Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

Cómo quisiera Miguel Díaz-Canel que los cubanos leyeran a Martí

 

Retomar el tema del legado martiano tiene ciertos riesgos pues podemos ser reiterativos, algo que con frecuencia ocurre cuando nos dejamos llevar por el aspecto emotivo de nuestra personalidad, que lamentablemente, puede traicionarnos cuando no lo sabemos supeditar al elemento racional de nuestra inteligencia, que es quien al fin de cuentas determina en gran medida que hagamos las cosas con un mínimo de discernimiento distintivo para ofrecer finalmente algo útil que pueda ser imperecedero, y como es lógico que tenga cierta dosis de novedad para satisfacer las expectativas de nuestros lectores que ya están saturados del discurso oficialista cubano con sus concepciones de un Martí antiimperialista, tercermundista, latinoamericanista y hasta marxista-leninista, y por otro lado la reiterativa presentación de citas en las que el noble hombre de Dos Ríos hace gala de sus acertadas posturas antisocialistas, algo que solemos aportar los no afiliados a las tendencias izquierdistas.

 

De cualquier modo, cuando el lector recibe una información, ya sea de la primera o de la segunda variante, puede hacer cierto rechazo si no lo abordamos con la profundidad que esto requiere, por cuanto se trata de asumir ciertas enseñanzas que se supone fueran dichas o escritas por el hombre más representativo de la historia y de la literatura cubanas, y cualquier comentario o explicación por parte del autor del escrito sobre su legado corre el riesgo de quedar reducido a una ínfima partícula que muy pronto quedará desvanecida y sepultada en el olvido.

 

De ahí que no volveré con lo que ya he dicho y escrito en muchos sitios acerca de que el autor de Ismaelillo no profesó el socialismo, que fue un idealista por excelencia, un conocedor profundo de la obra del alemán Karl Krause, que en su pensamiento es más racionalista que empirista, o volver a explicar el sentido de sus célebres frases en relación con el norte revuelto y brutal, o que vivió en el monstruo y conoció sus entrañas, cuando estas son entresacadas de su contexto y tomadas demasiado a la ligera.

 

¿Qué tenemos entonces de nuevo para evocar este 19 de mayo del 2018 al bendito hombre que se inmoló por la causa de la nación cubana, justo un día como ese, pero del año 1895?   

 

Pues como ya todos saben Cuba tiene un nuevo presidente, al menos en la nómina, si es que se puede aplicar este término laboral a las altas jerarquías de la politiquería comunista cubana. ¿Qué tiene que ver esto con el aniversario de la muerte de José Martí, o con el legado martiano? Veamos. 

 

Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha invitado a los cubanos a leer a Martí. Esto visto de manera aislada, esto es, sacado del contexto y de la manera en que fue dicho -como suele hacerse con la enseñanza de Martí, de la que extraen alguna que otra frase descontextualizada para aplicarla a la fuerza y por capricho- se pudiera interpretar como algunas de esas “cosas buenas” que ciertos enajenados están esperando del actual mandatario.

 

Pero como me opongo de manera enérgica a las descontextualizaciones de hechos y de frases -de ahí que mis escritos a veces pequen de ser extensos y relativamente densos-  les diré exactamente lo que dijo Díaz-Canel durante la clausura del Seminario Nacional de Preparación del Curso Escolar 2018-2019, celebrado hace pocos días en La Habana.

 

Aunque no logro encontrar ningún documento o fuente que contenga la totalidad de las palabras del nuevo presidente cubano durante dicho seminario, he podido tener una idea bastante exacta de los principales puntos abordados por el mandatario luego de consultar un grupo de publicaciones, en su mayoría oficialistas, las que se encargaron de difundir en la isla su participación en el evento.

