Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

República y Rebelión

 

-I-

 

A través de la historia de Cuba la mera existencia de los Estados Unidos permaneció como el hecho más importante en su vida nacional. Ni con el mejor deseo del mundo, podría haber sido de otra manera; solamente por razones geográficas, los Estados Unidos eran simplemente muy grandes y estaban muy cerca para ser ignorados. Así, Estados Unidos se transfigura en un factor de peso en la política interna y externa, todo ello gesta la ideología de las vanguardias política e intelectual y diseña su ultra-nacionalismo.

 

La época republicana no consigue ajustar definitivamente las instituciones y maquinarias administrativas imprescindibles al orden político de una estable nación. Una gran parte de la población creía vivir en una nación nueva y en realidad las cosas seguían como antes. La República se debatirá entre el reformismo de los profesionales y el liberalismo estudiantil e intelectual, sin llegar a parir el acto de fusión nacional que había tenido lugar en las guerras independentistas. 

 

Cuba clasifica en lo adelante como un país fundamentalmente agrario y mono-exportador, dependiente del comercio exterior, de gran explotación cañera y agrícola, de escaso desarrollo industrial con intentos de diversificación agro-minera. Coronando esta compleja urdimbre económica, política y social se halla el delicado y extenso problema racial. Dependerá además de un elevado volumen de importación de alimentos, con una industria constructora artesanal y un parque de transporte obsoleto, puertos sin mecanizar y carencia de una red de almacenaje, de técnicos e investigadores. Los momentos favorables fueron producto de tendencias alcistas en los precios del azúcar, y por ello, la producción azucarera conformará los planos socio políticos de las luchas internas.

 

Es innegable que los tratados comerciales cubano-americanos, con sus tarifas preferenciales conceden al país un margen de beneficios en comparación al resto del continente. Es innegable que áreas de la sociedad cubana se beneficiaban con esta relación, como la salud, educación, transporte, comunicaciones, urbanización, consumo. Estas relaciones económicas y comerciales contienen, sin embargo una distorsión, pues la economía cubana sería de tipo abierto sin la necesaria estructura exportable, que compense las insuficiencias en materias primas industriales y bienes de consumo.

 

Una élite azucarera, la "zacarocracia", se halla a horcajadas sobre el engranaje político‑militar, con sus "generales y doctores".  La zacarocracia se inclinará a sus propios intereses sectoriales y los gobiernos republicanos serán muy débiles para contrapesar la tendencia azucarera. La extensiva propiedad de caña y ganado, resultará altamente rentable; pero en este proceso de concentración de propiedad y capital los pequeños industrialistas azucareros pasarán a ser colonos agrícolas.

 

A principios del pasado siglo, la industria azucarera cubana comenzó una etapa de auge que fue prolongada por la primera guerra mundial. La república ostentará un ingreso anual promedio y percápita en varios renglones excelente para su época.  Para 1915, no existía nación en el planeta, con un territorio y población análoga a la de Cuba, dos millones de habitantes, que produjera más económicamente, y la mayor concentración de capital norteamericano en Hispanoamérica, $1,500 millones de dólares. Así, en un período tan temprano como fines del siglo 19 e inicios del 20, Cuba, conjuntamente con Argentina, Chile y Uruguay, culminó el ciclo de urbanización, aparejándose a la de los países más desarrollados del planeta.

 

La política cubana en el siglo XX, en esencia, fue una continuación del viejo esquema instaurado por el absolutismo europeo y el caudillismo ibérico, de los dogmas de la contrarreforma y de una burocracia militar encabezada por hombres fuertes, rémoras de los capitanes generales. Este cuadro, rasgo permanente de la historia social cubana, dio lugar a movimientos y lideres sin la clara definición filosófica y la consecuente fragmentación de las oposiciones ante los caudillos de turno. El órden político republicano, con sus vacas gordas y flacas, sus conflictos entre derecho y realidad, justicia y eficacia, no consigue ajustar definitivamente las instituciones y maquinarias administrativas. Las únicas estructuras sociales de carácter nacional en el país serán los sindicatos, el ejército y la iglesia católica. 

