favor de otros candidatos provinciales, y así sucesivamente de modo algorítmico hasta llegar a los diputados de la Asamblea Nacional, y todo un diabólico mecanismo incomprensible que, en última instancia, “dicen” que “eligen al presidente”, algo que tiene lugar con un secretismo total, y de manera esquemática “aprueban” por “unanimidad” al presidente del país, en este caso, el presidente del Consejo de Estado, lo que también reestructuró el llamado líder histórico de la revolución cubana en 1976, con lo que asumía de manera absoluta todos los poderes, al menos de manera oficial, por cuanto ya lo había hecho desde los años iniciales de su tenebroso mandato. 

 

Así las cosas, en Cuba, las elecciones, “de haberlas, ni son libres, ni justas”, según ha caracterizado The Economist Intelligence Unit en la categoría de regímenes autoritarios. De más está entrar en detalles acerca de la participación popular, algo que ha estado disminuyendo, aunque discretamente en los últimos tiempos, independientemente de la falsedad de los datos y de las condicionantes represivas por las que el pueblo asiste masivamente a las urnas, así como del grado de una transparencia innecesaria, toda vez que los diputados nacionales eligen de manera unánime, sin abstenciones y sin votos en contra.

 

Cuba registró en el 2017 la peor cifra de participantes en la historia de sus “elecciones” municipales, un récord de participación de solo 85,9% votantes, la cifra más baja desde las primeras elecciones a las Asambleas Municipales realizadas en 1976. 

 

 

Respecto a los posibles sucesores del dictador de turno, el general Raúl Castro, prefiero no profundizar en el tema para no contribuir a una polémica un tanto estéril. Téngase en cuenta que el secretismo de estado caracteriza al régimen comunista cubano, y ante la no difusión oficial de posibles sucesores del anciano presidente los analistas, comentaristas y políticos de posiciones de derecha han estado ofreciendo sus versiones al respecto, unas muy coherentes y con posibilidades de acertar en sus pocos candidatos, entre los cuales sobresale Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de 57 años, actual Vicepresidente Primero de los Consejos de Estado y de Ministros, exprofesor universitario, quien pudiera ser el candidato “preferido”. Sin que dejemos a un lado al actual canciller Bruno Rodríguez Parrilla, de 60 años, licenciado en derecho, y que ejerció como profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad de La Habana. Y aunque la balanza se inclina  a favor del primero, este último -independientemente de su servilismo al régimen, su retórica arcaica y demasiado anclada en las inmensidades de la influencia bolchevique, amén de su desagradable presencia- parece ser un hombre de mayor cultura y de un bagaje político más abarcador que Díaz-Canel, quien es el prototipo de “hombre nuevo” ideado por el Che Guevara y perfilado luego por el más acérrimo castrismo.

 

Respecto a los sucesores por la línea directa de la dinastía de los Castro todo parece indicar que el fin se acerca, al menos de modo público y oficialmente. Recordemos que el viejo, enfermo y muy cansado general seguirá desde las filas del único partido reconocido en Cuba “orientando” nuevas disposiciones, lineamientos, estrategias, nuevos modelos, y cualquier otra rimbombancia castrista.

 

De cualquier forma, todo estará dispuesto y listo para el momento de la gran actuación en el simulacro que servirá para hacer creer a ese pueblo -al que tanto acuden en su obsoleta retórica con remanentes de los soviets- que tienen “elecciones” y una “democracia participativa” única en el mundo. Hasta el 19 de abril no se conocerá con certeza al nuevo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, que es el “honorable” cargo equivalente a presidente en el caso particular de Cuba.

 

Sea uno u otro, el continuismo político está asegurado, y no creo que en Cuba ocurra lo mismo que en Ecuador, país en el que su nuevo presidente, a pesar de proceder del seno de la izquierda socialista, tomó valientemente las riendas de su mandato y sacó a la nación suramericana de las garras del socialismo del siglo XXI. Ni Díaz Canel ni Bruno Rodríguez tienen para eso.   

