Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                              Juan Benemelis y Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

 

 

El Rey y los Delfines

 

las batallas por la sucesión EN CUBA

 

 

La prolongada provisionalidad en la muerte de Fidel Castro, la dilatadísima convalecencia, y la aparente recuperación dentro de la gravedad que pudo comprobarse en el video del 31 de enero, exactamente seis meses después de la “Proclama”, permitieron sacar a flote una situación, profunda y silenciosa a la vez, que gira en torno al eclipse del Comandante y la sucesión: en el tablero político cubano se presentan hoy por lo menos dos grupos, y diferentes subgrupos con lealtades indecisas, que enarbolan dos agendas y propósitos discordantes, y dos proyecciones internacionales diferentes.

 

Es un error buscar quien es hoy “el número uno” del régimen durante la enfermedad de Castro: si bien Raúl Castro es el máximo dirigente responsabilizado con la conducción del país, no existe una figura única que pueda o quiera cargar sobre sus hombros todas las responsabilidades y tareas del gobierno, el partido, el estado y las fuerzas armadas, y por eso ha ido apareciendo un estilo más colectivo, ante la imposibilidad absoluta de persona alguna de echarse sobre sí todas los cargos y tareas que controlaba Fidel Castro simultáneamente.

 

A pesar de que Raúl Castro fue durante cuarenta y siete años y medio el sucesor designado, hay señales recientes de que en los últimos meses antes de la “Proclama” Fidel Castro podría quizás haber puesto en entredicho el compromiso de su hermano menor de mantener inalterado a toda costa el sistema y temió la posibilidad de que Raúl, en busca de soluciones pragmáticas para lograr mantenerse en el poder, pudiera, además de las consabidas recetas económicas que se supone que aplicaría, tratar de buscar soluciones mediante un cierto acercamiento con Estados Unidos y un relativo alejamiento de la más extrema ortodoxia fidelista.

 

Semanas antes de la ya famosa Proclama, se pudo conocer parte de la entrevista de “cien horas” con Ignacio Ramonet, el Director de Le Monde Diplomatíque, donde Castro señala que su hermano menor era casi tan anciano como él, “un poco más de cinco años”, e insistía en el papel de las jóvenes generaciones en la continuidad de la Revolución.

 

El canciller Felipe Pérez Roque era el aparente “delfín” favorito de Castro, y Carlos Lage se consideraba como “sembrado” en la sucesión, mientras Ricardo Alarcón se apresuraba a desmarcarse de los más viejos, a pesar de sus 69 años, respaldando la declaración de  Fidel Castro.

 

La repentina complicación de la salud de Castro el 26 de julio del 2006 en la noche, mientras visitaba las provincias orientales, provocó su urgente internación hospitalaria y cirugía apresurada, en medio de una gravedad que hacía temer por su vida, y cuando el paso de las primeras setenta y dos horas no mostraba evidentes mejorías, fue dada a la publicidad la “Proclama” que traspasaba todos los poderes a Raúl Castro, y donde parece evidente que los generales del grupo de Raúl Castro habrían tenido una participación señalada, pues aunque se nombraban otros seis cercanos colaboradores en tareas que desarrollaba directamente el tirano, todos los poderes pasaron a Raúl Castro.

 

Los detalles de esta historia se narran en el libro “JAQUE AL REY. La muerte de Fidel Castro con carácter provisional”, por los mismos autores de este artículo. Como resultado de esas acciones, con el alejamiento provisional de un Fidel Castro con un gravísimo estado de salud que se decretó “secreto de Estado”, aparentemente quedaron definidos en el tablero político cubano dos grupos específicos que se disputaban el poder en la sucesión:

 

El grupo de los jóvenes que se había nucleado alrededor de Fidel Castro por iniciativa y simpatías del Máximo Líder, y que son conocidos como los “talibanes” (Felipe Pérez Roque, Carlos Valenciaga, Otto Rivero, Hassan Pérez, con las simpatías y apoyo de otros no tan jóvenes como José Manuel “Chomy” Miyar Barruecos, ayudante personal de Castro, Yadira García, miembro del Buró Político y ministra de Industria Básica, Marta Lomas, Ministra de Inversión Extranjera), que paradójicamente, no por jóvenes implican cambios y reforma, sino todo lo contrario; que quieren desplazar a los “viejos históricos”, que no por viejos aceptan el status quo, sino todo lo contrario, pues saben que el país requiere urgentes transformaciones para la supervivencia del sistema. Los “talibanes” buscan mantener una política continuista al fidelismo, la hostilidad hacia Estados Unidos y todo el exilio cubano; ahondar la dependencia y vinculación de Cuba con la Venezuela de Chávez, y mantener la política exterior de intromisión y subversión.

 

Para estos “Talibanes” las llamadas consideraciones “políticas” son más importantes que las económicas, y prefieren un sistema absolutamente ineficiente que se mantenga mediante consignas políticas, movilización popular y apelación a la leyenda y la historia, en base al criterio de “plaza sitiada” que durante medio siglo fue útil al tirano: lo que Castro pudo hacer en base a su personalidad, capacidad de maniobra política y carisma, los talibanes tendrían que intentarlo a través de figurillas de segundo orden que no tienen ni la leyenda, ni el talento político ni el respaldo militar para acometerlo.

 

El otro grupo, encabezado por Raúl Castro, busca darle un vuelco inmediato a la organización económica, empresarial e institucional creada por Fidel Castro, introducir medidas que mejoren el nivel de vida y consumo de la población, desinflar el diferendo con Estados Unidos, poner distancia a la proyección megalomaníaca de Chávez, y reforzar los lazos económicos y comerciales con China, Rusia, Europa y Japón, en la medida que Estados Unidos reaccione o no.

 

Para este grupo, más que la plaza sitiada se trata de la “administración militar”, de lograr un apaciguamiento social que permita ganar el tiempo suficiente para estabilizar el país, aliviar de manera relativa las condiciones de vida, y garantizar un período de tres o cuatro años de “tranquilidad”, donde se pueda crear la estructura y los mecanismos para un régimen más estable, definir un sistema de relaciones internacionales de largo alcance, y establecer el funcionamiento económico dentro de normas socialistas que garanticen un mínimo de eficiencia y producción.

 

Este es un grupo amorfo en el cual existen también tendencias internas, pero que tiene sus bases en el ejército, el ministerio del Interior, los viejos reformistas de la década del setenta y la tecnocracia empresarial y estatal. Alrededor de Raúl se destacan Fernando Remírez de Estenoz, su candidato para sustituir a Pérez Roque en la actividad de Relaciones Exteriores; Jorge Luís Sierra Cruz, ministro del Transporte; los politburó de línea dura José R. Machado Ventura y José R. Balaguer, los generales Abelardo Colomé Ibarra (Ministro del Interior), Carlos Fernández Gondín (Viceministro del Interior encargado de los Órganos de la Seguridad del Estado), Álvaro López Miera (Jefe del Estado Mayor General de las FAR), Leopoldo “Polo” Cintras Frías, Jefe del Ejército Occidental, y Samuel Rodiles Planas, actualmente Inspector General de las FAR.

