Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

ESTRATEGIAS MEDIEVALES EN EL SIGLO XXI

 

Tal parece que medio siglo no resulta suficiente para entender algunas ideas elementales, entre las cuales está la de que no basta con ser valiente, tener razón, o defender una causa justa para lograr éxitos en el mundo de la política, y mucho más cuando se enfrenta a un régimen totalitario astuto, tenebroso y taimado, del que se pueden señalar muchos cuestionamientos morales y éticos, pero sobre el que no debe pensarse que esté dirigido por tontos ni mucho menos.

 

Esta semana que termina, y solamente unos pocos días antes de la llegada del Papa Benedicto XVI a Cuba, despertamos un día con la peculiar noticia de que un grupo de trece cubanos -entre los que se incluía un anciano de más de ochenta años- se encontraba en el Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de La Caridad, en La Habana, negándose a salir de la instalación hasta que sus demandas se cumplieran.

 

No se trata en este análisis de juzgar moralmente a los participantes en el mismo, ni mucho menos comenzar a condenarlos por haberlo hecho, sino de evaluar la utilidad y los logros políticos de un hecho como este, lo que se puede haber ganado o perdido, y la forma en que reaccionaron y se expresaron las diferentes partes ante los acontecimientos. Que un método de protesta sea novedoso o inesperado -al menos para Cuba, porque se ha producido anteriormente en otros países de América Latina- no garantiza que sea conveniente o adecuado, teniendo en cuenta sobre todo el momento en el que se produce. Ni que las respuestas que se hayan dado tengan que ser automáticamente apropiadas por ser el método inapropiado.

 

De lo que se trata es de sacar conclusiones sobre comportamientos políticos que resulten útiles para enfrentar al totalitarismo, enfrentamiento que ni comienza con la llegada del Papa ni termina cuando el Sumo Pontífice vuelva a tomar el avión de regreso al Vaticano.

 

Tampoco se trata de juzgar ética o moralmente si la actuación de la Iglesia Católica en Cuba ha sido “cristiana” o no en toda esta situación. No somos teólogos, ni pretendemos serlo. El punto de atención de este análisis, en lo que a este aspecto se refiere, lo centramos en los aspectos políticos de la actuación de la Iglesia y sus representantes, y sus posibles repercusiones. Para decirlo resumidamente, se trata de realpolitik y nada más.

 

En este caso la ocupación ocurre en la que los habaneros siempre hemos llamado “la Iglesia de la Caridad“, ubicada en Salud y Manrique, Santuario desde 1954, y Basílica Menor, título que comparte solo con otras dos iglesias en Cuba (la Basílica Catedral de Santiago Apóstol en Santiago de Cuba y la Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre en Santiago de Cuba). Son las únicas tres iglesias distinguidas así por el Papa, debido a su importancia. El Santuario Diocesano de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana no es una iglesia parroquial más de la arquidiócesis capitalina.

 

Por otra parte hay que aclarar que el asilo en sagrado, o en las iglesias, ya no se aplica, y que incluso en su apogeo, durante el Medioevo Europeo, era privilegio no de todos sino de algunos templos católicos. Además, donde estuvo vigente ese asilo, el poder civil le impuso numerosas excepciones

 

Enseguida alguno de los incontables iluminados que escriben sobre temas cubanos -que nunca faltan- comenzó a llamar a la ocupación de la iglesia “La Protesta de los Trece”. Quizás fue con intención poética, por casualidad, o en referencia a la que protagonizaran en 1923 Rubén Martínez Villena y un grupo de intelectuales cubanos, entre los que se encontraban José Antonio Fernández de Castro, Juan Marinello, Francisco Ichaso, Luis Gómez Wangüemert, José Z. Tallet y Jorge Mañach, para denunciar un acto de corrupción del gobierno del entonces Presidente Alfredo Zayas.

 

Aunque esto último puede parecer superfluo y colateral, lo más importante es que esos trece cubanos, indudablemente valientes, actuaron mucho más quizás por obstinación y por no ver otras opciones ante sí que por acciones realmente concientes y pensadas con un profundo sentido político, lo que trajo como resultado ese teatro del absurdo político que durante alrededor de setenta y dos horas funcionó alrededor de la iglesia de Salud y Manrique, en Centro Habana.

 

Las acciones

 

Según se ha podido conocer, el grupo de cubanos agrupados en el llamado Partido Republicano de Cuba -no demasiado conocido hasta estos momentos ni dentro ni fuera del país- se dirigió al párroco de la iglesia de La Caridad con un pliego de demandas. Según narró el líder del grupo en una entrevista con Cubanet,

 

cuando le entregamos las demandas al párroco, este dijo que él no sería el trasmisor o mediador de estas demandas, que eso había que entregárselo al Nuncio Apostólico en el Arzobispado de La Habana. Esto, más el operativo que está suscitándose en las afueras del templo, nos hizo tomar la medida de no salir de aquí”.