 

Además de referirse a la necesidad de la superación profesional de los educadores y de dar paso a las nuevas generaciones de maestros, fue en este encuentro donde insistió en la necesidad de leer al Apóstol de Cuba; aunque lamentablemente su exhortación se extendió a la lectura de Fidel Castro y de Raúl Castro. 5 de septiembre, un medio oficialista de la provincia de Cienfuegos, en su edición del 29 de abril de 2018 precisa: “En su intervención, el mandatario hizo énfasis en la importancia de la historia y de leer al Héroe Nacional José Martí (1853-1895), al líder histórico de la Revolución, Fidel Castro (1926-2016), y al primer secretario del Comité Central del Partido Comunista, Raúl Castro”. Lo que reafirmo luego de consultar un reportaje de Radio Habana-Cuba que además de los ya citados incluyó a “otros grandes intelectuales como Cintio Vitier y Graziella Pogolotti”.

 

Como todos conocen, ninguno de los Castro ha sido escritor, lo que presupone que los posibles lectores tengan que adentrarse en la lectura de los extensos e incoherentes discursos del primero -recopilados, editados y vendidos en todas partes- y de las pocas alocuciones que hiciera el segundo durante su mandato, y de las que, sin duda alguna, no es el autor, sino su equipo de colaboradores para estas andanzas, dadas sus limitaciones expresivas y el hecho de no haber sido dotado por la naturaleza con el don de la palabra, ni tampoco con el del liderazgo. 

 

Sugerir a los cubanos que se pongan a leer es una idea demasiado cargada de una mezcla de romanticismo tardío con un surrealismo que ya perdió su vanguardia para quedar en el recuerdo; pero decir que lean a Martí, a Fidel y a Raúl (a este último fue por simple cortesía) es una verdadera utopía. Recordemos que estamos en el 2018, y las décadas del sesenta y setenta, en las que se leía por placer, por deseos de superación y cultivo del intelecto, y hasta por deber, quedaron atrás hace un buen tiempo.

 

El hábito por la lectura -y por la buena lectura- se perdió en Cuba como se perdieron tantas cosas, incluidos los buenos modales, el sentido de la educación, la medida, la cordialidad, la decencia, el decoro y el buen gusto que distinguía a los cubanos de otros tiempos. 

 

En los años iniciales de la llamada revolución cubana se produjo un fenómeno muy sui generis toda vez que se daba el contradictorio encuentro entre lo que se heredó de la etapa previa a 1959, en la que tal vez había menos graduados universitarios y técnicos titulares, pero las multitudes -aun cuando no tenían un alto o medio nivel de instrucción- eran educadas, lo que puede constatarse al consultar materiales audiovisuales de la época “pre-revolucionaria”, al revisar materiales de archivos, o al leernos algún texto de autores de estos tiempos en que se podrá percibir la forma de expresarse y el comportamiento de los personajes que forman parte de la trama del texto.

 

Lamentablemente, desde los años iniciales del gobierno de Fidel Castro se fue gestando una nueva clase, la “clase” sin clase, carente de educación a pesar de tener instrucción, con aquel ímpetu arrollador capaz de atraer a todos los que, engendrados de manera cuasi demoníaca, estaban dispuestos a enfrentarse a aquellos que los comunistas definieron como personas con rasgos pequeñoburgueses, entre los que se encontraban los educadores ejemplares, quienes se formaron de acuerdo con ciertas normas que ya no resultaban convenientes en los convulsos años de la década del sesenta en los que a Fidel Castro cada día se le ocurría algo diferente.

 

Téngase en cuenta las barbaridades del entonces joven dictador Fidel Castro, a quien todavía se le decía doctor Castro cuando se presentaba en la radio y la televisión -medios de los cuales se apropió- y que incluyen institucionalizaciones, alfabetizaciones, reformas, rectificaciones, nacionalizaciones, optimizaciones, depuraciones, y así, cual serie infinita de cambios y transformaciones que incluyeron los grandes campos de concentración para los religiosos, homosexuales, hippies e intelectuales de dudosa reputación, sin olvidar jamás los fusilamientos masivos de no simpatizantes con el nuevo régimen, la marginación y el ostracismo a que fueron sometidos cientos de hombres por el simple hecho de pensar diferente, amén de la apropiación de residencias, terrenos y locales de instituciones religiosas, muchos de ellos no recuperados a pesar de que ya ha pasado más de medio siglo, aunque el régimen asegura que las relaciones entre el estado y la iglesia son de excelencia. 

