Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

¿Dará alguna sorpresa el delfín del castrismo?

 

A menos de tres meses del 24 de febrero del 2018, día en que nadie recordará el inicio de la guerra de independencia cubana de 1895, porque todos tendrán la mirada puesta en la eventual salida del gobierno ese día del general sin batallas Raúl Castro, se supone que finalmente se pueda conocer oficialmente quien le sustituirá en sus cargos estatales y gubernamentales, pues nadie espera que el Castro menor abandone el poder que le da el cargo de Primer Secretario del Partido Comunista antes del año 2021 en que termina su período, a no ser que la salud le falle estrepitosamente como le sucedió a su hermano, o que la barca de Caronte se lo lleve antes.

 

Aparentemente, cada vez se define más la figura de Miguel Alejandro Díaz-Canel Bermúdez como próximo presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros cubano. Lo cual demuestra entre otras cosas, la incapacidad de la dictadura de haber realizado la inexcusable reforma constitucional que se hubiera requerido para eliminar esa situación de que ambos cargos (jefe de Estado y jefe de gobierno) recayeran en una sola persona.

 

Eso fue establecido así en la Constitución comunista de 1976 para disfrute de las ambiciones y el desmedido ego del Máximo Líder, y desde el año 2006 pasaron al Mínimo Líder, lo que relativamente tenía sentido entonces, porque ambos hermanos han dirigido el país como si fuera una finca privada en Birán. Sin embargo, poquísimas personas serían capaces de creer que el flamante heredero designado podrá dirigir el actual país, que resulta un híbrido de Macondo-Cuba, de la forma en que lo hicieron siempre los hermanos Castro.

 

Naturalmente, con Raúl Castro como verdadero poder desde su cargo de Primer Secretario del Partido Comunista, las directivas generales estarán claramente trazadas, y el rutilante nuevo Presidente de los Consejos de Estado y Ministros sabrá a que atenerse en cada situación. En ese aspecto, para Díaz-Canel resulta una ventaja que el poder esté en estos momentos en manos de Raúl Castro, quien sin dudas es mucho más organizado y menos creador de crisis que el Comandante.

 

Y es de suponer, aunque eso no se haga público nunca, que Raúl Castro va a definirle con precisión al heredero los criterios más generales y las líneas rojas que no se pueden sobrepasar, pero de acuerdo al estilo que siempre le ha caracterizado va a permitir determinada libertad de actuación al nuevo gobernante.

 

Que no haya confusiones: no se trata de creer que el promovido a las más altas funciones de estado y de gobierno podrá hacer las cosas como él entienda, sino que podrá moverse libremente siempre dentro de la jaula establecida por el Primer Secretario del PCC, aunque esa jaula será sin dudas mucho más amplia y extensa que lo que hubiera sido si la hubiera diseñado Fidel Castro.

 

Cuando asuma sus cargos, el delfín castrista deberá ser extremadamente cuidadoso para que sus actividades, palabras, disposiciones y acciones no contradigan las instrucciones generales emanadas desde los centros del poder real del Partido Comunista, y más concretamente, las oficinas de Raúl Castro, o incluso el lugar donde el general sin batallas esté en determinado momento, que también podría ser La Rinconada, Varadero, o cualquiera de las residencias o cotos de caza que se pueden encontrar por todo el territorio nacional para uso y disfrute “del jefe ”, que anteriormente fue Fidel Castro y ahora es su hermano menor.

 

Y el nuevo personaje designado también tendrá que arreglárselas para aparentar ser el gobernante del país y simultanear funciones de jefe de Estado y de jefe de gobierno sin tener todas las facultades decisorias en sus manos, y sin poder siquiera pretender dirigir y actuar por sobre las leyes y la legalidad, como siempre hicieron los hermanos Castro cuando les parecía necesario hacerlo, que era habitualmente todos los días.

 

La primera definición de las tareas y funciones del nuevo gobernante, ya establecida desde mucho tiempo atrás, y de máxima prioridad y obligatorio cumplimiento, es que el heredero, cualquiera que fuese, tiene que garantizar antes que todo y por sobre todo la “tranquilidad” -es decir, la impunidad- de Raúl Castro y su camarilla, así como la de los familiares de toda la pandilla, más la de las amistades cercanas, “socios” y hasta amantes.