 

Entonces, independientemente de las simpatías que puedan despertar en cualquiera estas personas, lo que se deduce de las palabras anteriores de uno de los mismos protagonistas es una sorprendente cantidad de errores de actuación, uno detrás del otro y en muy poco tiempo.

 

El primer error sería que habrían ido con sus demandas al lugar equivocado, pues el párroco no era la persona adecuada para recibir las solicitudes, y por un sentido elemental de jerarquía debería remitirlos a autoridades eclesiásticas mayores, lo que en el lenguaje del totalitarismo burocrático serían “instancias superiores”.

 

Además, no se menciona en las palabras anteriores por qué, ya estaba “suscitándose” un operativo policial fuera de la iglesia. No se sabe si fue por reclamo de autoridades eclesiásticas, a causa de alguna delación, o por actividades de seguimiento y vigilancia sobre el grupo, por lo cual los demandantes decidieron permanecer dentro del templo.

 

“La posición de nosotros es que no podemos salir de aquí porque no tenemos una garantía. Si salimos de aquí por nuestros pies, nos caerán a golpes y estaremos presos al momento. Por tanto, de aquí no nos vamos a mover hasta que no haya una respuesta por parte del Gobierno.

 

Aquí estamos ocho hombres y cinco mujeres. De los hombres hay dos muy mayores, uno de 82 años y otro de 64, y dos que son diabéticos.

 

(…) Nosotros no vamos a desistir de nuestra posición, porque no tenemos garantías de seguridad ninguna”

 

Entonces, según esa versión, además de haber ido con sus reclamos al lugar equivocado, y sin tampoco haber previsto lo que podría “suscitarse” afuera, en medio de esa situación que comenzaba a tornarse compleja, el grupo tomó la decisión de utilizar a esa iglesia de La Caridad como instalación de asilo y protección, para protegerse de las casi seguras golpizas y prisión que les esperaría, retrotrayéndose mentalmente a la Edad Media, aunque esa no haya sido su intención, cuando en las iglesias se solicitaba asilo ante la represión y la persecución. Asumieron una estrategia medieval.

 

Naturalmente, es muy fácil, desde la muelle comodidad del exilio -y sí, en este sentido es perfectamente justo hablar de nuestra “comodidad” comparada con las angustias y tragedias diarias de los cubanos de a pie dentro de la Isla- evaluar la actuación de esos cubanos agobiados, reprimidos y desesperados, y señalar lo que debieron o no debieron haber hecho en esas circunstancias.

 

Pero nuestra intención no es posar de doctos y profundos sabios más allá del bien y del mal, ni pasearnos en una nube de sabiduría y aconsejar como seres perfectos, sino sacar experiencias para que este largo enfrentamiento con la dictadura totalitaria no se convierta nunca más en un interminable camino hacia ninguna parte.

 

En la continuación de la mencionada entrevista, el líder de quienes se quedaron en la iglesia decía:

 

“Llamamos al Arzobispado y estos mandaron al Monseñor Suárez Polcarí, el cual no estuvo de acuerdo con que nosotros hiciéramos esto, ya que (según dijo) el Papa Benedicto XVI venía de visita a Cuba y no venía a atender ningún asunto político.

 

Nosotros manifestamos que no estamos en contra de la Iglesia, ni de la visita del Papa, ni estamos tratando de boicotear su visita, sino que sencillamente estamos aprovechando esta visita importante para el país de forma que (el Papa) medie para que el gobierno imperante reconozca la oposición en Cuba”.

 

Indudablemente, aunque en un primer momento se puede reclamar más de lo que lógicamente se puede obtener, con el objetivo de negociar, cuando se pide demasiado se corre el peligro de perder la seriedad. Eso fue lo que en cierta medida sucedió cuando quienes entraron en la iglesia de La Caridad reclamaron:  

“Libertad para los presos políticos, cese la represión contra los opositores al régimen, libertad de movimiento, libertad de asociación, libertad económica, acceso a la propiedad privada, acceso a Internet, aumentos de salarios, alimentos para los niños y también proponemos un diálogo entre el Gobierno y la oposición”. 

Podrían ser, ciertamente, demandas muy justas y muy necesarias, y que de cumplirse serían muy útiles para todos los cubanos y para la democratización del país, pero de lo que se trataba no era de que si tales demandas eran justas o no, sino de si tenían alguna posibilidad de ser logradas por el camino escogido al ocupar la iglesia. Y la respuesta, lamentablemente, es “no, no tenían ninguna posibilidad”.
 