 

Asimismo, la consistencia teórica y conceptual de que carece este grupo “histórico” la aportarían tecnócratas reformistas como Marcos Portal, ex ministro de Industria Básica (reemplazado por Yadira García) y Humberto Pérez (ex presidente de la Junta Central de Planificación y autor intelectual de las reformas al Sistema de Dirección y Planificación de la Economía en los años setenta), quienes son a menudo mencionados positivamente en los comentarios de los raulistas para ser eventualmente incorporados al equipo de gobierno, en sustitución de Carlos Lage.

 

Las relaciones con China, que se van incrementando y desarrollando bajo la égida de Ramiro Valdés, han ido ganando terreno en la esfera militar. En pocos meses se han producido dos visitas militares a Cuba, encabezada cada una por un Coronel General (tres estrellas). Aunque la información de la prensa ha sido escueta, es evidente que se están produciendo más contactos militares con los chinos que con rusos, bielorrusos y ucranianos. Wu Juangzheng, miembro del Comité Permanente del Buró Político del Partido Chino, la élite de la élite china, recibió en Pekín hace pocos días a Remírez de Estenoz y expresó su alegría porque visitará próximamente a Cuba.

 

Colomé Ibarra (Furry), en realidad se encuentra muy enfermo y alejado del MININT; de esta forma, el general de división Carlos Fernández Gondín ya habría asumido el control total diario del ministerio del Interior, así como también el de las direcciones de Inteligencia y Contra-inteligencia Militar del MINFAR, y esto resulta extremadamente importante y un cambio significativo con relación a los últimos 47 años, que se explicaría debido al malestar y los comentarios entre los militares, las supuestas reuniones del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés con militares activos y veteranos de la Columna Ocho, y del último movimiento de los Talibanes. A diferencia de Fidel Castro, Raúl parece que prefiere tener un solo aparato de inteligencia/contrainteligencia, y no dos en competencia como era lo habitual.

 

Se puede delinear un grupo de contornos borrosos con figuras cuya lealtad es hoy imprecisa, como Carlos Lage, Ricardo Alarcón, Jaime Crombet y Francisco Soberón, que se han movido entre ambos grupos. Es de destacar que las actividades políticas y económicas de Carlos Lage han hecho creer a la prensa extranjera, erróneamente, que es “el número tres” del régimen o “el arquitecto de las reformas”.

 

Ricardo Alarcón, apoyado por Ramiro Valdés, logró que el espacio de la Asamblea Nacional del Poder Popular fuese reconocido, y hoy resulta una figura imprescindible para legitimar internacionalmente la sucesión. Si bien en los meses siguientes a la proclama estuvo preparando la Asamblea para asumir funciones de supervisión al ejecutivo y concederle a la misma un carácter más permanente, de la misma manera que las asambleas del ex campo soviético lo hicieron en los inicios de la transición, estas maniobras habrían sido paralizadas por orden de Raúl Castro.

 

Sin embargo, Alarcón sigue siendo la persona encargada de convocar a la Asamblea y darle legitimidad al traspaso definitivo de poderes: podría hacerlo cualquiera en ese cargo, pero después de más de trece años ocupándolo, su sustitución antes del traspaso de poderes no sería bien recibida en Europa y América Latina, que parecen apostar por la “tranquilidad” de una sucesión más que por la democratización verdadera.

 

Hombre de Fidel Castro, no de Raúl, Alarcón no pasa por alto todo el poder y la fuerza que puede concentrar el General, y se las arregla para mantenerse en una posición donde resulte necesario: las opciones de los Talibanes son más limitadas en la medida que Castro se encuentre más grave, y de no disponer de más tiempo para consolidarse, con la bendición del Comandante, los Talibanes llevan las de perder.

 

Con todo, la imagen de Alarcón se beneficia con que se diera importancia para el 2007 a las acciones de rebeldía de la vieja FEU y otras organizaciones que no fueran el Movimiento 26 de Julio, que se prevea celebrar por lo alto el cincuenta aniversario del asalto a Palacio contra Batista y la caída de José Antonio Echevarría en 1957, máximo líder de la FEU y connotado opositor al poder omnímodo de Fidel Castro; que se reconociera con más destaque del habitual a los mártires de Humboldt 7, asesinados por la delación de un militante del Partido Socialista Popular, y que se planee celebrar el alzamiento de Cienfuegos del 5 de Septiembre, una conspiración de militares y organizaciones cívicas donde el 26 de Julio no fue el máximo protagonista. Asimismo son notorias las discrepancias entre Alarcón y Pérez Roque, agriadas por la democión del embajador Cossío, intimo de Alarcón, en Canadá.

 

UN "COMANDANTE EN JEFE" COLECTIVO

 

Todo parece indicar que Raúl Castro, Ramiro Valdés y Juan Almeida han asumido entre los tres la función que desarrollaba el “Comandante en Jefe”, mientras Guillermo García solo está aportando la legitimidad de Comandante de la Revolución a este equipo colectivo. Este grupo es el único en el país que puede alegar la legitimidad del Moncada, la prisión de Isla de Pinos, el exilio en México, el Granma, la Sierra Maestra y el medio siglo de Revolución en el poder.

 

Las diferencias iniciales entre ellos producto de los antecedentes históricos o de la forma en que se manejó la divulgación de la Proclama aparentemente quedaron aplazadas por un arreglo práctico que tiene que ver con la supervivencia del régimen y de ellos mismos. Mientras Raúl Castro y Ramiro Valdés simbolizan el poder y la fuerza, Juan Almeida tiene fama de persona más flexible, de entender a la población, de proteger a quines caían en desgracia con Fidel Castro. Además, de todos ellos es el más popular, sobre todo en las provincias orientales. Y Guillermo García, el menos visible y ejecutivo del grupo, es la leyenda de la incorporación campesina a la lucha guerrillera y la imagen del “guajiro” sencillo y con poco estudio, pero revolucionario y siempre fiel al Comandante.

 

Las conocidas diferencias de Raúl Castro con el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés aparentemente y en público se han congelado en aras de la estabilidad. Es conocido que en diciembre de 2005 Fidel Castro estableció la alianza-coordinación de Ramiro y Raúl Castro para la sucesión, supuestamente ordenando que Raúl administrara el Estado y el Partido y que Ramiro se ocupara de la seguridad, el orden y la estabilidad. Pero este compromiso no tiene que ser definitivo tras la muerte de Fidel. Los contactos que Ramiro, por cuenta propia, comenzó a establecer algunos meses atrás con jefes militares y ex compañeros de la columna 8 del Che Guevara, de la cual él fue segundo al mando, hoy generales y altos funcionarios, se rumora que fueron interrumpidos ácidamente por Raúl Castro.

 

Ramiro Valdés, con apoyo de muchos militares, si bien no simpatiza con los talibanes, tampoco ha resuelto totalmente el diferendo con Raúl Castro: está donde está hoy porque Fidel Castro se lo impuso a su hermano: aparentemente “defenestrado” como Ministro del Interior y miembro del Buró Político, conservó sin embargo todo el favor y la confianza de Fidel Castro durante esos veinte años, creó y organizó el sistema electrónico y computacional del país y, con Castro mirando hacia otro lado, desarrolló un sistema de inteligencia y contrainteligencia efectivo y práctico, que mantenía bajo control a la élite.

