Cubanálisis El Think-Tank

 ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

LAS GUERRAS OLVIDADAS

ANGOLA

 

Diamantes, petróleo y tráfico de armas en un país convertido en un burdel

BERNARD-HENRI LEVY


Bernard-Henri Lévy recorre varias ciudades de Angola: Huambo, Kuito, Porto Amboi... Ciudades destruidas por una guerra civil que dura ya 25 años y que enfrenta a las fuerzas gubernamentales con la guerrilla de la UNITA. Un conflicto sin fin que ha dejado un balance de 500.000 muertos y cuatro millones de desplazados.

El viejo Holden Roberto no se lo puede creer. Esta noche, en Luanda, ha visto, con sus propios ojos, un camión atestado de cubanos y de soviéticos pasar debajo de sus ventanas. Por mucho que le explico que los cubanos abandonaron Angola hace 10 años y que los pocos que se quedaron se convirtieron en dentistas en la Marginal, él insiste. Y casi se enfada. El antiguo combatiente de la guerra de la independencia, el jefe político convertido, con el paso del tiempo, en este pequeño hombre de mirada dulce y formas prudentes y conciliadoras, se lanza a un extraño discurso en el que su glorioso pasado se mezcla con las alucinaciones del presente: la insurrección contra Portugal, la guerra, casi inmediatamente después, contra los marxistas del MPLA que triunfan y le separan del poder y, después, esta sombría historia de los cubanos, sus adversarios de antaño, que está seguro de que vuelven de nuevo, algunas noches, como espectros, por la ciudad.

«Vaya, vaya a ver a las Musseques y ya verá cómo es verdad». Y el viejo león repite, con una voz repentinamente más aguda, que no es nada raro, sí, ver ciertas noches a los locos de Luanda escaparse del hospital psiquiátrico de Futungo. No les dan de comer. Ni de beber. Entonces, saltan el muro, los pobres locos. Y se encuentran en el corazón de la ciudad, desnudos, incoherentes, buscando en las papeleras y en los cubos de basura. ¿Y qué hacen los cubanos? Persiguen a los locos de Futungo y los matan con un disparo de pistola con silenciador en la cabeza.

Dicho lo cual, cambia de nuevo de registro y, con mucha calma, casi solemne, saca de su bolsillo la edición del día de la Folha, en la que me muestra, en una esquina de una página interior, un pequeño artículo titulado O grido do vielho (el grito del viejo), apelando al cese de los combates. Yo soy el viejo, dice, como disculpándose. Hay dos viejos en Angola. Jonas Savimbi, mi aliado de antaño, al que siempre se le llama o mais Velho y yo. ¿Quiere que le cuente la guerra de Angola? ¿Quiere que le cuente los 15 años de la guerra de liberación y, después, los 25 años de la guerra entre angoleños, con el MPLA de un lado y, del otro, la UNITA de Savimbi, que se niega a declararse vencido y sigue luchando desde la selva?

Como es lógico, fui a las Musseques de Luanda. Fui al mercado del Roque Santeiro, en los arrabales leprosos de la ciudad, donde vi, no a los locos, sino a los cojos, a los mutilados, a las prostitutas de 10 años, a las bandadas de niños de la calle, que duermen en chozas de cartón, a mujeres con cabeza de gárgola y a hombres que ya no tienen rostro. Vi, en esta ciudad rica, que nada en el maná del petróleo y de los diamantes, inmuebles tan destartalados que ya no tienen agua corriente y en los que los huecos de las escaleras sirven de retretes. Pero, como es lógico, ni rastro de los cubanos ni de los soviéticos, esos espectros que atormentan la imaginación del viejo de la guerra de Angola. Luz de estrellas muertas. Inercia de luchas pasadas. Guerra antigua. La más antigua, en cualquier caso y, con la guerra de Sudán, la más mortífera de las guerras contemporáneas. Y un sentimiento general de que los muertos mandan a los vivos y que son los espectros los que programan y almacenan los cadáveres. 500.000 muertos. Cuatro millones de desplazados. ¿Por qué?

