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ARTÍCULO
ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
por Juan F. Benemelis
Marxismo, racismo y revolución en Cuba - 5 Y FINAL
Los estereotipos
Los estereotipos no han variado desde la esclavitud: "Entre los estereotipos que se adjudican a la población negra, en el caso de los negativos, se mencionan: actitudes delictivas, y comportamientos bulliciosos, excéntricos y alteradores del orden, promiscuos; y los positivos: fortaleza física y aptitudes para la música, el baile y los deportes. En el caso del grupo blanco se resaltan los estereotipos positivos: mejores normas de convivencia, mayor nivel de responsabilidad y organización, estabilidad en la familia, más educados y cultos" (Alvarado 1996).
"Las opiniones oficiales sobre las afrocubanas reproducían los estereotipos del pasado, siendo consideradas como supersticiones propias de sociedades primitivas y cosa de brujería. En ocasiones se les hacía referencia como indicadoras de peligrosidad social relacionándolas con la criminalidad, sobre todo las Sociedades Secretas Abakuás (…) Una de las religiones de origen africano en Cuba, era exclusivamente masculina. Fue prohibida en numerosas ocasiones y periodos en la Isla. Sus integrantes tenían reputación de delincuencia y violencia, sobre todo entre las distintas sociedades" (Carrillo, 2005, 375).
El idioma atraviesa por momentos críticos, está en formación el argot del marginal junto a la media lengua, tamizado con palabras y giros de la vida cotidiana. Nuestra herencia y mezcla racial nos ha creado la ilusión de una igualdad absoluta, prohibiendo así la discusión abierta y aceptación de que muchas veces nuestras acciones no se comportan como nuestras ilusiones. Sin embargo, aquellos que sufren y padecen la realidad de su condena a condiciones económicas más bajas simplemente porque quizás “salió” muy oscuro, o su pelo es demasiado rizo o sus facciones muy negroides, entienden claramente las actitudes enraizadas.
Según Aymée Rivero: “En Cuba, las personas siguen siendo valoradas jerárquicamente sobre la base de su color, la forma de la nariz y los labios, el tipo de cabello. Los términos, “negro” “mulato” o “de color” están cargados de connotaciones sociales, económicas, culturales, históricas “raciales” bien precisas, lo cual influye –y a veces determina– la posición que ocupa cada individuo de un color específico dentro de la estructura socioeconómica del país, en la autoestima individual o colectiva y en el concepto que se les aplica a los otros y sus creaciones culturales (…) Las contribuciones intelectuales y artísticas de las mujeres afrocubanas no han recibido atención en una sociedad que supuestamente existe sin colores, una sociedad utópicamente “ciega” en cuanto a las razas”.
"Es conocido el antecedente histórico de que los negros fueron los que más sangre derramaron en las luchas por la libertad de Cuba frente a la metrópolis española (…) Durante las guerras “internacionalistas” libradas en otros países por el actual gobierno, los negros conformaron el grueso de las tropas. Cabe señalar, además, que representan una cifra mínima entre los exiliados que abandonan el país (…) Constituyen mayoría abrumadora en la población penal del país. Ocupan los puestos de trabajo de menor remuneración. Son los que presentan mayores índices de hacinamiento en sus hogares y predominan como residentes en las villas miserias. Las fuerzas represivas los molestan sin motivos con mayor frecuencia. La imagen que se exporta a través de los medios propagandísticos refuerza los rasgos caucásicos, lo que no se corresponde con la composición mixta de la sociedad. Mientras, en el sector turístico, los altos cargos del Estado, los barrios residenciales y en otros espacios sociales privilegiados, los afro descendientes constituyen una minoría significativa" (Ferrer, 2008).
Aun el hombre negro cubano tiene que mantener su identidad cultural bajo el clandestinaje y el lenguaje transculturado, y nunca se han reconocido como auténticas religiones a las afrocubanas. Como diría el periodista Fermin Gabor: "Las comparsas del Alacrán y las Bolleras hacen sus evoluciones frente a la tribuna con tal de no ser acusadas de apalencamiento". La presión de la vivienda se ha hecho sentir con mayor intensidad en la población negra cubana, que no ha podido romper totalmente su confinación histórica en barrios específicos, como en el caso de Chicharrones, Los Hoyos y Tivolí en Santiago de Cuba, y Cayo Hueso, Jesús María, Los Pocitos, Coco Solo, Las Cuevitas y Redención en La Habana.