 

Estos son pues los precedentes que de una u otra forma contribuyeron a que se llegara al estado de depauperación total que existe actualmente en lo que fuera la respetada nación cubana.

 

Aunque resulte paradójico, es cierto que de la misma manera que fueron acabando con todo también crearon instituciones y organismos que bien manejados y puestos en función de educar dentro de los valores universales hubieran podido jugar un mejor papel dentro de la educación cubana. En este sentido merecen destacarse la creación no solo de la Orquesta Sinfónica Nacional, sino de agrupaciones de este tipo en provincias como Matanzas, Oriente y Las Villas (por los nombres de aquellos tiempos), del Teatro Lírico Nacional, la consolidación del Ballet Alicia Alonso, ahora como Ballet Nacional de Cuba, así como la Imprenta Nacional de Cuba, el precedente del Instituto Cubano del Libro, por citar algunos ejemplos.  

 

¿Qué ocurrió entonces que se desmoronó de manera gradual lo que algunos creyeron que podía ser un paraíso intelectual? En la medida en que aquellas generaciones de cubanos que fueron educados según la tradición cubana anterior a la época castrista fueron muriendo, quedando inactivos por edad avanzada, abandonando el país ante la inconformidad con el régimen, o sencillamente por haber tomado la determinación de no hacer vida social mientras exista un régimen dictatorial en la isla, los teatros que otrora se ocupaban en su totalidad (las funciones del Teatro Lírico eran de jueves a domingo y el domingo con doble función) se fueron quedando vacíos, las bibliotecas desiertas, y aunque se diga que existe venta de libros, la realidad respecto al hábito de la lectura es bien diferente.

 

En Cuba no se lee -fenómeno no limitado a Cuba sino que ha adquirido dimensiones de carácter universal-, aunque se compren aquellos libros, cuya edición y venta es permitida. De ahí que la invitación del nuevo presidente -que yo espero tenga los pies bien puestos en la tierra como se dice en buen cubano y no padezca del mismo mal delirante del ya desaparecido viejo comandante- debió haber sido a la lectura de manera general, así de sencillo, y a modo de motivación para rescatar lo que otrora fuera una realidad.

 

Los maestros tienen que distinguirse por leer, por investigar, y eso no es posible sin tener a la mano un libro. Esa práctica no la podemos perder aunque haya nuevas tecnologías. Los niños imitan a sus maestros y por esa sencilla visión temprana empieza el hábito de la lectura, que tanta falta nos hace para formar valores y afianzar el aprendizaje de los conocimientos”, fue otra de las exhortaciones de Díaz-Canel a los educadores cubanos, aunque lamentablemente es demasiado tarde para intentar poner orden en casa. 

 

Leer y estudiar a Martí en su real dimensión. Dos premisas necesarias

 

Lo de leer a Martí, independientemente de que soy un apasionado al pensamiento del noble hombre de Dos Ríos, deberá venir después y solo cuando el régimen esté dispuesto a presentar su enseñanza en su totalidad y sin manipulaciones a su manera. Lo de leer a Fidel Castro y a su hermano es algo carente de sentido que el mandatario tiene arraigado en su código genético como consecuencia del adoctrinamiento a que fuera sometido desde su niñez hasta nuestros días, algo de lo que jamás se podrá desprender. Se trata del estatismo mental inducido no susceptible de ser modificado cuando se ha pasado de la quinta década de la vida.

 

Leer a Martí deberá adquirir su verdadero significado por lo que representa para los cubanos poder adentrarse en el estudio de la enseñanza de su grandiosa obra, algo que  solo se hará una realidad cuando al menos se cumplan las dos siguientes premisas.

 

La primera, recuperar el nivel educacional de la población cubana, algo de lo que seguramente el presidente actual es consciente. Recordemos que se desempeñó como Ministro de Educación Superior, y aunque de manera oficial se manejen cifras y datos que solo reflejan de manera encubierta algunos aspectos cuantitativos del desastroso sistema educacional cubano, en la intimidad los docentes y sus directivos manejan aquellos elementos que de manera muy cuidadosa permanecen ocultos para la generalidad.