 

Los partidos y organizaciones políticas que se prohijan, nunca resultan sólidas maquinarias democráticas, con claras filiaciones filosóficas o ideológicas. La potencia económica azucarera proyectará su incultura y caudillaje sobre la vida republicana y castrista. La malformación histórica, reproducida una y otra vez, será la de los grupúsculos, "elitizados" a una figura carismática que manipulará los partidos políticos y el poder; diseño que se repetirá incluso en los movimientos opositores internos y los del exilio.

 

El caudillismo, la inestabilidad institucional y política, el bloqueo estructural de las relaciones agrarias y la deformación económica durante la República responden al eje azúcar-Washington. Esta deformación encontraría en la fuerza una forma de coartar la libre expresión de la voluntad popular, culminando en las crisis institucionales ante un patriarcado de caudillos militaristas: Alfredo Zayas, Mario G. Menocal, Gerardo Machado, Fulgencio Batista y Fidel Castro. Finalmente, el totalitarismo castrista sustentó sus bases en el complejo agro-industrial azucarero que favoreció la ultra-centralización en todos los órdenes.

 

Una parte de la clase capitalista republicana, sobre todo la del interior, reconoce el callejón sin salida de este camino azucarero y realizará sus ensayos de reforma económica y política, como los del primer período del general Gerardo Machado, donde se buscará desarrollar una industria nacional. Esta gestión de establecer una economía cooperativista bajo regulación estatal, la extensión de la seguridad social, una masiva política de empleo, lo llevó a un conflicto directo con Washington y con aquellos sectores nacionales que defendían la conexión con Estados Unidos.

 

El gobierno del general Machado será uno de los pocos en la historia moderna que cae como resultado directo de una huelga general obrera. Ni en los países donde se conformaran gobiernos marxistas, el poder fue tomado por una acción conjunta, espontánea y masiva. Lo paradójico será que los sectores nacionalistas y la llamada izquierda se proclamasen anti-machadistas desde el primer momento. En la "revolución del 33", este sector jugaría en el mismo bando que Washington.

 

El dilema resultaba apoyar a un dictador nacionalista el cual quebrantaba la secuencia electoral democrática. Otra de las ironías resultó que su fórmula política y económica era la correcta frente a la economía norteña. Así, el primer intento serio de nacionalismo económico y social, por su vulnerabilidad dictatorial, fue destruido con facilidad, emergiendo como institución decisiva el ejército de la república. La revolución de 1933 fue también, como todas las que tuvo Cuba, un movimiento en el cual los intelectuales no desempeñaron papel alguno.

 

Más que levantamien­tos populares tendrán lugar planes y golpes ejecutados por organizaciones con relativa influencia en la población. Este cuadro era un rasgo permanente de la historia social cubana que dará lugar a movimientos y líderes sin la "clara" definición filosófica y la consecuente fragmentación de las oposiciones ante los caudillos de turno. Pero siempre, durante todo este largo proceso de nuestra historia, una élite económica primero, una avanzada revolucionar­ia después y finalmente una juventud de embestida, habían creado dentro del país una presión interna que ciertamente debilitaba al opresor de turno.

 

La actuación femenina en la lucha contra el general Machado, y su participación en el programa de gobierno provisional propuesto por la agrupación política universitaria Directorio Revolucionario Estudiantil en l933, y en la conformación del comité gestor del partido Auténtico llevó a la aprobación del sufragio femenino en 1934, uno de los acontecimientos más revolucionarios de su época.

 

El ciclo político de populismo gangsteril, pillaje del tesoro público, y nepotismo fue roto en los años treinta por una revolución guiada (algo inconcebible) por estudiantes y oficiales subalternos del ejército. Pero lo que siguió, si marginalmente más democrático, era profundamente desalentador. El período de 1933 a 1936 fue caótico; el patriarcado político cubano dio muestras de ineptitud para enfrentar la crisis que produce la salida del general Machado. En 1933 se sucedieron nueve personajes en la presidencia del país, comenzando con Alberto Herrera y Franch, Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, y la Pentarquía de Sergio Carbó, Ramón Grau San Martín, Guillermo Portela, José Irisarri y Porfirio Franca.