Es evidente en la proliferación de los barrios marginales, como enclaves visibles de negros y mulatos, con niveles de vida y consumo inferiores a los blancos criollos. Los negros cubanos viven en peores casas, tienen los trabajos más duros y menos remunerados y, por si esto fuera poco, reciben entre 5 y 6 veces menos remesas familiares que sus compatriotas blancos.
Asimismo, la insalubridad de los barrios marginales, la proliferación de las "villas miserias" que todavía acordonan las urbes del país y la persistencia de las "cuarterías" orientales y "solares" habaneros, se agravan por el hecho de que la familia negra se mantiene aún mucho más numerosa que la familia blanca cubana, lo que agrava sus problemas de la alimentación y hacinamiento. La influencia y relación personal en la selección para cualquier entidad, resulta desfavorable para la población negra que no se ha hecho mucho espacio en los altos escalones.
Las áreas más ruinosas de La Habana, albergan mayor proporción de negros y mulatos que de blancos. Los municipios Habana Vieja y Centro Habana ejemplifican bien la persistencia de estos patrones residenciales. Los negros y mulatos representan alrededor del 36% de la población de la ciudad, pero su proporción en dichos municipios es de 44 y 47 % respectivamente. Según los últimos censos de población, alrededor del 13% de los habaneros vive en solares y cuarterías. En Habana Vieja y Centro Habana se triplica la proporción de los que habitan en casas de vecindad. El 14% de los habaneros vive en esos municipios, pero en ellos está casi la mitad de las casas de la capital con serios daños estructurales. La proporción de casas con baños colectivos era 3 a 4 veces más alta en Habana Vieja (36%) y Centro Habana (24%) que en el resto de la ciudad. Estos barrios, caracterizados por altas densidades de población no blanca y por un entorno deteriorado, son percibidos por las autoridades como centros de actividad delictiva. (Cino, 2007).
Como ha documentado Nadine Fernández, los barrios “marginales” de Cayo Hueso en La Habana (y de Chicharrones, en Santiago de Cuba), conforman comunidades de una formación racial que cargan con los estigmas y valores negativos de la negritud, como el crimen, la delincuencia, la degeneración moral y la poca cultura. No se les considera como reservorios de la rica herencia cultural afro-cubana. Para el régimen oficialmente ambos están categorizados como “zonas peligrosas”, y es el hecho de estar poblados mayormente de negros y de abundar los solares y cuarterías lo que realmente los hace reputablemente peligrosos. Estos espacios negros, como el Parque Trillo con sus ceibas y sus prácticas de santería, establecen su impronta de identidad geográfica (a quienes viven en solares o barrios peligrosos –negros y mulatos-) y determinan la equivalencia individual, de verse discriminado socialmente y diferenciado económicamente.
El desplome del bloque soviético golpeó directamente a la masa de negros y mulatos lanzándolos al desempleo y al sub-empleo, y a las condiciones precarias de vida. Si la justicia social no existe en Cuba hoy, comprobado por el racismo y la discriminación racial en contra de los negros, entonces la Revolución ha sido y es un fracaso. Afirma Monje: “Actualmente, a principios del siglo XXI, el asunto étnico continúa siendo un factor problemático en la sociedad cubana. En la Isla, donde el gobierno castro-socialista habla constantemente de igualdad, no ha colocado a ningún negro en una posición de verdadera responsabilidad nacional en los casi cincuenta años en que este sistema subyuga a la Isla, cuando esto escribo en 2007” (Monje, Vol. XXVI No. 2).
Es frecuente que las rondas policiales exijan los documentos de identidad a los jóvenes negros de ambos sexos por las calles de La Habana. Al parecer, la policía considera que son particularmente proclives al delito y al "jineteo" (Cino, 2007). La policía, como norma, detiene por su aspecto a los ciudadanos negros mucho más que a los blancos. Un negro con una bolsa en una esquina, se encuentra practicando el mercado negro, sin embargo, un ciudadano blanco en la misma situación es alguien que viene de una compra y no se registra el contenido. (Centenario, 2003, 158-159).