 

Esa es la principal obligación, con independencia de que Raúl Castro esté ocupando cargos partidistas después del 2018, o se mantenga como un Deng Xiaoping tropical, sin cargos públicos de ningún tipo, pero manteniendo la “autoridad moral” que supone que representa el verdadero poder a quien hay que consultarle las cosas más trascendentes y solicitarle las directivas más generales para implementar proyectos importantes.

 

Como no parece probable que a estas alturas el régimen pretenda algún tipo de “reforma constitucional” a la carrera antes del 24 de febrero de 2018 para separar ambos cargos, o que se separen “de a porque sí” en el momento de las designaciones, violando lo establecido en la Constitución -aunque en ese Macondo cualquier cosa es posible-, es de suponer que tal separación de cargos y funciones, que resulta una necesidad imperiosa para poder dirigir de forma medianamente decente el país, debería entonces llevarse a cabo durante el mandato del nuevo gobernante formal, a partir del 24 de febrero del 2018.

 

Y entonces habría que ver si tal modificación se plantea con efecto inmediato, lo que podría resultar un factor desestabilizador de gran envergadura en la dirección del país, con un liderazgo mediocre incapaz de enfrentar exitosamente bandazos de esa naturaleza, o si solamente lo que interesa es que la situación se defina antes de abril del 2021 (con Raúl Castro todavía como primer secretario del partido) para que entre en vigor en el siguiente mandato presidencial, que debería ser en el año 2023.

 

¿Díaz-Canel reformista?

 

Sobran las especulaciones sobre si Díaz-Canel podría ser o no un reformista, y sobre su trayectoria y eventuales proyecciones, y todavía se habla mucho, demasiado, sin contar con la información suficiente, y en ocasiones hasta sin la más mínima experiencia de cómo funcionan las cosas en Cuba.

 

Afortunadamente, cada vez son menos quienes se atreven a señalar, sin los más mínimos fundamentos, un papel importante para otros eventuales herederos del mal llamado general de ejército. Algunos comentaristas peregrinos llegaron incluso a sugerir la posibilidad de que Mariela Castro pudiera ser la principal heredera, a pesar de ser esta señora una persona que más allá de organizar las congas del orgullo gay y hablar dislates, no ha dado muestras de capacidad de dirección en ningún sentido, y de que habría que preguntarse si en caso de no ser la hija de su papá, y de no existir tantos periodistas extranjeros tan superficiales e irresponsables, sería conocida más allá de la sala de su casa y entre sus familiares más allegados.

 

Pero no hay que sorprenderse demasiado. Recuérdese que en los años 2005 y 2006, antes de la enfermedad de Fidel Castro, también se especulaba en abundancia sobre los posibles sucesores del caudillo, y periodistas extranjeros se dedicaban a asignar órdenes de prioridad sucesoria, identificando a algunos como “el número 2” o “el número 3”, aunque el tiempo se encargó de dejar a todos esos en “el número 0”. Y en el colmo del disparate y la superficialidad, hubo un iluminado que mencionó como posible sucesor de Fidel Castro nada menos que a Randy Alonso, el despreciado por la población y muy mediocre presentador de la “Mesa Redonda” en la televisión, persona incapaz hasta de organizar un juego de pelota infantil en un terreno yermo.

 

Cada vez se habla menos también del coronel Alejandro Castro Espín como heredero del poder formal en Cuba. No sería nada extraño que se mantuviera en sus esotéricos cargos en los aparatos de seguridad y defensa -gracias también a su papá- que le confieren un poder real en el mundo de las tinieblas, pero no hasta el extremo de imponerle voluntades a su antojo al flamante nuevo presidente, que si es capaz de saber manejar las cosas adecuadamente garantizará que el coronel hijo de su papá general se sienta poderoso en sus terrenos, pero sin realmente poder influir demasiado directamente sobre el ejecutivo en temas ajenos a los de su función específica.

 

Y del resto de la “sangre joven” del buró político no se vislumbra a nadie recibiendo el entrenamiento mínimo imprescindible ni la cobertura mediática adecuada para alcanzar esos altos niveles de promoción en menos de tres meses, que es el tiempo que falta para el cambio de la guardia. Pensar que podría surgir un inesperado personaje de fuera del máximo órgano del PCC para hacerse cargo de las tareas de presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros no digamos que es imposible -para no ser absolutos- pero es algo muy poco probable, evidentemente.