HUAMBO

Me acuerdo de Dominique de Roux, en el hotel Avenida Palace de Lisboa y, después, en la torre de control del aeropuerto de Lusaka (Zambia), donde permanecía días enteros escudriñando el cielo africano a la espera del avión de Savimbi, su héroe: Huambo... Huambo... El presidente llega a Huambo... El presidente se va de Huambo... Sólo tenía este nombre en la boca. Huambo era la capital de su Mao africano... era su Yennan, su base roja... y no podía pronunciar su nombre sin un visible y apasionado placer... De ese Huambo, de la antigua Nueva Lisboa que Savimbi y su UNITA perdieron casi inmediatamente, sólo queda una estación abandonada con trenes de vapor que datan de comienzos de siglo y el edificio de la compañía de los ferrocarriles, también abandonado. ¡Hace 20 años que ningún tren ha entrado en la ciudad sitiada! ¡Y 20 años que ningún tren ha salido!

Quedan también casas coloniales, rosas y floridas. Entre ellas, la del propio Savimbi, reventada por una bomba, con la escalera central todavía en pie, buganvillas sin podar que caen sobre las ruinas. Y quedan mutilados. Ruinas y mutilados. ¿Cuántos mutilados hay, tras 20 años de guerra, en Angola? ¿Cuántos muñones infectados y repletos de úlceras? ¿Cuántos cuerpos contrahechos, deformados, terribles, que llenan las calles de Huambo y de Luanda? Nadie sabe nada. El Gobierno pasa ampliamente del tema y nadie sabe nada.

La ciudad sigue estando rodeada por las fuerzas de la UNITA que siguen acampadas a sus puertas. Por eso llegué a Huambo en avión. No en el vuelo de la Sal, la compañía nacional, que sólo despega uno de cada dos días, sino en uno de esos Beechcraft, gestionados por compañías privadas, pilotados por sudafricanos o por ucranianos y que, aunque tengan la carlinga podrida, la puerta desvencijada y los instrumentos de a bordo rotos, a pesar de que tienden a transportar todo lo que en el país hay de traficantes, verdaderos y falsos técnicos en prospecciones de petróleo y de diamantes, buitres de toda calaña y condición, presentan al menos la ventaja de despegar casi todos los días.

La auténtica dificultad es el aterrizaje. Hay que evitar, en efecto, los Stingers de la UNITA, que están allí, en la selva, en el límite del perímetro de seguridad y que abatieron, uno tras otro, el año pasado, a dos Hércules C-130 de Naciones Unidas. Pero Joe, el piloto, le tiene tomado el tranquillo al asunto. La jugada consiste en subir rápidamente hasta los 20.000 pies y, sobre todo, permanecer a esa altura el máximo tiempo posible, hasta que está seguro de estar casi encima de la pista de aterrizaje y, entonces, descender de golpe, casi en picado, levantando el morro del aparato sólo en el último minuto. Y todo ello, guiado por el instinto, porque el aeropuerto de Huambo, como todos los aeropuertos angoleños, hace tiempo que no dispone de torre de control.

«Escuche eso», dice el piloto, con una sonrisa feroz en los labios, mientras apaga los motores. Escucho, pero no oigo nada, ensordecido por la brutalidad del descenso. «Creo que están efectuando un ataque contra el aeropuerto». Y, en efecto, no se equivoca para nada. Como todos los tipos de su especie, como todos los mercenarios del aire que pasan su vida surcando el cielo angoleño, es todo oídos y narices, una agencia de prensa él solito.

Y, nada más llegar, me cuentan que acaba de haber una ataque, en el barrio de Santa Ngueti, un ataque de la UNITA o de los disidentes de la UNITA, o de militares hambrientos haciéndose pasar por militantes o por disidentes de la UNITA. Lo único seguro es que los asaltantes surgieron de la selva como por arte de magia y reunieron a la gente del barrio, que su jefe les dio un discurso y que los paisanos comenzaron a llevarles cosas: sal, pan, maíz, mandioca, agua...