Parece ser que, según los criterios de la PNR, la geografía de la criminalidad está vinculada a la raza y la pobreza. El 31 % de las áreas oficialmente clasificadas por la PNR como focos delictivos en La Habana estaban localizadas en los tres municipios con las proporciones más altas de negros y mulatos en la ciudad: Habana Vieja, Centro Habana y Marianao. Sin embargo, los 3 municipios sólo comprendían menos del 20% de la población total de la capital. Un estudio encargado por el Fiscal General de la República en 1987 reveló que en más del 70% de los casos, la designación de un área como "foco delictivo" no reflejaba necesariamente índices delictivos más altos que en el resto de la ciudad. Eran las percepciones policíacas las que convertían estas áreas, con alta densidad de población negra y de bajos ingresos, en focos delictivos (Cino, 2007).
Según los resultados del estudio, de un total de de 643 casos de "peligrosidad predelictiva" sometidos a los tribunales en Ciudad de La Habana entre mayo y diciembre de 1986, 345 acusados eran negros y 120 mulatos. Los no blancos eran el 78 % de todos los individuos considerados como socialmente peligrosos. Un blanco de cada 5 mil 430 enfrentaba cargos de peligrosidad social, comparados con un negro de cada 713. Los negros fueron declarados "socialmente peligrosos" 7,6 veces más que los blancos y 3,4 veces más que los mulatos. Las desigualdades provocadas por el Período Especial agravaron la situación. Activistas de derechos humanos han denunciado que más del 84% de las víctimas de los operativos de la policía contra "elementos antisociales" en los últimos años, son negros y mulatos con edades entre los 17 y los 30 años (Cino, 2007).
Al respecto nos alerta el dramaturgo Hernández Espinosa: “En la medida en que determinados conflictos y fenómenos sociales en nuestra realidad desde el siglo XIX —para ser más inmediatos— hasta la fecha, no se asuman con toda la responsabilidad, vamos a seguir arrastrando el problema de los prejuicios raciales. Es un tema secular, que no lo inventó la Revolución, pero al no darle el lugar para el debate, desde el punto de vista artístico, conceptual, estamos contribuyendo, querámoslo o no, a que el problema se mantenga en un futuro” (Sablón, http://www.lajiribilla.cu).
Los grandes problemas de los afro-cubanos (esclavitud, pobreza, baja educación, pocas oportunidades para mejorar, discriminación racial) es la responsabilidad colectiva, por eso tiene solución únicamente desde la totalidad. La población afrocubana necesita la creación de su desecha autoestima, por eso la causa por una equidad racial es justa al tratarse de una lucha por el humanismo. No se trata del derecho de una mayoría la cual quiere oprimir la oposición, sino compartir más justamente la nación cubana. Para ello se necesita construir una definitiva nación cubana, concediendo poder al sector desprovisto de representación política, económica y social.
Hoy, en los inicios del siglo XXI se presenta en una dinámica racial cargada de hipocresía que se manifiesta en todas las fase del quehacer cubano, por la insistencia de muchos sectores antagónicos que se empeñan en negar dicho problema étnico-racial. Cuba, tanto en la isla como en el exilio, sigue siendo una sociedad patriarcal machista y profundamente racista. Vuelve mordazmente Fermin Gabor a contrapuntear los criterios de quienes señalan como causa del actual racismo al poco acceso de la población negra a las remesas de dólares del exilio, considerando que con razonamiento semejante podría achacarse la decadencia del Imperio Español a los árabes y judíos echados de la península.
Entre las autoridades actuales existen viejos síndromes raciales, como el temor a los negros orientales, el nerviosismo con el pueblo de La Maya, centro de la masacre racial de 1912 y densamente poblado de afro-cubanos. En 1998, un grupo de activistas afrocubanos funda la Cofradía de la Negritud; uno de sus fundadores e ingeniero de profesión, Norberto Mesa Carbonell, definió los objetivos de la organización no sólo para actividades típicas de las sociedades de color, sino también para luchar contra el racismo ante la incapacidad del régimen por resolver el problema racial.
El manifiesto de la Cofradía incluye un llamamiento a reducir la brecha de ingresos entre blancos y negros, destacar los logros afrocubanos y el respeto a sus derechos, apuntando que era responsabilidad de los cubanos negros a abogar por su progreso. La Cofradía resistió a las presiones del gobierno para que se disolviese y fue incluida en la ceremonia para conmemorar el centenario del primer partido político negro cubano. La organización cuenta con 50 miembros en La Habana y recientemente inauguró un capítulo en Pinar del Río, con 16 miembros.