 

A fines del año 1933 Grau asume la presidencia para ser reemplazado por Carlos Hevia, el cual será presidente por 48 horas, un récord cubano si no mundial. El coronel Carlos Mendieta cerrará el año, pero será sustituido por José Barnet, y este a su vez por Miguel Mariano Gómez. Finalmente, Federico Laredo Brú pudo mantenerse en el cargo hasta ver firmada la nueva Constitución, y convocar las elecciones que llevaran al coronel Batista a la presidencia. Posando como izquierda democrática, los presidentes Grau, y Prío Socarrás nada hicieron para detener la corrupción. Por eso, cuando el general Batista tomó el poder en vísperas de las elecciones de 1952, pocos que pensaron que valía la pena defender la constitucionalidad.

 

En 1940, bajo la sombra del flamante caudillo Batista, tuvo lugar la revolución constituyente que re-adaptó para la Isla el New Deal usamericano. Parecía que la república, por fín, era capaz de borrar, mediante un ejercicio ideo-jurídico, los cuatro siglos de coloniaje español. Pero esta partidocracia republicana, con su estela de panfletistas a lo Jorge Mañach, no logra elaborar una verdadera filosofía política con un credo social y económico nacionalista e integracionista. 

 

El retablo político de los partidos y líderes cubanos que surgen al calor de la violenta revolución de 1933, la Constitución de 1940, la plataforma de los partidos políticos Autentico, y Ortodoxo, la vanguardia estudiantil de posguerra y los grupos revolucionarios gangsteriles conformarían las bases ideológicas, el pragmatismo de Castro, en mayor medida que Karl Marx o Vladimir Lenin. La reforma agraria ventilada en la doméstica conflagración de 1933 y plasmada parcialmente en la Constitución de 1940 (al calor del agrarismo mexicano), es soslayada luego por Castro quien, al polarizar el agro entre obreros agrícolas y extensas granjas estatales, culmina el quebrantamiento de la pequeña y media propiedad iniciada por el presidente Machado.

 

En cuanto al propio general Batista, aunque fue una vez un presidente razonablemente decente, en su período de 1940 a 1955, sin embargo, en 1952 se había vuelto crecientemente autoritario. Esta desagradable combinación finalmente preparó a los cubanos para un cambio radical; era simplemente un asunto de que surgiera un líder que los guiara.

 

-II-

 

Es definitivo que desde 1933 se acelera la dinámica por cristalizar una cultura y política autónoma que perfile la aún no lograda identidad nacional. La generación que madura y sale a la palestra política tras la posguerra, presenta características diferentes. Es un período vacío en el orden de la creación intelectual, cuyas contadas figuras acuden a lo apolítico. La vanguardia política de los partidos del momento, por tanto, cuajaría en medio de la violencia que preña tal época, envuelta en un sentimiento de subestimación al producto intelectual. 

 

Cuba no era una colonia económica yanqui, ni siquiera una neo-colonia;  a medida que se adentra en el siglo XX las inversiones usamericanas disminuyen drásticamente, tanto en volumen como en su relación con la totalidad de la economía, sobre todo en la agricultura (cañera en especial) al punto que de  $1.300 millones en 1925 se reduce a $500 millones en 1940. El porcentaje del azúcar cubano en la economía norteamericana desciende en flecha del 52 % en 1929 al 24 % cinco años después.

 

El sector poblacional que dependía de la agricultura sólo totalizaba el 30 % con una producción eminentemente comercial, confirmando que su economía no era de subsistencia. Su red comercial movía un volumen de $2,500 millones anuales, con 2,340 industrias que producían $1,000 millones anuales. La capitalización industrial e inmobiliaria se elevaba a $12,000 millones, y el 86 % del capital total invertido en la Isla era cubano.

 

Durante la época republicana el sector agro-industrial no puede delinear una maquinaria cultural, política, financiera y comercial que desviase los rumbos fuera del círculo vicioso creado por la conjugación mono-producción con el mono-mercado. La clase media urbana estaba desconectada de la plutocracia azucarera y pugnaba por la diversificación económica y la ampliación del mercado interno, pero no contaba con un ideario que resolviera el cuadro de la nación cubana.