 

“En Paraguay se siente que la democracia está al servicio de una pequeña minoría”.

 

El 22 de abril serán las elecciones de Paraguay, uno de los países más pobres de la región, cuya calidad de democracia en Latinoamérica está estimada en un 6.26, con el  puesto número 71 en el ranking mundial, siendo solo superado en Suramérica por Venezuela y Bolivia, países con regímenes totalitaristas de orientación socialista, y Ecuador que recién acaba de zafarse de las “correas” del yugo. Paraguay cae, por tanto, en la categoría de naciones con democracias imperfectas, lo que sugiere que sus elecciones son libres y justas, y que las libertades civiles básicas son respetadas; aunque existan problemas de gobernabilidad, cultura política poco desarrollada y bajos niveles de participación democrática.   

 

Este día no solo será elegido el presidente del país, sino también gobernadores y legisladores nacionales. En estas elecciones internas, que se realizarán por primera vez de manera simultánea, sobresale la reñida disputa dentro del gobernante partido Colorado entre Santiago Peña, el exministro de Hacienda, de 39 años, y el senador Mario Abdo Benítez, de 46 años, este último con una ventaja de 0,2% de intención de voto sobre Peña, según la última encuesta de la consultora CIES publicada por el diario Última Hora.

 

Mario Abdo Benítez realizó estudios universitarios en Teikyo Post University, Connecticut, USA,  en 1995, obteniendo el título de Licenciado en Marketing. Benítez tendrá que intentar borrar una vieja imagen que le viene muy de cerca, toda vez que es  hijo del secretario privado del dictador Alfredo Stroessner, que fue acusado de enriquecimiento ilícito finalizado el mandato de Stroessner. Sin embargo, el aún joven político dice contar con "credenciales democráticas en su lucha política", lo que le ha hecho tener una identidad propia que le ha permitido incluir en su proyecto democrático a decenas de seguidores que proceden de las luchas contra el stroessnerismo. 

 

Benítez ha declarado recientemente que "la gente en Paraguay siente que la democracia está al servicio de una pequeña minoría y no del gran pueblo", con lo que busca dejar atrás un pasado, cuya carga en realidad no ha de soportar en sus espaldas. Su campaña está basada en fuertes críticas al actual gobierno de Horacio Cartes, y centraliza su atención en el futuro del país, busca recuperar los valores tradicionales republicanos, y en primer lugar, acabar con la corrupción que domina al país, al parecer el gran mal de Latinoamérica. 

 

Me he comprometido en sanear la administración de Justicia, hacer los cambios que se tengan que hacer e inclusive proponer a través de proyecto de leyes, modificaciones estructurales de nuestro sistema de justicia para que vaya independizándose de la política. Hoy hay una crisis enorme en Paraguay, han salido a flote polémicas sobre senadores que están ejerciendo tráfico de influencias y nuestro movimiento siempre votó por la pérdida de investidura de esos personajes. También hemos acompañado al juicio político contra el fiscal general del Estado. Queremos que las instituciones estén al servicio de nuestro pueblo y no de las autoridades momentáneas”, expresó en su reciente visita a Argentina, país donde la enorme comunidad paraguaya lo ha apoyado incondicionalmente.

 

No obstante su popularidad, tendrá que enfrentarse a Santiago Peña Palacios, su mayor contrincante, cuya candidatura está siendo promovida por el propio presidente actual, Horacio Cartes, luego de que fracasara su intento de reelección presidencial, vedada por la Constitución guaraní. Peña es un economista, político, exmiembro del Directorio del Banco Central del Paraguay (BCP), profesor, y exministro de Hacienda de la República del Paraguay, cuya renuncia voluntaria recién ha tenido lugar según las exigencias de la ley para asumir la candidatura a la presidencia del país.