Para garantizar que la democracia futura de Cuba funcione, hay que resolver el racismo y la discriminación racial. Solamente si no existe la discriminación racial, es que puede Cuba avanzar en el futuro. El énfasis en la libertad individual y la igualdad socialista abstracta deja abierta posibilidades y situaciones de discriminación grupal, de racismo, sexismo, u homofobia.
La mayoría negra-mulata (o por lo menos la mitad de la población cubana) no requiere de más promesas generalizadas pues la discriminación racial histórica y la actual, es una violación humana básica ejercida por la supremacía blanca que denigra la condición humana. El mensaje de la transición hacia la democracia, con mercado abierto no ha calado en la población, porque no responde genéricamente a solventar el dilema racial entre blancos y negros. El problema, por tanto, no es de modelo político ni económico, sino de cuáles son los derechos de cada cual. Por eso está llamado al fracaso el cambio o la transición que no tome en consideración el factor racial y que no afecte la población mayoritaria en Cuba (la negra/mulata).
No se trata de derrocar a un gobierno (que es la determinación "epocal" e histórica) sino de derrotar un proyecto nacional-popular. "La tradición cultural de la nación refleja que los reclamos que abogan por la integración racial no se identifican con las tesis que propugnan la supremacía negra, por el contrario, aspiran a la coexistencia en igualdad de posibilidades de todos los grupos raciales de la sociedad" (Ferrer, 2008).
Quiérase o no, la isla tendrá que reflejar en su estructura política, económica y social a la composición de la población. Es un destino sin retorno al igual que sucedió en África del Sur. No importa el modelo político o económico que se implante o se mantenga. Los negros y mulatos tienen que estar representados en las estructuras reflejando la razón demográfica. Pero la población blanca, de débiles raíces cubanas, mayormente segunda o tercera generación ibérica, se resiste y resistirá a tal realidad. Pero si el hecho en la actualidad ya es mirado con crítica, de no producirse la equidad se convertirá en un escándalo internacional.
La nación revolucionaria
No es cierto que el triunfo revolucionario de 1959 implicó una redefinición de la identidad cubana como parte de su proyecto político y social; existe de hecho tal redefinición de la nación, sólo que se ha producido a partir del hecho demográfico del negro y mulato como mayoría, factor no reconocido, ocultado y rechazado por el “proyecto revolucionario”. Las instituciones culturales que se crean al calor de este proyecto sólo refuerzan la cubanidad republicana mutilada de su esencia afro-descendiente.
Para la actual élite, lo moralmente "irrelevante" (es decir, la discriminación, la preeminencia demográfica negro-mulata) se excluye sistemáticamente y cuando es inevitable se compensa como cierta “impureza” que no puede excluirse de la teoría ideal si la “utopía” ha de ser “realista”; tiene que acomodar, dentro de su diseño, el hecho racial en la lista de los dilemas, pero como "pendientes”. Si “raza” ha sido una formación social, cultural y política desarrollada con propósitos de subordinar ciertos grupos a otros, como se ha demostrado en la historia, entonces el factor racial político heredado como un elemento estructurador tiene que ser demolido, iniciando su deconstrucción teórica, y el desmantelamiento de la discriminación de jure respecto a los derechos civiles.
El hecho que la raíz africana no halla sido tratada como la ibérica, en el ámbito socio-cultural y de identidad nacional, en nada tiene que ver con recursos económicos y si con la consideración de que Cuba es una nación euro-ibérica en lo fundamental, con un componente folclórico africano. Con una visión racial de la nacionalidad cubana que es abrazada por los componentes y promotores del discurso nacional. El grave dilema de la definición de nación cubana ha sido el negro, como bien apuntó Gastón Baquero. Para su “definición” tuvieron que buscar una trayectoria socio-cultural unilineal a partir de lo blanco (de Arango y Parreño a Lezama Lima, pasando por José Martí).