 

Ramiro se mueve también en privado alrededor del grupo de los talibanes, además de su estrecha amistad y relación con Alarcón, que en los últimos tiempos se ha intensificado, y no repele a Chávez tanto como Raúl, aunque fuera por lealtad a Fidel Castro o por molestar a Raúl. Por otra parte, hay fuertes rumores de que, a petición del propio Ramiro, el mismo Fidel Castro lo encargó que se responsabilizara con todo lo referido a su seguridad personal y acceso, algo que desde la proclama se hallaba en manos de Raúl Castro.

 

Ramiro Valdés participa, a través de su empresa ETECSA, en el control y represión de los disidentes y opositores, y está encargado, desde el pacto de los comandantes en diciembre del 2005, de coordinar todo lo referente a las relaciones económicas con China. Si bien en público ha apoyado sin reservas a Raúl, su única lealtad comprobada en medio siglo es hacia el Comandante en Jefe, y en privado sigue en su eterna actitud de reserva, aunque es difícil que cierre filas totalmente con el grupo de los talibanes que, a largo plazo, tiene las de perder frente a Raúl Castro.

 

A ello se une el papel silencioso y discreto, al lado de Raúl Castro, asumido por el Comandante de la Revolución Juan Almeida, actualmente con 78 años de edad y con aparentes complicaciones cardiovasculares recientes, que además de sus cargos formales en el Buró Político y el Consejo de Estado ha tenido una muy alta exposición pública en los medios militares durante este proceso de sustitución de Fidel Castro “con carácter provisional”.

 

El Comandante de la Revolución Juan Almeida, quien fue provisionalmente Ministro de las Fuerzas Armadas hace muchos años, es mucho más que “el negrito que compone canciones que nadie quiere escuchar”, y se ha rumorado en los medios militares que incluso pudiera ser designado ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias: para Raúl Castro poder dirigir todo el país como máxima figura necesita alguien de absoluta confianza y aceptación en el MINFAR, y su favorito, Colomé Ibarra (Furry) no tiene salud para ello. El general Julio Casas hace meses que no es visto en público y su imagen entre los generales no es la mejor, y el Jefe del Estado Mayor General, Álvaro López Miera, no es bien aceptado por varios generales, entre ellos los jefes de los Ejércitos Oriental y Central, por su meteórica promoción al grado de General de Cuerpo (tres estrellas), y no es miembro del Buró Político.

 

Para un cuestionamiento de la autoridad de Raúl por Ramiro Valdés a nombre del legado de Fidel Castro, necesitaría el apoyo de la fuerza específica que podrían brindarle los jefes de ejército, sobre todo el general Ramón Espinosa Martín, jefe del Ejército Oriental desde 1982 y muy querido por su oficialidad, o el general José Quinta Solás, Jefe del Ejército Central. No pudiendo contar con el apoyo del Ejército Occidental, dirigido por “Polo” Cintras Frías, raulista absoluto, ni de una División de Tanques incondicional, tendría que apoyarse en el general de división Pardo Guerra, “Guile”, actualmente jefe de la Defensa Civil, pero durante muchos años jefe de las unidades de tanques del Comandante en Jefe, y veterano de la columna 8, y los hermanos Rogelio y Enrique Acevedo, entre otros, así como de los viejos y experimentados “cuadros” del Ministerio del Interior.

 

En el discurso de Felipe Pérez Roque el 23 de diciembre de 2005, por orden del Comandante en Jefe, tras cinco semanas de silencio después del discurso de Fidel Castro el 17 de noviembre en la Universidad, surgió un fuerte contraste con los criterios de Raúl Castro, no tanto en los objetivos como en las estrategias, cuando el Canciller reiteró el continuismo del fidelismo puro y duro.

 

En ese momento, Fidel Castro ya podría haber tenido dudas de que Raúl Castro estuviera dispuesto a mantener incólume el fidelismo ortodoxo: pensó tal vez que podría dar cierta marcha atrás a la revolución, desmontar la rígida economía de plan y escasez, e intentar normalizar las relaciones con Estados Unidos. En ese momento, Fidel Castro habría impuesto a Raúl el grupo de la proclama, y sobre todo a Ramiro Valdés y a Pérez Roque, porque Castro no querría que se desmantelase ni modificase nada. Desde ese momento, Pérez Roque y los talibanes están tratando de reforzar la alianza y dependencia de Cuba y Venezuela, con lo cual Chávez está de plácemes, y de que Fidel Castro, antes de que muera, nomine a Pérez Roque como el sucesor.

 

Desde la proclama hasta la fecha, ambos grupos (talibanes y raulistas) se han movido, y parecen haber ascendido o descendido en la medida que Fidel Castro se ha agravado o se ha recuperado. Y el grupo “centrista”, de las lealtades indecisas, se ha acercado más a Raúl Castro o a los talibanes en dependencia de la evolución de la salud del tirano.

 

LAS ACCIONES CONCRETAS DE RAÚL CASTRO AL FRENTE DEL PAÍS

 

Raúl Castro ha delineado en términos generales un programa de pre-reforma, en el cual el énfasis principal es institucionalizar y llevar al Estado y Gobierno a todos aquellos aparatos administrativos que se hallaban directamente en manos de Fidel Castro. Su eslogan ha sido crecer con el desarrollo social, que en otras palabras quiere decir enfatizar en el consumo y nivel de vida, y no sólo en las medidas sociales, como se venia haciendo hasta ahora. Asimismo establecer el orden administrativo, insuflar una ética de trabajo y eliminar la rampante corrupción en la burocracia y al mismo tiempo poder simplificar el costoso e ineficiente aparato de compulsión y movilización social, enfriar la confrontación verbal con Estados Unidos, y proponer la negociación del diferendo Habana-Washington.

 

En la agricultura, apoyar la producción de las cooperativas y privados y obligar el pago retrasado a los campesinos y las cooperativas. Repartir materiales de construcción para que la población pueda reparar sus casas. Reorganizar todo el sistema de empresas estatales buscando hacerlas más eficientes. Raúl Castro entregó a los españoles la administración de las instalaciones hoteleras turísticas que se hallaban en manos de GAESA.

 

Ha delineado un plan para aliviar el problema del transporte: ya su ministro del ramo, José L. Sierra, anuncio que se necesitarían 5,000 ómnibus, locomotoras de China  y 1,000 millones de dólares para reparar la infraestructura vial y ferroviaria. Por otra parte, Raúl ha tratado de introducir un estilo en el cual se puede discutir y discrepar dentro de la élite, pidiendo a la prensa que sea más crítica con aquellos aspectos que preocupan a la población.

 

Así, las prioridades que Raúl Castro estableció en la Asamblea para el año 2007 se diferencian a las que enarbola el grupo de los talibanes y a las que Fidel Castro dejó establecidas en la Proclama, en la cual figuraban como principales la revolución energética (con Chávez), la batalla de ideas y los esfuerzos internacionales de educación y salud.  Raúl Castro estableció como objetivos principales los problemas de la vivienda, la producción alimenticia, el transporte. A cambio de eso ha pedido mayor disciplina laboral, salarios vinculados a los rendimientos, y para la nomenclatura, concebir planes realistas que resuelvan problemas, y no la autocomplacencia.

