Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

¿Qué recuerdas de la Nochebuena en Cuba?

 

Antonio Arencibia, A Coruña, España

 

Hoy recuerdo dos momentos, el primero es de mi lejana niñez hace casi ochenta años. La II Guerra Mundial llegaba a su fin. Había por lo tanto escasez, y además éramos pobres. Mi padre trabajaba de peón de albañil, y los domingos salíamos con mi madre a ver vidrieras y soñar con lo que no podíamos tener (todavía).

 

El segundo recuerdo es de hace más de sesenta años. Yo era un joven que terminaba el bachillerato y el “viejo mío”, como decimos, ya era maestro de obras. A puro pulmón había construido nuestra casa en el Reparto Martí. Yo iba por estas fechas con él a comprar un buen guanajo detrás del Mercado Único, porque el plato estrella de la víspera de la Navidad era el pavo relleno que hacía mi madre. Todo aquello se perdió allá y también se perdió la Nochebuena. Pero junto a esa pena tenemos que estar satisfechos de haber reconstruido casa y tradiciones fuera de Cuba. ¡Feliz Navidad!

 

 

Waldo Acebo Meireles, Hialeah, Estados Unidos

 

La fiesta de Nochebuena comenzaba unas semanas antes, cuando salíamos a buscar el árbol de navidad que en una especie de bosque de frondosos e inusitados pinos -llegados del Canadá o EE.UU.- ocupaban las anchas aceras de la calle Monte [Máximo Gómez] en La Habana. Decorar el árbol y armar el Nacimiento era todo un jolgorio, preámbulo imprescindible a la cena del 24.

 

Me gustaba cuando el lechón se mataba y preparaba en el patio de la casa, no por el sangriento fin del animal sacrificado, sino porque al ser abierto en canal yo identificaba los distintos órganos, tan similares en forma y tamaño a los de un ser humano que había aprendido en las clases de Ciencias de la Naturaleza. También me resultaba agradable el acompañar a mi padre a la calle Arroyo que desembocaba en la Plaza [Mercado Único] donde se compraban estos animales dispuestos para el  sacrificio al dios de la gula. De paso contaba cuantas gallinas guineas se habían escapado y  se mantenían incólumes posadas en el tope de los postes eléctricos.

 

La cena pantagruélica incluía no solo el puerco, que había sido asado en la panadería más cercana, sino un guanajo, varias gallinas, y algún que otro guineo, que era mi preferido por sus carnes magras y oscuras, además estaba el congrí, o los frijoles negros y el arroz blanco, a gusto del comensal, plátanos verdes a puñetazos, y una variada ensalada. ¡Los dulces, ah, los dulces! Turrones jijonas, alicantes y de yema de Monerris Planelles que venían en cajitas de madera que días después desarmábamos para hacer avioncitos, barquitos y todo lo que la imaginación infantil generaba. Además estaban las fuentes con queso patagrás, membrillo y también la conserva de guayaba en la que se insertaba una tira de jalea; los dátiles y los higos y finalmente las nueces y avellanas. Y no he mencionado los buñuelos. Todo un portento de delicias navideñas que nada tenían que ver con el nacimiento de Jesús.

 

Pero también recuerdo que en una ocasión mi padre me señaló, una fría noche de diciembre, a una familia de indigentes que a pocos metros de mi casa pernoctaban en un portal, ellos, incluyendo a sus hijos, se estaban comiendo ‘a pulso’ una barras de mantequilla que en la bodega más cercana habían desechado por estar rancias, faltaban pocos días para la Navidad. 

 

P.D.

 

¡Ahora me percato que olvidé las yucas con mojo!

 

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

¿Aquellas navidades? Más que recuerdos son imágenes, a veces intensas, a veces furtivas.