En la propia Huambo se palpa la emoción. No tanto a causa del ataque contra Santa Ngueti, sino por culpa de la presencia en la ciudad de otro destacamento de soldados gubernamentales, que llegaron la víspera para ir a «restablecer el orden» más al sur, por la zona de la Sierra do Chilengue. Mira que son raros también éstos. Dicen que están aquí para poner orden, pero deambulan por terreno conquistado, recorren las calles a toda máquina en sus jeeps, se concentran en la plaza General Norton de Matos, enfrente del palacio del gobierno y, uno de ellos, el mejor vestido, sin duda el jefe, grita a pleno pulmón que tiene sed, se sirve en el puesto de un vendedor de legumbres y de refrescos, me toma por un voluntario y me grita: «¿Por qué esta ayuda para los rebeldes? ¿Y nosotros? ¿Por qué nosotros vamos a ser diferentes? ¿O es que nuestros hijos no tienen la malaria?».

Y después, desnudando el torso y blandiendo su arma, dice que ha llovido, que está calado y que alguien tiene que secarle su camisa. «Disculpe», dice el comerciante de refrescos, «no es un angoleño, es un sudafricano». ¿Un sudafricano al servicio de Luanda y del Gobierno? Por un instante, como Holden Roberto, pienso en el tiempo en que los sudafricanos estaban del lado de Savimbi y formaban sus mejores batallones. Pero eso era la otra Sudáfrica, la del apartheid y de los escuadrones de la muerte en los townships de Johannesburgo. Era la otra época, la de la guerra fría y del gran enfrentamiento planetario, en el que Angola era uno de sus teatros. Cómo pasa el tiempo...

KUITO

Quería ir a Kuito por carretera, desde Huambo. Aproveché, pues, un convoy de camiones que remontaba por Lobito, en la costa, con una cargamento de troncos y de agua en paquetes de plástico. «Esto funciona», me dice el conductor del camión de cabeza. «Por poco que me paguen el riesgo que corro y, si no me piden rodar por la noche, es suficiente para mí, porque tengo que ganarme la vida». Hemos estado esperando una hora, al norte de la ciudad, a que abriese el depósito de gasóleo de la Sonangol. Porque, en Angola, segundo productor de petróleo de Africa y sexto productor mundial, no hay gasolineras.

Necesitamos otras dos horas para llegar a Vila Nova, a 30 kilómetros más al este. Una buena carretera sobre el mapa, pero, en realidad, llena de baches, de desvíos incesantes a través de los campos que huelen a perfume de la cosecha podrida y, seguramente, por entre minas. Y con nervios también, cuando el convoy circula demasiado lento, porque, como todo el mundo sabe aquí, es cuando los ladrones tienen más facilidad para encañonar al conductor y asaltar la carga que lleva.

«¿Tienes miedo?», pregunta el chófer. «No temas. Llevas una buena chaqueta. Se llevarán tu chaqueta, no tu vida». Una hora más de camino para hacer los otros 10 kilómetros y llegar a Bela Vista, donde nos detiene, esta vez de verdad, un oficial, que dice que se está luchando más al este, en Chingar y que, de todas formas, el puente está roto. ¿Cuánto tiempo de espera? No lo sabe. Vuelvo a coger mi coche, que se había quedado en la retaguardia del convoy y, finalmente, llegaré a Kuito por avión.

Me lo habían advertido. Marjolaine Martin de UNICEF, Tamara Golan, embajadora de Israel, el líder de UNITA Jaka Jamba, todos me lo habían dicho: «Kuito es Sarajevo, es Mostar, es la ciudad mártir por excelencia, la ciudad más destruida de Africa. Ya lo verás, es atroz». Pero hay mucha distancia entre lo que me dicen y lo que veo. Hay todo un mundo entre las cifras (dos guerras, 21 meses de sitio, hasta 1.000 obuses por día). Muros ennegrecidos por los incendios, montones de ruinas, pobre gente que ha venido a la calle principal, por donde pasaba la línea del frente, donde ahora viven amontonados en casas de cartón y de planchas de madera.

Hay todo un mundo, sí, entre la idea de que, en plena guerra de Bosnia, en la época en que tenía los ojos fijos, como tantos otros, sobre el calvario de Sarajevo, otra ciudad agonizaba y sus más bellos edificios, como el hotel Kuito, o el arzobispado o los cinco pisos del edificio de la Gabiconda, quedaban reducidos a su más puro esqueleto de cemento, y la imagen de estas calles devastadas, sin agua, sin electricidad, por las que sólo circulan vehículos del Ejército, los 4x4 de las organizaciones humanitarias y, por la noche, policías hambrientos, borrachos, que parecen dispuestos a todo por abandonar lo que, a su juicio, se ha convertido en el mismo infierno.

