Cubanálisis El Think-Tank

                               ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

            Eugenio Yáñez

            Juan Benemelis

            Antonio Arencibia

           

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ - 2

PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA CUBA REVOLUCIONARIA (PARTE 2 DE 3)

 

ENTRAR AL CORRAL SIN SALIR DE LA HEREJÍA

 

El gran fracaso

 

Los elementos de la crisis convergieron en 1967-68, años de extrema vulnerabilidad política y de violentos choques intestinos, donde se puso en tela de juicio el rumbo del castrismo. Fidel Castro enfrentó el descalabro de su estrategia del "foco guerrillero" al fracasar el Che en las selvas del Congo en 1965 y después ser capturado y asesinado en los altiplanos de Bolivia en 1967. Se produjo la escalada militar norteamericana en Vietnam, sin que el "campo socialista" organizara una respuesta adecuada. No le quedó mas remedio a Fidel Castro que apoyar la invasión del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia.     

 

El socialismo cubano fracasó en toda la línea; y la economía no salió de su grave crisis. Eran momentos de confusión teórica, desmoronamiento moral y gran corrupción administrativa; de oposición popular y extensas purgas de cuadros demasiado críticos, quienes presionaban por un rompimiento total con la vieja guardia marxista, y se oponían a la estrategia azucarera.

 

La crisis de poder que provocaron los sucesos de Praga en la Unión Soviética, Hungría, Alemania Oriental y Polonia tuvo sus efectos en Cuba. Fue el momento de una violenta pugna entre marxistas pro-soviéticos y revolucionarios antisoviéticos en favor de la desestalinización, quienes parecían ganar la partida: figuras como José Llanusa (a la sazón el tercer hombre del país), Marcelo Fernández, Faustino Pérez, el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, los guevaristas, los viejos combatientes del clandestinaje urbano y grupúsculos de anarquistas y trotskistas. 

 

Estados Unidos no mostró interés en una reconciliación con Cuba tras el rechazo de Castro a las ofertas de Lyndon Johnson; la URSS patentizó su irritación ante el "socialismo cuartelero", y China engavetó el caso cubano; se afectó el consumo alimenticio y la disponibilidad de petróleo. Entre 1967-68, el "anibalismo", el trotskismo, las huelgas del presidio político, la disidencia intelectual, el "revisionismo" marxista, la "ofensiva revolucionaria", la "moralización", las movilizaciones agrícolas y la catástrofe del foco guerrillero, marcaron un corte radical y una crisis interna.

 

Moscú trató de arrinconar a Fidel Castro, restringiendo el petróleo y utilizando elementos de la vieja guardia comunista nucleados nuevamente alrededor de Aníbal Escalante, quien ya entonces había regresado de su "exilio" checoslovaco.

 

La "micro-fracción" como llamó Castro a esta corriente, manifestaba su inquietud por la fusión extrema del Partido y el Estado. La estratagema soviética con Aníbal Escalante fue descubierta por el jefe de los servicios de inteligencia Manuel Piñeiro, "Barbarroja", impidiendo su transformación en una verdadera conspiración.

 

La guerra civil había pasado hacia tiempo ya, aunque las masas no respondían los enardecidos discursos del líder. Si bien al principio Castro temió que la micro-fracción realmente hallara eco en una población descontenta, ésta,  aislada en una querella por el poder, no aprovechó la crisis del sistema y el descontento popular, no conformó una política que la vinculase con las corrientes opositoras y las masas de descontentos; Castro llevó a la micro-fracción a su terreno real, la lucha de fracciones, donde su liquidación como grupo o corriente se realizo con facilidad.

 

Al ubicarse el castrismo en un vago trotskismo guevarista, desencadenó en la nueva generación de marxistas una inclinación antisoviética y hereje de la cual no podría sustraerse como generación. Muchos de estos elementos fueron excluidos del poder en los años siguientes, cuando la mano soviética hizo mayor acto de presencia.

 

El realineamiento con la URSS

 

Los gestos en la década sesenta alrededor de la nueva izquierda euro-americana y del maoísmo impactaron a los jóvenes revolucionarios en Cuba, que pensaron erróneamente que ambos movimientos iban a liquidar las raíces del estalinismo, sin percatarse que sólo implicaban un cuestionamiento sobre la naturaleza del poder soviético. Dentro de la joven generación que se incorporó a la revolución pululaba una miríada de corrientes, posiciones y  filosofías (todas anti-soviéticas), desde un virulento maoísmo a grupúsculos trotskistas, socialdemócratas y anarquistas.

 

A fines de la década sesenta hubo un amago de liberalismo marxista entre estos jóvenes revolucionarios, producto indirecto de los tímidos pasos de "deshielo" en el bloque soviético. Su maduración coincidió con el diferendo ideológico chino-soviético, la desvalorización universal provocada por la guerra de Vietnam, la ocupación soviética de Checoslovaquia, las crisis universitarias en Occidente, y la campaña de los derechos civiles en Estados Unidos.  

 

Dentro de Cuba alcanzó su punto culminante la discrepancia con los soviéticos, la herejía teórica de los jóvenes marxistas y la represión contra los elementos de la vieja guardia estalinista. Fue la época de la famosa "vía cubana" y su construcción simultánea de socialismo y comunismo (1966-1970); del Hombre Nuevo guevarista; de las ediciones de libros polémicos; del Congreso de Educación y Cultura de La Habana (1968); de la revista Pensamiento Crítico (1967-71). La posición de estos jóvenes pensadores adquirió influencia en toda su generación entre los intelectuales y escritores; el baluarte de esta posición era el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Parapetados en una mezcla del nuevo marxismo ecléctico europeo, castrismo, y un vago "trotskismo" guevarista, las posiciones de esta corriente desembocaron en un virulento anti-sovietismo y un utópico socialismo, más flexible y democrático.

 

La corriente a favor de una mayor democratización y apertura, constituida en esencia por la joven generación y por intelectuales, profesionales, científicos y funcionarios, recibió en todo el proceso poco poder político. Ambas se oponían al totalitarismo carismático y a la dependencia de la Unión Soviética. En las décadas ochenta y noventa una parte de ellos conformaría posiciones contestatarias en la cinematografía, los intelectuales, y los grupos internos de disidencia y de defensa de los derechos humanos.

