|
El fracaso de TV Martí ( 7, CAPÍTULO FINAL )
El propósito de nuestros
enemigos era descarrilar a la Voz del CID y TeleCid.
Si las armas apuntaban en este momento hacia mí, es una cuestión
estrictamente circunstancial. Creen que eliminándome dejan a mi
padre y al CID sin su brazo derecho.
Podría parecer así, pero estaba seguro de que, aunque mi padre, el
Comandante Huber Matos, era el factor de cohesión, la organización
no dependía de una sola persona. Mi responsabilidad era la
Secretaría de Prensa e Información, encargada de las transmisiones
de radio y televisión hacia Cuba; cada grupo de trabajo funcionaba
casi en forma independiente, con personas capaces y dedicadas.
No por eso podía pasar por alto la seriedad de la situación: la
posibilidad de que la dictadura tuviera un agente secreto en
Washington que nos estuviese perjudicando, o algo aun más serio.
Jeanne Kirkpatrick me había comentado sobre lo mismo cuando era
embajadora de los Estados Unidos en la ONU y miembro del Consejo de
Seguridad Nacional del gobierno de Ronald Reagan.
En una recepción la vi mirarme fijamente, como si tratara de
comunicarme algo con urgencia. Caminé pasando cerca de donde estaba
y se me acercó; con discreción y en voz casi imperceptible me dijo:
-Cuidado… tenemos la sospecha de que la persona con la que estás
conversando puede estar trabajando para la otra parte… cuando me
veas salir sígueme, que quiero hablarte...
Cuando Kirkpatrick se despedía fui hasta el elevador. Allí,
acompañada de dos guardaespaldas que parecían jugadores de fútbol
americano, me dijo:
-Te pedí que vinieras porque no tenía tiempo de verte en la
oficina... y necesito un favor… ¿conoces a…?
Se refería a un famoso personaje latinoamericano.
-No, no lo conozco...
-Necesito que lo vayas a ver… lo que tengo que transmitirle no puede
hacerlo el embajador nuestro… quiero que de parte mía le digas…
El mensaje era fuerte, la persona a quien iba dirigida era polémica,
y además ella exigía una respuesta. Pero era mi amiga y quería
corresponderle. Kirkpatrick tenía roces en el Consejo de Seguridad
Nacional; el mensaje que llevaría podía ser conflictivo si se
conocía en el Departamento de Estado, y si se filtraba a la prensa
se haría un escándalo.
-OK... yo voy y te traigo una respuesta...
Lo que me comentó después me sorprendió bastante más:
-Te voy a decir algo que debe quedar entre los dos: lo de Cuba no
es fácil, y tú tienes un camino muy largo por delante, no lo olvides…
hay documentos en Washington relacionados con Cuba que a mí no me
permiten leer… están en una caja de seguridad… esto me preocupa y me
disgusta…
Pasaron varios años. Ahora quien necesitaba ayuda era yo, pero
Jeanne Kirkpatrick ya no estaba en el gobierno. Había una
conspiración para desmantelarnos, y acusaciones personales contra mí.
Hice dos viajes a Washington. Esperaba que alguien me recriminara
sobre el proyecto de TeleCID, pero nosotros no teníamos que pedir
permiso, y yo no iba a dar explicaciones. Además, cuando las
autoridades norteamericanas amenazaron con mandarme a la cárcel por
dos años, multarme con $200,000 y deportarme cuando cumpliera la
condena, conseguimos el apoyo de un presidente latinoamericano para
transmitir la televisión a Cuba, usando la bandera de su país en un
barco.
Después de un encuentro en que, inusitadamente, se discutió la
legalidad de las transmisiones de radio que no se hacían desde
Estados Unidos, una persona que siempre me había demostrado una
franqueza casi brutal y una amistad sincera me dijo en privado:
-Trata de sacar de los Estados Unidos lo que puedas de la
programación de radio… y vete… no demores… Huber… no te he dicho
nada… y no me preguntes nada.
Regresé a Miami rápidamente y viajé a Costa Rica. Con anterioridad
la mayor parte de los programas de radio se habían hecho en San
José. Luego se fueron haciendo en Miami, desde donde se enviaban por
satélite al transmisor en otro lugar de Latinoamérica, y desde allí
a Cuba.
De vuelta en Miami me esperaba una extraña sorpresa.