Así las cosas, en Paraguay, país del que apenas nada se dice, a pesar de seguir destacándose por su economía estable y creciente, marcando la diferencia en comparación con sus principales socios comerciales, Argentina y Brasil, los resultados de los comicios mantienen a los paraguayos en la expectativa, y cualquiera de los dos principales candidatos más destacados hasta el momento -los resultados pueden variar considerablemente dado el tiempo que aún queda para la fecha exacta de la votación- tendrá que enfrentar los retos ante un panorama un tanto contradictorio en cuanto a verdadera democracia.

 

Recordemos que en dicho país existe una crisis de confianza en los políticos -como en el resto del mundo, y no solo en Latinoamérica como algunos creen- por lo que el gran desafío que han de asumir las nuevas generaciones de líderes es cambiar ese concepto, algo que según Mario Abdo Benítez, podrá lograrse gracias a su proyecto, que rompió paradigmas en Paraguay al enfrentarse con todo el poder del partido Colorado, derivado de la dictadura de Stroessner, y con un mandato representativo de sesenta años. “Nuestro proyecto se construyó en ideas, por la necesidad de generar un proceso de transformación en Paraguay”, declaró el joven político.

 

¿Será alguno de los tres candidatos a la presidencia capaz de sacar a México del círculo vicioso de las esperanzas fallidas?

 

Es lo que se ha cuestionado por estos días el periodista Luis Prados, e increíblemente ha intentado hacer un paralelo -y solo fue un intento, por lo efímero de su artículo y el exceso de citas que limitó el verdadero análisis- entre la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, en los tiempos de Stalin, y la dura realidad de México en pleno siglo XXI.

 

Prados es consciente de los contextos tan diferentes entre ambas naciones, pero insiste en acercarnos a través de algunos fragmentos de un texto perteneciente al libro de memorias de Nadiezhda Mandelstam, viuda del poeta Ósip Mandelstam, muerto en el gulag en 1938, y que se titula precisamente, Contra toda esperanza, en la que relata la tragedia estalinista de su época.

 

Del grupo de citas la que mejor se adapta a las condiciones del México actual, que tendrá sus comicios el próximo primero de julio, es la siguiente: "No se puede vivir sin esperanzas, pero pasábamos de una esperanza fallida a otra", algo que tal vez sirvió al autor del texto publicado en el diario El País para titular a su escrito, México, ¿contra toda esperanza?, y para concluirlo dejándonos la interrogante: ¿Será alguno de los tres candidatos a la presidencia capaz de sacar a México del círculo vicioso de las esperanzas fallidas?

 

El Instituto Nacional Electoral, institución autónoma encargada constitucionalmente del desarrollo de las elecciones federales en México, declaró formalmente iniciado el proceso el 8 de septiembre de 2017, y lo ha  calificado como el más grande en la historia del país por el número de cargos en disputa -128 senadores, miembros de la cámara alta del Congreso de la Unión, tres por cada estado de la República, electos de manera directa, y 32 por una lista nacional, así como 500 diputados federales, miembros de la cámara baja del Congreso de la Unión- y porque el mismo día de la jornada electoral federal se realizarán elecciones locales en 30 de los 32 estados de la República.

 

Pero qué nos dicen las encuestas sobre el estado actual de los candidatos destinados a “salvar” a México y poder sacarlo al fin del “círculo vicioso de las esperanzas fallidas”, según el pesimista analista del El País. De acuerdo con un sondeo realizado por la casa especializada Buendía & Laredo** y publicada por el diario El Universal, el aspirante izquierdista Andrés Manuel López Obrador lidera las preferencias en torno a la elección presidencial. López Obrador, del partido MORENA, obtuvo un 32 por ciento, seguido por Ricardo Anaya, de un frente formado por el derechista Partido Acción Nacional (PAN) y el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), con un 26 por ciento, mientras que en el tercer sitio se colocó José Antonio Meade, del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI), con un 16 por ciento de la intención de voto.