«Hola, patrón», me dice uno de ellos, con una llama de esperanza en la mirada. «¿Me das una gaseosa?». Y después, haciéndose amigo: «¿Conoces gente en Huambo o en Benguela? ¿Me puedes hacer cambiar? Aquí hace demasiado calor».

Hizo falta mucha energía para llegar a este nivel de destrucción. Hizo falta no sólo energía, sino mala voluntad y maldad, pero también muchas armas, muchos obuses, muchos tanques disparando, durante muchos días, por encima de la avenida principal. Esta guerra es quizá una guerra de pobres. Es seguramente una guerra de piojosos y sarnosos, porque sólo veo piojosos y sarnosos desde que estoy aquí. Pero es también una guerra de ricos. Es una guerra que, en cualquier caso, huele a dinero de los traficantes de tanques y de cañones.

Se dice que sólo la explotación de las reservas petrolíferas del norte del país reporta al presidente Dos Santos 1.000 millones de dólares de bonus al año. Se dice también que la explotación de diamantes de los Lundas reporta la mitad a Savimbi. Y, sobre todo, se dice que este dinero es reinvertido, en un 60% en un caso y en un 80% en el otro, en armas. ¿Cómo no pensar que es este dinero el que le confiere este olor tan especial a las ruinas de Kuito? De vuelta a Luanda, me entero de que, en París, sólo se habla de una eventual implicación del hijo de Mitterrand, y de algunos otros, en una enorme venta de armas con destino a la maldita y jugosa Angola. ¿Por qué no vienen, como penitencia, a contemplar, en Kuito, los frutos de su comercio?

PORTO AMBOI

Esta vez, por carretera hasta el final. Me hablaron de grupos afiliados a la UNITA que operarían en el norte, en torno a Calulo. También me hablaron de movimientos de población por causas indeterminadas en la región de Ebo, más al sur. Pero esta carretera, la ruta que bordea el mar y, después de Porto Amboi, desciende hasta Benguela, un padre dominico que la suele hacer con regularidad me dice que es segura. El puente sobre el Cuanza está en reparación, pero se puede pasar. Un control, el único, donde parlamento un poco, pero donde se contentan con anotar el número de mi matrícula. El río Perdizes. El Muengueje, un parque natural repleto de leones y de elefantes, que el presidente le regaló a su jefe del Estado Mayor. Otro río, el Longa, en uno de cuyos remansos en la selva se encuentra la UNITA, pero en el que no veo a nadie. Y, por fin, Porto Amboi, una bella ciudad colonial, repleta de árboles con flores y, sin embargo, sumergida en un clima de olor indefinido a basura y a abandono, que flota sobre toda Angola.

«Es demasiado tarde», me dice el dueño del hotel, un viejo portugués con la voz ronca de canceroso y la barbilla de mosquetero, que fue, en los años 70, uno de los primeros progresistas blancos que se unió al MPLA. «Es demasiado tarde. Tuvo que haber venido hace 15 años, en la época en que la frontera entre los dos mundos pasaba por aquí, por Porto Amboi. Estábamos contentos por estar en la vanguardia. Estábamos orgullosos. Cuando íbamos a Amboi ciudad, atravesando los campos, sabíamos que arriesgábamos la vida, pero era por la buena causa, mientras que hoy...».

Suspira, baja la voz y, con sus dedos deformados por el reuma, hace el gesto del prestidigitador que constata la desaparición del conejo: «Hoy, ya ni siquiera hay carretera para ir a Amboi ciudad...».