 

En su plan, Raúl esperaría que en tres o cuatro años se desarrolle la relación económica con China que ahora se construye aceleradamente, como paliativo o alternativa a la indiferencia norteamericana, y que cuaje la explotación del petróleo cubano que reemplace el que se recibe de Venezuela, y para que se observen frutos palpables por la población, como la relativa elevación de los niveles de producción y distribución de productos alimenticios, el alivio del transporte, y el inicio de serios planes de viviendas.

 

Asimismo, ha intensificado el otorgamiento de viviendas a militares, a la vez que intensificó su política de “recuperar” a los viejos combatientes que habían sido apartados por Fidel Castro, o a viejas figuras históricas olvidadas como Julio Camacho Aguilera, José Llanusa, Faure Chomón y Orlando Borrego. No todo es fácil dentro de las Fuerzas Armadas: hay generales que son leales a Raúl Castro y otros no lo son tanto; la mayoría rechaza a los Talibanes, y otros a Raúl Castro y los talibanes simultáneamente. Los viejos y curtidos generales no han mostrado criterios favorables a la posibilidad de que el meteóricamente promovido Álvaro López Miera sustituya a Raúl Castro como el próximo ministro FAR.

 

Sin embargo, Raúl Castro no ha aflojado las clavijas de la represión dictatorial, ni puede eliminar del escenario a los talibanes que quieren “más de lo mismo” sin saber que sin la impronta del Comandante es imposible: algunos de ellos aparecen en la famosa Proclama del 31 de julio, y sus acciones suben y bajan en dependencia de la salud de Fidel Castro: al reaparecer Castro aparentemente recuperado en el video, empieza a recibir más exposición noticiosa y más tareas el por momentos invisible canciller Felipe Pérez Roque. Pero Raúl Castro trata de mantenerlos a raya.: en lo único que parecen estar de acuerdo es en que la democracia, en el sentido occidental del término, no tiene nada que hacer en Cuba.

 

Raúl se preocupa del abrazo chavista, propugnado por Fidel: hay una determinada dependencia del petróleo, y los talibanes, que dependen de Chávez, lo quieren inmiscuido, pero el Teniente Coronel de Sabaneta sabe perfectamente que los generales cubanos no lo ven con buena cara: habla boberías, no tiene sentido de los límites, se rinde muy rápido, y no es alguien que se destaque por su valor, categoría decisiva en el mundo militar cubano. Pero Hugo Chávez tiene lo que le falta a Raúl Castro, y pretende repetir la fórmula que dio resultado con los generales venezolanos.

 

Chávez intentó ofrecerle dinero y vehículos “todo-terreno” a los generales cubanos, por debajo de la mesa: no porque busca nada más, solo desea que lo acepten. Pero los aparatos de Contrainteligencia del sucesor, ahora todos bajo el mando del general Fernández Gondín, los del MININT y el MINFAR, le alertaron a tiempo. Y Raúl Castro habría enviado sin demora el mensaje a sus generales, los del MINFAR y el MININT: atiendan acá, no vayan a equivocarse; aceptar regalos o sobornos de Hugo Chávez no es corrupción, es traición. Y todos los militares en Cuba saben que para ese pecado hay una sola pena: fusilamiento.

 

¿Siempre se muestra duro Raúl Castro? Depende de las circunstancias. En la Feria del Libro, hace pocas semanas, escuchó y aplaudió al poeta César López en un discurso que mencionó a seis escritores cubanos del destierro (aunque todos fallecidos), y al terminar le dio la mano. Dio la mano también a los proscritos y “parametrados” de los años setenta, y permitió que el discurso se pasara por televisión. Su presencia en la Feria del Libro fue para condonar las palabras del orador y enviar una señal de flexibilidad: los duros del Instituto Cubano de Radio y Televisión y del Departamento de Orientación Revolucionaria captaron el mensaje: Raúl está por la línea más “flexible” del Ministerio de Cultura.

 

Curiosamente, los cuadros del ICRT y el poderoso DOR provienen de la Dirección Política de las Fuerzas Armadas, pero sostienen criterios estalinistas referentes a la ideología y la cultura. Por su parte, la campaña contra la corrupción ha alineado frente a Raúl a los flamantes gerentes de empresas, provenientes del MININT y del MINFAR, los cuales se manifiestan sin demasiado recato contra las medidas de Raúl Castro. Es la misma situación que enfrentó Mijail Gorbachev al inicio de la glasnost, pero decir que se parece mucho a lo que sucedía en la URSS en tiempos de Gorbachev podría dar el mensaje equivocado de que Cuba se está abriendo: digamos, más exactamente, que es muy parecido, casi idéntico, a lo que sucedió en la URSS en el corto reinado de Yuri Andrópov, quien sucedió a Leonid Brezhnev.

    

La misma noche de la Feria del Libro, hablando en tono “distendido”, según dijo la prensa extranjera que no sabe lo que está sucediendo, se desmarcó hábilmente de un problema espinoso. Dijo que Fidel estaba al tanto y utilizando un teléfono que tiene a mano: “pero casi no me llama a mí, llama a (Carlos) Lage y a Felipe (Pérez Roque)”. Los “expertos” vieron en Raúl Castro la tranquilidad de no tener encima la presión telefónica del Comandante, pero su mensaje era mucho más sutil. Buena por el General; estaba diciendo, elegantemente: no soy culpable de los retrocesos que pueda haber ahora que Fidel se ha recuperado un poco; si vamos para atrás, pregúntenle a los talibanes.

 

Y se fue tranquilamente: ¿a dónde? A donde siente y sabe que pertenece. Se quitó el saco y la camisa sin corbata y se puso sus cuatro estrellas de General de Ejército, el único en el país. Se fue a recorrer las unidades militares: él sabe que ese es el poder, el único poder en Cuba. En el Ejército Central llevó a Felipe Pérez Roque: puede haber sido para destacarlo y complacer a Fidel, pero también para decirle: fíjate, talibán, este es el poder y este poder lo controlo yo. Y en el Ejército Occidental ni fue mencionado el canciller.

 

Le acompañó en las visitas a ambos ejércitos, (curiosamente, no ha visitado de igual forma el Ejército Oriental), el general de tres estrellas Álvaro López Miera, Jefe del Estado Mayor General, el hombre que a la orden de Raúl moviliza las fuerzas armadas en todo el país, y que aparentemente es su hombre de más confianza en el estamento militar en estos momentos, y a quien se dice que quiere como un hijo. Algo muy significativo cuando “Furry” está enfermo, y el general Julio Casas aparece en público hace mucho tiempo.

 

Parecería que Raúl insiste en imponer a López Miera en el MINFAR cuando él deje de ser el gobernante provisional y asuma permanentemente los cargos: pero sabe que no todos los altos mandos simpatizan con esta idea, y la sombra de Ramiro Valdés no se despega de los antiguos combatientes de la Columna Ocho y del Ministerio del Interior. Hay un pacto de no agresión y colaboración en estos momentos, pero nadie sabe lo que pueda suceder el día que el Comandante no pueda más nunca filmar videos.

 

 

UN ESTILO DE DIRECCIÓN PROPIO, DIFERENTE AL DEL COMANDANTE

 

Está claro que el estilo de dirección y liderazgo de Raúl Castro no se parece en nada al del hermano mayor: tenía que ser así; no es un “Fidel Light”, como dijo desacertadamente el vocero de la Casa Blanca al inicio de la sucesión, ni un tonto alcoholizado sin remedio, como le ven algunos,  ni solamente el ejecutor sin juicio en Oriente en enero de 1959.