En Cuba había un personaje importante del gobierno con quien yo
quería establecer contacto. Meses atrás había conversado el asunto
con un funcionario de alto nivel de la CIA, advirtiéndole que si
ellos trataban de hacer el contacto fracasarían. Yo haría el trabajo
y si había información que les sirviera podíamos compartirla.
No quería ni el pago de los gastos, lo único que necesitaba era que
me avisaran en qué país se encontraba, cuando la persona hiciera un
viaje fuera de Cuba. En eso quedamos.
Sin embargo, en Miami, por una falla de un agente del FBI, me entero
de que ellos estaban al tanto de lo del individuo en Cuba y de la
forma en que nosotros lo pensábamos contactar.
¿Por qué un agente del FBI de Miami tenía que saber esto? El FBI no
tiene nada que ver con inteligencia fuera de los Estados Unidos.
Además, si lo sabía el FBI en Miami ¿qué me garantizaba que no lo
supiera ya el servicio de inteligencia castrista?
¿Cómo lo supo el FBI en Miami? ¿Se habrían enterado monitoreando un
teléfono, o habría sido la CIA?
Que yo supiera, nada de este asunto se había conversado por teléfono.
¿Traición o descuido?
Me prometí que nunca más esto me volvería a pasar.
Hablé con la persona que serviría de contacto y le dije:
-Borra el asunto de tu memoria y si te vienen a chantajear
mándalos al carajo… sea la CIA o sea el FBI, aquí hay una trampa, y
por error mío o de ellos van a fusilar un hombre en Cuba…
El objetivo era un alto oficial de las fuerzas armadas que luego
murió.
Una semanas después, estando en Washington, recibí una llamada de
Miami: había una crisis en un negocio médico en que yo era uno de
los accionistas.
-Llegaron muchísimos agentes del FBI… vinieron con periodistas y
con la televisión… preguntaron por las armas y el dinero.
El único dinero que encontraron era el de la recepcionista. Ella
tenía $2,000 para comprar un auto, y casi se los quitan; por suerte
pudo demostrarlo llamando al lugar donde iba a comprar el auto.
-Hay un caos, los pacientes están asustados y los médicos también.
Se han llevado todos los expedientes y no podemos trabajar…
Me quedé estupefacto. Hacía menos de un mes un “amigo” me había
ofrecido 400 libras de explosivo regalados. Aquella oferta me
pareció fuera de lugar, nosotros no éramos terroristas, y no la
acepté.
En Miami un abogado experto estudió la situación. Sus comentarios no
fueron nada esperanzadores:
-Ustedes están en problemas... y yo no creo que pueda ayudarlos…
esto no es una cuestión legal… es un asunto político contra el Sr.
Matos…
Le insistí en que vivíamos en los Estados Unidos y que allí se
respetaban las leyes. Me respondió:
-Si…eso lo enseñan en las escuelas… pero en un caso así los
únicos que tienen los recursos para enfrentarse con el gobierno
federal son IBM o AT&T… y usted no es ninguna de las dos…
La clínica continuó funcionado, porque un juez obligó al FBI a
permitir que se hicieran copias de los miles de expedientes médicos
que se habían llevado.
Poco tiempo después, por presiones del FBI, Medicare suspendió los
pagos. Todavía no se había celebrado un juicio, pero ya el negocio
estaba en quiebra y con la reputación destruida.
Entre aquellos miles de expedientes se encontraron un grupo muy
pequeño de procedimientos médicos que habían sido ordenados por
doctores como diagnósticos preventivos, pero que podían parecer, a
los ojos de un inexperto, hechos con la intención de estafar a
Medicare. Era un asunto especializado que tenían que evaluar
doctores en lugar de policías.
Otras acusaciones sobre pago de comisiones también eran debatibles,
pero nuestro abogado insistía en que todo era un asunto político.
Nunca aparecieron los millones de dólares de la supuesta estafa. En
ninguna cuenta de banco, ni en ningún gasto de nadie.
Pero el daño a mi reputación e, indirectamente, al CID, estaba hecho.
Silvino había tenido siempre la razón. Y lo peor era que no podía
defenderme de las acusaciones.
Para defenderme tenía que hacer pública información confidencial y
comprometedora: cuáles eran mis verdaderas actividades, qué países,
qué servicios secretos, qué presidentes, qué ministros nos ayudaban.
Cuáles eran mis relaciones, de dónde venia el dinero, etc.