Y es que en la utopía el proyecto revolucionario, la ideología marxista no pudo desplazar de la población a la santería y demás herencias afro-étnicas, porque en suma, el marxismo de indias aplicado por Fidel Castro en Cuba, definía a la nación cubana de la misma manera que lo hacía la élite política e intelectual decimonónica. Y, de la misma manera que el diseño político del castrismo revolucionario fue promovido por el Estado cubano, la santería se ha ido esparciendo de manera natural por todo el Caribe, Estados Unidos y gran parte del continente americano.
No hemos podido sacudirnos de encima la mentalidad de saqueo, el contrabando y el tráfico de esclavos como elemento fundacional de la nación, por eso el proceso de reconstrucción requiere de reconsiderar la identidad, pues resulta difícil que alguien pueda sentirse integrado a una identidad en un sistema que ni siquiera lo reconoce como persona completa. La identidad del cubano ha quedado reducida a un puñado de elementos comunes, como una banda de música o el deporte debido a que se halla dentro de una sociedad muy fragmentada. Es cierto que se vive en un contexto internacional de gran crisis de identidades colectivas. No sin motivo, a la par de la especulación metafísica, aparecen o reaparecen viejas doctrinas dogmáticas.
Existe un corte en la genealogía de la identidad en la que lo africano es un vestigio del pasado, un aporte arqueológico, atrapado por las redes construidas desde los mitos fundacionales, razón por la cual teóricamente no tiene categoría de configurador de la identidad actual. Por eso, la nación cubana tomó un riesgo mortal al no tomar conciencia de la complejidad que representó su proceso de construcción, enfrentando un actual desafío al no querer renovar sus fuentes, en la cual lo afro-cubano debe convertirse en el elemento configurador de una “revolución cognitiva”. De ahí que la actual composición etno-racial está haciendo tambalear la certeza de la “blanquedad” de la nación cubana y entroniza la inestabilidad en la élite ante la desigual composición orgánica de la sociedad.
Cuba oficialmente “borró” las diferencias raciales y desde muy temprano en nuestro sistema educativo nos convencieron que nuestro pueblo era la mezcla de personas blancas españolas y negras de origen africano; pero lo que aparenta ser una aceptación de la mezcla de razas realmente se convierte en la invisibilidad de las mismas. Refugiados en el mito de la equidad racial y la unidad nacional, el factor de raza y racismo no ha sido afrontado en un país que conscientemente considera la educación como su primer objetivo. (Hansing, 2001, 733-747).
Se ha pregonado la igualdad y ha presidido la desigualdad; se ha legislado, pero esto sólo ha protegido a una parte de la población. Por eso para el afro-cubano es evidente que no todas las leyes protegen sus derechos individuales, y es objeto de mayores violencias y persecuciones injustas que el euro-cubano. Así se evitan las posturas basadas en un análisis racial. El querer preservar por sobre todas las cosas está sociedad fantástica, mucho más que el vivir meramente a espaldas de la política como suele decirse, ha tenido sus consecuencias máximas en las últimos décadas. Porque se han institucionalizado mediante su ejercicio y codificación oficiales esas lacras terribles de nuestro perfil nacional que son el racismo y el sexismo; en Cuba, desde el poder político y militar, fuera de Cuba, desde el poder económico y secular.
El debate sobre el racismo Cuba es casi inexistentes. La prensa del régimen pregona las posturas "escencialistas" de supuestos idearios identitarios únivocos, de un Estado uni-nacional, que valora negativamente, separa y condiciona la convivencia común a los "otros", los "indeseables". De ahí la aparente “sin razón” explosión racista actual. La norma de deseabilidad social “no se debe ser racista”, no es suficiente para que desaparezcan las actitudes racistas. Para que se producta el cambio de actitud la persona debe de experimentar un conflicto que le despierte el prejuicio (verse racista), pues mientras la persona tenga una imagen social positiva (antirracista) no cambiará.
Sólo cuando la minoría discriminada provoque un conflicto socio-moral en la mayoría, despertando el prejuicio racista en el sujeto, éste cambiará la dinámica latente del racismo”. Los objetivos de intervención son hacer tomar conciencia al sujeto antirracista de su propio racismo latente para lograr un cambio positivo de la actitud racista a medio plazo. La propia minoría debe hacer la denuncia de situaciones cotidianas de racismo sutil de las que es objeto por parte de la mayoría.