Muy pronto la conocida opositora Martha Beatriz Roque y muchos otros opositores en todo el país dejaron en claro su rechazo al método seleccionado por los ocupantes de la iglesia, por muy pacífico que fuera, destacando su “desacuerdo con utilizar la Iglesia Católica con fines políticos en cualquier sentido”.
 
Por su parte, el respetado opositor católico Osvaldo Payá señaló:

“La Iglesia es de todos y somos todos, dentro de la libertad de los hijos de Dios que incluye la diversidad política de sus miembros. Por eso no es prudente que en sus templos, en sus cultos, en sus publicaciones y en sus estructuras pastorales o de otro tipo, se busquen espacios para demandas políticas aunque estas sean legítimas (…) Deseamos y esperamos que esta situación, producida porque algunos ciudadanos, con el objetivo de demandar cambios políticos y derechos, se han instalado pacíficamente en templos o han intentado hacerlo, se solucione sin represalias, prontamente, pacíficamente y mediante el diálogo”.

Más tarde, el reverendo Thomas Moore, investigador principal en el Centro Teológico Woodstock de la Universidad de Georgetown, muy cerca de la capital de Estados Unidos, comentando posteriormente los acontecimientos, resumía claramente la situación:
 

“Los manifestantes estaban haciendo dos cosas: ellos utilizaron a la iglesia para una declaración política, pero también trataban de obligar al Papa a hablar con ellos, y creo que eran en realidad dos puntos en su contra”.

 

Es que cuando se solicitan demandas poco realistas, más soñadas que factibles, se termina haciendo un lamentable papel político que solamente puede convenir al régimen, a los demagogos y a los enemigos de la democracia, que a fin de cuenta son los mismos.

 

Es muy difícil lograr apoyos cuando se sostienen posiciones como las siguientes:

 

“Hemos decidido que venga un funcionario en representación del Gobierno, que ese funcionario venga en un contacto inicial, para nosotros crear condiciones para que haya un diálogo entre la oposición y el gobierno de Cuba, con la participación de las agencias noticiosas de Cuba al servicio del régimen y las agencias de prensa extranjeras acreditadas en la isla.

 

Debe participar en este diálogo una representación notable de la oposición de toda Cuba y también deben participar movimientos de opositores radicados en el exilio y que se les permita la entrada al país”.

 

¿Qué les hizo pensar a estos trece cubanos que tales reclamaciones, planteadas por un grupo prácticamente desconocido hasta ese momento y sin ninguna relevancia pública anterior, por muy valientes que fueran, tenían la más mínima posibilidad de materializarse, cuando durante más de medio siglo criterios de ese tipo han sido expresados por agrupaciones, personalidades, instituciones y gobiernos, con mucha más fuerza y reconocimiento, sin obtener resultados positivos?

 

No se trata de que solamente sean los “reconocidos” quienes puedan plantear reclamaciones, sino del realismo de seleccionar adecuadamente el momento y el lugar en que se plantean. Tampoco ponemos en duda la fuerza moral de lo que se reclama, sino la posibilidad real de su puesta en práctica.

 

Nadie debería dudar que realmente la intención conciente de estas personas no iba contra la Iglesia, ni trataban de boicotear la visita del Papa, pero parece demasiado ingenuo decir eso de que

 

estamos aprovechando esta visita importante para el país de forma que (el Papa) medie para que el gobierno imperante reconozca la oposición en Cuba”.

 

Porque eso es lo mismo que decir con toda tranquilidad que mediante un acto de imposición (la permanencia dentro del recinto de La Caridad contra la voluntad de las autoridades de la Iglesia) se pretendía colocar al máximo exponente de la Iglesia Católica -la institución de más larga vida continua en la historia de la humanidad- en el papel de mediador entre el régimen totalitario y… ¿quién?

 

Porque, con todo el respeto que merezca la lucha y el valor de los opositores pacíficos en Cuba, que nunca hemos dudado en reconocer y apoyar, cabría preguntarse por qué razón el régimen estaría dispuesto o interesado en sentarse a conversar con algunos opositores, sean quienes sean, cuando estos, lamentablemente, no han podido demostrar hasta ahora una capacidad de convocatoria o la masividad necesaria para que sean tenidos en cuenta en una mesa de negociaciones.

 

Además, y de nuevo con todo el respeto que merecen esos compatriotas, habría que preguntarse si, en el solamente hipotético caso de que las autoridades religiosas aceptaran participar en una mediación entre la dictadura y los opositores, ¿cómo y quién seleccionaría la participación de los opositores en el diálogo acordado? ¿Quién o quiénes los representarían?