 

Ni tampoco practica la idiotez, que a menudo le asigna cierta prensa extranjera “especializada”, de rechazar actividades de gobierno muy tarde en la tarde o por las noches, para poder compartir con su familia: hay una diferencia entre un tirano en ejercicio y la nobleza decorativa europea: Raúl Castro no puede trabajar de ocho a seis, como cualquier empleado, siendo el máximo poder, aunque compartido y colegiado. Aunque su familia esté desarrollando una campaña para mostrar sus lados buenos y humanos, y quieran destacar al padre de familia y abuelo cariñoso, el General sabe lo que implica estar en el puesto de mando.

 

Ciertamente, delega, y sabe delegar: no lo deslumbran las cámaras de televisión ni el protagonismo, como al hermano mayor, pero sabe cuando el jefe tiene que ir al frente para  que lo vean los soldados. Y en su concepto de gobierno no incluye protocolos evitables o delegables, visitas a tomas de posesión de mandatarios extranjeros, entrevistas con leyendas de la prensa occidental, o compartir la Mesa Redonda de la televisión con quienes la presentan.  

 

 Para las entrevistas está Lázaro Barredo, director del diario Granma, quien sabe perfectamente lo que debe y puede preguntar, y lo que no. Cuando no queda más remedio, recibe o despide en el aeropuerto a Hugo Chávez, pero se las ha arreglado para que las visitas del teniente coronel bolivariano sean cada vez más espaciadas, a pesar de los mil quinientos millones de dólares de los convenios de colaboración con Venezuela. Y no hay noticias oficiales de reuniones de Estado entre los dos mandatarios. Las delegaciones militares venezolanas a Cuba son académicas: se habla de aviones, cañones y tanques, pero se muestran en maquetas y videos: nada del mundo real de las tropas, ni mucho roce con sus jefes.

 

Para ir a Venezuela está Lage, para ir a China, Ramiro Valdés, y para los otros países es como si fuera por sorteo: Esteban Lazo a la Asamblea General de la ONU, Machado Ventura a Nicaragua, José Ramón Balaguer a Guatemala, Lage también a Montevideo y Bogotá, el “gallego” Fernández a México: y en todo esto, Pérez Roque una sola vez, con Esteban Lazo a la ONU: en el resto de las actividades de Estado han participado viceministros.

 

Hace pocos días Raúl Castro, públicamente, humilló a Pérez Roque y a Lage, llamándoles inexpertos y sin calificaciones técnicas aplicables. Entre sonrisas, redujo a Pérez Roque a recadero de Fidel, la persona que iba a contarle a Fidel lo que estaba sucediendo. “Es una esponja”, dijo.

 

Y dijo que no se dejaría inyectar nunca por (el médico) Carlos Lage, aunque para suavizar mencionó que tampoco se dejaba inyectar por Che Guevara. Y aunque no hizo referencia a eso, no parece probable que se dejara inyectar por los médicos Machado Ventura, Balaguer o Chomy Barruecos. El enfrentamiento con Lage viene desde mucho antes. Después del discurso testamento del tirano en la Universidad en noviembre del 2005, Raúl Castro había señalado a Carlos Lage, en público, como el responsable del mal funcionamiento de la economía.

 

En el estado actual de salud de Fidel Castro, cuando no está ni muerto ni vivo y continúa padeciendo de secreto de Estado, Raúl Castro ha ido imponiendo un estilo de trabajo diferente, comedido, sin sobresaltos ni crisis, y se las ha arreglado durante ya más de siete meses para dirigir el país sin complicaciones extraordinarias ni alarmas innecesarias.

 

Si Fidel Castro hubiera muerto en julio, cuando comenzó el “desarreglo de salud”, como le llama Lisandro Otero a la crisis que lo tuvo al borde de la muerte, las cosas tal vez hubieran sido diferentes y mucho más difíciles para el hermano menor: aunque llevaba ya más de ocho meses, por lo menos, preparándose junto a los tres Comandantes de la Revolución para la sucesión de Fidel.

 

¿PLANEANDO FUTUROS COMBATES?

    

Al recuperarse Fidel Castro en el mes de enero, al menos aparentemente, y tener más participación en las decisiones de gobierno, Raúl Castro ha actuado como militar: le restó impulso a la ofensiva, y más bien pasó a la defensa en condiciones ventajosas. Replegado dentro de las fuerzas armadas, observando en detalle lo que sucede “allá afuera” y tomando nota de ello, asegurando la lealtad de los generales por si vacilaran los doctores, preparando las tropas para las eventuales acciones futuras.

 

Como la recuperación del Comandante no puede ser definitiva, ni su regreso a la actividad de mando cotidiana está garantizado, Raúl Castro está evitando chocar con El Jefe, y está viendo como los talibanes se van desgastando: se rumora fuertemente que reunió en el Segundo Frente, con un pretexto histórico cualquiera, a todos sus antiguos guerrilleros, para analizar la situación. Los veteranos raulistas prometieron lealtad eterna, y pedían sin bajar la voz desplazar a los talibanes a toda costa, hasta por la violencia si fuera necesario.

 

Los tambores de guerra ya tronaron en la Sierra Cristal, donde solo fueron convocados los veteranos del Segundo Frente. ¿El resto de los veteranos de la Sierra Maestra, del Tercer Frente, del llano, del Escambray, de los Órganos? No, no fueron convocados: era asunto interno del Segundo Frente Oriental, una recreación de lealtades, un compromiso a fondo.

 

Pero hay algo más: durante más de siete meses, la élite comenzó “a ver y conocer” un estilo de dirección diferente, después de casi medio siglo con Fidel Castro, sus letanías y sus arbitrariedades y exabruptos. Y parece que le ha gustado a todos el nuevo estilo. Porque el Castro original tiene una sola partitura, y cuando se incorpora levemente en la cama habla de calentamiento global y congresos de pedagogía, mientras Raúl Castro habla de alimentos y transporte, de producción y viviendas, de pagos atrasados y compromisos, y exige públicamente informes veraces y explicaciones claras.

 

Y, a la vez, pero en silencio, se comenta que ha entregado viviendas a generales cuyos hijos ya casados vivían con ellos, ha reagrupado a los antiguos combatientes olvidados, ha intentado adulterar un poco menos la historia, ha mantenido más relaciones con el mundo civil y los periodistas, y se viste de civil más a menudo. Al menos, eso que se llama “la primera impresión” al frente del país, ha caído bien en la élite y también en la población, aunque la élite más privilegiada se preocupa de la lucha contra la corrupción que enarbola Raúl, aunque con menos escándalo, pero tal vez más efectividad,  que el hermano mayor.

 

Ahora, con este repliegue táctico por un aparente repunte temporal de Fidel Castro, serán los talibanes quienes den más la cara, pero no pueden ofrecer soluciones, ni modestas, como estaba intentando hacer Raúl Castro. Porque el General tenía el poder en sí mismo, y los talibanes lo tienen por delegación del moribundo: sus posiciones subirán o bajarán en una relación directamente proporcional a las subidas y bajadas de peso de Fidel Castro.