 

La crisis de poder en todo el bloque soviético provocada por los sucesos de Praga tuvo también efectos en Castro, temeroso de los ecos internos que pudieran provocar las reformas checas. La Habana rindió su política exterior a los soviéticos, a la vez que intentaba neutralizar la densa atmósfera antisoviética y anti-ortodoxa en muchas esferas del estado y de la economía cubana.

 

Fidel Castro compartía la posición de los "internacionalistas" del politburó soviético (con Mijail Suslov a la cabeza) de asumir una ofensiva y un cometido mas estrecho con los países "aliados" del tercer mundo. En Cuba se siguió con detenimiento esta pugna en la dirección soviética, cuya solución posterior tendría consecuencias para Cuba, que costó los cargos a Nikolai Yegorichev y, lamentablemente para Castro, a Alexander Shelepin.

 

La división del politburó soviético a raíz de la crisis en Checoslovaquia mantuvo a la dirección cubana en una posición de cautela. Tras la conferencia en Ciena, en julio de 1968, entre el politburó soviético y el checo, Moscú planteó la disyuntiva entre paralizar la reforma o la invasión militar. El régimen cubano fue consultado simultáneamente a la celebración en Bratislava de la reunión del Pacto de Varsovia donde se presentó el ultimátum a los checos, lo que devolvió la confianza a Castro acerca de la fiabilidad de la sombrilla militar soviética. A todo esto no fue ajeno un viejo aliado de Castro, el Mariscal Andrei Grechko, entonces ministro de defensa y motor de la invasión.

 

Por su parte, el ejemplo checo estaba influyendo en intelectuales y jóvenes marxistas cubanos, y Castro temía que hallara eco en el grueso de su dirigencia, de tendencia antisoviética. Mas que ceder a presiones soviéticas, Castro actuó, en el caso checo, por rechazar la proyección política de ese proceso. Los soviéticos, además, habían iniciado un cometido militar mayor en el Medio Oriente, y la coalición anti-Brezhnev del ejército, Shelepin y Piotr Shelest se habían impuesto en el Kremlin. 

 

Los viejos "bonzos" marxistas cubanos no se equivocarían; la primera forma coherente de oposición de los intelectuales provino de la crítica a los métodos centralizados del poder castrista como "contradicción" al marxismo. Los marxistas ortodoxos cubanos proclamaban que debía implementarse un modelo siguiendo los moldes políticos y económicos soviéticos, mientras los "liberales" consideraban que era necesario evadir la "desigualdad" social y el apoliticismo de las masas que se observaba en el bloque soviético. Esta polémica marxista cobró forma en la serie de publicaciones editadas por la colección Ediciones Polémicas, que dirigió el joven marxista Rolando Rodríguez García.

 

Con olfato político, Castro decidió coquetear en política exterior con los soviéticos mientras introducía un tinte "achinado" a su política interna: para ello, enalteció los estímulos morales y la ideologización educacional de las masas como elementos cruciales en la construcción socialista. 

 

Si en el orden externo la búsqueda de un "camino propio" hizo crisis con el descalabro boliviano de 1967, en el interno las discrepancias con la URSS, los ataques políticos, la herejía teórica, la experimentación de nuevas vías y la represión contra elementos de la vieja guardia estalinista alcanzó su punto culminante entre los anos 1968-69.  

 

La estrategia residía en no provocar dificultades con la URSS en política exterior, para disponer de tiempo y espacio con vistas a cristalizar la estrategia azucarera y la etapa del "esfuerzo decisivo" en la economía.  Pero, a fin de cuentas, al sucumbir la estrategia de la "revolución agrícola" en 1970, Castro pasaría la cuenta a este "desviacionismo" marxista, simbolizado en la joven generación nucleada alrededor de la publicación Pensamiento Critico.

 

A fines de la década de los sesenta, al calor de las herejías cubanas del momento, de la corriente desestalinizadora que tenía lugar en el bloque soviético, y la revisión teórica que que se hacia de Marx en varios centros intelectuales europeos, se propugnó en la Universidad de la Habana la conformación teórica de un marxismo que diese vida a una "vía cubana". Este Departamento se conformó con jóvenes talentos que volcaron sus criterios en los claustros universitarios y en obras polémicas como la revista Pensamiento Crítico, y en el Instituto del Libro.

 

A instancias del propio Fidel Castro se publicaron ediciones restringidas para el Comité Central de las biografías escritas por Isaac Deutscher sobre Stalin y Trotsky, así como textos del economista trotskista belga Ernest Mandel, quien visitó Cuba en varias ocasiones entre 1966-70, invitado por el propio Castro, para impartir seminarios en la Universidad. En esa época eran comunes en La Habana textos de la llamada "nueva izquierda" norteamericana (Baran, Swezzy) de Leo Huberman, Herbert Marcusse, André Gunder Frank, y muchos otros autores contestatarios desde posiciones antisoviéticas.

 

El grupo sostuvo intensas polémicas con "teóricos" del viejo partido comunista (PSP), y su marxismo de jóvenes pensadores adquirió gran influencia en la generación del sesenta y entre los intelectuales y escritores. Parapetados en una mezcla de guevarismo, cierto trotskismo, gramcismo, el joven Marx, las obras del marxista francés Louis Althusser (foto) y otros, sus posiciones delinearon un virulento antisovietismo marxista que tenia preocupado a los viejos bonzos del partido, al grupo Raúl y a los militares.

 

Este "coqueteo" de Fidel Castro con esta corriente, en la medida de sus intereses políticos, llegó hasta poco después de 1970, cuando tras el fracaso de la zafra de los diez millones y  la "recurva" hacia la URSS, Raúl Castro, Antonio Pérez Herrero, Osvaldo Dorticós y Humberto Pérez intervinieron personalmente, clausurando el Departamento de Filosofía.