 

De cualquier modo Díaz-Canel solo hizo exhortaciones y sugerencias, pero cuando se analizan detenidamente nos damos cuenta que detrás de dichas invitaciones al conocimiento de la obra de José Martí, o el hecho de que insistiera en el escritor Cintio Vitier y en la doctora Graziella Pogolotti como figuras paradigmáticas dentro de la intelectualidad de Cuba, a quienes es necesario leer también, existe otro propósito que más que una invitación es una orden, cuyo mandato está en relación con su conocimiento del estado de deterioro educacional por el que atraviesa el sistema de enseñanza de la isla.

 

No obstante, y como siempre suele suceder, sus palabras en este sentido están demasiado politizadas y enchapadas a la antigua, toda vez que insistió en la importancia de formar de manera integral a los docentes en el país, así como en la preparación metodológica de los profesores, la necesidad de ejercer una pedagogía cada vez más creativa y la utilización de Internet para difundir los logros del proceso revolucionario.

 

Ya se sabe lo que significa en el escabroso lenguaje comunista “formación de manera integral”, aunque lo recuerdo por si algunos lo olvidan. Se trata de una preparación en la cual los aspectos políticos enmarcados dentro de la línea oficialista y los cánones establecidos como permitidos por el régimen juegan un papel preponderante respecto al conocimiento de la carrera o del perfil del educando. Si aun así alguien duda acerca de las pretensiones pedagógicas del mandatario recién estrenado en su cargo de presidente, analicen para lo que quiere que se utilice la Internet: difundir los logros del proceso revolucionario, algo que también deben hacer los docentes desde sus aulas si es que quieren permanecer en los “distinguidos” claustros de profesores de las instituciones de Cuba.

 

La segunda premisa que se debe considerar  para que los estudiantes, y de manera general todos, lean a Martí, es que la enseñanza del Maestro deje de ser utilizada a conveniencia por parte del régimen cubano y todos aquellos involucrados en la enseñanza y en la difusión de su inconmensurable legado, esto es, cuando se muestre su obra en su totalidad, sin mutilar, sin adulterar, en su real dimensión, incluyendo el análisis de su pensamiento filosófico -pensamiento en contraposición a lo establecido como oficial por el sistema comunista cubano que adoptó posturas materialistas y marxistas, y las impuso a su sistema de enseñanza-, su sentido de la religiosidad, amén de sus concepciones políticas en las que se evidencia su rechazo total al socialismo que se pretende prolongar a la fuerza en Cuba.

 

Tal vez si se les enseñara a los estudiantes en las universidades de la isla, y de manera particular a los que estudian las carreras de humanidades, lo que Martí expresó sobre el socialismo, el verdadero propósito del Partido Revolucionario Cubano por él creado -con lo que se acabaría el mito de la continuidad partidista entre este y el Partido Comunista de Cuba, y la absurda justificación del no pluripartidismo-, su idealismo sin igual, su extraordinario racionalismo, y su sentido de la religiosidad en su pensamiento filosófico, así como sus concepciones acerca de la libertad, la democracia, las tiranías, el totalitarismo, entre otros tantos aspectos apenas difundidos de su colosal obra, los educandos se vieran motivados al estudio de sus enseñanzas.

 

Como es lógico esto requiere verdaderos profesores y no simples muchachos recién egresados a los que se les dio la oportunidad de ser docentes más por sus méritos políticos -con aquello de la “formación integral” que ya expliqué antes- que por sus aptitudes para el magisterio o sus conocimientos técnicos de la carrera elegida, o de aquellos que ya con muchos años de experiencia prefirieron asumir el camino del marxismo-leninismo impuesto por el castrismo como forma oficial de filosofía en Cuba, y que dejando a un lado los aportes de Jorge Mañach, Medardo Vitier -el padre de Cintio, el ejemplar martiano, filósofo y humanista, olvidado en el presente por no haber profesado el marxismo-, Gabriela Mistral, Luis Rodríguez Embil, José Lezama, entre otros tantos, se limitaron a lo poco que pudieron aportar los dogmáticos “estudiosos” de la obra del autor de Versos Libres, entre los que no faltaron algunos que quisieron articular el legado martiano con el marxismo-leninismo, con las tendencias comunistas de Ho Chi Minh, o que apoyaron la disparatada idea de Fidel Castro acerca de la autoría intelectual de Martí en su acciones terroristas al Cuartel Moncada -entre ellos el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, lo que afirmo no por el hecho de sea un comunista activo, sino por haberme estudiado su obra ensayística dedicada a Martí-, temas con los que han alcanzado títulos en maestrías y doctorados*.