Los etnólogos cubanos que defienden la “criollización” del negro, la integración etno-cultural, la fusión de la identidad, confunden la imposición por parte del blanco ibérico y criollo de su modelo de nación excluyente, que se mantiene, muy lejos de lo multi-étnico y multi-racial, y que soslayan el efecto de la emigración de casi el 20 % de su población, mayormente blanca (con tendencia a continuar), que unido a la explosión demográfica en las poblaciones negras y mulatas nos presentan una etno-demografía sí más cercana hoy a las del Caribe anglo-francés, y que reta la noción consagrada de nación cubana “latinoamericana”, “iberoamericana”, “hispanoamericana”.
La noción de “igualdad” funciona como un mecanismo para homogeneizar el conglomerado social, y desdibujar las diferencias reales y concretas entre los grupos. Así se ha tendido históricamente a presentar el sistema (democrático o socialista) como “perfecto” y a los individuos discriminadores y discriminados, como imperfectos, al responsabilizarles por su posición de desventaja social. Pero de lo que se trata es de "desigualdad y exclusión", que implica para el que la aplica un ejercicio abusivo de la noción de ciudadanía plena, para el que la sufre, significa la no-ciudadanía. Es la sumisión a un modelo socio-económico cada vez más excluyente que hace que las autoridades opten por la omisión.
Vacías legislaciones igualitarias no han logrado mejorar las condiciones de vida de nuestros compatriotas "de color". Por el contrario, dentro del marco de las prioridades militaristas el cubano negro ha quedado sólo para integrar los ejércitos -ni siquiera la oficialidad de esos ejércitos - en África. Así como se consideró que el proletariado automáticamente obtendría el poder político con sólo implantarse el marxismo como ideología oficial del estado, asimismo se ha estimó para los problemas raciales y la aspiración de igualdad de la mujer; ambos, el racismo contra el negro y el mulato y la sujeción de la mujer, quedaban resueltos por la varita mágica ideológica de una vanguardia, masculina, blanca, euro-céntrica, parapetada en los resortes del estado, la política y la economía.
La revolución legitimó esta demanda de apropiación de la nación en términos de pueblo, pero ello significó la exclusión de los negros del gobierno y la economía pues la casta revolucionaria blanca, al mantener el poder asumió la titularidad de la nación, y sólo abrió canales limitados de participación formal en cargos políticos. Esta identidad se mantiene sólo porque el poder político la sostiene. La identidad triunfante en la República y en la Revolución no se propuso superar las contradicciones. La igualdad formal de blancos y negros en Cuba no es más que una proyección igualmente falsa de la igualdad ciudadana. Es la reproducción del mito igualitario, en lo interno y lo externo, lo que puede mantener un orden desigual e injusto.
Un primer límite de este proceso es evitar que el mismo pueda crear nuevas formas de exclusión: su lógica no es la de excluir para conservar la identidad de un grupo dominante, sino la de excluir para conservar las particularidades culturales de la comunidad subordinada. Los diferentes actores cuyas prácticas dependen de una concepción específica de la etnicidad, contribuyen con sus acciones y discursos a producir, difundir y normalizar tal visión, dándole así el estatuto de modelo legítimo y confiriéndole un cierto grado de realidad social. Se objetivaría un modelo de etnicidad que al imponerse adquiriría autonomía respecto de las condiciones particulares en las que nació y que hasta el momento han impedido el reconocimiento del negro de quienes no lo comparten: el blanco.
La definición constitucional de Cuba como una nación multiétnica y pluricultural, por encima de la proclamación de solamente cubana, representaría una ruptura con el Estado-nación hispánico. Es necesario definir a Cuba como una nación pluri-étnica y pluri-cultural, para así lograr la equidad del afro-cubano en los derechos sociales, económicos, culturales y políticos. Ya en muchos países de América Latina (Brasil y Colombia, por ejemplo) se ha creado una Secretaría Especial de Políticas de Promoción de la Igualdad Racial. Esta aceptación de la afro-cubanía sugiere la única fórmula por la cual el afro-cubano puede jugar un papel político en la isla.
La transnacionalización de los movimientos negros en la última década en todo el continente, de redes internacionales de organizaciones negras, está obligando a una cuantificación oficial imparcial y nada manipulada censal de los afrodescendientes en el continente de América, sobre todo a partir de la Conferencia Mundial de la ONU contra el Racismo, en Durban, Sudáfrica, en el año 2001, la cual ha exigido la aplicación de políticas de reparo destinadas a esa población en relación con la deuda histórica del Estado resultante del proceso esclavista, reformas en el campo de los derechos, políticas afirmativas y autonomía cultural.