 

Los soviéticos ofrecieron a Castro ayuda económica para remontar la terrible crisis del fracaso de la zafra los diez millones, dejaron oficialmente sin efecto las hipotéticas deudas por armamento, que a partir de entonces entregarían gratuitamente a Cuba, y dieron quince años de gracia y sin intereses a la enorme deuda cubana. A cambio de ello, exigieron el abandono de las herejías y la vuelta al redil, institucionalizar el país en el modelo "socialista" europeo, la celebración de congresos y plenos del comité central al estilo moscovita, y la “separación” de poderes (en el estilo soviético, no occidental), así como alejar del poder a elementos marcadamente antisoviéticos, lo que se tradujo posteriormente, en el caso más significativo, en la sustitución de Raúl Roa, el carismático Ministro de Relaciones Exteriores, por el gris Isidoro Malmierca, de la vieja guardia comunista y uno de los fundadores del aparato de seguridad cubano.

 

El gobierno cerró Pensamiento Crítico en junio de 1971: su pecado era su apoyo a un marxismo “independiente” que estaba en boga cuando la revista fue creada en febrero de 1967, pero que  estaba en completo conflicto con el estalinismo que logró imponerse.

 

Tras el "saneamiento" ideológico, las fuerzas armadas ocuparon paulatinamente toda la dirección ideológica del país, dirigida por un eminente pro-soviético y protegido de Raúl Castro, Antonio Pérez Herrero. A la vez, el ejército comenzaría a proveer al partido y el estado cuadros "fieles". En universidades y preuniversitarios se reintrodujo el estudio del marxismo-leninismo y se eliminaron las materias de filosofía y sociología.

 

En la esfera doméstica la estructuración del aparato totalitario represivo del sistema se iría entramando a la vertiente teórica: la dependencia a la URSS, la inconsistencia práctica de la utopía marxista, la brutal restricción del consumo interno y el irracional aislamiento en que se vio sometido el país.

 

El ejército soviético comenzó a prestar especial cuidado en fortalecer y modernizar al ejército cubano. En abril de 1970 tuvo lugar una visita oficial del entonces ministro de las FAR, Raúl Castro a la Unión Soviética, con vistas a reestructurar las fuerzas armadas cubanas, con arreglo al esquema del Pacto de Varsovia. Moscú recomendó la implantación del modelo económico y la transformación del ejército cubano en una fuerza mas especializada, móvil y con mayor volumen de fuego. La política exterior de Castro se hizo más selectiva, colaborando militarmente con la URSS en ciertas áreas de conflicto (Vietnam, Siria, Yemen del Sur, Somalia).

 

La Institucionalización

 

El período que comprende los años de 1971-75 engloba los primeros intentos de reorganizar el país tras el desastre de la zafra de los 10 millones, el caos financiero, las tensiones sociales y la necesidad de la ayuda soviética. La élite castrista apoyó más abiertamente la expansión soviética y mostró sus últimos alientos optimistas respecto al destino de la economía bajo un esquema soviético de funcionamiento.

 

Los soviéticos enviaron a Cuba a Nikolai Baibakov (foto), presidente del GOSPLAN y antiguo comisario del petróleo en tiempos de Stalin, para tratar de poner un mínimo orden en la economía. Se comenzó tímidamente a rescatar controles económico-financieros y dio comienzo una profunda reorganización y revitalización del movimiento sindical, que culminó con el XIII Congreso de la CTC en 1973 y la entronización, una vez más, del veterano comunista Lázaro Peña al frente de los sindicatos, de donde Castro lo había separado a finales de los sesenta por pro-soviético.

 

Raúl Castro tuvo a su cargo la recomposición del país tras el desastre fidelista, y fueron poco a poco separados de sus cargos y del poder real un grupo de personajes que entonces brillaban, defensores de un sistema económico utópico y disfuncional, llamado financiamiento presupuestario, que fundamentaban en una supuesta combinación de directivas fidelistas y "enseñanzas" del Che. José Ramón Machado Ventura comenzó una silenciosa y extensa reorganización del partido y sustitución de los cuadros más "liberales" por "ortodoxos", aunque limitando la participación de la vieja guardia. Comenzaron a la vez los estudios para la reorganización de la administración central del estado, que venía a la deriva desde los años sesenta con las decisiones caóticas de Castro, así como una nueva división político-administrativa del país y el diseño de un nuevo sistema de dirección y planificación de la economía, tareas en las que sobresalió Humberto Pérez González, un comisario de Raúl Castro que ya había tenido un papel importante en la desaparición del departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.

 

La dualidad Partido-Estado

 

En ocasiones Castro solventó el conflicto de dualidad de poder entre el partido comunista y el estado-economía fundiendo ambas instancias en los niveles de base (como el período 1966-71) o separándolos en la base y fundiéndolos en la cúspide (como en los períodos de 1964-67 y 1978-88).

 

A principios de la década del setenta Castro trató de especializar las funciones partidistas y estatales para revivir el maltrecho aparato partidista. Este proceso de amalgamamiento había tenido lugar de forma inconsciente y gradual, propulsado por el estilo de Castro, la presión del militarismo y la ausencia de calificación administrativa.

 

Conjuntamente a la remodelación del partido se produjeron variaciones organizativas y funcionales en las organizaciones de masas y la administración estatal. Entre las nuevas tareas concedidas a los núcleos del partido comunista estaba la de apoyar y controlar los planes administrativos y de producción, por los cuales responderían ante los organismos superiores del partido, los únicos facultados para imponer sanciones y orientar los materiales ideológicos.

 

Se buscó conceder cierta autoridad a los sindicatos, aunque siempre subordinados a las instancias del partido. La Federación de Mujeres Cubanas se remodeló en forma territorial, extendiéndose a las cuadras, mientras los comités de defensa de los centros de trabajo se disolvían para facilitar la labor al partido.

 

La mayoría de la población se movería en lo adelante encuadrada y vigilada por el partido comunista, las administraciones autoritarias, los sindicatos como extensión de la administración, la seguridad del estado y los comités de defensa, evadiendo los conflictos con cada una de ellas y confusa ante a cuál de ellas debía responder en definitiva. 

 

Las fuerzas armadas, tras el choque contra los marxistas liberales, y armadas con la ortodoxia de los viejos marxistas cubanos, ocuparon paulatinamente la dirección política del país con "Tony" Pérez Herrero, y comenzó a desbordarse con militares el partido y el Estado. Se desmilitarizaría la economía, pero sin perder las fuerzas armadas la preeminencia ideo-política interna, encajando en la reorientación de las prioridades de política exterior de la Unión Soviética.

