Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

EL COLOR DEL GATO

 

Napoleón Bonaparte apuntó que en algún momento de la historia China dominaría al planeta y el ex presidente norteamericano Richard Nixon también advirtió del peligro de mantener aislado al gigante asiático. Con la era del presidente George Bush (padre), el comercio China-Estados Unidos escenificó un salto y con el presidente Bill Clinton se ratificó el status de nación más favorecida.

 

La evolución política del Estado totalitario chino se diferenció desde un principio del resto de los regímenes burocráticos del socialismo real, por sus convulsiones políticas y porque su nomenclatura debatió tempranamente sobre cuál era la vía para quebrar el atraso del país, dentro de una concepción nacionalista. Así, por ejemplo, Deng Xiaoping junto a Liu Shaoqi, encarnaban abiertamente una fracción partidaria de “reformas de mercado” de tipo “bujarinista”.

 

Existió una diferencia substancial, aunque ignorada, entre los métodos de Mijail Gorbachev y los de Deng Xiaoping, en cuanto a cómo reformar al sistema y tratar de salvaguardar la validez del comunismo. Mientras Gorbachev optó por la reestructuración de la economía (perestroika) y por una limitada, pero peligrosa, apertura política (glasnost), Deng Xiaoping se inclinó hacia una travesía económica capitalista -en el sur del país-, con las exclusas de las libertades políticas rigurosamente selladas.

 

La carrera partidista de Deng tuvo sus altas y bajas; en 1961, acuña su famosa consigna de: "no importa de qué color es el gato, siempre que cace ratón", lema usado por sus enemigos durante la revolución cultural para ponerlo en la picota (Financial Times, 20/2/92). En la década sesenta, un receloso Mao Zedong buscó humillar a su camarada de la Gran Marcha, ordenando que fuese paseado por las calles montado en un burro (Crozier, 1999, 489). Pero en 1973 el propio Mao lo rehabilitó para renegar de tal decisión, tres años después; sólo que ya senil y sin poder “el gran timonel” moría el 9 de septiembre de 1976.

 

El mensaje de Deng era: "Buscar la verdad a partir de los hechos" (Dorn, James, Cato, 2000). Razón que lo caracterizó siempre por diferir de la rigidez ideológica de Mao. El verso maoísta de que "cuanto más pobre fuese un país, más revolucionario era", así como los errores en la década cincuenta y sesenta, provocaron un total desastre.

 

Pero Deng argumentó en su contra, aduciendo que la pobreza no era el socialismo, dedicándose gradualmente a eliminar la tendencia dura maoísta para llevar a cabo actitudes más prácticas. Para Deng, el sistema económico debía ser juzgado por su desempeño y resultado hacia la población: "La pobreza no es socialismo, ser rico es magnífico"; por eso su socialismo de mercado desplazó al utópico socialismo puro (Idem).

 

Luego de ser sacrificado, depurado y rehabilitado, Deng sentó las bases de un horizonte de economía mixta y de una sociedad más flexible, que permitió convertir a China en un gigante económico mundial con un volumen de comercio comparables a Estados Unidos y a la Unión Europea. Cuando Deng asumió el manto celeste, en el otoño de 1977, lanzó su experimento capitalista de “socialismo con características chinas” que, en términos ideológicos, resultaba una herejía, pero en la práctica demostró ser todo un éxito.

 

Desde entonces, China ha pasado por enormes cambios en su economía, en sus instituciones políticas, en su sistema de educación, su vida social y los valores que se fomentan. La elección de su fiel seguidor Hu Yaobang, como secretario general del Partido Comunista, abrió paso a un reconocimiento oficial de los errores del “gran timonel” y a una apertura lenta del país hacia valores de corte capitalista. Fue así que aquellos dirigentes vilipendiados por la "Revolución Cultural" como "derechistas" en los años sesenta, se encargaron de hacer justo lo que Mao quiso impedir: abrir paso a una economía de mercado, como nueva receta del desarrollo.

 

La fórmula implementada por Deng generó un rápido progreso económico, pero también desencadenó una crisis social considerable, destacándose desde el inicio las aspiraciones políticas de los grupos sociales más beneficiados por dicha apertura, al manifestarse que los máximos dirigentes del país no tenían la menor intención de comprometer la hegemonía del Partido Comunista.

 

Obviamente, la transformación mejoró la eficacia del sistema productivo lastrado por la planificación rígida. Pero China ostentaba una larga historia de gobierno despótico sin tradición democrática; por eso Deng y el entonces presidente Jian Zemín no cometieron el error de Gorbachev, de conceder siquiera una restringida libertad de expresión, sobre todo porque la vasta masa de la población y la casta dirigente no lo exigían; ello era la agendade un grupúsculo de intelectuales.

 

En 1985, durante el Pleno del Comité Central, se aprobó el llamado “socialismo de mercado” con su programa de reformas en la industria urbana, concediéndose autonomía a las empresas estatales para que operasen en el mercado y promoviendo, además, un sistema financiero y bancario como centro del Plan.

 

El gobierno varió la forma de contratar a los nuevos empleados en las empresas estatales, ahora por un tiempo limitado y decidió entonces invertir masivamente en el transporte y las comunicaciones lo que puso a la disposición de los inversionistas una fuerza de trabajo barata, ofreciendo incentivos al capital.