 

Por eso no es de extrañar que ya en el tercer día del pulso, en el transcurso de la mencionada entrevista, a la pregunta de qué respuesta habían tenido esas demandas hasta el momento, el líder del grupo haya respondido:

 

“Hasta el momento no ha venido nadie a dialogar con nosotros. No hemos recibido respuesta a nuestras demandas”.

 

Porque, naturalmente, no había fuerza negociadora de parte de quienes estaban dentro de la iglesia, ni de toda la oposición de su conjunto, para forzar a que un representante del régimen acudiera a la iglesia de La Caridad a organizar un diálogo en estos momentos. Y, además, mientras la propia jerarquía de la Iglesia Católica cubana no lo solicitara, el régimen no tendría por qué dar ningún paso en este sentido, si es que le conviniese darlo.

 

La posición de la jerarquía de la Iglesia

 

La Iglesia cubana, como institución, lleva mucho tiempo preparando la visita del Papa y todo lo que se mueve alrededor de ella en el país e internacionalmente. Por lo tanto, de ninguna manera podía darse el lujo de enfrentar una situación de este tipo a unos pocos días de la llegada de Benedicto XVI. Por eso desde el primer momento salió al paso a la ocupación de la iglesia de La Caridad y a tentativas de hacerlo en otras iglesias del país, divulgando público un duro comunicado donde se puntualizaba:

 

“Todo acto que pretenda convertir el templo en lugar de demostración política pública, desconociendo la autoridad del sacerdote, o el derecho de la mayoría que va allí en busca de la paz espiritual y el espacio para la oración, es ciertamente un acto ilegítimo e irresponsable”

 

El Arzobispado, en ese comunicado, dejaba muy claramente expresado lo que pensaba sobre estos acontecimientos, al lanzar una acusación muy fuerte y nada indirecta, que también flotaba en algunas mentes suspicaces, y no precisamente dentro del régimen, sino fuera de Cuba:

 

“Se trata de una estrategia preparada y coordinada por grupos en varias regiones del país. No es un hecho fortuito, sino bien pensado y al parecer con el propósito de crear situaciones críticas a medida que se acerca la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba”.

 

Mientras señalaba que la Iglesia “escucha y acoge a todos, e igualmente intercede por todos”, puntualizaba que “no puede aceptar los intentos que desvirtúan la naturaleza de su misión o pueden poner en peligro la libertad religiosa de quienes visitan nuestras iglesias”, para terminar con una declaración inequívoca, que fue reproducida, como todo el comunicado, por el periódico “Granma”, órgano oficial del Partido Comunista:

 

“Nadie tiene derecho a convertir los templos en trincheras políticas. Nadie tiene derecho a perturbar el espíritu celebrativo de los fieles cubanos, y de muchos otros ciudadanos, que aguardan con júbilo y esperanza la visita del Santo Padre Benedicto XVI a Cuba”.

 

Que no se trataba solamente de palabras lo que se expresaba en esta declaración quedó demostrado en Holguín, donde en un inicio los opositores dijeron que el propio Obispo Emilio Aranguren había dirigido personal y bruscamente la evacuación de los ocupantes de la Catedral de esa ciudad, lo que de ser exacto resultaría en una actuación nada conveniente para la Iglesia como institución, y que atrajo desde el primer momento muchos señalamientos críticos. Después se conoció que, aparentemente, los opositores intentaron utilizar teléfonos celulares para hablar al exterior y tomar fotos dentro de la iglesia, a lo que el Obispo, naturalmente, se opuso enérgicamente. Posteriormente, en una nota publicada en la página en internet de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), Aranguren desmintió tajantemente haber utilizado la violencia contra los ocupantes de su iglesia, diciendo que salieron del tempo por si solos, y comenzó su declaración apuntando:

 

“Lo que ha sido publicado a partir del testimonio de varios de los presentes es totalmente tergiversado e, incluso, manipulado y, por supuesto, falso”.

 

En Pinar del Río y otras provincias, hasta donde se sabe, las retiradas voluntarias de las instalaciones se llevaron a cabo sin demasiadas tensiones ni incidentes. Pero donde el problema de hizo más extenso, y donde más atención mediática recibía era en La Habana, donde estaba el grupo de los trece demandantes.

 

Finalmente, sucedió lo inevitable, que vendría señalado en otra declaración oficial del Arzobispado de La Habana, también reproducido por la prensa oficialista:

 

“En horas de la noche de hoy, jueves 15 de marzo, tras más de cuarenta y ocho horas de permanencia ininterrumpida y no autorizada en el interior del Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana, los trece ocupantes fueron retirados de ese sagrado lugar”.