 

La estructura militar cubana, reorganizada a partir de 1971 en el esquema soviético de divisiones y brigadas, descansaba en un ejército profesional y organizaciones paramilitares, con equipamiento convencional. El desarrollo de este ejército, justificado con el "enfrentamiento" y las crisis con Estados Unidos, serviría en ocasiones como palanca productiva y para la extensión de la política exterior. 

 

En la política de reajuste a partir de finales del año 1970, el grupo de nuevos cuadros que ocuparía altos cargos en la maquina administrativa provenía del ejército amancebado por Raúl Castro, como los comandantes Belarmino Castilla, Antonio Enrique Lussón, José Ramón Fernández, Rogelio Acevedo, Joel Chaveco, Serafín Fernández, "Tony" Pérez Herrero, José Ramón Balaguer y Lino Carreras. La militarización de la sociedad cubana no resultó un mal endémico a la estructura de la revolución cubana, sino que respondía a una alternativa de Castro, que mezclaba sus intereses personales y los de su grupo.

 

El Nuevo Sistema de Dirección de la Economía

 

El alto estrato burocrático y la pequeña burocracia profesional y técnica pugnaban por descentralizar de manos de Castro la toma de decisiones del Estado y la economía, tratando de institucionalizar el impulso carismático y suplantar los funcionarios incapaces leales a Castro, en una tendencia de reformar el sistema desde abajo, considerando que el Estado y la economía, en un modelo económico soviético, podrían actuar como camisa de fuerza al caudillismo.

 

En ningún momento estos grupos, donde el cerebro conceptual era Humberto Pérez González, con el apoyo de Raúl Castro, y donde se nuclearon jóvenes y no tan jóvenes economistas con criterios frescos, pretendieron posiciones anticastristas, "liberales" o contrarrevolucionarias, pero defendían silenciosamente el establecimiento de un sistema en que los "mecanismos económicos" funcionaran dentro de determinada institucionalidad, que atara las manos a Fidel Castro ante sus exabruptos o desvaríos, como la zafra de los diez millones o la "reinvención" de la ganadería.  Esta atmósfera nunca se transformó en lucha abierta, pues la burocracia disponía de un poder subalterno a la "élite" castrista, y al no trascender la pugna abiertamente a la población, no pudo nunca actuar como maquinaria efectiva de presión sobre Castro.

 

A finales de 1975 se celebró el largamente esperado primer congreso del partido (foto), con la asistencia de Maijail Suslov (el "número dos" soviético), los primeros secretarios de los partidos europeos en el poder, raquíticas delegaciones comunistas lationoamericanas y "movimientos de liberación nacional", mientras los chinos y sus acólitos ni se dieron por enterados.

 

El congreso aprobó las propuestas de una nueva Administración Central del Estado (ACE) la nueva División Político-Administrativa (DPA), que creaba 14 provincias y 169 municipios, incluyendo la Isla de Pinos como “municipio especial” subordinado al gobierno central y no a la provincia habanera, y el Nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (NSDPE).

 

Castro abrió el congreso con una feroz crítica en el informe central de todos los errores y fracasos del estilo anterior, que achacó, naturalmente, a todos menos él, cuya única falta habría sido un "romanticismo" revolucionario, y pidió a los delegados la aprobación de las propuestas, no sin antes manifestar crípticamente su oposición a todas las reformas, dejando la ventana abierta para el cuestionamiento de todos los proyectos que vendría posteriormente.

 

Sin embargo, en la clausura del congreso, solamente cinco días después, hizo público el compromiso del régimen con una participación militar en gran escala en Angola, inventó el concepto de "latino-africanos" como definición de los cubanos, y comenzó el envío de miles de combatientes a la nación africana, que en determinados momentos de la campaña pasaron de sesenta mil. Con esta decisión, aquellos supuestos “mecanismos económicos” que deberían mantener a Fidel Castro dentro de ciertos márgenes previstos, habían nacido con impedimentos genéticos que les impedirían desarrollarse y funcionar como correspondía y se había planificado.

 

Los nuevos teóricos de la reforma económica, atrincherados en la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), que ahora dirigiría Humberto Pérez con personas de su confianza, pero sin poderse desembarazar completamente de antiguos defensores del sistema anterior, habían realizado una crítica a fondo, donde se vio que la diferencia de criterios no era una mera cuestión de táctica o estilo. Los órganos centrales dictaban las pautas, reflejando la extrema centralización económica y política del país. El intento de reforma tuvo que enfrentar aguda escasez de profesionales y trabajadores calificados, recrudecida por la sangría de combatientes "internacionalistas" hacia Angola, sobre todo en las ramas agropecuarias, la construcción, y las industrias básica, ligera y de alimentación.

 

Las consecuencias que en la estructura del poder podría tener el nuevo sistema de dirección económica, a través de la autonomía empresarial y la medición de resultados económicos por sobre los "políticos", asustaron a la élite fidelista, que poco a poco paralizó la reforma y bloqueó la institucionalización, la construcción de un verdadero partido comunista, y la eficiencia en la administración y la gestión económica.

 

El quinquenio 1976-80 -donde se trataba infructuosamente de aplicar una  reforma económica calcada del modelo soviético, pero con ajustes "tropicales" para poder lograr que Castro la dejara pasar-, conoció el primer intento de la burocracia por legalizar su estatus por sobre el estilo totalitario y unipersonal del Comandante. Estas reformas chocarían con el estilo de dirección del jefe de la revolución. La contradicción entre el líder y la camisa de fuerza reformista se expresaba en las constantes alteraciones y dilaciones que éste introducía en el cronograma de medidas del NSDPE. Humberto Pérez, cabeza visible de la reforma, y encarnando el sentir de la tecnocracia, sabía que la decisión de participar militarmente de forma masiva en África castraba el proyecto de reformas y el primer plan quinquenal, pero era imposible alegar necesidades de la economía como contrapunto a una "gloriosa misión internacionalista" dirigida personalmente, desde La Habana, por el Comandante en Jefe.