Eran demasiadas personas y gobiernos que habían confiado en nuestra
discreción y compromiso.
¿Les iba a pedir que vinieran de testigos? Yo no podía ponerlos al
descubierto.
Hablar equivalía a liquidar la Voz del CID , TeleCID y la
organización. Si hablaba, la dictadura armaría un escándalo
mayúsculo.
Callar era mi única opción para intentar salvar las transmisiones a
Cuba. Eso era mucho más importante que mi prestigio.
Callé por quince años. Hoy lo que diga la dictadura ya no
tiene ninguna credibilidad, muchas de las personas que nos ayudaron
ya no están en posiciones clave, y sobre lo que no debo hablar,
seguiré guardando silencio.
Con el problema de la clínica en los medios, y mi reputación
cuestionada, mi padre tendría que hacerse cargo de la operación de
la Voz del CID: le sobraba capacidad para hacerlo.
El proyecto de TeleCID era otro asunto: empezamos a tener problemas
económicos, los ingresos disminuyeron considerablemente, y lo peor
estaba por delante.
Le dije a mi esposa que teníamos que poner aproximadamente $200,000
dólares, que era el ahorro de toda la vida, incluido lo que habíamos
ganado de la venta de una casa en Miami y parte de un restaurante en
Costa Rica, y los ahorros de las ganancias de la fábrica de ropa y
de tres tiendas.
Ella, que era otro soldado, estuvo de acuerdo. El dinero se gastó en
el proyecto de radio.
Regresé a Costa Rica. La fábrica de ropa y las tres tiendas que
había dejando doce años atrás estaban casi en la quiebra. Mi esposa
y mis hijos no podían venir de Miami porque no teníamos dinero.
Robert Wilkinson, el amigo y agente de la CIA, le prestó $5,000 para
que sobreviviera unos meses: él había tenido razón, algo terrible me
habría de pasar. Quizás hasta supo lo que sucedería.
Entonces apareció un agente de la CIA a conversar con mi esposa en
Miami. Era un cubano de mediana edad, que ya hace rato debe estar
retirado; seguramente leerá estas líneas.
Ya sabían que nuestros ahorros se habían evaporado, le ofreció darle
$200,000 dólares a cambio de que yo le suministrara la lista de
todas las personas que habían trabajado en los proyectos.
Ella ni me consultó y le dijo:
-Ustedes saben cómo es mi marido… y saben que no va a aceptar…
La Voz del CID seguía transmitiendo, pero el no poder responder a
las acusaciones contra mí me afectaba seriamente.
Una tarde, en San José, en el cuarto de la casa de mis suegros donde
dormía, no pude contenerme más y lloré amargamente. Lloré como nunca
lo había hecho en mi vida. Le reclamé a Dios por lo que me estaba
sucediendo. Le dije que Él mejor que nadie sabía cómo había cuidado
el nombre de mi padre, que era mi más preciada herencia, que era lo
que tenía para ayudar a mi pueblo y dejar a mis hijos. Le dije entre
sollozos:
-Tú sabes cuántas oportunidades tuve de hacer negocios turbios y
nos lo hice… de quedarme con parte de los millones de dólares que
había manejado con absoluta discreción y no lo hice… no lo hice
porque eran recursos tuyos confiados a mí…¿por qué, Dios mío…?¿por
qué me está pasando esto…?
Cuando el llanto cedió no sé por qué dirigí la vista hacia la mesa
de noche: allí había una Biblia.
Me pareció curioso. Yo creía en Dios, pero no era hombre de ir a la
iglesia. Me senté en la cama, la tomé y la abrí al azar.
Era la historia de Job, aquel personaje bíblico cuya lealtad Dios
probó permitiendo que el diablo le quitara todos sus bienes. En su
desgracia Job siguió leal a Dios, y por eso luego fue recompensado.
Yo pensé:
-No voy a creerme que esto es una respuesta de Dios, no soy de
los que creen oír Su voz o leer Su pensamiento…pero tal vez esto no
es accidental… a lo mejor me está probando…o me está entrenando…
En ese instante decidí pasar la prueba; algo me llenó de
tranquilidad y determinación.
La Voz del CID siguió transmitiendo por algunos meses, hasta que
alguien dio la orden de apagar el transmisor.