 

La apertura de “zonas especiales” en las cuales rigió plenamente las leyes del mercado y se emprendieron operaciones de empresas mixtas, atenuó el rigor de la planificación. El propósito consistió en crear en las zonas una economía orientada a la exportación, así como concentrar las inversiones y los recursos financieros en empresas de altas ganancias.

 

Los recursos se ubicaron en las provincias de la costa que tradicionalmente habían sido las más prósperas. Se implantó, de esta manera, la fórmula de “un país con dos sistemas” y en el resto de la nación se procedió a la liberación gradual de los precios y los salarios. De inmediato se dinamizó la iniciativa personal, aumentó el dinero circulante y creció la demanda interna.

 

Se estableció que el único criterio válido para la economía era su nivel de productividad. En lo adelante, los economistas chinos aceptaron, entonces, el principio de la ganancia como una medida útil del desempeño económico. Las empresas recibieron recompensas por aumentar sus utilidades y muchas de las nuevas inversiones se financiaron con préstamos suplantando la política de subvenciones. La tasa de crecimiento alcanzó el 9% anual de promedio, un ritmo sin precedentes aunque acompañada de una profunda inflación.

 

Los empresarios estatales hoy gozan de mayor autonomía con la colaboración del Estado, pero eso no es suficiente. Tiene lugar, además, un afán de consolidación de empresas cooperativas para ver si por ese camino se se agencia mayor competitividad. En las ciudades, la liberalización de la fuerza laboral facilita el ascenso y aumento de pequeñas y medianas empresas de comercio y de servicios, y los organismos que hasta ese instante se han encargados de manipular esta fuerza laboral, son disueltos.

 

“Dado que China cuenta con una inmensa mano de obra barata, tanto no cualificada, como con preparación media o altamente cualificada; dado que tiene un apetito tan voraz de fábricas, equipos y empleos relacionados con las tecnologías de la información, para contener el desempleo; y dado que cuenta con un mercado de consumidores tan inmenso y floreciente, se ha convertido en una zona sin parangón para el offshoring. China tiene más de 160 ciudades con un millón de habitantes o más” (Friedman, 2006, 127).

 

China se esta reconstruyendo a una velocidad que nunca se ha visto, tal vez a excepción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El colosal salto económico comenzó cuando se inició su transformación de un modelo soviético con planificación centralizada a otro de orientación de mercado, pero manipulado por el Partido Comunista. La gradual introducción de medidas propiciadoras del mercado dinamizaron la actividad productiva tanto en áreas urbanas como rurales, mejorando los índices de desarrollo humano.

 

Por lo general se invierte más de lo se consume, que es menos de la tercera parte de su PNB. Todo ha cambiado, no solo en las mega-ciudades sino también en las remotas aldeas al sur de Yunán. La economía incrementó su competitividad ante el desarrollo de la infraestructura, las telecomunicaciones, el sector eléctrico y las empresas privadas. Entre las reformas más significativas se destacó la apertura a la inversión extranjera y al comercio exterior.

 

El “final político” de esta nueva revolución está aún por verse. En realidad lo que imitan los comunistas chinos es lo que intuitivamente realizó la burguesía decimonónica al forjar un esquema en el cual no existió nunca “la dictadura del partido burgués” ni “el poder absoluto del partido burgués” que llevara adelante su revolución. Lo que implantó la burguesía en el siglo XIX fue una pluralidad de partidos o grupos o movimientos “burgueses” que, democráticamente en unos casos y violentamente en otros, llevaron adelante sus transformaciones por el mundo.

 

De ahí que, en base a esta pluralidad “revolucionaria”, los comunistas chinos propugnen la “dictadura democrática comunista”. El gobierno actual está determinado a transformar a China en la economía dirigida por el consumo más grande del mundo. La ideología Comunista se ha vuelto irrelevante, pero el debate político altamente público al estilo de la plaza Tiananmen está apagado.

 

La auténtica estrategia de China a largo plazo es ponerse en primera posición, superando a Estados Unidos y a los países de la Unión Europea. Y los chinos han empezado la carrera con buen pie. Los líderes chinos conceden mucha más importancia que muchos de sus contrincantes occidentales a la formación de su población joven en materias como matemáticas, ciencias e informática, necesarias para el éxito en el mundo plano, así como en construir una infraestructura física y de telecomunicaciones que permita al pueblo chino participar en el juego más rápida y fácilmente que los demás, y en crear incentivos que atraigan a los inversores de todo el mundo.

 

Sesenta años después de la revolución de Mao, el país más poblado del planeta se halla envuelto en otra gigantesca transformación, aunque esta vez el cambio es en los horizontes tecnológicos y de información. En 2002, China atrajo más de US$ 52 mil millones en inversión extranjera directa, superando ya en ese renglón tan vital y dinámico a Estados Unidos, con un creciente desplazamiento de actividades manufactureras impulsadas por el ingreso del país a la Organización Mundial del Comercio (OMC), convirtiéndose su sector externo como uno de los principales motores del crecimiento económico.

 

No hay más que pensar en la cantidad de productos, ideas, empleos y consumidores que surgieron de los esfuerzos de Europa occidental y de Japón para convertirse en economías de mercado libre tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel proceso desembocó en un periodo sin precedentes de prosperidad a escala global.

 

Y en esa época el mundo ni siquiera era plano aún. Tenía un muro en el medio. Si la India y China avanzan en esa dirección, el mundo no sólo se volverá más plano que nunca, sino también más próspero que nunca. Tres Estados Unidos son mejores que uno, y cinco serían aún mejor que tres.