 

Lamentablemente se suele ocultar esa parte que los sectores más ortodoxos de Cuba creen pudiera ser el talón de Aquiles de la obra del Maestro. En su lugar se dedicaron a insistir en la absurda teoría del Martí antiimperialista que ha provocado un rechazo generalizado de las generaciones del presente -hartas de tanta politiquería comunista barata y de adoctrinamiento forzado- hacia su obra, y de manera general a todo lo que guarde relación con la vida de José Martí.

 

Las múltiples sátiras irreverentes basadas en algunos de sus más ejemplares poemas, los excesos de amoríos (inventados unos y potenciados otros) en torno a su vida, la malintencionada idea de que jamás salió al campo de batalla y que solo anduvo por “el norte revuelto y brutal”, sin que olvidemos las burlas respecto a ciertas preferencias por el alcohol o su culpabilidad en el infausto desenlace de la joven que inmortalizó en sus versos de La niña de Guatemala, son ejemplos más que suficientes que demuestran no solo la incultura de millones de cubanos del presente -desconocedores en su gran mayoría de la verdadera enseñanza de quien fue bendito y pleno en sabiduría-, sino el rechazo del que es motivo quien otrora fuera venerado cuando en Cuba la gente era educada, decente y respetaba a sus héroes y mártires verdaderos, los que precedieron a la revolución de 1959. 

 

Es cierto que Martí se pronunció contra todo lo que consideró erróneo, injusto, negativo o como se le quiera decir, respecto a ciertas posturas y a lo que el interpretó como posibles aspiraciones de los gobiernos de Estados Unidos de su tiempo, incluida su percepción de manera cuasi visionaria de la tendencia expansionista y su peligro para las naciones de América Latina (consúltese su ensayo Nuestra América, su discurso Madre América, y de manera muy particular su llamado Testamento Político), algo que debe delimitarse a su contexto dentro de la segunda mitad del siglo XIX.

 

De modo que resulta malintencionado utilizar las valoraciones que José Martí hizo hace más de un siglo para adaptarlas al presente. Esto es un disparate comunista acuñado por el castrismo, algo que no resulta ser de interés para las generaciones actuales de cubanos que saben perfectamente que son engañados y manipulados al utilizar la imagen y la obra de José Martí.

 

Para aproximar a los cubanos -y ahora ya lo hago extensivo, por cuanto la exhortación del presidente fue limitada a los estudiantes- a la enseñanza de José Martí resulta imprescindible mostrar al José Martí que han estado ocultando durante más de medio siglo, lo que conlleva a que lo presentemos como Apóstol. Recordemos que en la década del setenta se pretendió sepultar el calificativo para poner en su lugar el de Héroe Nacional de Cuba; ambos son merecidos por el héroe de Dos Ríos, quien fue primero Apóstol de Cuba y de América, distinción ganada no solo por la entereza de su entrega a la causa de la nación cubana, sino por sus virtudes espirituales y éticas que lo asemejan a aquellos primeros seguidores del Cristo-Redentor, muchos de ellos también mártires, a los que sabiamente se les llamó Apóstoles, y luego fue héroe, condición ratificada mediante su ejemplo cuando aquel infausto 19 de mayo de1895 se inmoló por la causa de los cubanos de su tiempo y del nuestro.  

 

La enseñanza martiana en contradicción con los cánones oficialistas

 

Mostrar a Martí en su real dimensión significa que los que prediquen su mensaje lo hagan libre de los prejuicios y las ataduras que hasta el momento lo han hecho los que dicen ser martianos verdaderos. ¿Acaso alguna vez en las últimas cinco décadas algunos de los “grandes martianos” ha tenido el valor de defender la hipótesis acerca del idealismo martiano y de su pensamiento profundamente religioso? ¿Qué respuestas podrán ofrecer a sus educandos si estos les preguntan acerca de aquel que afirmó que “Dios quiere que como de los detritus de una planta, nazca otra, sobre las ruinas de una creencia se eleve otra”?