El reconocimiento de las naciones como multi-étnicas y las políticas de reparo para con minorías históricamente desfavorecidas es la conformación de un nuevo espacio político. Ya muchos gobiernos han realizado reformas constitucionales en las cuales reconocen la composición multi-étnica de sus naciones, reformulando el viejo precepto de ciudadanía homogénea del nacionalismo republicano clásico. La categoría de auto-identificación consensuada en la Conferencia de Durban privilegia la ascendencia por sobre el color, que facilita incluir las diferentes “coloraciones”.
La desconstrucción implica formular preguntas y categorías de los censos, lejos del encuadramiento de las poblaciones que el poder público utiliza, pues esas clasificaciones del poder político son resultantes de las relaciones de fuerza entre los diferentes grupos que integran el Estado (Kertzer, David y Arel, Dominique (comp.): “Census and Identity: The politics of race, ethnicity and language in national censuses”. Cambridge University Press. 2002).
La etnogénesis, es definida como un proceso de creación de un pueblo, en donde las expectativas, los grupos de referencia, son vitales para elaborar un nuevo tipo de pertenencia en el marco de una nación. Estos procesos engloban dimensiones tales como conflictos y negociaciones entre minorías y mayorías en un contexto que favorece la identificación étnica como acción política. Además, implican una reflexividad cultural o la emergencia de auto-conciencia del grupo minoritario (Eriksen, 1993). Es por eso que la “afrodescendencia” como categoría de auto-identificación, expresa una pluralidad de las reivindicaciones de la diáspora africana relacionada con el proceso de esclavitud; de ahí que la antropología puede ayudar a la desconstrucción del discurso dominante que encuadra a la población afrocubana.
La importancia de valorar la identidad, el conocimiento de su historia; el reconocimiento del africano en la construcción de la nacionalidad. El reconocimiento legal y político del hecho de la inter-culturalidad resultaría en cambios constitucionales a favor de la multi-etnicidad y por los derechos colectivos de grupos históricamente excluidos de la definición de nación y la franquicia ciudadana. Desarrollar campañas a favor de la representación política y cultural, contra el racismo, en pro de la etno-educación, y del cambio legislativo, las Afro-reparaciones, contribuiría a la declaración de la oposición gubernamental al racismo a través de leyes y políticas publicas contra la discriminación, y la mayor movilidad social de la población Afro a partir de políticas de "acción afirmativa" en el empleo, especialmente en la esfera gubernamental. Es decir, la definición y consecución del proyecto de poder y cambio.
A releer con una nueva mirada la historia, a desenmascarar estereotipos y la lectura que el blanco hegemónico ha realizado hasta el presente se impone instalar un nuevo paradigma estético que no soslaya lo axiológico. Son necesarias nuevas articulaciones entre nación y etnicidad como lenguaje político en el mundo actual; generar una “contramitología” en la cual los intelectuales comiencen a interrogarse el porqué de su silencio, de su desinterés, o de su negación frente a una presencia real, activa, y creativa de los ciudadanos negros y mulatos.
Se necesita un enfoque más audaz sobre los universos simbólicos, los imaginarios y las ideologías con el fin de cruzarlos con la problemática del funcionamiento de los enunciados construidos en torno a la identidad, desechando la ficción y lo tendencioso que plaga nuestra historiografía, ubicando la realidad de nuestra genealogía intelectual, reconsiderando los hechos de la historia y los culturales, a partir de la gran complejidad de la trata y de la esclavitud, la naturaleza inconclusa de nuestra independencia carente del complemento descolonizador, y los elementos comunes entre las crisis etno-sociales de hoy y de ayer.
Tal método fenomenológico, nunca como teología del sujeto, sino como arqueología del sujeto, deberá transitar por todas las interpretaciones y no sólo por los archivos y documentos elegidos e impuestos por los historiadores tradicionales. Hay que recuperar temas olvidados, demoler nociones como la esclavitud “benigna”, la pasividad del esclavo, la demografía, el carácter intocable y desinteresado de los próceres patrios, un nuevo enfoque sobre lo generalizado del mestizaje y la endogamia esclava, el peso demográfico de los llamados “nacimientos ilegítimos”, la invisibilidad de “la gente de color”.