 

 

Encuestas de intención de voto por partido político, donde puede observarse no solo la tendencia a favor del Movimiento Regeneración Nacional, MORENA, sino la diversidad de partidos políticos con una amplia participación en el proceso eleccionario mexicano. (Investigaciones realizadas al cierre del año 2017)

 

México cuenta con una puntuación de 6.68 dentro de la región, ocupando el puesto número 57 en el ranking mundial, por lo que está dentro de las naciones latinoamericanas con categoría de democracias imperfectas, en las que sus elecciones deberán ser libres y justas, las libertades civiles básicas son respetadas; aunque existan problemas de gobernabilidad, cultura política poco desarrollada y bajos niveles de participación democrática.

 

No obstante, no es precisamente el tema de la democracia lo que ha de resolverse en México, sino los altos índices de violencia -uno de los más violentos de América y del mundo- y de criminalidad que convierten a la nación en un verdadero antro, algo que influye decisivamente en el fenómeno migratorio mexicano, uno de los temas más álgidos de la actualidad. 

 

De acuerdo con los datos del Uppsala Conflict Data Program, UCDP, un estudio realizado por el Departamento de Investigación sobre Paz y Conflicto de la Universidad de Uppsala (Suecia), muestran que desde el 2006, año en el que el expresidente Felipe Calderón inició la llamada Guerra contra el narcotráfico, la cantidad de muertes relacionadas con el combate al crimen organizado aumentaron de manera significativa.

 

Según datos del propio programa de dicha universidad, México suma 17,964 muertes desde 1989, considerando la suma del aumento de muertes registrado una década después de la declaratoria de guerra contra los grupos delictivos. Solo en los diez años las muertes ascienden a 17,964 por el conflicto armado entre organizaciones criminales, grupos de autodefensa y el propio gobierno mexicano.

 

La cifra asciende a 18,675 personas muertas si se consideran a los muertos por violencia unilateral y conflicto del estado. Según estos datos, registrados por la universidad, y publicados por el medio El Economista en julio de 2017, México sería el país más violento del continente americano; aunque hay otros estudios referidos a índices de criminalidad en los que Guatemala, El Salvador, Colombia y Venezuela se sitúan por encima de México, incluido el reciente estudio que publica Infobae que afirma que Venezuela es el segundo país más violento de la tierra, solo superado por El Salvador. 

 

No obstante, otras fuentes como el Institute for Economics & Peace en sus investigaciones sobre la paz mundial correspondientes al final de 2017 señala a Venezuela y Colombia por encima de México en la región, y con los peores puestos en el  ranking mundial, y en el año 2016 la balanza se inclinaba por Venezuela con la posición 119 de los 127 países evaluados, seguido por México en el puesto 118 y Honduras en el 116.

 

En fin, e independientemente de las diferencias mínimas en este sentido, lo esencial es que México es un país víctima de violencia generalizada en todo el territorio nacional, los 23,953 homicidios registrados en 2016, superado por los 26,573 correspondientes al 2017 así lo demuestran; y como bien precisa Alonso Rebolledo en El Economista, “se ha convertido en una de los países con mayor número de muertos a manos de organizaciones armadas”, afirmación basada en las más recientes investigaciones de la Universidad de Uppsala, y a este gran conflicto generalizado tendrá que enfrentarse el nuevo presidente en pos de poner cierto orden en medio del caos imperante.***

 

El Global Peace Index, el más reciente estudio del Institute for Economics and Peace, IEP, reveló que dicha nación descendió dos lugares ocupando el sitio número 142 del ranking con un nivel bajo de paz, además del último lugar regional, lo que se ha asociado al efecto de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos sobre sus relaciones con los países vecinos y, en menor medida, al deterioro del terror político.

 

De acuerdo con Semáforo Delictivo, con el paso de los años los asesinatos se han convertido en una constante del crimen organizado, toda vez que en el 2006, del total de homicidios dolosos**** registrados en el país, 18% se le atribuía a bandas delictivas, lo que contrasta con los datos de 2017 en que escaló peldaños para alcanzar el 75%.