 

El segundo congreso, en 1980, sería fotocopia del primero en cuanto a las dificultades para establecer el sistema de dirección económica que se pretendía, mientras el Comandante en Jefe "dirigía" desde La Habana dos guerras africanas ahora, en Angola y Etiopía, y tras haberse dedicado cuidadosamente a controlarlo, dirigía también el Movimiento de Países No Alineados, cuya cumbre se había celebrado en La Habana en 1979.

 

Sin oponerse abiertamente a las reformas, Castro colocaría el tema como secundario en sus objetivos y sus referencias permanentes, consumidas casi en su totalidad por las campañas africanas teledirigidas y el movimiento No Alineado. En la etapa entre el segundo congreso y el tercero, en 1986, añadiría a sus temas de interés permanente el de la deuda externa del tercer mundo, y su absurda campaña sobre la imposibilidad de pagarla y, por lo tanto, la necesidad de dejarla sin efecto.

 

La élite castrista, reluctante a toda reforma que implicara responsabilidad, compromisos de trabajo, eficiencia, y desechar el estilo improvisador y "carismático" que le caracterizaba por imitación del líder, comprendía perfectamente el mensaje de Castro hablando de guerras africanas, no alineados, deuda externa, y "trabajo político", y adivinaba que las directivas del nuevo sistema de dirección de la economía eran parte de un paisaje que dibujaba la burocracia ilustrada, pero que no estaba en consonancia con el reiterado mensaje del "Jefe". Consecuentemente, hacía como que le interesaba aplicar esas directivas, pero en la vida cotidiana mantenía los estilos y métodos de trabajo a los que se habían acostumbrado durante un cuarto de siglo.

 

El modelo soviético

 

El quinquenio 1976-80, donde se pretendió infructuosamente aplicar una tímida reforma económica caricatura del modelo soviético, fue un intento de la burocracia por legalizar su estatus por sobre el estilo unipersonal. La falta de ascendiente político y las campañas africanas impidieron que cristalizara a su favor la estrategia económica, y Castro se reafirmó nuevamente como astro solar del firmamento cubano.

 

Los mecanismos democráticos estaban ausentes en todas las instancias; desde el inicio el aparato del partido había sometido a la masa de militantes, al estado y la economía. En 1975, con el primer congreso, las regulaciones y mecanismos aprobados impedían la crítica abierta y publica a las medidas y políticas del buró político.  

 

El centralismo burocrático había baldado al partido desde su fundación, y el monolitismo y la ultra centralización garantizaban la preeminencia de los castristas en el pináculo. El militante de base estaba incapacitado e implícitamente desautorizado para mostrar desacuerdos ante la línea del partido: debía aceptar como un evangelio todas las orientaciones y consignas.

 

Ya el terror no solo se había establecido contra obreros y campesinos, sino también contra la propia burocracia. A medida que la tecno-burocracia se fue asentando y moviendo en favor de la institucionalización totalitaria, entró en conflicto con el estilo caudillista del régimen. Por ello, Castro la mantuvo en volumen y poder mínimos, con purgas sistemáticas, evitando su consolidación definitiva como estrato social. Pero tanto el anterior modelo castrista como el nuevo, impostado de la Unión Soviética, resultaban totalmente ajenos a los resultados prácticos. La relación vanguardia-masa nunca se había logrado; las consignas nada concretaban.

 

La presencia soviética en Cuba era evidente en extremo, concentrándose verticalmente en áreas de lo militar, política exterior y la sociedad. Era profunda la preeminencia soviética en las fuerzas armadas, los órganos de planificación, la industria minero-metalúrgica, la petroquímica, así como la ideología y educación, mientras que en la industria azucarera, el transporte automotor, la cultura, salud publica y la construcción, era menor. Sin embargo, incluso en el área militar, los soviéticos eran escuchados, pero no siempre se aplicaban sus recomendaciones si se consideraban que chocaban con la "línea" del Comandante en Jefe.

 

El decaimiento de la oposición en los sesenta y parte del setenta se debió a la pérdida de esperanzas por parte de las masas defraudadas por la revolución. Hundidas en la frustración y la supervivencia no lograron  reaccionar contra el castrismo. La juventud terminó por no desarrollar criterios políticos. Esto también se reflejó en la falta de agresividad de los grupúsculos de la nueva clase ante Castro. A finales de los años sesenta la atmósfera de lasitud y conformismo generalizado comenzó a dar paso al resentimiento y critica ante el evidente fracaso del sistema y su líder máximo.   

 

El primer cisma de importancia se había producido con la disidencia intelectual en 1968-72, considerada como la conciencia política dentro de la burocracia del sistema. Desde 1975 hasta 1980 tuvo lugar la lucha entre la tendencia en favor de la reforma económica-descentralización política y la de los castristas anti-institucionales; entre la burocracia pro-soviética y el caudillismo castrista; entre los defensores de la impronta militar en Angola, Etiopía, Yemen del Sur y Nicaragua y los que favorecían una mayor focalización en la problemática interna. Se esperaba, ingenuamente, que el sistema económico fuese devorando, automáticamente, desde abajo, a funcionarios incapaces (leales castristas) llegando al punto de imponer una camisa de fuerza al máximo líder.

 

El mantenimiento de cuerpos expedicionarios en el exterior y la erosión de personal calificado que ello significaba, así como la desorganización del plan quinquenal 1976-80 afectaron la marcha económica del país y causaron mayor desaliento en la población.

 

Comenzaron los choques de organismos y empresas estatales con los órganos del partido comunista, simbolizados en la pugna entre la Junta Central de Planificación y el Comité Central. Pero los enfrentamientos entre los abanderados de la nueva gestión económica y los cuadros afiliados al tradicional estilo operativo de Castro no llegaron a una verdadera crisis política: así se escenificaba la flagrante contradicción del socialismo cubano entre líder e institución, impidiendo a la vez tanto la reforma económica como la pretendida revitalización del partido y los sindicatos. 

 

En todos esos años del primer plan quinquenal, la Unión Soviética resultó garante internacional de las deudas que el castrismo no podría afrontar, implicando concesiones en la arena internacional, y muy especialmente en los planes de proyección militar. Entre 1977-80 la presión soviética en favor de reformas domésticas en Cuba declinó ante el mayor interés de ambos regímenes en objetivos de política exterior. 