Tenemos que buscar la antigua carretera de Amboi ciudad. Encontrar y remontar la antigua vía férrea, abandonada también ella, como en Huambo, que penetra tierra adentro. Una carcasa de vagón. Otro en el que todavía se puede leer: ano de construçao 1983. Un trozo de muro de cemento: Prohibido urinar aqui. Raíles tan oxidados que tienen el color de la laterita roja de la pista. Otros que han sido robados. Sólo quedan algunas traviesas, ya tragadas por la tierra y las hierbas. ¿Robados para qué, Dios mío? ¿Qué han podido hacer con trozos de raíles robados en la vía férrea de Porto Amboi? ¿Armas? ¿Materiales de construcción? ¿Utensilios de cocina? Chabolas.

En una aldea, en la que veo a media docena de viejos ocupados viendo cómo arde una tienda, me aseguran que estoy en zona de UNITA. Y otra media docena, más lejos, que me dicen que no, que de ninguna manera, que estoy en zona gubernamental. Y así sucesivamente, durante una decena de kilómetros.

Me detengo. Primero porque la pista se distingue cada vez menos de la selva que la rodea. Pero también porque creo que será lo mismo más lejos, siempre y todavía lo mismo: la misma devastación, la misma impresión de país de locos, un espacio desmembrado, lunar, donde lo único que se ve por todas partes son las huellas de la guerra, pero por ninguna parte su lógica, su sentido, o un signo de que está llegando a su fin.

De vuelta a Porto Amboi, vuelvo a ver al viejo mosquetero, sentado en la baranda de su hotel, perdido entre sus cóleras y su nostalgia. Vuelvo a ver las flores de los árboles, pero la ciudad me parece muerta. No sólo melancólica y fúnebre, sino muerta, realmente muerta, humanidad residual, tumba para los últimos soldados perdidos de dos ejércitos hechos añicos, final de la partida. ¿Es por esto por lo que vine hasta aquí? ¿Para este espectáculo de muerte hice todo este camino?

Quizá sí. Quizá una ciudad tenga varias formas de morir. Lo confirma la guerra de Angola. La manera de Kuito, es decir, Sarajevo. Pero también la de Porto Amboi: desastre dulce, agonía lenta y sin sobresaltos, la vida tragada por la muerte, los vivos vinculados a los muertos que los devoran.

Una ciudad es un centro. Un centro que, por principio, tiene una periferia que vive de él y del que se alimenta. Si la periferia se consume o si el centro se muere y se repliega sobre sí mismo, se rompe todo el equilibrio y el encanto de una ciudad. La ciudad es como un organismo vivo. La ciudad crece, se desarrolla, se infla incluso, como Porto Amboi, con decenas de miles de refugiados amasados en los antiguos inmuebles portugueses, pero su gordura es como la de los quistes: llenos de vitalidad maligna. Las ciudades angoleñas ya no son ciudades sino quistes en cuerpos muertos. La UNITA y el MPLA reinan sobre quistes y sobre cuerpos muertos.

Me doy cuenta de algo extraño. Desde que estoy aquí no he caído todavía sobre un control de la UNITA. Habitualmente, los controles son importantes. Son los mojones de la guerra. Habitualmente, es la principal forma de afirmar el poder, de limitar el territorio y de sacar dinero. Pero el hecho es que en las rutas alrededor de Porto Amboi, Huambo y Luanda, no los he encontrado.

Puedo pensar, lógicamente, que no he ido lo suficientemente lejos y que si hubiera llegado a Amboi... o si me hubiese metido en la selva del Moxico, en la frontera de Zambia y del Congo... O si hubiese continuado con mi convoy de agua y de troncos...

Pero quizá sea éste uno de los signos distintivos de esta guerrilla, su estilo. Quizá la gran habilidad táctica de los hombres de Savimbi consista en no estar en ninguna parte para estar en todas, no ser jamás visibles para ser siempre una amenaza. «¿Para qué queremos colocar controles?», se burla Abel Chivukuvuku, viejo compañero de Savimbi y el que le representa en Luanda (porque ésta es otra rareza de esta guerra: hay gente de UNITA, auténticos fieles, no traidores ni reconvertidos, que, desde 1994 y tras los acuerdos de Lusaka, viven, con total tranquilidad, en Luanda...), «¿para qué caer en esa trampa, cuando es mucho mejor ser como somos, inalcanzables?».