 

La década cincuen­ta gesta la más extensa clase media consumidora, al sur del río Bravo, en términos proporcionales, con capas asalariadas ostentando altos ingresos, esta clase media se hallaba escindida en dos vertientes: colonos rurales y profesional­es urbanos. Si bien se hallaba muy por encima de sus homólogas en casi todo el continente latinoamericano, en nivel de vida, consumo y profesionalización, mostró a lo largo del siglo sus debilidades, su inexperiencia política, su incultura y la falta de una opción viable a la situación nacional. Su espina doctrinal era un liberal­ismo de corte radical y sospechosamente nacional­-socialista. Si juzgamos las revoluciones cubanas por sus participantes, sin dudas la clase media fue el motor fundamental, que galvanizó los grupos con objetivos meramente políticos.

 

A resultas del vacío de un amplio sector industrial, prolifera entonces la pequeña industria familiar en los básicos sectores de servicios y consumo, especialmente en el interior del país; ello se beneficia con la excelente red distribuidora minoritaria y de pequeños comercios. Las asociaciones nacionales de industriales y ganaderos se proyectan en este marco, en busca de una estabilización institucional que proteja sus intereses ante las consignas tradicionales de "sin azúcar no hay país". El mandato de la “clientela Auténtica” (no se le puede llamar partido) respondió a esta tendencia creando instituciones que ampliasen el sector no azucarero. Pero, como apuntara el informe redactado por la Misión Truslow, el nivel de vida dependía de la industria.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial se inicia un veloz proceso re-inversionista que amplía la base económica; si bien será una industrialización desorganizada en la minería, en el arroz, empacadoras y manufacturas, ella será muy rentable y provocará la mejora de la infraestructura de comunicaciones y viales. La industria se concentrará fundamentalmente en el occidente del país, pero el grueso (textil, petroquímica); aunque ocupaba el primer lugar en América Latina en consumo energético percápita no dispondría de materias primas nacionales o de fuentes energéticas. Ello contrastaría con el déficit de viviendas y la insuficiencia de servicios sociales rurales.

 

La industria azucarera presentaba ya una baja participación en la conformación del ingreso nacional, al punto que según la Misión Truslow, marcó sólo el 13 % en 1953. En el ingreso percápita, el "Statistical Abstract" de Estados Unidos ubica a Cuba en 1958, en el tercer lugar continental, solo detrás de Argentina y Uruguay. En 1957 el cubano consumía anualmente 180 libras de carne; 124 libras de arroz; 30 libras de frijoles; 65 litros de leche. A pesar de que en 1959 Cuba consumía más acero percápita que México o Brasil, y estaba en el lugar trece en el mundo en densidad de vías férreas por kilómetros cuadrados (17,470 kilómetros), el 72 % de la misma (12,645 kilómetros) pertenecía a la industria azucarera. Con 1 automóvil por cada 40 habitantes, 1 teléfono por cada 38 habitantes, 1 radio por cada 6 habitantes, 1 televisor por cada 25 habitantes, la re-distribución del ingreso nacional era bastante equitativa, al punto que el 63 % lo componía el salario obrero. La creación del Banco Nacional significó una mayor actividad en la economía interna, financiándose diversos proyectos en la agricultura, la construcción y los servicios. 

 

La balanza comercial de posguerra resultaba positiva aunque la de servicios se comportó negativa­mente. Los gastos en el exterior superaban los ingresos debido al turismo, aunque estos saldos negativos de la balanza por cuentas corrientes se compensaban con las entradas de capital y el ahorro extranjero. Así, la situación financiera se mantuvo saludable, al punto que las reservas de divisas en 1959 ascendieron a $372 millones oro.

 

-III-

 

Desde los años veinte de este siglo, Cuba siempre ejerció una gran influencia política, intelectual e informativa en El Caribe, América Central y en países de suramérica como Venezuela y Colombia. La Federación Estudiantil Universitaria (FEU) cubana era influyente en extremo entre sus pares del continente, a excepción del cono sur; asimismo, el viejo partido comunista cubano. Además, existía el ejemplo del peruano Raúl Haya de la Torre, el cual en la década de los treinta proyecto un movimiento continental, el APRA, compuesto de organizaciones radicales para desencadenar la revolución en los países donde existiesen las condiciones. De esta corriente surgieron varias insurrecciones en esa época, como la del Perú, Bolivia, Guatemala y Costa Rica, la mayoría de las cuales fracaso, salvo la revolución cubana de 1933.