 

Puede observarse en la prensa oficial cubana y la vida cotidiana: historias y promesas, pero nada concreto: irán a Cuba estudiantes de las Islas Salomón, preocupa a la izquierda el calentamiento global, apoyan en Bangla Desh la liberación de Los Cinco Héroes prisioneros del Imperio. Noticias reales, pocas; comentarios, menos.

 

Los talibanes, además, no son simpáticos: no caen bien en la población; por su arrogancia y su vulgaridad: quien mejor parado sale en este grupo es Carlos Lage, que tiene cierta simpatía en la población por las leyendas de una vida austera, pero ni él mismo está garantizado: la élite y la tecnocracia los miran como oportunistas e incapaces, y los militares sencillamente los rechazan: no existe tiempo en el mundo para que esos militares olviden la frase de Carlos Lage de que “Cuba tiene dos presidentes”.

 

Por un tiempo, la sucesión definida en la Proclama, compartida entre Raúl y los talibanes, no funcionó en su totalidad, y los criterios de “más de lo mismo” del 31 de Julio se fueron acomodando a las realidades de un poder definido y repartido de manera diferente. Así, por ejemplo, Felipe Pérez Roque pasó a un segundo plano de exposición pública y actividades de Estado y, en realidad, quien dirigió la política exterior fue Fernando Remírez de Estenoz, secretario del Partido para las Relaciones Internacionales, hombre cercano a Raúl Castro desde que el defenestrado Carlos Aldana lo trajo a su lado.

 

Aparentemente, los talibanes (con sordo apoyo de Yadira García y Pérez Roque, y la complicidad por omisión de Ramiro Valdés y Alarcón) bloquearon las negociaciones con los legisladores norteamericanos, entre otras razones porque no les interesaba que co-auspiciaran la propuesta legislativa a favor de que las compañías norteamericanas exploren petróleo en la zona cubana del Golfo de México, algo que ellos querrían concederle a Chávez (Pérez Roque), o a China (Ramiro Valdés), o utilizarlo como arma anti-embargo (Yadira).

 

Razón por la cual Raúl Castro no puede haber visto con buenos ojos el conceder a PDVSA la exploración en la zona cubana del Golfo y el norte de Matanzas, el cambio de la inversión de más de quinientos millones de dólares del ferro níquel de China por Venezuela, y la participación cubana en los yacimientos del Orinoco, que toca fibras sensibles y estratégicas con las relaciones estadounidenses. En este sentido, es de suponer que Ramiro Valdés se sienta más “raulista” en estos puntos que “talibán”.

 

Raúl Castro, que puso mucho más énfasis en los aparatos del Estado y en las débiles instituciones cubanas que en el aparato partidista, aparentemente convencido de su inutilidad, ha seguido administrando el Estado y el Partido, pero más de lejos, ahora que Fidel Castro parece que se ha recuperado lo suficiente para indagar y ocuparse de ciertas cuestiones que anteriormente eran el centro de su actividad, como las relaciones con Chávez, y así lo hizo público Raúl en sus palabras en la Feria del Libro ya mencionadas.

 

Sin dudas, el equipo que fue a la negociación con Chávez en enero estaba designado, autorizado y compuesto en su esencia del viejo equipo de Fidel Castro, fundamentalmente de talibanes, que durante el interregno de la enfermedad del Máximo Líder ha pugnado con Raúl Castro.

 

Raúl Castro, que nunca abandonó sus oficinas en el MINFAR, y que no parece haber hecho un uso excesivo del Palacio de la Revolución, y ha prohibido que lo llamen con los cargos “provisionales”, como para dejar claro que el Comandante continúa con vida, orientó que se detuvieran los plenos de los comités provinciales del PCC, los cuales estaban enfilados a crear las condiciones para llevar a cabo un pleno del Comité Central en el cual esperaba delinear tareas y objetivos para legitimar ante la élite una sucesión de facto, y aliviar las crisis del consumo, transporte, y vivienda. Sin embargo, la Unión de Jóvenes Comunistas desarrolló su pleno a finales de febrero, supuestamente con la bendición del Comandante (fue el momento en que Raúl Castró se refirió a la inexperiencia de Lage y Pérez Roque y se burló de ellos, de manera “elegante”). El pleno de la Federación de Mujeres Cubanas, con la ausencia por enfermedad de la Presidenta vitalicia Vilma Espín, resultó oscuro y esotérico, y la información publicada es indescifrable.

 

Parece ser notorio entre la élite que Fidel Castro no querría hablar demasiado con Raúl Castro, por las razones que sean, el cual se ha retirado a sus bastiones de poder, las fuerzas armadas, y allí últimamente ha realizado una tournée, junto al Comandante de la Revolución Juan Almeida, y sigue recorriendo las unidades militares del país, enviando la señal inequívoca a los talibanes de dónde se halla la legitimidad del proceso.

 

La negociación con Venezuela, ordenada por Fidel Castro y ejecutada por los “talibanes” busca estrechar la dependencia del régimen al petróleo y los subsidios de Chávez, a un nivel que sea imposible a Raúl Castro deshacerse de la misma e impedir que la opción de apertura hacia Estados Unidos se lleve a cabo tras la desaparición física de Fidel Castro. Igualmente, es la opción con que cuentan los talibanes para imponerse al grupo de Raúl Castro, que estaría sin opciones internacionales, salvo la de Venezuela: parece ser que este grupo torpedeó la negociación de la empresa China, Minmetals Corporation, referente a la planta de níquel, y sugirió que la misma fuese renegociada con Chávez.

 

Chávez, cada vez que visita a Cuba trae y envía regalos y dinero para los talibanes, y para muchos funcionarios, algo que tiene irritado a Raúl Castro, el cual, como ya se mencionó, tuvo que circular la orden de que ningún oficial del ejército puede recibir dádivas de Chávez sin la correspondiente autorización.

 

EL PAPEL DEL PETRÓLEO Y UN ¿GOBIERNO PARALELO?

 

En estos momentos parecería que estamos ante una suerte de gobierno paralelo: Fidel Castro se ha recuperado en su gravedad lo suficiente para estorbar, pues no puede dirigir, entrometiéndose por medio de los talibanes en todo lo que puede, y Raúl Castro por su lado tratando de organizar y mantener un gobierno que funcione, pero continuamente torpedeado, lo que lo ha llevado a un repliegue táctico, a la espera de asumir el mando completo. 

 

Los Talibanes, a la sombra de Fidel, aparentemente están conspirando abiertamente contra la “vieja guardia” y tratando de posesionarse del poder antes de que Raúl lo consolide, utilizando el petróleo de Chávez, que mantiene vivo al país, como chantaje. Para ambos grupos es conocido, y los rumores no cesan, que tras la muerte de Fidel Castro, Raúl tiene en mente sacarlos a todos de sus posiciones, poner en lugar de ellos a un equipo joven diferente, reformular la relación con Venezuela, y tratar de solucionar el diferendo con Estados Unidos.

 

La dependencia del petróleo de Chávez es un asunto muy complejo, y Raúl Castro parece estar jugando las cartas de los extraordinarios yacimientos de la zona de exclusión económica de Cuba en las aguas del Golfo de México.