 

La declaración del carácter socialista de la revolución cubana en 1961 implicó además la imposición de un estado ateo. Al resultar contradictorio que el símbolo de la nación cubana, declarado además su Héroe Nacional, fuera un hombre eminentemente religioso en el verdadero sentido del término, esto es, por convicción y principios, aunque como es sabido bien distante de cultos y ceremoniales y sin compartir las normas y mecanismos de la institución llamada iglesia, de modo particular en relación con el catolicismo romano, fue necesario dejar a un lado aquellas concepciones martianas en las que ofreció sus visiones muy personales acerca de Dios, de su existencia como un hecho innegable, y de su participación como hacedor de todo cuanto existe en la tierra y en los mundos más allá del nuestro, en los que creía con firmeza. 

 

Pero sus conceptos acerca de Dios y de la religión están en sus obras, las que no pudieron ocultar aunque sí dejar de difundirlas. De modo que es necesario invitar a que se lea a Martí, pero leerlo en su totalidad, sin excluir aquellos puntos de su vasta obra que entran en contradicción con la ideología que el régimen estableció como oficial. El siguiente fragmento tomado del tomo VI de sus Obras Completas es un ejemplo que demuestra ese sentido de la religiosidad martiana que se pretende ocultar:

 

Hay en el hombre un conocimiento íntimo, vago, pero constante e imponente, de un gran ser creador: este conocimiento es el sentimiento religioso, y su forma, su expresión, la manera con que cada agrupación de hombres concibe este Dios y  lo adora, es lo que se llama religión. Por eso en lo antiguo, hubo tantas religiones como pueblos originales hubo; pero ni un solo pueblo dejó de sentir a Dios y tributarle culto, la religión está pues en la esencia de nuestra naturaleza. Aunque las formas varíen, el gran sentimiento de amor, de firme creencia y de respeto, es siempre el mismo. Dios existe y se le adora”.

 

Pero los cubanos ignoran -y no porque no quieran conocer a Martí, sino porque se les impuso solo una parte de un Martí que han llegado a rechazar- que además fue un fervoroso defensor de ciertas enseñanzas muy arraigadas en las filosofías orientales, de modo muy particular en la India, Nepal, Tíbet, Bután, Ceilán (Sri Lanka), entre otras naciones, entre las que se encuentra la reencarnación. Martí, al igual que Pitágoras, Platón, Plotino y otros filósofos, dejó constancia de sus concepciones respecto a esta teoría:

 

Allá, en otros mundos, en tierras anteriores, en que firmemente creo, como creo en las tierras venideras, -porque de aquella tenemos la intuición pasmosa que puesto que es conocimiento previo de la vida revela vida previa- y a estas hemos de llevar este exceso de ardor de pensamiento, inempleada fuerza, incumplidas ansias y desconsoladoras energías con que salimos de esta vida; -allá en tierras anteriores, he debido cometer  para con la que fue entonces mi patria alguna falta grave, por cuanto está siendo desde que vivo en mi castigo, vivir perpetuamente desterrado de mi natural país, que no sé dónde está, -del muy bello en que nací, donde no hay más que flores venenosas, de ti y de él”. 

 

Los cubanos de manera general desconocen que el noble ser que han asociado a las acciones terroristas del Cuartel Moncada hizo valoraciones ejemplares de los principales líderes políticos y religiosos de su tiempo, de los más destacados poetas, ensayistas y novelistas, y de los científicos y filósofos que sobresalieron, amén de haber estado al tanto de todos los acontecimientos importantes de la segunda mitad del siglo XIX.