 

A esta situación tan sombría en el ambiente social mexicano tendrá que enfrentarse quien resulte vencedor en los comicios del próximo julio, lo que al parecer, de acuerdo con las encuestas, recaerá en Andrés Manuel López Obrador, el representante del Movimiento Regeneración Nacional, conocido por sus iniciales MORENA, organización de tendencia izquierdista; aunque de línea enmarcada en la socialdemocracia y el progresismo, por suerte, sin lazos con el Socialismo del siglo XXI y un tanto despojado del populismo cursi tan de moda en la región. No obstante, esto está por ver, dado el tiempo que aún nos separa para la elección y las variaciones que generalmente suelen ocurrir en la medida en que las campañas promocionales avancen.    

 

Colombia se convierte en un país de extrema vulnerabilidad con la participación de las FARC en los asuntos políticos de la nación. Santos, no el peor, pero sí el más contradictorio.

 

Aunque ya se había anunciado su participación como candidato presidencial de manera pública en un acto en el que el líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, no estuvo presente por razones de enfermedad, un silencio relativo siguió a este acontecimiento hasta que el domingo 28 de enero presentó formalmente su candidatura a las elecciones de este año, lo que el exguerrillero considera “una renovación de la política colombiana”.

 

Esto lo veíamos venir desde hace algún tiempo. El hecho de que uno de los temas tratados en las sendas rondas de negociaciones que tuvieron lugar en La Habana durante alrededor de cuatro años, y que tuvieron como finalidad lograr el acuerdo de paz en Colombia, fuera la posibilidad de participación de las FARC en la vida política del país, dejaba en evidencia el inminente protagonismo de algunos de los narcoguerrilleros en las próximas contiendas electorales de una nación que constituye en este momento un punto extremadamente vulnerable para Latinoamérica. 

 

Justo cuando la región está experimentando un viraje rotundo respecto a su línea política, toda vez que la tendencia izquierdista ha quedado prácticamente desaparecida, a  excepción de los remanentes de Bolivia y Nicaragua, y como es lógico, los considerados “paradigmas”, Cuba y Venezuela -cuyas situaciones no han tenido límites en los últimos tiempos-, se alza Colombia con un candidato presidencial con antecedentes criminales, el cual, según las estimaciones de la mayoría de los analistas serios, pudiera llevar al país a la ruina, y hasta le han vaticinado un futuro similar al de Venezuela.

 

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos, por cuanto todo lo que se ha hecho hasta ahora es especular, y lo cierto es que una candidatura es solo esto, una candidatura, lo cual puede concretarse como acto y aparecer Colombia con un presidente asesino -no sería raro que esto ocurriera en Latinoamérica si tenemos en cuenta los antecedentes de los cubanos Fidel Castro y Ernesto Guevara (de nacionalidad cubana por decreto aunque nacido en Argentina), quienes al asumir las riendas del poder en la Cuba de 1959 ya contaban con un historial de crímenes-, algo que no creo que pueda ocurrir, al menos por las vías legales de una votación y conteo con la transparencia adecuada que debe existir en estos eventos, dada la poca aceptación que el cabecilla de las FARC tiene entre los colombianos.

 

Entre los cientos de comentarios de lectores que aparecen en los principales diarios colombianos en contra de Londoño, el siguiente es el que de una manera muy precisa resume el sentir de la nación suramericana: “¡Qué horror sólo imaginar tener de Presidente de tu país a un terrorista asesino como Timochenko! El pueblo, la nación colombiana, votó NO a ese tipo de paz en un referéndum, pero los políticos y los terroristas-asesinos han vulnerado su decisión soberana”.