 

Mi madre, mi padre, mis hermanos. Yara, siempre Yara, un pueblito de gente humilde, amable y feliz.  Donde el buen humor estaba siempre a flor de piel y se desbordaba en los días de Nochebuena y los anteriores a la celebración de los Reyes Magos.  Adornando la antesala deslumbraba una mata de café pintada de plateado de la que colgaban como  frutos del paraíso unas esferas  fascinantes y frágiles, guirnaldas multicolores y luces exóticas. Otra creación de ella, que había nacido con la magia de dar belleza a cuanto tocaba. Las mismas manos con las que luego adornaría con perlas y encajes los vestidos de novia durante los años de un largo exilio de lucha y lealtad, en que en menos felices navidades, esperó siempre a su príncipe encadenado.

 

Un hombre de sonrisa encantada, personalidad noble y voz agradable que con sus ojos, a veces grises a veces verdes, nos expresó siempre su amor y nos enseñó a entender el mundo, maravillarnos de sus creaciones, amar el estudio, el trabajo y la patria, decir siempre la verdad y no flaquear ante las dificultades. 

 

Aquel mundo un día desapareció.  No hubo ni llantos ni lamentos. Habíamos sido educados para crecer en la adversidad. Nuestra madre y Carmela, Lucy, Roger yo, cada uno tuvo que tomar su rumbo. Aquellas imágenes siguen viviendo en nosotros, nadie las pudo amargar ni destruir. Renacen en estos tiempos con más intensidad y con el deseo convertido en pasión de que un día como nosotros, otros niños cubanos con sus padres podrán vivirlas sin temor y en libertad. “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad”. Lucas 2:14

   

 

Jorge A Sanguinetty, Miami, Estados Unidos

 

Mis recuerdos son de La Habana, encadenados desde antes de la Nochebuena con la expectativa de los juguetes desde "santiclós", el arbolito y la llegada de los Reyes Magos. Pero la Nochebuena era el eje de las fiestas con la reunión de la familia y sobre todo de los niños. También recuerdo cuando nos dejamos que la expropiaran y la borraran de nuestra cultura por tantos años.

 

 

Armando Navarro Vega, Toledo, España

 

Un día con una luz especial, al margen de la climatología. Bullicio desde las primeras horas. Gente comprando en todas partes, trasiego en las calles de bandejas con puercos asados en las panaderías, carteros pidiendo el aguinaldo. Bodegas derrochando al mediodía cervezas Hatuey, Cristal y Polar en sus mostradores de caoba, en medio de partidas de cubilete con su particular jerga de negritos, gallegos, mujeres y cundangos. Victrolas a todo volumen. Vecinos felicitándose, amigos celebrando la amistad.

 

La cocina de mi casa olía a frijoles negros, a puerco asado y a aceite de oliva. Ya en la noche mis abuelos y tíos llegando a la reunión, elegantemente vestidos. Para mí una increíble sensación de seguridad y de paz al verlos a todos allí reunidos. En la mesa todo dispuesto, la mejor vajilla, turrones españoles Monerris Planelles, membrillo, guayaba y quesos. Ensalada de lechuga, tomate y rabanitos. Tostones, yucas y arroz blanco. Vinos tintos de diversas denominaciones. Villancicos en el tocadiscos.

 

Al finalizar la comilona tocaba abrir los regalos depositados debajo del arbolito natural, comprado por mí muy probablemente en el Jardín Milagros o en la Florería Carballo quizás cuatro días antes. Las calles del barrio tranquilas y las luces de las casas encendidas. La mejor fiesta del año.

 

Un vacío enorme cuando prohibieron la Nochebuena y la Navidad. Las últimas, ya muy descoloridas por las múltiples carencias y con demasiadas sillas vacías en todos los hogares, se celebraron en 1966, declarado “Año de la Solidaridad” en homenaje a las delegaciones que visitaron Cuba y la apoyaron para convertirse en el  primer país socialista y primer territorio libre de América Latina.

 

 

José Azel, Montana - Miami , Estados Unidos

 

Tenía diez años de edad en agosto 1958 cuando mi madre perdió su batalla frente al cáncer. Esa Navidad fue muy triste en mi familia. Y resultaría mi última antes de la toma del poder por Castro pocos días después. Mis recuerdos son infantiles, triviales y vagos, quizás reprimidos por la aplastante serie de acontecimientos.