 

¿Es o podría ser un reformista el señor Miguel Díaz-Canel? Nada de su actuación hasta el momento hace pensar en eso. Y si algunos elementos pudieran hacer sugerir aunque fuera de lejos alguna veta reformista oculta, entonces no hubiera logrado la posición de delfín que disfruta desde el 2013. No hay que olvidar que Díaz-Canel es un ahijado político del tenebroso dinosaurio José Ramón Machado Ventura, que desde hace muchos años, aun durante la era de Fidel Castro, fue creando condiciones para promocionarlo. ¿Hasta dónde podría haber pensado “Machadito” que avanzaría su protegido? ¿Hasta las máximas posiciones? Eso es muy difícil saberlo, más bien imposible, pero en realidad ese detalle no tiene importancia.

 

Ahora bien, no olvidemos algunas cuestiones significativas. Cualquiera que lo desee y tenga interés en realizar determinado esfuerzo -cosa que en Cuba los especuladores políticos profesionales no acostumbran a hacer ni son demasiado entusiastas para intentarlo- puede buscar en los discursos, textos y declaraciones de Mijail Gorbachev, (que no salió del espacio sideral y que antes de llegar a la máxima posición partidista tuvo que haber ocupado muchos cargos de menos importancia), antes de ser proclamado secretario general del partido comunista de la Unión Soviética, y podrá comprobar que ni una sola frase del posteriormente máximo líder reformista soviético sugería en algún momento que se tratara de la persona que finalmente llevaría a la Unión Soviética a su disolución, y a la ideología comunista a su bancarrota moral.

 

¿Tenía pensado o quería disolver la Unión Soviética Gorbachev cuando asumió el cargo de secretario general? Es de suponer que no. Simplemente, pretendió, todo hace pensar que honestamente, “perfeccionar” el desastre político, económico y social que heredó en su momento, para poner a su país en los estándares mundiales que requería como gran potencia y dejar atrás las grandes contradicciones de colocar satélites artificiales alrededor del planeta y no saber fabricar zapatos cómodos y baratos; o poseer miles de armas nucleares y no poder garantizar una producción de trigo estable para alimentar a su población.

 

Si Mijail Gorbachev no hubiera lanzado la perestroika intentando renovar su país y colocarlo en los primeros niveles mundiales, ¿hubiera desaparecido tan rápidamente la Unión Soviética? Naturalmente, estos son juegos especulativos en los que no se puede llegar a respuestas definitivas serias, pero se traen a colación ahora solamente para meditar alrededor del tema del relevo de Raúl Castro en sus cargos gubernamentales y estatales, y tratar de imaginar posibles escenarios para los próximos meses y años.

 

Un plausible escenario cubano

 

Naturalmente, en los ejemplos de las reformas más significativas dentro del mundo “socialista”, que son los de China, Unión Soviética y Vietnam, la tarea la lanzó y dirigió la máxima figura del poder en cada nación, lo que no sería el caso en Cuba, pues quien quiera que ocupe el cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros no cumple esa condición, y siempre estaría dependiendo de la aprobación, voluntad y humores de Raúl Castro, por lo que sus posibilidades reformistas reales -en caso que le interesara lanzarse en esa ciclópea tarea- estarían siempre limitadas mientras se mantenga esa dependencia.

 

¿Significa todo esto, entonces, que lo único que se puede esperar de la era Díaz-Canel -por llamarla de alguna forma- sería un continuismo sonso sin ningún intento de mejorar la realidad cubana, con el consiguiente un empeoramiento permanente de la situación?

 

No necesariamente. Y no tiene sentido referir como sustento de ese criterio que hace pocos días, durante las “elecciones” municipales, hizo declaraciones a la prensa señalando que apostaba por la continuidad como forma de mantener la estabilidad. No podría haber dicho algo diferente, aunque lo pensara, si pretende subsistir en ese nido de alimañas que es la camarilla que ostenta el poder en Cuba.

 

Entonces, las primeras pruebas para el nuevo presidente vendrán inmediatamente que asuma sus flamantes cargos y deba enfrentar problemas reales: producción agrícola y pecuaria estancada, transporte inoperante, déficit de viviendas aplastante, significativa carencia de divisas y de créditos para el funcionamiento normal de la economía, inestabilidad de las fuentes de energía y de financiamiento exteriores, con la crisis en Venezuela cada vez más mayor y los programas de exportaciones de médicos y servicios médicos fuertemente golpeados en Venezuela y Brasil, además de la enorme cantidad de problemas económicos y sociales internos, que cada vez aportan más presión a la peligrosa olla que es hoy en día la Cuba castrista.