 

Dejó ensayos ejemplares en los que valoró la obra del poeta Walt Whitman; según Martí: “Había que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el mas intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo”. Tradujo la novela Mis Hijos del escritor francés Víctor Hugo, de quien dijo: “De él, traducir es pensar en la mayor cantidad de castellano posible lo que él pensó, de la manera y en la forma en que lo pensó él, porque en Víctor Hugo la idea es una idea, y la forma otra”. Como crítico de arte y literatura se refirió acertadamente a la trascendencia de los pintores impresionistas de su tiempo, o a los novelistas y poetas franceses que hoy día han perdurado, y que Martí con visión profética les auguró su merecido lugar más allá del tiempo y de las fronteras del espacio.

 

No obstante, si los cubanos se motivaran a leer a Martí -como quiere el nuevo presidente de Cuba- el redescubrimiento de las posturas martianas en lo filosófico y lo religioso, independientemente que pudiera ser chocante al resultar diametralmente opuesto a los conceptos marxistas y ateístas proclamados por el oficialismo de la isla, no sería tan polémico como adentrarse en sus verdaderas concepciones políticas que lo apartan por completo del sistema socialista que los magnates del régimen de La Habana pretenden mantener por la fuerza.

 

A pesar de que al inicio de este trabajo expresé que insistir demasiado en un mismo tema puede saturar al lector, es necesario que retome algunas de las ideas que el autor de Versos Libres expusiera en diferentes partes de su extensa obra, por cuanto muchos conocen sus valoraciones al respecto, pero no la generalidad de los cubanos que se han mantenido al margen de muchas fuentes de información producto del autoaislamiento impuesto por el sistema cubano.

 

Lo más conocido sobre el concepto que Martí tuvo del socialismo es el ensayo dedicado a Herbert Spencer. Martí se refiere a un texto de Spencer dedicado al socialismo, en el que lo define como la futura esclavitud de la humanidad, cuyo título es La esclavitud futura, y forma parte de un grupo de ensayos que publicó Spencer con el nombre: El individuo contra el estado, en 1884. “Esa futura esclavitud, -dice José Martí-, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo”.

 

Cuando en el artículo de Martí se hace referencia a la conversión en pobres a los que no lo son, no es una opinión martiana sino de Spencer, pero que Martí asume y la defiende. El siguiente fragmento es sugerente de la postura del Apóstol en correspondencia con la asumida  por el autor de La esclavitud futura: “Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir, a lo cual jamás podrían llegar, se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen”.

 

De igual modo el Apóstol de Cuba valoró con profundidad y precisión más que acertada los aportes del citado antropólogo y filósofo evolucionista inglés, lo que demuestro al citarlo nuevamente en estos dos fragmentos:

 

Por su cerrada lógica, por su espaciosa construcción, por su lenguaje nítido, por su brillantez, trascendencia y peso, sobresale entre esos varios tratados aquel en que Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a los pobres, a un estado socialista que sería a poco un estado corrompido, y luego un estado tiránico”.  

 

Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que plugiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquéllos”.

 

Menos conocida es esta valoración suya que aparece en el tomo VI de sus Obras Completas, el cual, junto a sus Cuadernos de Apuntes (Tomo XXI), entre otros, serán de obligada referencia cuando podamos poner en práctica el estudio verdadero del legado martiano, por cuanto contienen la esencia de su pensamiento filosófico y la aplicación de este al terreno social y político:

 

Al realizarse en la vida, las fórmulas se desenvuelven en aplicación, la concurrencia de derechos crea derechos especiales: los sistemas políticos en que domina la fuerza crean derechos que carecen totalmente de justicia, y el ser vivo humano que tiende fatal y constantemente a la independencia y al concepto de lo justo, forma en sus evoluciones rebeldes hacia su libertad oprimida y esencial, un conjunto de derechos de reconquista”.

 

No obstante a su menor difusión, nos da la medida de esa visión futura de José Martí respecto al peligro de lo que también llamó “carácter de la democracia vengadora que avanza en la sombra”, algo que resulta aplicable en estos tiempos en que muchos han asumido el poder bajo la imagen de una restauración democrática cuando en realidad han oprimido a sus naciones al imponer regímenes totalitarios, previsto además por Martí en su carta dirigida a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez en 1894 -esta es la verdadera fuente y no una carta a Serafín Sánchez como se cree y se ha difundido de manera errónea- cuando expresó: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras; el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse como frenéticos defensores de los desamparados”.