 

Nuestra tradición navideña familiar incluía viajar de La Habana, donde vivíamos, a Santa Clara, a la casa de mi abuela paterna. Era una libanesa, devota cristiana maronita. El viaje, unos 300 kilómetros (unas 170 millas) tomaba cerca de seis horas, con múltiples paradas de descanso, y requería extensas preparaciones, incluyendo un previo chequeo mecánico del carro de mi padre. Mis memorias infantiles son mayormente jugando con los adornos navideños que adornaban la sala de la casa de mi abuela. Era una bella casa colonial con un gran patio interior. Décadas después, cuando construía mi casa en Weston, Florida, intenté recrear ese sentimiento infantil sobre el patio interior de casa de mi abuela.

 

Repetimos nuestro viaje ritual a Santa Clara hasta 1960, pero para entonces nuestro mundo sociopolítico había cambiado. Mi padre no sabía que su hijo, entonces de doce años de edad, estaba activo en el movimiento clandestino anticastrista. Eso se hizo evidente después de la invasión de Bahía de Cochinos en abril 1961, y tuve que salir de Cuba en un buque de carga en julio de ese año como un Pedro Pan no acompañado. Las líneas iniciales de un poema que escribí en mis primeros años de exilio capturan ese sentimiento:

 

No tuve primavera me la robó un tirano

entré súbitamente en un afanoso verano

Abracé un puñado de recuerdos para cubrir la desnudez

de un niño que se quedó sin niñez

 

 

Emilio Hernández, Berlín, Alemania

 

A Barbarito Diez. Verdaderamente, Barbarito fue lo primero que me saltó a la mente. Y cuando lo oigo me recuerdo  la nochebuena. Podría decir que recuerdo los viajes a Artemisa para celebrar con mis primos y tíos. Pudiera hablar de la comida, pero pienso que eso es algo manido. No es desinterés por el tema, es que de veras es lo que más asocio. No estás obligado a relacionarlo entre los otros comentarios.

 

 

Carlos Alberto Montaner, Miami, Estados Unidos – Madrid, España

 

Amigo Eugenio,

 

Los primeros 10 años de mi vida los pasé en La Habana Vieja. Mi familia había alquilado un modesto apartamento en la calle Tejadillo. En la sala solíamos hacer un “nacimiento” bastante limitado. Lo que recuerdo es la desproporción entre el niño Jesús, que tenía el tamaño de la vaca (no sé por qué había una vaca), y María y José tampoco poseían proporciones adecuadas. De niño pensaba que era una familia muy rara.

 

Recuerdo, claro, la comida. Nada especial, aunque sabrosa: lechón, arroz y frijoles negros, yuca con mojo, y, de postre, turrones. Para ese menú corriente -salvo los turrones y la sidra era una cena normalita- nos vestíamos y acicalábamos con esmero. Sin embargo, eran unos días armoniosos que culminaban con la mágica llegada de los juguetes. No eran muchos, pero nos ilusionaban.

 

 

Diego Trinidad, Miami, Estados Unidos

 

Mis recuerdos de la Nochebuena cubana son de los más gratos y bonitos que tengo, aunque en realidad, mejor sería decir recuerdos de las Navidades. La Navidad para mi familia empezaba el 18 de diciembre, el día del cumpleaños de mi madre.

 

Toda la familia nos íbamos para la Finca Estela, a solo 3 kilómetros de Ranchuelo ese día, y no regresábamos a Ranchuelo hasta el 7 de enero.  Los mayores comenzaban con los adornos el 18 y unos días después  ponían el árbol de Navidad, que a veces era hasta de 30 pies de alto. 

 

De la Cena de Nochebuena en sí, de niño recuerdo dos cosas: nos dejaban tomar una copa de vino español Brillante, y era una de las pocas comidas en que recuerdo comer ensalada (pero solo de lechuga con aceite, ni vinagre ni tomates para mi).  Después de comer habían regalos para los invitados, muchas veces mas de 20. 