 

Aunque muchos no vieron desde el primer momento el enorme potencial que significa, de acuerdo a los cálculos y reportes del servicio geológico Nacional de Estados Unidos, ya se habla tranquilamente de un potencial mínimo de 4,600 millones de barriles de petróleo, más gas, en la zona cubana, que abarca una superficie oceánica de igual tamaño que la Isla y sus cayos. ¡Y no se descarta que el potencial total pudiera alcanzar entre el doble y diez veces esa cifra! Señalado inicialmente por algunos como petróleo de baja calidad y poco uso, ya la Sherrit canadiense comenzó a explotarlo comercialmente con perforaciones horizontales desde la plataforma insular, y comenzará a exportarlo este año.

 

Las compañías energéticas de Estados Unidos, que ven ante sus ojos como se les escapa el botín al estar imposibilitadas de participar en las operaciones de perforación y extracción por las restricciones del embargo, hacen fuerte lobby en Washington para lograr una excepción legal que les permita participar, mientras otros sectores tratan de impedir que Cuba pueda avanzar en esto, argumentando el peligro de eventuales desastres ecológicos que pudieran producirse a menos de cincuenta millas de las costas de Estados Unidos.

 

En la medida que ese petróleo submarino se convierta en opciones económicas viables para Cuba, la dependencia del régimen a la peligrosa generosidad del abrazo chavista se va reduciendo, y junto a ello el papel y la importancia de los Talibanes como alternativa sucesoria, mientras los grupos de Raúl se fortalecen con este desarrollo.

 

Ambos grupos tienen ante sí dos períodos: el primero hasta la muerte física de Fidel Castro, en el cual el ritmo estará establecido por la capacidad de interferencia del Máximo Líder: mientras esté presente su ingerencia, los talibanes seguirán luchando por establecerse, con la estrategia del hecho consumado. Sin embargo, tras la muerte del Comandante, habrá que reformular el refrán cubano para referirse a lo efímero: “dura menos que un talibán en la puerta de un cuartel”. 

 

Un segundo período, sin Comandante ni Talibanes, en el que van a sobrevivir políticamente Ramiro Valdés, Ricardo Alarcón y Carlos Lage, y que no puede ir más allá del 2010 más o menos, está relacionado con la edad de las principales figuras alrededor de Raúl Castro.

 

En el primer período veremos, ya estamos viendo, la presencia de un forcejeo entre los talibanes y el grupo más leal a Raúl Castro. El segundo, si la vida física de Fidel Castro se prolonga, y los talibanes logran consolidar el eje con Venezuela, indudablemente será de confrontación violenta con Raúl Castro. Si no se prolonga, Raúl prevalecerá fácilmente.

 

La preeminencia temporal de los talibanes, nucleados alrededor de Fidel Castro, va a precipitar, de hecho lo está haciendo ya, una crisis de mando, frustraciones, deterioro vertiginoso de la economía, deterioro social. Algo que creará la oposición cada vez más virulenta del entorno de Raúl Castro, ya que éste ha desatado expectativas con su estilo más institucional y consensual, la resurrección de figuras históricas, el papel un poco más crítico de la prensa, su decisión de aliviar los problemas básicos de vida y consumo de la población, y de solucionar de una vez por todas el diferendo con Estados Unidos.

 

Ante una administración norteamericana alejada de los forcejos en la élite cubana, y haciendo pública la opción de “todo o nada”, los aires temporales de Fidel Castro y su equipo de talibanes apoyados por Chávez, se imponen con más facilidad al forcejeo de Raúl Castro por cambiar la situación. La actual situación ha planteado como escenario más posible, tras la muerte de Fidel Castro, que Raúl tenga que actuar fuertemente contra el grupo de los talibanes, los cuales opondrán resistencia en la medida que tengan apoyo de fuerza, lo que no parece fácil de lograr.

 

La fantasía de una intervención militar chavista en Cuba es una ridiculez: los generales venezolanos están muy satisfechos con el estatus actual para lanzarse en esa demencial aventura, y la jugada es demasiado peligrosa. Todos los hilos de las fuerzas militares y de seguridad cubanas radicadas en Venezuela terminan en el despacho de Raúl Castro, y esos mismos compañeros “solidarios” que protegen y apoyan a Hugo Chávez en la actualidad lo pueden poner a buen recaudo en veinticuatro horas y encontrar un sustituto para el teniente coronel.

 

En la medida que Fidel Castro se pueda recuperar más efectivamente, lo cual es en el mejor de los casos dudoso, el compromiso de Ramiro Valdés con Raúl Castro perdería sentido. En mucho va a complicar o facilitar este tránsito postfidelista la figura y las acciones de Ramiro Valdés, quien en estos momentos está públicamente comprometido de lleno con Raúl Castro, pero en las sombras moviéndose muy cerca de Fidel Castro y sus talibanes. 

 

Sin embargo, ambos grupos enfrentan un dilema al cual aparentemente no le han concedido toda la importancia que merece: la posibilidad de una explosión popular en las áreas marginales del país, sobre todo de mayoría poblacional negra y mulata, especialmente en las provincias orientales y ciertos barrios habaneros.

 

LA SOMBRA DE FIDEL CASTRO SOBRE LOS CUBANOS Y EL MUNDO

 

Fidel Castro mantuvo exitosamente como eje central de la seguridad nacional de su régimen el control y la represión para mantener a raya cualquier posibilidad de malestar público. En las actuales circunstancias esta ecuación se ha modificado al desaparecer la figura del Líder Máximo. Para conservar la paz interna los instrumentos idóneos no son ya la represión y el control, sino la solución de dificultades como la alimentación, el transporte y la vivienda. Y ambos grupos aún no parecen haberse percatado de esta transformación, y de que no pueden disponer de tiempo de espera en las zonas de potencial estallido popular.

 

El poder se disputa entre ambas fuerzas sobre un barril de pólvora disperso entre las expectativas de la población, y los grupos contendientes que desean prevalecer consideran muchos factores, pero en ningún momento le conceden trascendencia a los intereses de los cubanos ni las opciones democráticas del país.

 

El gobierno de Estados Unidos ha planteado y reiterado como única opción la de no admitir ningún acercamiento al régimen sucesorio. Se sigue considerando que la desaparición física de Fidel Castro será el derrumbe casi inmediato y definitivo del régimen, porque el mismo está diseñado a imagen, semejanza y conveniencia del Comandante: criterio inteligente y muy razonable, en el cual los criterios más duros del sur de La Florida se perciben claramente en la retórica, pero que no considera la capacidad de maniobra de los sucesores ni el tiempo que tuvieron para preparase.

 

Ni mucho menos estos más de siete meses de muerte provisional de Fidel Castro y ensayo sucesorio general, donde nada ha hecho peligrar al régimen más de lo que peligraba cuando Fidel Castro llevaba las riendas, y hasta cierto punto le ha permitido beneficiarse de la percepción de relativa tranquilidad y falta de agobio que la población observa.

 

El sensacionalismo periodístico de pronosticar continuamente el Big Bang que no llega, o pretender convertir una fuga de tres reclutas y dos presos comunes de una prisión oriental a finales de diciembre en una “sedición” militar no soportaron cuarenta y ocho horas de exposición, y mucho menos modificó la realidad.

 

Nada hace pensar, de lo visto hasta ahora, que Europa y América Latina se opondrían fuertemente a una pacífica sucesión “institucionalizada” bajo el mando de Raúl Castro: a excepción del presidente costarricense Oscar Arias y la República Checa, los demás miembros de estas comunidades de países no piensan comprometer su seguridad ni sus intereses más allá de declaraciones públicas muy cuidadosas.