Mi padre pidió ayuda a los congresistas cubano-americanos Ileana
Ross, Lincoln Díaz-Balart y Bob Menéndez. En Washington, ellos y mi
padre se reunieron con el presidente del país donde estaba el
transmisor.
Mi padre le explicó al presidente lo importante que era la
programación de radio para la lucha por la libertad del pueblo
cubano. Los congresistas lo apoyaron. El presidente les aseguró que
tan pronto regresara a su país daría órdenes para que se nos
permitiera comenzar a transmitir de nuevo.
Así fue. La Voz del CID salió al aire, pero después de varios días
se presentó el embajador norteamericano en el Ministerio de Defensa
con una amenaza:
-Si ustedes permiten que esa emisora siga transmitiendo, nosotros
les vamos a quitar a ustedes toda la ayuda militar y también la
asistencia al gobierno...
Unas horas después la Voz del CID fue silenciada para siempre. Bill
Clinton era el presidente de Estados Unidos.
Desde aquellos tiempos hasta hoy el gobierno norteamericano ha
gastado en Radio y TV Martí cientos de millones de dólares.
Una buena parte de esos recursos han sido dedicados a TV Martí, una
estación que no se ve en Cuba, lo que viene a darle una especie de
victoria permanente a la dictadura.
TV Martí podría verse si utilizaran la técnica de propagación que
fue un éxito para TeleCID.
¿Cuánto se podría haber hecho con 500 millones de dólares?
Siempre recuerdo aquella expresión del amigo presidente
latinoamericano:
-Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en
Cuba…
En la década de los noventa el CID (Cuba Independiente y Democrática),
era la única organización del exilio cubano con un mensaje de
libertad, progreso, justicia social y soberanía nacional, que había
logrado dentro de Cuba credibilidad y respeto. Tenía los medios de
comunicación –la Voz del CID– y estaba a punto de iniciar en forma
regular las transmisiones de televisión a Cuba.
Esa credibilidad se basaba en cuatro pilares:
1. No se planteaba un mensaje contra-revolucionario ni
anticastrista, sino demócrata y revolucionario
2. No predicaba la violencia, sino la necesidad de que el pueblo y
los militares cubanos llegaran a un acuerdo para lograr un cambio
hacia una democracia solidaria con los más necesitados, respetuosa
de los derechos humanos y capaz de brindar a la actividad privada el
clima que permitiera el desarrollo económico del país, dentro de
parámetros de responsabilidad social.
3. No éramos enemigos de Estados Unidos, ni tampoco sus
incondicionales. Nos identificábamos principalmente con
Latinoamérica, con los grandes problemas de exclusión en nuestros
países, con la pobreza, el racismo etc. Repudiábamos las dictaduras
y la corrupción de los políticos que debilitaban las democracias de
la región.
4. La dirigía un comandante que se había destacado por su capacidad
y audacia en la Sierra Maestra, y que a diez meses del triunfo de la
revolución, en Octubre de 1959, había denunciado públicamente la
traición de los ideales democráticos prometidos a la nación,
arriesgándose al fusilamiento por tratar de abrirle los ojos a un
pueblo que en ese momento creía ciegamente en Fidel Castro. Un
hombre que durante dos décadas de prisión no claudicó un centímetro,
no aceptó ofertas de liberación condicionada, y hasta el último día
mantuvo una rebeldía frontal contra el sistema y sus carceleros.
El régimen castrista, que desde su vuelco al marxismo-leninismo se
había convertido en parásito de la URSS, quedó sin su fuente de
subsidio con el desplome del imperio soviético en 1990. Nunca el
régimen había estado más vulnerable y el regreso a los niveles de
vida anteriores era prácticamente imposible.
Era el momento propicio para que el CID comenzara su crecimiento
exponencial en la isla. Teníamos información de que la dictadura
estaba completamente consciente de ese potencial. Tratarían de
detenernos a cualquier costo.
Por otro lado, había en esos momentos una organización en el exilio,
la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) dirigida por un cubano
millonario hábil y trabajador: Jorge Mas Canosa. Con millones de
dólares que recogían entre sus afiliados, los hombres más ricos del
exilio habían logrado desarrollar un poder de cabildeo formidable en
Washington.
Podían intimidar o persuadir a cualquier político en el congreso.
Hasta el Presidente de Estados Unidos prefería tenerlos de su lado.