 

La implicación abierta del régimen cubano en África y su cometido en puntos exteriores especialmente sensibles a las administraciones norteamericanas, propiciaron la atmósfera de tensión que favoreció que Castro dilatara tensiones políticas internas y el malestar popular y amortiguara la reacción general ante el escaso avance o descensos en niveles de consumo. A mediados del setenta existieron tres momentos y corrientes que se entrecruzaron en el orden interno: el internacionalismo y el ascenso de los militares; la burocracia ilustrada y su reforma; y el diálogo con el exilio.

 

La conformación dentro de la nueva clase de una corriente de oposición resultaba un proceso dilatado. Atrás quedaron el proceso del sectarismo, los comisarios del "caso Padilla", los roces con jóvenes intelectuales, y el primer intento de la tecno-burocracia por conformar un modelo económico viable. La existencia de una vasta corriente de oposición popular al castrismo dejó de ser una suposición para trasformarse en realidad durante los sucesos de la embajada del Perú y el éxodo por el puerto de El Mariel, a principios de 1980: mostraron desarmado el famoso heroísmo revolucionario.

 

 

EL "PROCESO DE RECTIFICACIÓN"

 

La regresión en la década de los ochenta

 

La situación del país en la década del ochenta entró en una regresión que era imposible revertir. A inicios de los ochenta se inició el descenso simultáneo de casi todas las actividades económicas: la agricultura cayó en barrena, la salud y educación se resentían del enorme gasto, y la deuda exterior se elevó a siete billones de dólares, cerrándose los créditos de Occidente.

 

Las múltiples dificultades financieras propiciaron priorizar producciones para la exportación, impidiendo reducir la dependencia a los mercados exteriores. La economía dependía de las distantes fuentes de suministros del CAME, que con frecuencia no podían servir en el tiempo previsto los suministros acordados, afectando los de por sí poco realistas planes en Cuba.

 

Como una de las medidas para enfrentar al mercado negro, lograr mayor control sobre los productos agrícolas privados y llenar el vacío entre productor y consumidor, en el año 1980 se estableció el llamado mercado libre campesino, mala copia del "rila" soviético. Salvo carne de res, tabaco, café y cacao, la ley permitía comercializar la sobreproducción agraria directamente a la población, bajo precios de oferta y demanda, gravándose el beneficio en un 20%.

 

Simultáneamente, se estableció un mercado estatal, a precios más elevados que los subsidiados, en un intento por competir con el mercado negro y el libre campesino, y recoger circulante. Así, en los años 1981-83 se elevó el volumen de productos alimenticios provenientes del agro.

 

Como entonces se habían reducido drásticamente las posibilidades de encontrar créditos en el exterior, se desplomaron  las importaciones y la confianza de la banca internacional: La situación con ésta hizo crisis en 1982.

 

En la década de los ochenta, tras el aviso secreto de Brezhnev de que la URSS no podría defender a Cuba en un enfrentamiento con EEUU, se incorporó medio millón de personas a una nueva organización, las Milicias de Tropas Territoriales (MTT), llamadas a figurar como defensa de los perímetros territoriales ante una agresión militar. El gobierno solicitó armamentos a la Unión Soviética, a la vez que modernizaba e incrementaba el existente y desarrollaba aceleradamente una rústica industria militar. Se requirieron enormes esfuerzos constructivos a la ya débil economía: cientos de naves, campos de tiro, armerías. Las FAR prepararían, de emergencia, cuarenta mil oficiales para tropas territoriales. Por otro lado, a pesar del supuesto peligro en territorio nacional, se reforzaron las agrupaciones destacadas en África, elevando sus efectivos a más de cincuenta mil combatientes.

 

Castro comenzó a moverse en dirección totalmente opuesta a Mijail Gorbachev desde 1985, y en abril de 1986, solo cuatro meses después del tercer congreso del partido, en una premonición anti-perestroika, lanzó el "proceso de rectificación de errores y tendencias negativas", cercenando las tímidas reformas aplicadas a medias, restaurando su control personal absoluto en la economía, resucitando "el espíritu del Che", clausurando el mercado libre campesino, y urgiendo a los trabajadores a renovar compromisos revolucionarios a través del trabajo voluntario.

 

Castro bautizó peyorativamente a los burócratas vinculados con las reformas como "tecnócratas", y a los intentos reformistas como "tecnocracia", envolviendo con ambos términos todo lo que tuviera que ver con lo que él percibía como un asalto contra su poder absoluto. En un momento diría en una entrevista: "Los tecnócratas hicieron una suerte de guerra contra mi muy sutil. Se opusieron a las microbrigadas, a los programas médicos, a muchas de las cosas que yo defendía. Una guerra sutil de toda una generación de tecnócratas educados por allá. Porque incluso el papel del Partido empezó a disminuir; si los mecanismos iban a promover el desarrollo ¿qué papel van a jugar los cuadros del partido?".

 

En ese proceso se reestructuró la legislación laboral y los órganos de arbitraje de los consejos de trabajo para asegurar la disciplina laboral y eliminar los escalafones aprobados en el XIII Congreso obrero. Se enfatizó otra vez en las guardias obreras, bajo la orientación del Ministerio del Interior, y se establecieron como lemas sindicales "por el camino correcto" y "trabajando para el futuro socialista de la patria".

 

En el año 1989 el gobierno abordó en forma pública la carencia de fuentes de empleo, el desempleo y los miles de técnicos sin ubicación laboral. La política de pleno empleo, la seguridad social y la incorporación de la mujer al trabajo estaba haciendo crisis. Las provincias orientales mostraban el desempleo oculto y abierto más elevado del país: con una población activa laboral que superaba el millón de personas, sólo disponía de fuentes de trabajo para unos 650,000-700,000 obreros.

 

Castro impulsó el movimiento de contingentes obreros, partiendo del "Blas Roca", buscando desmembrar el sistema de vinculación de los ingresos con la cantidad y la calidad de trabajo realizado, y para encuadrar a los trabajadores en una organización económica de mando lineal, con un régimen de trabajo de doce horas diarias, donde se permanecía movilizado de forma permanente. Así se organizaron en Matanzas los contingentes para la agricultura, y muchas otras actividades en todo el país.