 

Súmese a eso, en el plano internacional, el manejo de las relaciones con Estados Unidos. Es muy fácil decir que las relaciones entre ambos países dependen de la conducta de EEUU, pero eso no es cierto. Si se pretende continuar con la cantaleta del “criminal bloqueo imperialista”, los supuestos planes subversivos contra Cuba, y la exigencia de que el vecino del norte entregue al régimen la Base Naval de Guantánamo, y todo eso a cambio de nada, simplemente porque así lo quieren en La Habana, está claro que las cosas no van a mejorar.

 

Ya el anterior presidente americano Barack Obama realizó innumerables gestos buscando un acercamiento y mejoría de relaciones, otorgó más concesiones de la cuenta sin solicitar nada a cambio, y lo único que recibió fue mordidas en la mano y patadas en las piernas, y cada vez más y más exigencias. ¿Por qué Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump tendría que hacer lo que se le antoja a la dictadura cubana?

 

Y otro aspecto de extraordinaria importancia en el que hay que pensar es que habrá que designar un Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros mientras estos cargos se mantengan unidos, además de varios vicepresidentes del Consejo de Estado y otros tantos en el Consejo de Ministros. ¿Hasta dónde tales designaciones dependerían en primer lugar de la voluntad, deseos e intereses del flamante nuevo presidente, o hasta dónde se le impondrían a Díaz-Canel los personajes en dependencia de los intereses del verdadero círculo del poder controlado por Raúl Castro?

 

¿Cómo podría enfrentar entonces el nuevo presidente todas esas tareas en esas condiciones y con tanto factores influyendo sobre su actividad y decisiones? ¿Seguirá apostando por una continuidad que lo único que hará será empeorar cada vez más las cosas, o tendrá que buscar cambiar un conjunto de cosas, lo que evidentemente afectará la estabilidad? Cualquiera de las dos alternativas tiene demasiados riesgos para pensar que se pueden asumir tranquilamente y ya, sin pensar en las consecuencias.

 

Sería lógico imaginar que Raúl Castro tiene que haber previsto estos escenarios y haber tomado decisiones que, según él, le garantizarían lo que pretende lograr con el nuevo funcionario disfrazado de gobernante. Tiene que haber pensado en todos esos factores que no pueden ser ignorados, así como en los innumerables y extraordinarios peligros y serias complicaciones que aparecerán tan pronto asuma su cargo el nuevo presidente, aunque ese cargo sea una responsabilidad formal dependiente del verdadero poder del dictador. Y tiene que haber supuesto que las cosas le van a salir bien, de lo contrario no tendría sentido correr ese riesgo.

 

Sin embargo, así pensó también el caudillo Francisco Franco en España cuando consideraba que todo estaba “atado y bien atado” para su sucesión, y ya vimos lo que pasó. Y así también pensó el buró político soviético cuando designó a Gorbachev como secretario general para asegurar el control y normal funcionamiento del país, y ya sabemos el final de la historia.

 

Y muy recientemente estamos viendo como el caudillito ecuatoriano Rafael Correa impuso a su vicepresidente Lenín Moreno en la presidencia del país, en unas elecciones que resultaron fraudulentas, para garantizar la continuidad de su legado y sus trapacerías, y lo que ha sucedido no ha sido un camino de rosas, sino un enfrenamiento donde el predecesor ha llamado “traidor” a su sucesor y le ha declarado la guerra abiertamente.

 

¿Veremos alguno de esos escenarios en Cuba después del 24 de febrero del 2018, cuando asuma los cargos de presidente del Consejo de Ministros y del Consejo de Estado el designado sucesor de Raúl Castro ? ¿O viviremos una vez más en ese estresante “más de lo mismo” en que se ha mantenido la Cuba castrista durante casi sesenta años?

 

Vendrán tiempos interesantes, sin dudas, y como dice el proverbio chino, es muy difícil hacer pronósticos, sobre todo cuando se trata del futuro. Habrá que esperar y ver.

 

Porque lo único que puede saberse con certeza sobre el futuro, siempre y en cualquier lugar, es que es imposible saber exactamente lo que va a suceder.