Esperar al Destino es mágico y patético; el éxito de la sucesión, de las reformas, de la transición, o de cualquier ingeniería político-económica que se intente instaurar no reside en las fórmulas de economía socialista, economía mixta, economía pura de mercado, social-democracia, plutocracia, democracia, autocracia, etcétera… el éxito de cualquier camino que se emprenda en Cuba reside primero, y ante todo, en desmontar la hegemonía política de una raza y conceder el espacio que el derecho de ser mayoría posee a la raza subordinada, quien hasta ahora nunca lo ha tenido. Es decir, reside en construir por vez primera una nación, luego podrá experimentarse con lo que se quiera.
Cuba navega en la vida pública y el escenario social sin cohesión y sin unidad, y sería pueril negar que lleve en sus entrañas los gérmenes de división que se pueden agravar. Pero, en vez de aceptar que tales disidencias existen y ponerlas de manifiesto. Como pueblo caribeño, ni el hijo del peninsular es español ni el hijo del negro es africano, ni existe el fanatismo religioso. Blancos, negros y mulatos, todos deben ser iguales y la aspiración consiste en que todos así lo sientan, para que llegue un día en el cual sus habitantes no se dividan por el color de la piel, sino por sus valores individuales.
Quisiera regresar sobre el concepto de “invisibilidad” como una evidencia para describir la situación de las poblaciones negras y mulatas después de 1959. Esta noción esconde una categoría de inferiorizado y marginalizado, que fue construida en el proceso de creación de la identidad nacional, que se ha definido en oposición a lo negro. El proceso de negación de lo negro durante la lucha por la independencia y la república fue suplantado en la Revolución por la exclusión/asimilación, de rechazo/aceptación como ordenación, cuya presencia debe disiparse a través del proceso de blanqueamiento civilizador, fuese vía democrática o por disolución de las clases, para consolidar el inicial proyecto de construcción nacional.
Pero la mezcla racial jamás anuló la jerarquía social. La mujer negra y mulata, sigue siendo invisible, pese a que sus horizontes profesionales se han abierto en las últimas décadas. Al igual que la euro-cubana, la afrocubana sigue ausente de las esferas oficiales. Aymée Rivero cita a Lois Smith y Alfred Padula en su co-autoría en la cual comentan la discriminación racial que atraviesa la mujer negra: “Durante los primeros años de la Revolución se consideraba que la igualdad de la mujer tenía una prioridad menor que la eliminación de las diferencias raciales y de clases. Parece que se sigue considerando lo mismo” (Smith, Lois M. and Alfred Padula. Sex and Revolution: Women in Socialist Cuba. London: Oxford University Press, 1995.151).
La “invisibilidad” corresponde al desconocimiento de las definiciones del multiculturalismo y considerar las etnias como comunidades dispensables en la modernidad socialista. Es por eso que la etnicidad fue ahogada por la categoría de alteridad ingeniada en la historia social cubana, y por la masacre de 1912; así se impidió que la identidad diferenciada (nación de negros-blancos-mulatos, no de cubanos) promoviera partidos o líderes políticos afro-cubanos que promoviesen una sociedad "multi-cultural" en vez de la "cubana" homogénea blanco supremacista.
Esta consideración de nacionalidad uniforme ha sido construida y mantenida desde fuera, desde una concepción ibérica-blanca (algo discutible), y a partir de euro-contextos sociales que en nada se relacionan con las realidades antillanas. De ahí que cuando los blancos norteamericanos construyeron su nación lo hicieron diferente a la Inglaterra blanco-metropolitana, algo que no sucedió en el resto del continente de América.
La élite del poder mantiene al negro “en su sitio”, sometido a un barraje burlesco en el cual siempre resulta la figura central de los dardos, de las frases hechas denigrantes. Acorde con Lao-Montes, el término "afro-descendientes” y la ancestralidad cultural y religiosa se ha tomado como símbolo de la emergencia de una nueva identidad política con vocación de unidad, de agentes históricos protagónicos de una nueva descolonización a favor de los derechos, la representación, el reconocimiento de memoria e identidad, y el poder social y político (Lao-Montes, 9/20/2007).