 

Pero para los muchachos, el día más esperado era el 6 de enero, Día de los Reyes Magos. Con tristeza todo terminaba el 7 de enero, y entonces, para la escuela de nuevo.  Pero eran las tres mejores y más esperadas semanas del año.

 

 

Antonio Morales Pita, Chicago, Estados Unidos

 

Nací en una familia pobre, aunque  -milagrosamente a los pocos meses de haber yo nacido- mi padre se sacó la lotería dos veces, con lo cual la familia pudo tener una vida algo parecida a la de la  clase trabajadora media. Para nosotros la Nochebuena era una de las pocas oportunidades de comer lechón, turrón, algo de vino tinto, aunque de lo demás, ya que mi padre era estibador del Mercado Único, podíamos comer con bastante regularidad (por ejemplo viandas, arroz, leche, frijoles y carnes), y además ir a una escuela privada.

 

Recuerdo la última Navidad en el 1959, que me pareció la más bella de todas (multitud de arbolitos y de luces en un buen número de casas así como en algunas calles y en las principales tiendas por departamento de la capital) por tener lugar inmediatamente después de la caída de la tiranía de Batista y existir un cierto optimismo de la clase media y del pueblo vilmente engañado ante un supuesto “humanismo” según proclamaba Fidel Castro.  ¡Qué lejos estábamos entonces de que sería la última y ser la precedente de varias décadas de “ateísmo comunista”, que la celebración de la Navidad sería prohibida (y hasta castigada por tener espíritu burgués), y que su prohibición seria utilizada políticamente con la excusa de que obstaculizaba una zafra exitosa -claro, sin mencionar que era producto de la irracional política del Comandante en Jefe de comenzar la zafra más temprano que lo agroindustrial y económicamente conveniente.

 

La eliminación de la celebración navideña fue uno de los instrumentos del tirano para cambiar los valores del pueblo cubano, que tuvo que esperar hasta el 1997, cuando el Papa Juan II “lo persuadiera” para que los cubanos pudiéramos celebrar el nacimiento de Jesucristo.

 

 

Pedro Corzo, Miami, Estados Unidos

 

No soy devoto de ninguna religión, soy un escéptico que ha superado, hasta el momento, el debate interno de creer o no creer, sin embargo, siento por las festividades navideñas un particular sentimiento al igual que me ocurre con el Día de Acción de Gracias.

 

Recuerdo una Nochebuena en particular que se celebró en casa de una de mis tías, fue en los años 50, cuando teníamos república.

 

Asistieron muchas personas, toda la familia, comimos un puerco relleno con  arroz y frijoles negros. Te confieso que es mi recuerdo más vivido de las Navidades, a excepción de las Nochebuenas en Presidio donde se celebraban a pesar de la prohibición de la dictadura.

 

Antes que los dictadores suspendieran las Navidades nos permitían recibir en el Presidio de Isla de Pinos un paquete con 25 libras de alimentos. A veces la comida venia hecha un desastre a pesar de los esfuerzos de la familia por mandarnos lo mejor, pero aun así nos dábamos banquete, compartíamos con los que no recibían nada, cenábamos en las celdas con las amistades más próximas, y hasta se cantaba. Eran días luminosos, de una particular confianza en el futuro aun para aquellos que no éramos creyentes.

 

 

General Rafael del Pino, Estados Unidos

 

Fuera donde fuera, siempre la Nochebuena era momento de compartir entre familiares y amigos, independientemente de las creencias religiosas de cada uno.

 

En Cuba o en el exilio en tiempos de Batista, en Cuba después de 1959, en la Unión Soviética, durante la guerra de Angola, o en el exilio anticastrista, donde quiera que estuviéramos, siempre la Nochebuena ha estado presente entre nosotros, aunque en algunas ocasiones no pudiéramos celebrarla públicamente por las majaderías y las malas intenciones de “quientusabes”.