 

El gobierno de Estados Unidos puede fácilmente quedarse solo y aislado, una vez más, pero lamentablemente esto es algo a lo que ya se ha acostumbrado durante la presente administración. Y en la medida que los sucesores garanticen la “tranquilidad” sin oleadas de balseros ni guerra civil, elementos vitales que alterarían la seguridad nacional, e imprescindibles de mantener bajo control al acercarnos cada vez más a las próximas elecciones presidenciales, no parece dispuesto a ir mucho más allá de las declaraciones que ya conocemos.

 

Por necesidad, convicción, pragmatismo o demagogia, Raúl Castro ha lanzado dos veces en público la propuesta de resolver el diferendo con Estados Unidos en la mesa de negociaciones, pero en ambas ocasiones  la administración norteamericana ha expresado en muy pocas horas su rechazo a tal propuesta, argumentando que con quien tiene que conversar Raúl Castro es con el pueblo de Cuba. Lo cual es cierto, pero no destraba la situación.

 

Cuando el Presidente Bush declara que los cubanos deberían dejar atrás, tras la muerte del tirano, el régimen castrista, “si eso es lo que desea el pueblo”,  no sale de la retórica, de lo mismo que van diciendo diariamente los funcionarios de la administración. Porque es evidente que “lo que desea el pueblo” solo se puede conocer en el mundo moderno mediante elecciones, y el régimen cubano, aunque muchos no lo entiendan, las hace a su manera.

 

No son, naturalmente, elecciones limpias ni legítimas de acuerdo a lo que son las normas internacionales de pluripartidismo, campañas electorales y verdadera libertad para elegir, pero cuando el régimen se proclama abrumadoramente electo por el pueblo, con más de noventa y tanto por ciento de apoyo, hay dos caminos para los gobiernos extranjeros: hacerse que se lo creen (como hacen casi todos, incluyendo aliados de Estados Unidos), o rechazarlo.

 

Aún quienes lo rechazan pueden mantener relaciones diplomáticas (los médicos cubanos en sus países pesan mucho para distanciarse de Cuba), o un discreto alejamiento, y no un enfrentamiento continuo. Y muchos de los que rechazan al régimen, aunque sea por temor, compromiso, o por pagar de alguna manera el favor de la ayuda médica, condenan de todas maneras “el bloqueo”. Absolutamente alineados con la posición de la actual administración de Estados Unidos en su política frente al régimen cubano, son muy pocos los gobiernos.

 

Es evidente que, después de más de medio siglo determinando él solo la política de Cuba e influyendo en la de América Latina, Estados Unidos y el mundo, no se verán en el país soluciones definitivas ni cambios trascendentes, en un sentido o en otro, mientras el Comandante siga con vida, sea vestido de verde olivo, ropa deportiva o payama.

 

Y por otra parte, el discurso que reciben los cubanos dentro de la Isla, tanto la élite como los de a pie, provenga del régimen o de sus adversarios internos y externos, sigue pecando de un problema grave: es un discurso poco comprensible. Con razón o sin ella, esos cubanos quieren oír hablar de medicina y educación gratuitas, de solución de necesidades, de mejoría de las condiciones y, también, pero después, de democracia y libertad. Desean lo mejor de ambos mundos. Ya habrá tiempo de aprender lo que realmente es posible, pero por el momento quieren oír algo diferente de lo que están escuchando, y no lo escuchan.

 

Desde Estados Unidos llegan mensajes confusos a la élite cubana, parte de la cual mira al horizonte buscando señales para una solución que aceptarían, que no logran entrever: mientras los máximos jefes de la inteligencia norteamericana reconocen públicamente que Raúl Castro se ha ido consolidando, el Presidente se refiere a reclamos de propiedades confiscadas para “el día después” y deja fuera del juego a los exiliados. Secretarios de su administración hacen referencia a la necesidad de referéndum o a la necesaria condición de elecciones libres y multipartidistas para comenzar un acercamiento, los líderes cubano-americanos electos al Congreso hablan del derrumbe inminente del régimen sucesorio, y los grupos del exilio se mueven desde reiterar el derecho a participar en el proceso hasta la insurrección popular, pasando por llamados a la negociación o consignas tácticas.

 

Los heroicos disidentes dentro de la Isla se ven confusos, y sus iniciativas son muy limitadas e inmediatas. Denuncian continuamente violaciones de derechos humanos, maltratos a los prisioneros de conciencia y golpizas callejeras a los opositores, todo lo cual es una vigorosa, digna y permanente acusación al régimen, pero no acaban de aparecer programas opositores con estrategias y tácticas concretas que puedan ofrecer alternativas efectivas a la población. Con tanto hostigamiento y presiones sobre ellos, las posibilidades de estos heroicos cubanos de generar un pensamiento estratégico positivo de alternativas viables se ha limitado al máximo. Y a pesar de lo saludable y conveniente de la diversidad y el pluralismo opositor, no se alcanza a perfilar una estrategia ni un frente común para avanzar entre la selva del totalitarismo.

 

España, actuando de locomotora política europea en las relaciones con Cuba, se mueve en una indefinición y doblez que resultan muy dañinas al pueblo cubano. Hablando débilmente sobre un compromiso con la democracia y la necesidad de un entendimiento civilizado con el régimen, cuida con esmero sus intereses e inversiones en la Isla, y hace todo lo posible para estar presente en primera fila cuando ocurra “eso” que todo el mundo está esperando.

 

Y América Latina, para no variar, mira hacia otro lado: en el fondo, muchos de sus gobiernos justifican la dictadura y la represión con los argumentos de “los logros sociales”, admirando en secreto la “valentía” cubana de enfrentarse a los Estados Unidos, gesto en el que se ven simbólicamente representados. Castro y Chávez son un peligro y hay que cuidarse de ellos, pero mandan médicos de Cuba y petrodólares de Venezuela, y además, le gritan insultos a Estados Unidos. No es algo para apoyarlos directamente, pero tampoco para mostrar rechazo a los “valerosos”, generosos y pendencieros colegas.

 

Todo esto, visto desde una calle de La Habana, Santiago de Cuba o Santa Clara, con hambre, temor y mal vestido, y sin acceso a la información abierta, es muy difícil de entender. ¡Si ni siquiera en Washington, Miami o Madrid se entiende demasiado claramente! Por eso, la élite preocupada y el cubano de a pie cargado de necesidades, se refugian en sí mismos y tratan de sobrevivir, esperando a ver que pasa: estos siete meses y medio no habrán sido maravillosos, pero resultan un alivio comparado con lo anterior. Y si no se distinguen alternativas en lo inmediato, ¿qué pueden hacer sino esperar?

 

Cuba necesita, imprescindiblemente, cerrar el ciclo de Fidel Castro y abrir el siguiente, que puede ser impredecible en cuanto a su desarrollo, opciones y resultados, pero que se ha convertido en  una necesidad imperiosa.

 

¡Con tantas personas en Cuba y el extranjero sabiendo lo que no desea el pueblo cubano, ni en la Isla ni en el destierro, resulta, sin embargo, extremadamente difícil ponerse de acuerdo o saber exactamente no solamente lo que se desea, sino también la forma de alcanzarlo!