 

En otra muestra de demasiado poco tacto ante la situación en su conjunto, la actitud de los congregados dentro de la Iglesia fue resumida en el comunicado del Arzobispado de la siguiente manera:

 

“En las primeras horas de su permanencia en el templo, y durante uno de los diálogos sostenidos con los ocupantes, el canciller de la arquidiócesis, monseñor Ramón Suárez Polcari, les había manifestado la promesa del Cardenal Jaime Ortega de que serían conducidos a sus casas bajo la protección de la Iglesia y que nada atentaría contra su seguridad, pues esa había sido la solicitud del Cardenal a las autoridades correspondientes”.

 

Es decir, se creaban las condiciones para evitar los lógicos temores de los ocupantes a que fueran golpeados o lanzados a la prisión en cuanto salieran, como habían señalado anteriormente. Pero la respuesta del grupo de los trece cubanos fue todo un desperdicio de capacidad negociadora y oportunidades:

 

“Los ocupantes respondieron entonces que no desconfiaban del Cardenal Ortega, pero sí de la palabra dada a este por las autoridades del país. Sin embargo, afirmaron que si esas mismas autoridades acudían a decírselo personalmente lo creerían”.

 

Conciente o inconcientemente, los ocupantes pacíficos de la iglesia de La Caridad decían más o menos que ellos no dudaban de la honestidad del Cardenal, pero que sí dudaban de la capacidad de ese mismo Cardenal para darse cuenta si los funcionarios del régimen le estaban engañado o no, por lo que deberían ser ellos mismos, y no el Cardenal, quienes escucharan tales palabras de parte de la dictadura.

 

¿Desespero, torpeza, o ambas cosas a la vez? Se puede perfectamente decir que no tiene sentido comenzar solicitando el asilo de la iglesia para posteriormente dudar de la palabra de la máxima autoridad de esa Iglesia en el país, ya fuera por pensar en mala fe (lo que parece que no lo era) o por candidez de esa máxima autoridad. Recurrir primero a la caduca estrategia medieval del asilo en sagrado, para después no confiar en las palabras de los mediadores que se seleccionaron por quienes pretendían forzar la situación, no fue de ninguna manera la actitud más inteligente que se podía haber asumido en aquel momento.

 

El desalojo

 

Al no haber avances visibles, la jerarquía de la Iglesia Católica dio un paso más, mucho más complicado y trascendente, y que tendría evidentes repercusiones:

 

“Por este motivo, en uso de la autoridad y facultad que le compete, el cardenal Jaime Ortega se dirigió a las autoridades correspondientes para que invitaran a los ocupantes a abandonar el Santuario y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana. Se tuvo en cuenta, además, la propuesta de los mismos ocupantes de ser visitados directamente por las autoridades para recibir garantía de su seguridad. Esta solicitud del cardenal Ortega a las autoridades reiteraba salvaguardar la integridad de estas personas”.

 

Lo que vino entonces fue lo que era de esperarse, aunque ahora las versiones sobre lo que sucedió divergen de manera sustancial, como es lógico. El Arzobispado señaló en el mencionado comunicado, que fue reproducido, además de por el periódico “Granma”, por el oficialista vespertino “Juventud Rebelde”:

 

“La acción de poner fin a la ocupación se inició a las 9:00 p.m. hora local, duró menos de diez minutos. Los trece ocupantes fueron invitados a salir del templo y no ofrecieron resistencia. Los agentes que ejecutaron la operación habían asegurado a la Iglesia que no portarían armas, que trasladarían inicialmente a las trece personas a una unidad policial y que después los llevarían a sus casas. Igualmente aseguraron que no serían procesados por este hecho.

 

Se pone fin así, a una crisis que no debió nunca producirse. La Iglesia confía que hechos semejantes no se repitan y que la armonía que todos anhelamos pueda realmente alcanzarse”.

 

Hay que señalar que no era necesario que las unidades policiales que penetraron en el recinto portaran armas: de seguro serían especialistas en artes marciales y enfrentamiento de disturbios, y se sabía perfectamente que quienes se encontraban dentro de la iglesia estaban totalmente desarmados, además de hambreados y agotados ya en esos momentos.

 

Versiones de periodistas independientes hablaron de golpizas, palizas, y traslados desde la Unidad Policial de Infanta y Manglar hacia Villa Maristas, la tenebrosa sede de la Seguridad del Estado, y de la preparación durante la madrugada de un mitin de repudio contra quienes ocuparon la iglesia de La Caridad tras ser liberados, pero mucho de todo esto está aún sin confirmase en los momentos que se escriben estas líneas.