 

No importa lo que se pudiera cenar o beber ese día, de acuerdo al año que fuera y las posibilidades de cada uno, lo importante era poder compartir con los seres queridos, familiares y amigos, hacernos ilusiones y proyectos sobre el futuro, desearle lo mejor a quienes nos rodeaban o estaban lejos, y poder mantener siempre el optimismo y la confianza en que las cosas serían mejores cada día para los cubanos.

 

¡Feliz Nochebuena y Navidad para todos!

 

 

Pedro Pablo Arencibia, Miami, Estados Unidos

 

Los  recuerdos de las Nochebuenas, las Navidades, Año Nuevo  y  Día de Reyes  de mi niñez y adolescencia están entre los más felices de mi vida. El preámbulo a esas fechas lo eran, para mi alegría,  las blancas "flores de aguinaldo", pues en la entonces nueva urbanización donde mi padre construyó nuestras casas (construyó dos en diferentes etapas debido al crecimiento de la familia) en los años 50 del siglo XX, habían unos solares yermos donde  con la llegada del invierno florecían esas campanillas blancas que en un libro de lectura para la escuela primaria, escrito si mal no recuerdo  por el Dr. Carlos de la Torre y Huerta, llamaban  la nieve de los campos de Cuba. Los villancicos en la escuela pública,  en la televisión y en la radio, así como los anuncios navideños y los arbolitos de Navidad con sus nacimientos,  eran   junto con el relativo frío del invierno cubano un marco ideal e inolvidable para disfrutar de la  magia  de las festividades navideñas, cuya razón de ser es Cristo.

 

En nuestras casas siempre,  antes y después de 1959, se celebró la Nochebuena de manera abierta y sin ninguna “escondedera” cómo  nunca tampoco se escondió el Corazón de Jesús  ni la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre; hasta la estatua de la Santa Bárbara siempre estuvo en su castillo mirando  para la calle en nuestra casa en el reparto habanero nada exclusivo de El Calvario. Sin embargo,  a  la Nochebuena no le dábamos un significado religioso, aunque lo conocíamos. La Nochebuena  para nuestra familia (como para la gran mayoría de las familias cubanas) representaba la gran cena anual  de la unión y la reunión familiar de nuestra familia  en cuya mesa un lechón asado, matado y adobado en casa,  no podía faltar, así como el potaje de frijoles negros, la yuca con mojo, la ensalada de lechuga y tomates,  los diferentes turrones españoles y cubanos, las nueces, las avellanas,  los dátiles e higos así como  los exquisitos dulces de cascos de guayaba y de naranja agria, el dulce de coco rallado, los buñuelos de yuca, etc. que preparaba  mi madre, todo esto acompañado de agua, vinos, refrescos y alguna que otra cerveza sólo para los mayores, pues en la casa no se tomaban, salvo en fechas excepcionales como esa, bebidas alcohólicas, las cuales se tomaban en cantidades muy moderadas. También en la mesa estaban presentes latas de conservas en almíbar de mitades de pera, de  melocotón y  de coctel de frutas, todas procedentes de Estados Unidos.

 

Una Nochebuena muy especial fue la celebrada en 1957 en la residencia que mi tío materno Ramón  le  diseñó, construyó y regaló (con un auto Chevrolet de 1953 en el garaje) a mis abuelos y a sus hermanas solteras en la incipiente urbanización de clase media llamada Ciudad Jardín; urbanización frustrada y venida a menos después de 1959. Mi tío Ramón, uno de los ocho hijos de mi abuelo sastre con mi abuela,  había sido  un “guajirito” mulato de Unión de Reyes, Matanzas, que se ganó una beca para estudiar en la Escuela de Artes y Oficios localizada en La Habana y después, trabajando y estudiando, se hizo arquitecto en la Universidad de La Habana;  su  ejemplo de superación y prosperidad no era un caso excepcional en la tan vilipendiada República de Cuba anterior al fatídico 1959, en la cual con esfuerzos, sacrificios y  perseverancia para lograr un bien definido objetivo en la vida se podía salir adelante y alto en la vida personal y social. En esa pletórica Nochebuena todos los hijos e hijas, yernos, nueras y  nietos de mis abuelos nos reunimos a cenar uniendo varias mesas y dividiendo a los comensales en dos tandas: en la primera tanda cenamos los niños y en la segunda  los mayores. Los niños no nos dábamos cuenta que éramos dichosos como nunca más lo fuimos  en la vida,  pues todos nuestros seres queridos conocidos estaban  vivos y, para mayor felicidad, reunidos físicamente.