 

La nueva izquierda latinoamericana, surgida al calor de la estrategia de liberación nacional del "aprismo" y su virulento anti-imperialismo, salpicada de peronismo y de la revolución mejicana, se presentó con métodos de lucha violentos, surgiendo de ahí la vocación levantisca del continente. Asimismo, el uni-partidismo, no había sido solo la bandera de las pequeñas capillas comunistas continentales, también se hallaba implícito en el PRI mejicano, el APRA peruano y solapadamente en el justicialismo peronista. De ahí surge también la vocación totalitaria del continente.

 

Por otra parte, entre las décadas treinta al cincuenta la cancillería de La Habana, conjuntamente con la de Buenos Aires y Méjico, establecía la agenda política del continente y determinaba el rumbo de las relaciones Washington-América Latina. La Habana, siempre abierta a las oposiciones democráticas, era centro conspirativo, reducto de exilios políticos anti-dictatoriales, de intelectuales expulsados por caudillos del área. Los cubanos enviaron brigadas combatientes a la guerra civil española, se opusieron al caudillo ibérico Francisco Franco, apoyaron la estatalización económica del presidente Lázaro Cárdenas y criticaron las sospechosas tendencias nacional-socialistas del peronismo argentino.

 

También apoyaron la independencia de Puerto Rico y el derecho de Argentina a las islas Malvinas; prepararon expediciones para derrocar al dominicano Rafael Leónidas Trujillo y al nicaragüense Anastasio Somoza; intentaron una invasión para recobrar a Cayo Sal en 1952; conspiraron contra el dictador haitiano Francois Duvalier; provocaron disturbios dentro de Colombia y Panamá; organizaron y armaron en 1948 la "Legión del Caribe", creada para expulsar a todos los dictadores del área; y patrocinaron numerosos congresos opositores de intelectuales y estudiantes.

 

La inmadurez institu­cional, la incapacidad de crear partidos políticos modernos facilitó la bancarrota de principios, el triunfo de tiranías, la mística caudillista y el populismo gangsteril. El autenticismo y la lucha anti-batistiana son un reflejo del anacronismo de las instituciones republicanas provenientes del aborto revolucionario de los años treinta, del compromiso constituyente de 1940 y el menoscabo de las libertades individuales y públicas. El intento reformista y social de los auténticos, fracasa por la intensa corrupción y la ineficiencia burocrática. Esta frustración nacional, más que algún proyecto comunista, se hallaba en la conciencia ideológica de los que abrieron fuego contra la imposición dictatorial de Batista. Así, la libertad resultaba ya un valor en precario y esta magra preparación democrática de la nación para actuar por si misma la precipitó al abismo caudillista, bajo la ficción de que Cuba era un país totalmente subdesarrollado, sometido al saqueo de los monopolios imperialistas norteamericanos.

 

Así se movería el cuadro política de las fuerzas generacionales que provocaron el derrocamiento del general Batista y luego confirmarían la vertiente castrista, por un lado, y la inicial oposición política interna y exilada, por otro; ambas profundamente incultas, anti‑intelectuales, anti-liberales y miopes respecto al destino político de tipo generacional y la importancia historia de la vanguardia generacional. Esta generación del centenario del nacimiento de José Martí, de la cual se erige representante Castro, estará infundida de una pasión devoradora por la violencia, de valores nietzschianos y del exotismo aventurero que contienen los nacionalismos totalitarios, envuelto, además, en el igualit­arismo del Estado, heredado del quehacer colonial, una variante tropical del peronismo, con salpicaduras cripto estalinistas. En el mismo figuraran tendencias totalitarias marxistas, nacionalsocialistas, demócrata cristiana y socialdemócrata.

 

Entonces, el dilema cubano quedó enmarcado en dos figuras que representaron los extremos de su realidad en el nervioso cuartelazo propinado por el general Batista, y en el descalabro militar del asalto al Moncada y el naufragio del Granma, ambos ideados por Fidel Castro; o como apuntaría Gastón Baquero, la falta de integridad nacional de los elementos nacionales blancos, negros y mulatos que tornaría endeble la estructura nacional e hizo posible el desmoronamiento veloz de la República en la década del cincuenta.

 

La lucha anti-batistiana no fue producto del sino clasista o búsqueda de reivindicaciones sociales; ella sobresale por su eminente naturaleza generacional, política y de filiaciones grupales y caudillistas. Aquí, los levantamientos obreros, campesinos o populares estarán ausentes, y sólo tendrán lugar atentados, golpes de mano, guerrillerismo. La campaña guerrillera fue de corte político y de promoción personal,  un ejemplo de incapacidad organizativa, de imprecisión y de desaciertos.