 

Y aquí surge otro punto muy sensible: la credibilidad de los opositores y la prensa independiente en su conjunto, no la credibilidad de Fulanito, Menganito o Zutanito, sino la de grupo. Y también la de los órganos de prensa en el exterior, de radiodifusión, escritos y digitales, que en ocasiones reproducen tales informaciones sin la más mínima verificación. Porque la credibilidad de un periodista, y de la prensa en general, no depende para nada de que sea “oficialista” o “independiente”, sino al revés, de su capacidad de informar y señalar hechos, eventos y acontecimientos.

 

No es lo mismo hacer referencia a que “existen comentarios, rumores o versiones” sobre algo, que afirmar con certeza que ha sucedido o está sucediendo. Si la prensa del régimen no se puede tomar en serio es porque muchas veces dice cosas que no se corresponden con la realidad ni se pueden demostrar, mientras que las denuncias y alertas de la prensa independiente se pueden verificar muchas veces.

 

Así que, con lo que tenemos hasta el momento en que escribimos, esa forzada “visita” a Villa Maristas, tanto como el mitin de repudio, quedan en veremos, al menos para Cubanálisis-El Think-Tank, hasta que puedan comprobarse. No es que dudemos de la honestidad de las fuentes informativas alternativas, pero destacamos que parte de esos señalamientos no han podido verificarse por otras fuentes, más allá de las quejas sobre golpizas y empujones, conocidas hasta este momento.

 

Con mucha más cautela, gracias a su experiencia demostrada tantas veces, la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), sin mencionar Villa Maristas ni mítines de repudio, ha señalado que de acuerdo a sus primeras indagaciones

 

“un comando especial de la policía política secreta, entró como una tromba en la iglesia y arremetió violentamente contra los pacíficos ocupantes a quienes desalojó luego de aterrorizarles con diversos artilugios y técnicas de coacción física”.

 

Uno de los disidentes desalojados y después liberado declaró que en la unidad de la policía les habían realizado “miles de pruebas, como si fuéramos asesinos”. Por su parte, la Comisión aseguró que aunque los opositores fueron desalojados “violentamente y en una atmósfera de terror”, los integrantes de la fuerza pública no utilizaron armas y que nadie fue golpeado. “Pero hubo empujones, algunos fueron levantados en peso al sacarlos de allí y se les abrió un expediente policíaco”.

 

Además, la declaración de la Comisión manifestó “tristeza y frustración” por la solicitud del Cardenal Ortega a las autoridades del régimen para que desalojaran a los que protestaban con su presencia en la iglesia. “Consideramos que se escogió la peor y más peligrosa alternativa”, señaló.

 

Sin embargo, hasta el momento la CCDHRN no ha insistido en denuncias de abusos y violencia, aparentemente mientras continúa buscando las evidencias necesarias para ello. Así que habrá que esperar por futuras informaciones que puedan ir surgiendo y comprobándose, lo que podría demorar alrededor de una semana antes de que vayan a aparecer conclusiones sólidas.

 

Las reacciones

 

Los grupos de disidentes en la Isla, como ya es tan triste y lamentablemente habitual, mantienen opiniones contrapuestas y en muchos casos aparentemente irreconciliables sobre los acontecimientos de la Iglesia de La Caridad (lo que no tiene nada que ver con “unanimidad” y “diversidad”, sino con una carencia de estrategias comunes). Algunos expresan abiertamente su apoyo a la ocupación del santuario, y otros manifiestan sus reservas o puntos de vista diferentes, pero en sentido general hay que decir que esta vez los criterios discordantes se han manifestado con respeto hacia quienes actuaron, aunque no se comparta su acción como método de enfrentarse a la dictadura. En muy pocos casos se ha atacado directamente a los participantes, y en menos todavía, aunque han existido, se ha utilizado un lenguaje similar al de la dictadura para intentar desprestigiar a los participantes.

 

Políticamente hablando, los disidentes, en sentido general, no estaban de acuerdo con el hecho de ocupar las iglesias. “Respetamos el accionar de esas personas (...) pero no es la línea de las Damas de Blanco”, dijo Berta Soler. “Es una manera de lucha, no los conozco, pero les aconsejo que tengan cuidado con realizar algún tipo de provocación que pueda perjudicar la credibilidad de la oposición pacífica de Cuba”, señaló Guillermo “Coco” Fariñas. 

 

No estamos de acuerdo con que se tomen instituciones religiosas, no es lugar adecuado para ese tipo de pronunciamiento”, había dicho el ex-prisionero de conciencia José Daniel Ferrer, de la Unión Patriótica de Cuba. Sin embargo, matizó su declaración señalando que en la situación habría que ver “también responsabilidad de la Iglesia, por descuidar su labor en defensa de los oprimidos”.