Más aún, quizá estemos tocando aquí, incluso más allá de la UNITA, uno de los rasgos distintivos de esta guerra. Se dice: «La UNITA tiene esto» o «el Gobierno tiene aquello». ¿Eso significa realmente «tener»? ¿Quién tiene qué y por qué? ¿Y si la ley fuese que ninguno de los beligerantes «tenga» precisamente nada? ¿Y si se tratase de una guerra de nuevo cuño o, al contrario, muy antigua, que tuviese otros objetivos que el gobierno de un territorio?

Un signo que no falla: el estilo de las operaciones de la UNITA. La ocupación, por ejemplo, el otro día, del aeropuerto de Benguela: durante tres horas y, después, se fueron. O el ataque, el pasado mes de enero, al barrio de Chihongo, al norte de Menongue: dar un golpe, demostrar que están ahí, desvalijar el centro de salud, pero sobre todo no quedarse, no intentar establecer una cabeza de puente o una base, volver rápidamente a la selva.

Otro signo: la manera en la que el propio Gobierno administra las zonas que conquista y pretende controlar: «El 90%», dice la prensa de esta mañana. «El Gobierno controla el 90% del territorio...». Bien, pero ¿qué es lo que controla? ¿Los municipios o sus capitales? ¿Es controlar tener que esperar seis meses para enviar administradores a Baidulo y a Andulo, las dos plazas fuertes de los rebeldes, retomadas por Savimbi?

En Luanda se dice: «Luanda es la capital, Angola es el paisaje». También se dice: «El presidente Dos Santos hace 10 años que no sale del palacio». Una forma de decir que, para este ex campeón del progresismo revolucionario, para este marxista, para este heredero de los grandes combates y de las ideologías del siglo, hay dos países: un país útil que se limita a Luanda, a unos cuantos trozos de costa, a las zonas petrolíferas, y que es una especie de país off shore, confiado a Elf, Exxon, BP-Amoco, y, después, el resto, todo lo demás. Dicho de otra forma, la propia Angola, que, para él, sólo tendría la incierta existencia de las sombras.

Una guerra rara. Rara en el campo de batalla y en el terreno controlado por cada cual. Ya no se trata de este trozo para ti y este otro para mí. Se trata de un espacio inmenso, casi indiferenciado, víctima de una lepra lenta, en el que no terminan de entrecruzarse ejércitos de soldados perdidos, cuyo verdadero objetivo no es ganar, sino sobrevivir y matar.

CUANGO

Provincia de Lunda norte. Esta famosa zona diamantífera que supuestamente se están disputando los dos ejércitos rivales de la UNITA y del MPLA. La primera sorpresa es el avión. Mientras la llegada a Huambo y a Kuito había sido tan accidentada, cuando, en todas partes prevalece la ley del descenso en picado, este avión se acerca tranquilamente y se posa sin problema alguno. Como si, por vez primera, no temiese a los misiles enemigos.

La segunda sorpresa es la propia Cuango. La calle principal de la ciudad está viva y llena de ruido. Poblada por una multitud de negros y de blancos mezclados, traficantes belgas, intermediarios israelíes o libaneses, pilotos ucranianos, agentes de la De Beers o de la compañía nacional Endiama, mercenarios, viajeros. Y de pronto, en medio de este decorado de far west, apostado ante mi pensión, veo llegar por el fondo de la calle una compañía de soldados gubernamentales desarmados y harapientos, y, por la otra punta de la calle, otra tropa, casi idéntica, con los mismos uniformes hechos añicos, pero que pertenece a la UNITA. ¿El MPLA y la UNITA en la misma calle? ¿Por qué no luchan?

Y la tercera sorpresa. Las propias canteras. Por fin, las canteras. Es la gran palabra para este grupo de hombres semidesnudos, de pie en medio de la corriente del río, con una cuerda entre los dientes, las manos quemadas, los ojos casi cerrados por el sol, que, bajo la atenta mirada de un destacamento armado de la UNITA, excavan la arena y la pasan por el tamiz. Y más lejos, a dos o tres kilómetros, la compañía de la brigada minera, dicho de otra forma, el Ejército del MPLA, que vigila a otro grupo de excavadores que se turnan sobre un tronco en el río, desde el que se sumergen en el agua sucia, con una barra y un tamizo en la mano y una cuerda amarrada a la cintura.