 

No obstante, las posibilidades de que se cometan acciones fraudulentas son una realidad, sobre todo si se tiene en cuenta las aspiraciones de muchos que están detrás de un  escenario que parece ser algo que en realidad no es. Como todos saben, Juan Manuel Santos, si bien no es el peor personaje de la región, si es el más contradictorio. Lo mismo aparece inesperadamente en La Habana para negociar con el dictador Raúl Castro una intervención pacifista en Venezuela que pueda solucionar el gran conflicto político de aquel país, que en una ceremonia donde se le hace entrega del Premio Nobel de la Paz, que arremete -y con muchas razones y en esto nadie podrá quitarle sus méritos- en contra de Nicolás Maduro, aunque por otra parte se le acusa de ciertas implicaciones en el narcotráfico colombiano, o de su debilidad por ceder a las peticiones de las FARC; y es justamente Santos, por ser el presidente de Colombia, quien está en el centro del conflicto que nos dejó el otro conflicto, es decir, de la inclusión de las FARC, el reconocido movimiento terrorista y narcotraficante, en la política del país, a cambio de un aparente acuerdo de paz que se supone pondría fin al conflicto armado más añejo del continente, y que ha marcado para siempre la vida de cientos de colombianos víctimas de las acciones guerrilleras.

 

Timochenko llegó a la localidad bogotana de Ciudad Bolívar, en el sur de la capital colombiana, con ciertos bríos, y como es lógico con las acostumbradas charlas de los políticos en tiempos de campaña, solo que el ya viejo y enfermo guerrillero en vez de prometer obras sociales y acceso público a instalaciones de sanidad está cuestionando a la tradicional política colombiana con sus alternancias de "viejos y corruptos partidos" en la política, a los que sucedieron otros movimientos "siempre encabezados por reconocidos caudillos".

 

Para Londoño la sustitución de los partidos Liberal y Conservador, que monopolizaron la política colombiana hasta 2002, por otros movimientos, apenas supuso una renovación "en apariencia", puesto que considera que "en realidad la hundieron aún más en el fango" de la podredumbre. Por eso, propuso a la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), nombre del partido que conformaron tras desarmarse como guerrilla conservando sus iniciales, como renovador de "la vieja clase política". “Venimos a proponer un despertar general, una toma de conciencia, en el sentido de que cambiar las cosas es posible", expresó Londoño en su primer acto público de campaña previo a la presentación de su candidatura, lo que huele a socialismo distorsionado a la usanza latinoamericana. 

 

Pero dejemos a Londoño a un lado, por cuanto, no es el único candidato y como ya dije antes, su aceptación popular es insignificante -según los resultados de la Gran Encuesta 2018-Yanhaas, contratada por la Alianza de Medios, ocupó uno de los últimos lugares con solo el 1%. Analicemos pues algunas de las propuestas que en breve estarán disputándose la presidencia de una nación en la que no solo se trafica drogas y cuenta con una terrible historia de luchas absurdas, sino donde también se preserva su cultura, sus tradiciones, su sentido de la religiosidad, y donde su gente es muy hospitalaria y amable a pesar del temor que siempre experimentamos al andar por sus calles y encontrarnos constantemente con los uniformados armados por doquier, aun en los sitios céntricos de sus más importantes ciudades. 

 

Colombia cuenta con una puntuación de 6.55 dentro de la región, ocupando el puesto número 52 en el ranking mundial,  por lo que está dentro de las naciones con categoría de  democracias imperfectas, al igual que Paraguay y México, y por tanto, con las mismas características de estos últimos países en este sentido. Los colombianos acudirán a las urnas no solo para elegir al próximo Congreso (el 11 de marzo) y al nuevo presidente (25 de mayo, en primera vuelta), sino para escoger el modelo con el que se desarrollará Colombia en los próximos 4 años, donde el tema de la paz constituye el eje de dicho modelo.