 

Referente a la actitud que debe adoptarse contra sus opositores, Castro augura su totalitarismo y la influencia del nacionalsocialismo tan temprano como lo expresa en carta fechada el 14 de agosto de 1954: "El aparato de propaganda y de organización debería ser tan poderoso que destruyera implacablemente a cualquiera que tratara de crear tendencias, grupitos, divisiones o rebeliones contra el movimiento". Castro logró minimiz­ar el rol del clandestinaje urbano de la FEU de José Antonio Echevarría y de Frank País, y prefirió descansar en su estructura militar para hegemonizar la oposición. La muerte de País y Echevarría resultarán las primeras de un largo rosario de coincidentes encarce­lamientos, relegaciones, suicidios y caídos de aquellos que a lo largo de la revolución constituirían un peligro potencial a sus aspiraciones absolutistas. A la hora de la victoria, los combatientes del clandestinaje serán marginados, e incluso en la historia oficial ya no figuran como un factor en el derrocamiento de Batista.

 

Si Batista desmoronó las instituciones civiles republicanas con solo hacer acto de presencia en el polígono militar de Columbia, Castro desbarató como a un castillo de naipes las únicas instituciones en pie: el ejército y la Constitución del 40, con una campaña propagandística y varias escaramuzas guerrilleras. El triunfo revolucionario se produce cuando cristalizaba la nacionalidad dentro de una economía deforme, una sociedad cuajada de contradicciones y una gruesa inestabilidad político e institucional. En 1959 el país desembocó en una vertiente, donde la imposición de un tirano totalitario manipulando al Estado para controlar la economía y las instituciones sociales, buscaría en el marxismo su legitimidad, aunque el modelo no le era muy lejano pues también encontraría en la estructura de poder de cuatro siglos coloniales el mismo esquema.

 

Más que un romántico guerrillero, Castro se comportará como un político caprichoso sin escrúpulos. Y esto se facilitará por el bajo nivel político‑cultural de la élite que lo rodea. Castro resume de su época: la demagógica elocuencia de Eduardo Chibás, las argucias políticas de un Grau San Martín, el caudillismo de Batista, la incompetencia e incultura del ámbito político, el "bonchismo" y la actuación "capo gangsteril". De no haber sido Castro, cualquier otro de los aspirantes a caudillo de su época: Mario Salabarría, Emilio Tró, Policarpo Soler, Rolando Masferrer, etcétera, se hubiera alzado con el poder y hubiese instaurado igualmente un régimen de fuerza.

 

La revolución cubana, iniciada en 1959, y las estructuras y métodos que implantó no fueron un ente extraño en el Caribe, una flor exótica en nuestra América, salvo los extremos a que llevó esta tendencia y el ropaje marxista con la cual se cubrió. En su intolerancia, dogmatismo, heroísmo inútil y su odio a Estados Unidos, Castro resultó un producto de su herencia española, incubado por su derrota y sus oleadas de inmigrantes a Cuba; un reflejo de aquella parte de la población cubana que colaboró con el coloniaje español, luchó contra los independentistas y rechazó el libre comercio; inclinación cultural que explica mucha de la aversión de Castro por las viejas familias criollas cubanas, de clase media blanca, mulata y negra, herederas del independentismo, ajenas a la arribazón ibérica.

 

La población, hasta ese momento, vive presa de la mística de los caudillos y de las "élites" políticas, dispersa en una bancarrota de principios. Castro no será el demiurgo de la lucha cubana sino una de las variables que dimanarán de la contienda antibatistiana. Con su “juicio divino” avasallará las esperanzas institucionales y congelará cualquier movimiento democrático popular. El castrismo no sería la prolongación lógica de los dos grandes intentos populares que escenifico el país por revertir el legado colonial y los problemas estructurales. Por ello, no puede aseverarse que el marxismo de estado, la militarización, el mono-partidismo, la mono-producción, la restricción del consumo, el aislamiento político, el éxodo masivo, la subversión guerrillera, eran consideraciones dictadas por la necesidad, o fatídicamente impuestas por el entorno geo-económico.