«Es su sorpresa la que me sorprende», me dice Pierre, el empresario belga que ha fletado el Antonov en el que hemos llegado y cuyo oficio consiste en representar a los excavadores independientes ante una gran compañía extranjera. «No tiene nada de sorprendente. Así es a lo largo de todo el río. ¿Por qué iban a pelearse aquí la UNITA y el MPLA? ¿Qué ganarían con ello? Imagine por un instante que el Ejército lanzase un solo tiro sobre el grupo de garimpeiros protegidos por la UNITA. Sería un desastre también para ellos. Los proyectores del mundo dirigidos sobre la región. Sin hablar de la respuesta de la UNITA, que les impediría trabajar también a ellos».

En definitiva, una zona extrañamente tranquila. La única en la que no encuentro señales de enfrentamiento alguno. Es la última paradoja de esta guerra. Se lucha, sí, y con mucha perseverancia, por doquier donde sólo hay miseria, desierto, aldeas 50 veces saqueadas, ciudades muertas, paisajes exangües. Pero allí donde hay riqueza, en el cuerno de la abundancia que son las Lundas, se impone la no-guerra y el reparto fáctico del territorio.

De un lado, los excavadores. Habría que decir, los forzados. Una masa de personas, llegadas de todas partes, por camiones enteros, desde Zaire. Comienzan por quitarles los zapatos. Después, los papeles. Y cuando ya no tienen ni zapatos ni papeles, cuando son ya los pies descalzos sin identidad alguna, cuando saben que pueden morir, ahogarse, tener los tímpanos explotados, no volver de sus inmersiones, cuando están seguros de que el barro puede enterrarlos sin que nadie, en ninguna parte, se preocupe de su existencia, entonces se firma el pacto demoniaco. Para los que tienen más suerte, cada mañana, el equivalente de un día o dos de pesca milagrosa.

Para los demás, la mayoría, que se endeudaron para montar lo que llaman su proyecto, una piedra de vez en cuando que les servirá para devolver el dinero que les prestaron. Y ni siquiera las más bellas ni las más brillantes que les corresponden, por derecho, a los protectores. Y si un desgraciado intenta hacer trampas, si tiene la tentación de meterse una piedra en el culo, la reacción es terrible: castigo al canto y, a veces, muerte para los ladrones.

Y del otro lado, la chusma. Pero una chusma de doble rostro, una chusma indescifrable. Algunos son de la UNITA. Otros del MPLA, que aprovechan estar destinados en las Lundas para establecerse por su cuenta, montar su propio proyecto o crear, con la complicidad de los generales, sus empresas de seguridad o de aviación. Para un soldado, ser enviado a las Lundas es la lotería de su vida, la ocasión que no dejará pasar. Existe, en Luanda, todo un juego de influencias, una red, un tráfico de falsos documentos, una mafia, oficinas y amigos que ayudan a forzar el destino. Se habla de destacamentos enteros que, apenas llegados, se habrían deshecho, fundidos en la naturaleza, volatilizados. La versión oficial dice: «Muertos en combate». O «secuestrados por la UNITA». O simplemente «desaparecidos». Y, en cierto sentido, es verdad. Porque todos estos hombres secuestrados por las Lundas, sumergidos entre sus meandros de crimen y miseria, estos oficiales criados en el marxismo y que terminan así haciendo el oficio de guardias de prisioneros y de traficantes de esclavos, ¿no son los más perdidos de todos los soldados perdidos?

La chusma contra los forzados. Los dos enemigos jurados unidos en un abrazo macabro, cuyo precio pagarán los condenados de la guerra. ¿Es éste el sentido último de esta guerra? ¿Su última y sórdida verdad? Vuelvo a pensar en Holden Roberto. Vuelvo a pensar en Dominique de Roux. Vuelvo a ver a este activista, a este soñador, que era capaz de inyectar un poco de alba y de ideas en medio de este burdel. Pienso en los capitanes portugueses de abril, en esos rojos que creían ver en el horizonte, también ellos, una claridad celestial en medio de esta mierda. ¿Qué dirían de esta desbandada y de este caos?

El Mundo, España, 2001