Controlaban Radio Martí, TV Martí, y todo lo que tuviera que ver con
Cuba de parte del gobierno federal. Hasta la Agencia Central de
inteligencia -CIA- les temía.
El hecho de que la Voz del CID tuviera más credibilidad que Radio
Martí en Cuba les enfermaba y les preocupaba, principalmente a Mas
Canosa, quien ambicionaba ser el próximo presidente de Cuba a
cualquier costo.
Habían embarcado a Washington en el multimillonario proyecto de TV
Martí, que desde el principio nosotros sabíamos que sería un fracaso.
Cuando se dieron cuenta de que la señal de televisión de TeleCID sí
llegaría a Cuba y sería difícil de bloquear, decidieron declararnos
la guerra total, la guerra que hasta ese momento había sido sutil
aunque efectiva.
El ex-preso político plantado Silvino Rodríguez Barrientos me lo
advirtió: él tenía información confidencial de la decisión.
Cuando el representante de la Florida en el Congreso comenzó a
señalar, en reuniones secretas en Washington, que Huber Matos hijo
iba a hacer quedar en ridículo al gobierno federal, me di cuenta de
que la ofensiva era a lo grande y a muerte.
La Fundación Cubano Americana tenía otro serio problema, el más
grave: era una organización de cubanos millonarios del exilio,
aliados al gobierno norteamericano: con esa imagen no tenían ninguna
posibilidad de afinidad con el pueblo cubano en aquellas
circunstancias.
La dictadura castrista y la Fundación Cubano Americana se lanzaron
al ataque contra el CID: era una cuestión de supervivencia para
ambos. Tenían influencias y recursos casi ilimitados, y una absoluta
falta de escrúpulos.
Como he relatado, el gobierno norteamericano amenazó con suspender
la ayuda al país que nos amparó y asistió con las transmisiones de
la Voz del CID, si continuaba transmitiendo a Cuba.
Eso es insólito, pero real.
Estoy seguro de que la dictadura le hizo una oferta al gobierno
norteamericano y la aceptaron.
No hay otra explicación que pueda justificar semejante amenaza a una
república latinoamericana.
Ya yo no dirigía la Voz del CID, yo estaba arrinconado,
desprestigiado y sin recursos en Costa Rica.
Mi padre era y siempre había sido el líder de nuestra organización,
dirigía la Voz del CID, y su honestidad nunca había sido cuestionada.
Este testimonio no es una prédica contra Estados Unidos. Admiro a
ese país, su sistema de gobierno y su pueblo. Durante su historia
han cometido grandes errores y logrado grandes aciertos. A la hora
del balance, es un experimento democrático único en la historia de
la humanidad. En vez de criticarlos debemos aprender de ellos.
Por otra parte, no comparto la ausencia de solidaridad prevaleciente
en la sociedad norteamericana con los marginados y los pobres; en
ese sentido Costa Rica es un ejemplo muy superior.
Este no es, tampoco, un relato contra los millonarios cubanos que
apoyaron a la Fundación Cubano Americana: entre ellos hay varios
cínicos y unos cuantos patriotas. También mucha gente humilde y
trabajadora que les creyó y los apoyó. Uno de los hombres más
dedicados y capaces del exilio cubano es Frank Calzón, quien con su
disciplina y tenacidad le abrió las puertas a la Fundación en
Washington y luego se apartó, para seguir luchando hasta el día de
hoy por la libertad de Cuba.
El CID está vivo, sus ideales son tan válidos hoy como ayer.
En Cuba hay miles de compatriotas que serán parte de su partido
político, inspirados en el propósito de alcanzar la realidad del
sueño de José Martí, en los auténticos ideales democráticos de la
Revolución Cubana y en el ejemplo del Comandante Huber Matos, el
último de nuestros mambises.
La organización participará en el cambio hacia la democracia y en la
reconstrucción social y material de nuestra nación.
San José, Costa Rica,
julio 25 del 2009
Nota: Por breve, este recuento es incompleto. Lo he escrito con
cuidado, tratando de no perjudicar a quienes fueron nuestros aliados
y colaboradores. Anecdóticamente, la historia de Job se repitió en
mi vida, he vivido un milagro detrás de otro. Hasta mis hijos han
sido bendecidos en una forma que nadie pudo imaginar. Tal vez algún
día este relato continuará; por ahora parte de lo que sucedió está
escrito y lo mejor para Cuba está por hacer.
|