 

Un prestigioso laico pinareño como Dagoberto Valdés, quien fuera director de la Revista Vitral, señaló: “Creo que un templo es un lugar de oración, no me parece que deba ser usado con fines políticos ni de un lado, ni del otro”, aunque también matizó indicando que la Iglesia podría haber “canalizado” el mensaje de esas personas.  

 

Con relación a la actuación de la jerarquía de la Iglesia Católica en Cuba, hay mucha más coincidencia por parte de los disidentes en condenar la actuación del Cardenal al solicitar al régimen el desalojo de la iglesia de La Caridad, y de paso condenar los desalojos en otras provincias, fundamentalmente la de la Catedral de Holguín por la actuación de su Obispo, aunque ninguna de las otras evacuaciones tuvo la participación policial ni la trascendencia de lo ocurrido en La Habana.

 

Una vez más, desde el punto de vista de la fe y las creencias, las percepciones sobre la actuación de la jerarquía eclesiástica pueden diferir. Mientras que para el Arzobispado “nadie tiene derecho a convertir los templos en trincheras políticas”, el ex-prisionero de conciencia Oscar Elías Biscet dijo en su cuenta en Twitter: “Cristo echó a los corruptos y ladrones del templo, no a los fieles e inocentes. Debió usarse más la negociación, no la fuerza”. Y declaró: “Dondequiera que un hombre o una mujer levante su voz contra las injusticias, Dios bendecirá a las personas y al lugar. Donde existe libertad, esta el Dios bíblico. Dondequiera que este Dios, pueden estar todos sus hijos”. El ya mencionado Dagoberto Valdés prefirió “no comentar” sobre el desalojo hasta tener más elementos.

 

Lo más triste de todo podría ser el caso de algunos opositores que están quieren expresar no estar de acuerdo con la actitud de la Iglesia -a lo que tienen todo su derecho- pero que también “prefieren el anonimato” al referirse al tema, y no están dispuestos a dar su nombre. También tienen todo su derecho a no darlo, pero habría que preguntarse si son realmente opositores y que casi de país desean para el futuro, si comienzan así.

 

Tampoco parece que nadie haya estado dispuesto a reconocer que gracias a que la Iglesia estaba de por medio, el destino de los que penetraron en el templo se redujo a salir cargados del recinto hacia dos ómnibus, uno para los hombres y otro para las mujeres, varias horas en una unidad policial donde les ficharon, tomaron fotos, huellas dactilares y muestras de ADN, y de ahí para sus casas.

 

Sin las garantías que el régimen dio a la Iglesia de que no se actuaría violentamente contra ellos, tras lo sucedido y el desalojo, hubieran hecho falta varios ortopédicos y traumatólogos para atenderlos después del consabido mitin de repudio del “pueblo enardecido”, y podrían todos haber sido mantenidos en condición de detenidos, sin hacer público su paradero, en una estación policial cualquiera, hasta que terminara la visita del Papa. Sin embargo, también es cierto que no podemos saber lo que les pueda suceder a estos cubanos después que Benedicto XVI tome el avión de regreso hacia la Santa Sede.

 

En el exilio, fundamentalmente en lo que se conoce como “el exilio histórico”, las opiniones también están divididas en toda la gama del espectro, lo cual no es ninguna novedad, pero a las polémicas alrededor de la ocupación de la iglesia de La Caridad y las respuestas de la jerarquía eclesiástica cubana y el régimen se une la ya más añeja de la participación o no de los cubanos en los vuelos organizados por la Archidiócesis de Miami para viajar y poder participar en la visita de Su Santidad a Cuba, tanto en la ciudad de Santiago de Cuba como en La Habana.

 

Las relaciones Iglesia-dictadura

 

La jerarquía de la Iglesia Católica en Cuba comenzó de inmediato, tras el incidente, a comportarse como si nada hubiera sucedido. Prensa Latina informaba, desde Santiago de Cuba, que

 

La próxima visita del papa Benedicto XVI profundizará las relaciones entre la Iglesia católica y las autoridades cubanas, declaró este viernes monseñor Dionisio García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba  y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC)”, añadiendo que “Enfatizó el prelado en que los esfuerzos comunes en pos de la buena marcha de los preparativos para el éxito de la estancia del Sumo Pontífice han contribuido a una mayor y fluida comunicación, además del entusiasmo con el cual se asumió el reto de alistarlo todo en apenas tres meses”. Para posteriormente destacar que “Para Santiago de Cuba serán retos y razones de legítima satisfacción, enfatizó el Arzobispo, que el Presidente Cubano, Raúl Castro, reciba aquí al Jefe de Estado de la ciudad del Vaticano y que este pernocte en El Cobre”.