 

Pero esta revaloración necesaria y urgente que debe hacerse de la obra del bendito héroe cubano costará mucho pues se necesita no solo de toda la información necesaria, como bibliografía referencial y de consulta -incluida como es lógico aquella que no está permitida en Cuba por contener valoraciones certeras y precisas sobre el verdadero mensaje martiano en toda su magnitud-, sino exponentes sinceros y que conozcan con profundidad su enseñanza, algo que en Cuba apenas existe.

 

La crisis por la que atraviesa el sistema educacional de la isla es conocida en el mundo entero a pesar de que las instituciones que tienen que ver con estos asuntos han hecho recientemente afirmaciones muy favorecedoras para el sistema y en contraposición a la realidad del desastre educacional actual. Creo que el llamado del nuevo presidente de Cuba, aunque de manera muy sutil, y sin fundamentar el porqué de sus exhortaciones, deja entrever su percepción del decadente fenómeno indetenible.

 

No basta con situar a un “maestro” en cada aula o tener cubiertas las plazas de los docentes para la formación de bachillerato y universitaria, sino estar convencidos de que esos “profesores” tengan la capacidad para asumir su rol como educadores, y sin duda, con maestros ignorantes jamás podrá haber progresos en la educación de ninguna nación. Si no son conocedores profundos de las materias en las que se han especializado - suponiendo que tuvieran alguna especialización pedagógica (conocí a profesores universitarios que me confesaron que no sabían nada de pedagogía)- no podemos aspirar a que sean exponentes del legado de José Martí, quien fue un verdadero maestro no solo en su sentido simbólico, sino que ejerció el magisterio en colegios y universidades de Venezuela y Guatemala. Su carrera de Filosofía y Letras le permitió asumir con dignidad su rol.     

 

Si los profesores cubanos del presente -incluidos muchos de los docentes universitarios- no saben quien fue Emerson, Darwin, Hegel, Krause, Whitman, Víctor Hugo, Annie Besant, Descartes, Zola, entre otros tantos ilustres hombres de la historia, la literatura, la ciencia y la religión, sobre los que Martí escribió, entonces surgen nuevas interrogantes.

 

¿Cómo podrán invitar a sus discípulos a que estudien a Martí sin poder motivarlos dado el desconocimiento que tienen acerca de su obra y de aquellos temas y personajes sobre los que Martí escribió? ¿Acaso la invitación de Díaz-Canel quedará limitada a la reiteración del supuesto carácter antiimperialista, tercermundista y latinoamericanista de José Martí?

 

Se impone en la patria del Apóstol una nueva alfabetización que sea capaz de dejar a un  lado las estrecheces de mente, el dogmatismo político, y conquistar el más genuino conocimiento. Como dijo Martí cuando la Doctora Annie Besant visitó Estados Unidos: “Edúquese lo superior del hombre, para que pueda, con ojos de más luz, entrar en el consuelo, adelantar en el misterio, explorar en la excelsitud del orbe espiritual”.

 

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* Lo expuesto no es una simple especulación como lamentablemente suele hacerse con frecuencia por parte de algunos que de manera inescrupulosa afirman o niegan demasiado a la ligera. Ejercí el magisterio durante muchos años en Cuba. Esto me permitió estar al tanto de las propuestas de cursos de post-grados, diplomados y maestrías que se ofrecían en varias universidades. Para mi sorpresa, algunos “ilustres estudiosos” trataron de “articular” -vaya palabrota carente de sentido en materias filosóficas y antropológicas-  el pensamiento martiano con el marxismo-leninismo. ¿Cómo lo hicieron? No lo supe. No asistí. Me temo que a la fuerza. Para titularme como Diplomado en Estudios Filosóficos presenté mi defensa sobre el sentido del idealismo y el racionalismo en el pensamiento de José Martí. Logré salir victorioso pues el tribunal marxista, antiimperialista y comunista no lograba tener una percepción clara de lo que estaba exponiendo, y esto determinó que se inclinaran por una felicitación de cumplido rutinario.