 

La "rectificación"

 

Desde 1973 a 1985 Castró permitió ciertos elementos del mecanismo de mercado, ante la gravedad de la crisis provocada por el desastre del experimento que culminó con el fracaso de la zafra de los diez millones. En 1985 Cuba recibía un estimado anual de $5,000 millones en ayuda económica y militar, equivalente a casi el ochenta por ciento de su comercio total. Con los nuevos rumbos implantados por Castro en 1986, mediante su proceso de rectificación y de rechazo a la reforma del bloque soviético, este dilema quedó sellado.

 

En 1987 se inauguran las "vacas flacas" con el anuncio de veinte medidas económicas que reducen cuotas de consumo de leche y carne, y eliminan la merienda de los trabajadores; asimismo, aumentó la tarifa del transporte urbano, energía eléctrica, los precios en el mercado paralelo, y la gasolina. Tuvo lugar una contracción del consumo y un ascenso paulatino en las exportaciones de alimentos y bebidas por la falta de divisas, mientras las importaciones de bienes de consumo y comestibles descendían. Uno de los paliativos para enfrentar la tensa situación interna fue el incremento de la militarización y encuadramiento de la población a las nuevas organizaciones castrenses. Curiosamente, no se mencionaba entonces al "criminal bloqueo imperialista" como causante de los males del país, sino a la tecnocracia que había desviado el camino hacia el futuro luminoso.

 

Castro se equivocó desde el inicio de su régimen al pensar que la Unión Soviética podía sustituir a Estados Unidos y al mundo occidental como abastecedor de las mercancías indispensables para sostener los viejos niveles de la producción de bienes y servicios, y acrecentarlos dentro de las modernas concepciones del desarrollo.

 

Convencido de que el bloque soviético existiría eternamente, nada hizo para desarrollar una economía capaz de resolver las necesidades básicas del consumo de la población y mantener funcionando su industria y agricultura. En Cuba se unieron dos factores negativos: la incapacidad del modelo económico estalinista para hacer funcionar debidamente la sociedad y economía de cualquier país, y la abulia de la élite cubana por buscar soluciones a los problemas internos, ya que el maná caería constantemente de la Unión Soviética, y no había por qué preocuparse.

 

Ya en los primeros años de la década de los ochenta, durante los breves períodos de Yuri Andropov y Konstantin Chernenko (foto), la burocracia soviética no cedió a la presión cubana por comenzar nuevas construcciones, puesto que ya entonces el bloque comunista estaba arruinado. Castro había pensado que la Unión Soviética del inmovilismo era eterna, que el río de la ayuda jamás disminuiría su nivel, que los militares soviéticos seguirían en posesión de la bahía de Cienfuegos para sus submarinos, que la KGB mantendría la base de espionaje de Lourdes, y que los "aparatchik" seguirían viniendo a tomar "Havana Club" en Varadero y en las lujosas casas del Partido a lo largo del país.

 

La contradicción Castro-Gorbachov se inició mucho antes de que este último ascendiera al poder del Kremlin, al favorecer el cubano al candidato perdedor, Romanov, más a tono con la vieja tradición filo-estalinista. Con la desaparición de la “era Brezhnev”, la perestroika y el gladsnost enterraron la estrategia global en la que Cuba había estado encajada, haciendo que Castro y el castrismo perdieran oxígeno.

 

A principios de la década ochenta, con la elección de Ronald Reagan (foto) como presidente de Estados Unidos, la presión norteamericana sobre el bloque comunista se acrecentó, en especial ante la focalización soviética sobre Polonia y Afganistán. Fidel y Raúl Castro supieron que no podían contar con la Unión Soviética en caso de confrontación con Estados Unidos, pero  decidieron mantener en secreto para el resto de la dirigencia y la población esta advertencia soviética. La iniciativa norteamericana y la parálisis soviética se confirmaron con la invasión a Granada en 1983, donde Castro pretendió un holocausto de cubanos que no se materializó, al negarse los colaboradores civiles de la construcción a enfrentarse a las tropas norteamericanas

 

El desarrollo del gladnost y la perestroika comenzó a deslegitimar el estilo autocrático de Castro. Si bien la población mostraba avidez y deseo por recorrer el camino de la reforma, el mensaje del Comandante era contrario. En todas las esferas se manifestaban criterios a favor de cambios, que cada segmento concebía acorde con sus intereses y situación política, mientras Castro no estaba en condiciones de enfrentar de forma abierta la política de reformas de Gorbachov: la introducción de reformas le haría más difícil mantener un control absoluto sobre el firmamento de poder y opinión, especialmente seguir arrostrando fracasos en todos los frentes de la sociedad.

 

Ante la omisión de Gorbachov de apoyar los movimientos de liberación nacional, en su discurso inaugural al congreso del PCUS en febrero de 1986,  Castro desató una campaña política sobre el cometido de los países socialistas para con tales movimientos. Advirtió que los cambios en el mundo comunista podían conducir a la desestabilización de la economía del país. Al criticar duramente la apertura soviética y los cambios en la Europa Oriental expresó que tal ventana democrática carecía de bases económicas, y que nadie podría predecir hacia donde desembocaría el destino.

 

Mientras los bonzos partidistas en Europa oriental estaban desconcertados ante la perestroika, Castro se lanzó decididamente en su contra y trató de reorganizar su cuadro doméstico para evitar el impacto total de la debacle comunista. De visita en Cuba, en su discurso ante la Asamblea Nacional, Gorbachov planteo abiertamente su oposición a cualquier teoría o doctrina que justificase la exportación de la revolución o la contra revolución. Los resultados de esta visita, en la primavera de 1989, defraudaron a la población, que esperaba que el soviético forzara a Castro hacia la apertura.