 

Los candidatos que se encuentran en los primeros lugares según las últimas encuestas son: Sergio Fajardo (15%), por Coalición Colombia, movimiento resultante de la fusión del Partido Verde de orientación centro-derecha con el Polo Democrático, de tendencia izquierdista. Fajardo se desempeñó como alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia. Le sigue Gustavo Petro (13%), representante de Colombia Humana, procedente de la izquierda, quien ha sido senador de la República y alcalde de Bogotá. Se estima que sus posibilidades de crecer son pocas y que para marzo su puntuación pueda decrecer. Su base social es pequeña, pero leal a los interesas de los colombianos.

 

Otros candidatos con posibilidades de ser electos son Germán Vargas (7%), sin precisar la coalición partidista, con una trayectoria destacada en la política colombiana que incluye su puesto como vicepresidente de la República (2014-2017), Ministro de Vivienda, Ciudad y Territorio, Ministro del Interior y Presidente del Senado. Vargas ha presentado un ambicioso paquete de propuestas para reformar el país en temas cruciales como la salud, la educación, la economía, entre otros. Finalmente  Iván Duque (6%) aspirante del Centro Democrático, senador de la República entre 2014 y 2018, candidato de la derecha más extrema y líder político de radical oposición al acuerdo con las FARC. Por ahora se cree que el Centro Democrático aumentará sus escaños, aunque la pregunta de los analistas colombianos es hasta donde podrá ser el tamaño del aumento como para lograr un triunfo definitivo; pero sin duda, un buen candidato que pudiera poner freno a la intromisión de las FARC en los designios de la nación. 

 

Otros candidatos muestran una puntuación demasiado baja como para poder llegar a escalar lugares más significativos en las próximas semanas, entre los cuales se encuentra Timochenko, que no deja de ser una amenaza por lo que representaría para la nación suramericana, y ante todo para un pueblo cansado de las malignas influencias de uno de los ejércitos guerrilleros más corruptos de la historia continental.

 

Si bien Timochenko apenas logra tener una puntuación que rebasa el 1%, su presencia en las candidaturas constituye per se un verdadero escándalo moral, que esperamos no trascienda más allá de esto y no logre jamás concretarse como acto si es que no queremos que aparezcan más réplicas del engendro castro-chavista por estos lares.

                                           

(Continuará)

 

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*Los creadores de este término afirman que un Estado fallido es aquel que muestra un fracaso social, político y económico; que se caracteriza por tener un gobierno ineficaz, que tiene poco control sobre vastas regiones de su territorio; no provee ni puede proveer servicios básicos; presenta altos niveles de corrupción y de criminalidad. (John Sebastián Zapata Callejas, “La teoría del Estado fallido: entre aproximaciones y disensos”.)

 

**El sondeo se realizó a 1,002 ciudadanos en su vivienda en el periodo del 19 al 25 de enero con un margen de error de 3.53 puntos porcentuales.

 

***Según la estimación del Observatorio Venezolano de Violencia, OVV, 26.616 personas murieron de forma violenta en 2017 en Venezuela. De ellos, 16,046 perecieron en homicidios registrados por la justicia. El 64% de los delitos no son denunciados en Venezuela por falta de confianza en las autoridades. Venezuela registró 89 muertes violentas por cada 100.000 habitantes en 2017, lo que se traduce en 26.616 víctimas, un descenso de casi un 3% respecto a las cifras del año anterior y mantiene al país caribeño en el segundo lugar en la lista de países más peligrosos del mundo, encabezada por El Salvador.

 

****Subtipo de homicidio en el cual el criminal lleva a cabo una acción a sabiendas de que con ello puede provocar la muerte de personas, y asume ese posible resultado a pesar de que la acción tenga otra finalidad. El criminal busca intencionadamente el resultado de muerte de la víctima.

 

Nota aclaratoria. Todos los datos referentes a cifras numéricas, por cientos, lugares, etc., fueron tomados directamente de los diarios y sitios nacionales correspondientes a cada país, y siempre consultando varias fuentes para llegar a un consenso, aunque existe una uniformidad bastante exacta en relación a las posiciones de los candidatos según encuestas.