 

Muy distinta esa Nochebuena a la de 1982 ó 1983  en la que  dos o tres días antes de esa fecha yo llevé  desde Pinar del Río, provincia donde yo residía, en un viaje de “llega y vira”,  un gran pernil de puerco para la casa de mis padres en La Habana sin que afortunadamente  la Policía Nacional Revolucionaria parara  el carro del “botero” en que yo  lo llevaba,  pues estaban  registrando y decomisando toda la carne de cerdo  que fuera para La Habana. En esa ocasión mi madre un tanto triste y apenada me preguntó cuando yo le entregué la carne: Pedro ¿puedo enviarle un pedazo a tus tías?  Yo le respondí: ¡Claro que sí Mima, lo que tú quieras!; fue su última Nochebuena en Cuba. No deseo  terminar este escrito sin señalar que el 24 de diciembre de 1969,  es decir el día de Nochebuena de ese año, en el restaurant El Cochinito, especializado en platos con carne de puerco  y  localizado en la famosa y céntrica calle 23 de El Vedado, lo que se ofreció ese día para todos los comensales fue BACALAO… Señalo algo  fundamental para que se entienda en toda su magnitud lo inmediatamente antes señalado: en aquella época en Cuba ya todos los restaurantes, cafeterías, etc. tenían un sólo dueño: la tiranía castrista, ladrona de las vidas y haciendas de todo un pueblo.

 

 

Julio Estorino, Miami, Estados Unidos

 

Las Navidades que viví desde mi infancia a mi temprana juventud estuvieron todas marcadas por el ambiente festivo y acogedor del pequeño pueblo de campo donde se enmarcó toda mi vida en Cuba: Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas. Nuestra casa colindaba con la de Abelardo y Tula, tíos de mi padre y la mesa navideña juntaba a los tíos, siete primos, mis dos hermanos, y mis padres, algo muy frecuente en nuestra larga familia. Rara era la Nochebuena donde, además, no cenara con nosotros algún otro pariente o amigo. El menú era el mismo de cualquier otra familia cubana de clase media; el ambiente entrañable y alegre -algo igualmente frecuente entre nosotros- ese día se hacía más alegre, y más entrañable.

 

Tras la cena, nos íbamos a la Casa Católica, un amplio local recreativo y de reuniones donde tenían su sede las diferentes asociaciones que componían la Acción Católica Cubana. Se había instituido la costumbre de que todos los años, en la noche del 24, cuando ya la mayor parte de las familias del pueblo habían cenado, se presentaba en aquel local un variado show artístico: una pieza de teatro en dos o tres actos, que bien pudiera ser algún clásico o un original de “Rovelo” Olivera, nuestro dramaturgo local, seguido de varios números de canto, danza y poesía, donde los artistas éramos los miembros de la “Juventud Católica”. Cosa de aficionados  que, vistas ahora, puedo decir que reunían un sorprendente grado de talento y profesionalismo. Ahí fue mi debut en las tablas, a los siete años. Debut y despedida, como dice la canción.

 

El objetivo de la función era mantener al público despierto y alejado de cualquier posible exceso en la celebración festiva, de manera que, unos minutos antes de la medianoche, terminado el show, todos cruzábamos el parque que nos separaba de la iglesia y así llenábamos la Misa del Gallo. A la mañana siguiente, Navidad… y a terminar la carta para los Reyes Magos.