 

El general Ochoa, Angola y la perestroika

 

A finales de los setenta, bajo la influencia de Jimmy Carter, se inició en todo el mundo el cuestionamiento a las violaciones de los derechos humanos, y posteriormente las tendencias favorables a reformas, al calor de los cambios en la Europa oriental. En medio de la apertura soviética de Gorbachov se generaron en Cuba criterios y posiciones comunes en favor del gladnost, la apertura política del sistema, la estabilización de las relaciones con Estados Unidos, y una política exterior más acorde con los intereses y recursos del país: esta corriente aspiraba a una institucionalización del sistema sobre bases más flexibles, que pudiera preservar sus posiciones tras la desaparición de Castro.

 

En el comité central y la dirección militar del país existían fuerzas que expresaban con cautela deseos de reforma del régimen bajo las líneas de la perestroika. Esta disensión de elementos de las estructuras más poderosas del país, las fuerzas armadas y el Ministerio del Interior, llevaría al inevitable cuestionamiento de la dirección estalinista de Fidel Castro durante el caso Ochoa-La Guardia, en 1989. Este proceso, y las extensas purgas en los servicios secretos y la administración, apoyado en los elementos militares fieles a Raúl Castro, fueron  el signo más visible de una fisura en la élite del poder.

 

Es muy borroso precisar hasta qué punto la élite castrista pudo sobrevivir incólume a la crisis política y de credibilidad que significó el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa; su ejecución fue vista dentro del país como un aviso para aquellos que desearan hacer política sin Castro. No hay evidencias de intenciones conspirativas por parte del general Ochoa y los demás acusados en 1989. La crisis Ochoa-La Guardia degeneró en una vendetta de grupos y purga de grandes figuras, donde cayeron también el general José Abrantes y la cúpula del Ministerio del Interior, y el poderoso Vicepresidente del Consejo de Ministros, el general Diocles Torralbas. El "caso Ochoa" dejó la percepción general de que su verdadero crimen había sido su deseo de reformar al sistema, de resultar una alternativa a las políticas de Fidel y Raúl Castro, y no vínculos por su cuenta con el narcotráfico, como se le acusó. Esta acción drástica, y la pasividad de muchas autoridades frente a la oposición, sugieren una disolución de la doctrina unitaria, aun dentro de las fuerzas represivas.

 

La retirada obligada del ejército cubano en Angola y la crisis con Ochoa, unido a los diversos grupos internos que abrazaron la consigna de los derechos humanos y políticos, impusieron al régimen el dilema del suicidio o la transformación de la Isla en un vasto campo de concentración..

 

Castro y el fin de la Guerra Fría

 

Después del choque de Granada, y las medidas de austeridad obligadas por las nuevas políticas en Europa del Este, los eventos se precipitaron. Primero, las revelaciones de la conexión con el narcotráfico en Panamá, a lo que siguieron los acuerdos de las grandes potencias sobre Angola que impusieron la retirada de la legión extranjera cubana. El "caso Ochoa" dejó entrever fermentos en el equipo dirigente y la amplitud de la corrupción que gangrenaba el aparato estatal.

 

A pesar del alegado puritanismo castrista se hicieron patentes extensos tratos de la cúpula cubana con el cartel de la droga de Colombia, a través de los buenos oficios del general Manuel A. Noriega de Panamá. Con posterioridad al fusilamiento del general Ochoa, siguió el colapso de los aliados comunistas en Europa, la aceleración de los cambios en la Unión Soviética, la huida de Mengistu H. Mariam de Etiopía, la legalización de UNITA en Angola, y la parodia de "último Mohicano" de Saddam Hussein. Castro no asistió en 1989 a la cumbre de los No Alineados en Belgrado, envíando en su lugar a su hermano Raúl.

 

Durante los años que Cuba vivía de los subsidios soviéticos a cambio de enviar jóvenes cubanos a matar y ser matados en Etiopía y Angola, no era aparente el pantano en que Castro había llevado al país. El desplome del bloque comunista simbolizó para Cuba la desaparición de su única opción, la integración económica al bloque soviético. Mientras que la derrota electoral de los sandinistas significó la clausura de la revolución latinoamericana castrista.

 

El fin de la Guerra Fría no solo significó un recio golpe a la Europa Oriental: el colapso del comunismo y la restitución obligada del comercio con moneda dura probaría ser más desestabilizador para Cuba que los cambios en la Unión Soviética. Con la reevaluación de las prioridades en política exterior de las grandes potencias, y la contracción de la Unión Soviética, la Cuba de Castro dejó de ser el Israel del bloque soviético, y se encogió a sus reales dimensiones geográficas y políticas. El régimen castrista quedó en toda su desnudez, y se transformó en una infortunada subcategoría del folclore político caribeño. Sin tropas en África ni guerrillas en América Latina, la posición de Castro como líder tercermundista se esfumó como por arte de magia, y se hizo patente su debilidad como el último bastión de una utopía que fracasó en lo económico y sólo supo reprimir en lo político.

 

Las reacciones negativas de Castro para con la reforma soviética se transformaron en parte del debate doméstico entre las facciones del Kremlin. La plataforma ortodoxa manipulaba los pronunciamientos del cubano para minar la perestroika de Mijail Gorbachov. La prensa soviética guardó silencio sepulcral sobre el fusilamiento del general Ochoa. El gobierno cubano fue también objeto de ataques públicos por parlamentarios soviéticos. La revista Novedades de Moscú atacó los métodos autoritarios y dictatoriales, el culto a la personalidad, la cruel supresión de la oposición y la corrupción del régimen cubano. Igualmente, acreditó el estimulado aventurerismo exterior de Castro a la histórica ayuda militar soviética .

 

A partir de ese momento, la "indestructible amistad cubano-soviética", incluso codificada en la constitución socialista cubana de 1976, quedó en el terreno de la ficción, y las naciones ex soviéticas, surgidas a partir del "desmerengamiento" de la URSS, comenzaron a ver a Fidel Castro como un belicoso asociado político sin poder militar ni recursos, muy lejano territorialmente, y aficionado a no pagar las deudas. 

 

El marxismo-leninismo ya no sería jamás la "nueva era en la historia de la humanidad". Fidel Castro quedaba aislado con su "revolución" y ante el dilema de implementar aperturas reales o someter al país a una terrible prueba, comparable con la reconcentración establecida por Valeriano Weyler durante la guerra de independencia. Y sus raíces españolas primaron.

 

(continuará)