 

El Vaticano, por su parte, que sin dudas se mantuvo informado de todos los detalles de la situación mientras esta se desarrollaba, como era de esperar, y teniendo en cuenta lo delicado del asunto pocos días antes de la llegada del Papa, declaró de manera enfática su apoyo a la conducta del Cardenal Jaime Ortega y la Iglesia cubana: “Hemos aprobado la posición del cardenal… No tengo nada más que añadir”, dijo tajantemente el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombarda.

 

En otro aspecto aparentemente no relacionado con los acontecimientos en la iglesia de La Caridad y otras iglesias del país, pero que si lo está, el Vaticano declaró el viernes que un encuentro del Papa con el tirano Fidel Castro es “una hipótesis que no está en el programa, pero que no puede ser excluida” señalando que “si Fidel Castro desea un encuentro, el Papa está disponible”.

 

Una entrevista con Raúl Castro, como Jefe de Estado, se llevará a cabo por obligaciones del protocolo, pero si se produjera con el decadente tirano semi-retirado sería únicamente por la voluntad expresa del Santo Padre, y tal vez él pueda explicarnos a nosotros los simples mortales el por qué.

 

Para que tampoco haya ilusiones en otro sentido, el padre Federico Lombarda, portavoz del Vaticano, declaró también con mucha claridad que Benedicto XVI, al igual que anteriormente Juan Pablo II, no se reunirá con ningún disidente, aunque se espera que tanto en sus conversaciones con Raúl Castro como en sus intervenciones públicas defienda los derechos y la dignidad de las personas, pero en un plano abstracto. Aparentemente, el régimen habría sido enfático en estos aspectos durante la preparación de la visita. Y en eso la Santa Sede está en línea con las opiniones de La Habana.

 

El régimen, por su parte, además del virtual alineamiento de estrategias con El Vaticano, manipula la información internamente para hacer creer a los cubanos su versión del mundo. El sábado aparecía un titular de “Granma” en primera plana donde se decía “Santa Sede condena bloqueo de EE.UU. contra Cuba”, pero cuando se iba al texto se podía comprobar que esa interpretación de la noticia era pura apología para uso propagandístico:

 

En conferencia de prensa, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, señaló que “son las personas quienes sufren las consecuencias de la postura estadounidense”, y que “la Santa Sede no cree que es una medida positiva y útil”.

 

De lo anterior se puede deducir que, efectivamente, El Vaticano no considera que el embargo sea positivo o útil, pero de ahí a considerar, como hace el órgano del Partido Comunista cubano, que la “Santa Sede condena bloqueo de EEUU contra Cuba” hay mucha distancia. Por eso el libelo comunista, tras las palabras “son las personas quienes sufren las consecuencias de la postura estadounidense”, añade de su propia cosecha “un cerco económico, comercial y financiero impuesto hace más de medio siglo”, palabras que el portavoz del Vaticano nunca mencionó.

 

Las declaraciones recientes del señor Eduardo Delgado Bermúdez, embajador extraordinario y plenipotenciario del régimen ante El Vaticano, bastan para ubicar a quienes todavía a estas alturas tengan duda sobre cómo se ha manejado por parte del régimen esta preparación de la visita.

 

“Nosotros no ponemos condiciones a Su Santidad, pero lógicamente para el pueblo cubano y para el Gobierno sería penoso que un grupo que no representan a nada, que son mercenarios, que actúan contra la nación cubana, fueran recibidos por Su Santidad” (…)

 

“El Papa puede tener un encuentro (con los disidentes) aunque, por supuesto, el fondo de eso sería una manipulación política. Esta visita no es política y no hay que politizarla”.

 

Después  de todo lo anterior, el representante  diplomático de la dictadura ante El Vaticano terminó  con una  declaración tan franca y clara sobre cómo ve el neocastrismo las relaciones con la Iglesia, que no necesita muchos más comentarios:

 

“Con la Iglesia estamos hablando el mismo idioma y no hay por qué no hablar el mismo idioma. Lo que persigue la revolución cubana es lo mismo que persigue la Iglesia Católica”.

 

 

El mismo idioma, ese que hablan tanto la Iglesia Católica como el régimen, no es necesariamente  el que hablan los cubanos  de a pie, ni el  que les interesa escuchar,  pero eso parece  no interesar en  las altas esferas del  poder, tanto del humano como del divino.

 

Con los acontecimientos de este fin de semana, y la ola represiva  desatada por el régimen, puede decirse que estamos todavía ante un final abierto, que no puede predecirse hacia donde y cómo evolucionará.

 

Sin embargo,  mientras esas cosas no se definan,  no queda más remedio, después de todo lo que se ha analizado en todo este texto, que plantearse una pregunta:

 

¿Hasta estos momentos, quién gana y quién pierde con estos incidentes de los últimos días y estas estrategias medievales en el siglo XXI?