 

 

Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

 

En la Cuba de la etapa castrista se dan una serie de fenómenos que resultan incomprensibles para aquellos que no han pasado por la experiencia de haber vivido directamente en medio de las adversidades de la isla. De ahí que muchos no lleguen a entender cómo es posible que a una nación de gran tradición religiosa le fuera suprimida su Nochebuena y su Navidad. Téngase presente que el régimen castrista, una vez que declaró de manera pública el carácter socialista de su revolución, asumió una modalidad totalmente ateísta, con lo que copiaba fielmente los cánones de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), por aquellos tiempos el modelo prototípico sobre el cual el maníaco comandante que se adueñó de Cuba y de los cubanos basaba todas, o la mayoría, de sus determinaciones.

 

Esto hizo que una vez iniciada la década del setenta -hasta los sesenta quedaban ciertos remanentes de las costumbres y de las prácticas religiosas que en cierta medida lograron prevalecer- ya apenas se decía nada acerca de la Nochebuena, la gran reunión familiar en la que se cenaba, se bebía el buen vino, y con decencia y decoro se esperaba el sagrado momento del nacimiento  del Maestro-Redentor. Independientemente de la supresión de cualquier elemento de religiosidad por parte de la dictadura castrista, los cubanos se fueron quedando de manera progresiva sin la posibilidad de brindar decentemente y con recogimiento, toda vez que ya no había vinos, o escaseaban demasiado; mientras que los precios del tradicional lechón cubano, y en menor medida del pavo, alcanzaban cifras elevadas, algo que ahora llegó a su clímax ante la depauperación de la economía del país.

 

Digo brindar con decencia, por cuanto con el transcurso de los años cualquier reunión se convirtió en pretexto para las borracheras que al poco rato llegaban a la agresión violenta, ya sea verbal o físicamente. El hombre nuevo que tanto pregonaron se alzó desde las podredumbres guevarianas para diseminarse por la isla, con lo que se exterminaban esos valores a los que hizo referencia demasiado tarde el sucesor de Fidel Castro en el poder.

Pero como todas las grandes festividades religiosas tienen una octava, o sea, una prolongación durante los siguientes ocho días a su realización propiamente dicha, luego de los días de la Nochebuena y Navidad viene el año nuevo, y es justamente donde el castrismo hizo su peor sacrilegio, esto es, convirtió el sagrado día de año nuevo -a solo unos pocos días del solsticio del invierno, fecha que coincide con la navidad cristiana- en el día del culto a la llamada revolución cubana, por cuanto se vanaglorian ya que de manera coincidente su “triunfo” del día 1 de enero de 1959 se corresponde con el día de año nuevo.

 

Yo nací en los sesenta y apenas recuerdo acerca de la Nochebuena y de la Navidad. Ya en mi infancia y adolescencia la represión alcanzaba sus máximas expresiones. Eran los tiempos en que todo era diversionismo ideológico, rezagos del pasado, ideas pequeño-burguesas, o cualquier cosa estrafalaria que solo caben en las perversas mentes de los comunistas. La incertidumbre, la desesperanza, la tristeza, las penurias, las limitaciones, y ante todo, la ausencia de libertades mínimas, apenas dejaron lugar para la Nochebuena y la Navidad. Así las cosas, en Cuba fueron exterminadas la misa de media noche o del gallo, la Navidad cristiana, la celebración familiar de la Nochebuena, la espera del nuevo año en su verdadero sentido trascendental y no en relación con el considerado triunfo del castrismo, los decorados de las casas, calles y establecimientos con los adornos que hacen alusión a la etapa navideña, las costumbres de intercambiar regalos; en fin, todo aquello que tuviera que ver con una de las más importantes festividades del mundo de la cristiandad.

 

 

Julio M Shiling, Miami, Estados Unidos

 

En la época más hermosa del año, la cena especial en la víspera de la Navidad, la Nochebuena, aguarda algo singular en el armazón medular del cubano. Es de suponer que la libertad y los espacios espirituales y materiales que ésta extiende, impacta de forma particular el modo de festejar esta celebración nacional emblemática. Cuba, exiliada pero libre, fue el escenario que más profundizó la noción de la Nochebuena. La familia, un montón de ella gracias a Dios, lechón, turrón y vino español, arroz blanco con frijoles negros, arroz moro, plátanos maduros y buena conversación de los adultos que los niños nos deleitábamos en escuchar y explorar. Y Cuba, lejana físicamente, sin embargo, consciente que crecía en ella, de forma abstracta, pero parte integral de su tejido e identificado plenamente que pertenecía a una nación transportada. Así recuerdo la Nochebuena siempre. 

El frío, la nieve, las noches largas y las luces mágicas tanto de la Avenida Bergenline, como las de Nueva York, fortalecieron el sentimiento de ser cubano en tierra extranjera. La Nochebuena y la Navidad, nos ofrecían la oportunidad para abrazar nuestra herencia, cultura e historia. La necesidad de acercarnos más a nuestra esencia propia como desterrados, se ampliaba por el contraste, no sólo climático de vivir en el norte, sino idiosincrático mucho más. Estábamos conscientes que pertenecíamos a una tribu que salió en busca de libertad y de que vivíamos lejos de nuestras palmeras y nuestro sol. Mis padres, mis abuelos, mis tíos y otros familiares y amistades, lograron, unísonamente, transmitirnos el entorno de la responsabilidad que viene con ser cubano y libre, pero en ausencia del país que me vio nacer. Nuestras Nochebuenas, invariablemente, las hemos celebrado siempre en Cuba, aunque esto fuera en tierra estadounidense, y nunca hemos dejado de aprovechar la oportunidad para preservar la llama de nuestra realidad.

 

Eugenio Yáñez, Miami, Estados Unidos 

Las Nochebuenas que recuerdo eran la unión de toda la familia para cenar en grandes mesas que se colocaban en el patio de la casa de mi abuela, los mayores en una, los niños en la otra. La comida era muy sabrosa, pero el arroz, los frijoles, las viandas y ensaladas eran algo cotidiano en nuestras mesas durante todo el año, así como la carne, el pollo y el pescado (fundamentalmente los viernes). Lo peculiar en Nochebuena era el lechón asado, que se adobaba en la casa y se cocinaba en la panadería de la esquina, así como vinos (solamente para los mayores) y turrones españoles, manzanas y uvas, nueces y avellanas.

En esa gran reunión había familiares liberales, batistianos, comunistas, ortodoxos, auténticos y no interesados en política, católicos y ateos, pero en Nochebuena y Navidad no se hablaba de esas cosas, sino solamente de amor, confraternidad, alegría, amistad, esperanzas, buena voluntad y mejores deseos. Todo al lado del arbolito y el nacimiento, con villancicos y música navideña, además de música cubana bailable. Cada familia cubana celebraba de acuerdo a sus posibilidades y recursos, pero ni odios ni rencores cabían en ese ambiente festivo: esas miserias humanas las introduciría más tarde el comunismo en nuestra patria.

Después de la cena, algunos iban a la misa del gallo, otros a bailar o pasear, y otros se quedaban en la casa con los niños que, naturalmente, no íbamos a bailar ni tampoco a la misa, por ser a una hora muy tarde para los menores de edad. Y todos comenzaban desde ese momento a pensar en las fiestas de año nuevo, mientras los niños soñábamos con los regalos de los Reyes Magos, confiados en que nos habíamos portado bien.

El totalitarismo nos quitó las festividades y las posibilidades materiales de realizarlas, pero no pudo arrebatarnos las ilusiones ni la buena voluntad entre cubanos, y tanto en la isla esclava como en el destierro, la Nochebuena continúa significando siempre ese gran encuentro familiar de cubanos esperando la Navidad y compartiendo la cena con lo que se pueda poner en la mesa, mientras nos deseamos lo mejor de lo mejor para todos, menos para los miserables que nos roban las ilusiones y el futuro.